domingo, 2 de abril de 2017

LECCIÓN DE VIDA. (Narrativa)



Aquella tarde de álgido invierno; en que la naturaleza nos obsequia el bello y nostálgico paisaje, y las hojas teñidas de ocre, van cayendo poco a poco de sus tallos hasta formar la gruesa alfombra de hojarasca.
Me sumergí en la melancolía, aislándome del mundo por entero, pensando en la distancia que me desconectaba de mi amado físicamente. Y mi rostro plañido de rocío, no pudo evitar dejar de sentir el desconsuelo; en lo que un pequeño gato maullaba al compás de mi agonía. Más de pronto, yo que no soy aficionada a los animales, me asomé por la ventana para ver de donde provenían esos terroríficos maullidos, el, seguía maullando lastimosamente, como queriendo comprender el dolor que esa víspera me estrujaba.

Me acomodé al calor de la chimenea en un viejo sofá, hojeando un viejo libro de rimas, prosas y leyendas, recordando al gran poeta Gustavo Adolfo Bécquer. La Corza Blanca, una de sus leyendas. Naufragué en el más temible misterio. Donde la protagonista se transforma de noche en el citado animal, de pronto, un escalofrío invadió mi alma, al sentir que algo rosaba sobre mis piernas, no pude evitar pegar tremendo susto, era un gigantesco gato de color blanco, que se acomodaba a mi lado, en lo que yo de inmediato reaccioné de forma agresiva, sacándome la pantufla, para darle con ella.

Más todo quedó en el intento, ya que mi hija, al escuchar mis gritos, bajó corriendo y gritando desaforada. - Nooo, mamá-..., ¿ por qué le peguas, ella no hace nada?, es kiki, siguió hablando en lo que se alejaba con la gata en brazos, ya la había adoptado como de ella. Pero más tardó en retirarla de mi, que la gata en escaparse para regresar a mi lado nuevamente, y de un saltó caer sobre mi regazo, paralizándome del miedo que me producían esos animales, sintiendo que todo mi cuerpo se cubría del pelo del animal, para luego iniciar un vals de estornudos.

Me encaminé hacia la alcoba de mi hija, para tomar prestado su ordenador ya que el mío se había averiado; y ella, a esas horas se encontraba en la universidad. En eso, sentí que la gata, de una gran pirueta trepaba hacia mi cuello, sin parar de ronronear, paralizándome para después, pegar tremendo clamor horrorizada. -¿Un gato arriba de mi?, -¡que horrooor!- sin pensar la tomé de los pelos y la aventé algunos metros, sin dejar de pensar en la leyenda de Bécquer.

Apresurad amente me dirigí a la entrada, y de un fuerte portazo, coloqué linea divisoria entre ese monstruo y yo. Al escuchar de nuevo un fuerte golpe en el pórtico. Me precipité a espiar, pensando que era un intruso o tal vez un invitado de la kiki. Más mi suposición fue errónea, al ver entrar a mi hija Ariadna por la puerta principal, muy sonriente, haciendo mimos a la gata antes que a mi, a la vez que me acerqué amenazante ante la presencia de kiki. Y de un grito histérico provoqué temor entre las dos. -¡no quiero a este animal en casa!-, y dirigiéndome al teléfono que en ese momento interrumpía, levanté el auricular sin deseos de iniciar ninguna charla.

De aquél lado de la linea escuché una voz de mujer, que muy amablemente me comunicaba. -Señora, su cita era para este día y usted no se presentó-. Agradecí el recordatorio y colgué, si, había perdido la cita al doctor, bueno ya la sacaría nuevamente, me dije, ahora lo importante era sacar a ese pequeño engendro, a como diera lugar, lejos de casa.
En esa misma semana me presenté al doctor; que ya tenía el diagnostico del laboratorio, para luego extenderme otras ordenes más de radiografía y un ecosonograma. Así fue como deambulé por el hospital por algunos días, hasta obtener una respuesta a mis estudios. Cuando menos estaba descansando de kiki, murmuré entre dientes. El Doctor de medicina general, me informó esa misma tarde su diagnostico...-"Hipetiroidismo"- que había adquirido, debido a un trastorno metabólico, esa era la causa de mi taquicardia, perdida de peso y nerviosismo, dijo, así que más estudios y más visitas al hospital, eso me hundió más en la desesperación. Por un lado el pequeño enemigo y por otro mi delicada enfermedad. Desde ese día kiki se volvió mi compañera inseparable, más yo solo buscaba la manera de deshacerme de ella.

La gata sentía mi rechazo, y buscaba la forma de ser aceptada por mi, más yo, con eso de la enfermedad me fui olvidando poco a poco de mi macabro plan, deshacerme de ella. Y una tarde en que frente al espejo cepillaba mi cabello, ella trepó al tocador amenazante, yo, había violado su privacidad entrando a la recamara de ella y de su ama; ahora era ella quien me rechazaba y quería verme fuera de la alcoba.

Me acerqué a la computadora de mi hija nuevamente temiendo ser agredida y para pronto, kiki, amenazante de un ligero brinco; se tendió sobre el teclado. Pegándome tremendo susto, que me hizo salir precipitadamente del lugar. Desde ese día yo trataba de amistar con ella, pero ella me había declarado la guerra. Al paso del tiempo y acudir a una de mis citas al hospital, y el Doctor, darse cuenta que el medicamento no había evolucionado como era debido, tomó la decisión de intervenir me. En ese lapso, no había conseguido deshacerme del terrible animal, que deambulaba dentro de la casa, solo espiándome o esperando el momento de atacar al enemigo, que era yo, así lo imaginaba.
Mi salud mermaba cada día, no hubo más opción. El Doctor programó la fecha de la cirugía, y kiki cada día se volvía más agresiva conmigo; sin embargo, no dejaba pasar la oportunidad de vez en cuando de hacerme una de sus travesuras, o espantarme con sus terribles maullidos.

Llegué al hospital, no sin antes ponerme en las manos de Dios y despedirme de mis hijos y de la odiosa kiki. Pensando en que ya nunca más regresaría a casa, que era ella quién había triunfado, al fin, ella era quien me había sacado de mi hogar, apoderándose hasta del cariño de mi pequeña hija. Pasaron las horas y de pronto, al despertar de la anestesia, vi que mi pequeña no se había separado de mi, estaba sentada ahí junto al buró, que sostenía una pequeña lampara, y a lado del teléfono un recipiente de agua, y mi hija entre sus manos sujetaba, un “mata burros” de alguna de sus materias, ya que estaba por terminar su carrera de química. Acercándose a mi, me apretó la mano en señal de aliento, y dándome un beso en mi mejilla, me dio la noticia de que su papá había estado al pendiente de la cirugía, no había podido estar a mi lado personalmente debido a su función , pero estaba al tanto de todo, a la distancia.

Después de las instrucciones dadas por el Doctor; al tercer día fui dada de alta, mi marido pasó a recogerme para llevarme a la cabaña en Villas del Carbón, a llevar mi convalecencia, así que a los pocos días, partimos los cuatro, mi amado esposo, nuestra pequeña hija, y, la odiosa kiki, quien en el camino, no dejaba de asustarme con sus terribles maullidos. Más a la vez, en ocasiones se me acercaba tratando de reanimarme, y yo con la cicatriz en el cuello, trataba de que no se me acercaba, temiendo contraer algún virus o alguna infección.

Al fin llegamos a la cabaña; luego de largas horas de viaje, y después de instalarnos, y de bajar las maletas me dirigí a contemplar el hermoso panorama que ofrecía la sabia naturaleza, no sin mi esposo a mi lado; que trataba de recompensar los días en que estuvo ausente. En lo que kiki corría por toda la choza, contenta de sentirse libre. En ese momento mi amado me tomó entre sus brazos dirigiéndose a la pequeña alcoba, para luego, depositarme en un cómodo sofá, de donde se podía ver la gran montaña de color verdinegro, prometiendo que en cuanto mejorara mi salud volveríamos a escalarla como cada año lo hacíamos en compañía de toda la familia.

En lo que kiki, celosa no dejaba de seguirme, y cuando tenía la oportunidad se paseaba por mis pies sin dejar de ronronear, yo sentía que me retaba; fue entonces que urdí mi macabro plan, en cuanto regresáramos kiki, se perdería en esa gran montaña, ella no regresaría a la ciudad. Era mi oportunidad, me desharía de ella, si, al fin, descansaría de esa gata mimada, al fin y al cabo me había robado el cariño de mi pequeña hija y hasta de mi marido, inclusive del cariño de mis demás hijos, la amaban. Pero ella parecía presentir lo que yo tenía en mente, desde ese día no se despegaba de mi y se acomodaba en mi cuello, cuando se daba cuenta que yo dormía, y al despertar hacia rabietas al sentirla acurrucada en mi cuello.

Una tarde en que mi marido salió por leña a la montaña, para encender la chimenea de adobe, que había mandado fabricar hacía muchos años, abrí la ventana un poco y corrí las cortinas, para que entrara el viento, y se ventilara un poco, que en ese momento ululaba a la par de la kiki que hacía unos ruidos extraños. Me dispuse a leer, cuando de reojo, vi a la gata, acomodada a un lado de mis pies. En ese momento me llamó la atención verla en una postura extraña, como si estuviera apunto de cazar algún bicho, esta vez yo leía “Axolotl” de Julio Cortazar, De pronto, di un reparo al ver a kiki, como se lanzaba sobre un animal que parecía ser una víbora venenosa, si, era una víbora coralillo, por sus colores la reconocí, la cual había salido de la chimenea al remover los residuos de la leña quemada. Yo grité a todo lo quedaba mi garganta, aunque tenía prohibido por el médico no hablar mucho, ya que la glándula había presionado las cuerdas vocales, y había afectado un poco la voz, más en ese momento olvidé toda instrucción.

De pronto sentí los brazos de mi amado esposo tratando de protegerme, el cual al escuchar mis gritos, soltó la leña para correr en mi auxilio, y tomándome de la cintura, me condujo al sofá nuevamente, y no sin antes acariciar a kiki quien se encontraba ya nuevamente a mis pies, orgullosa de haberme salvado la vida. Más el monstruo no dejaba de ronronear, enredándose en mi larga bata, en lo que yo, en ese momento no encontraba donde meterme, y de alguna forma hacerle entender a kiki que estaba arrepentida de mi mal proceder, me sentía avergonzada.

Pasaron los días de mi convalecencia, e hicimos planes para regresar a casa. Esa noche, kiki no se despegó de mi, durmió a mis pies, me había salvado la vida, así que, estaba en deuda con ella, me olvidaría de dejarla en la montaña, y ahora tenía que soportar su ronronear y hasta se había adueñado de mi cama, y de toda mi familia. mis demás hijos, que sin conocerla aun, ya la amaban.Ya de regreso, conforme el coche avanzaba me internaba nuevamente en mis pensamientos. -¿Que hubiera pasado si kiki no hubiera estado cerca de mi en ese momento? Quizá yo ya no estuviera viva, pero gracias a ella, regresaba a casa feliz.

Nunca más pensaría deshacerme de ella, al fin, como decía mi hija, cuando yo me molestaba por ver alguno de sus pelos en mi ropa, - mamá a nosotros los humanos también se nos cae el cabello, y no pasa nada, nosotros los humanos también tenemos parásitos no pasa nada, solo que nosotros los humanos nunca somos capaces de arriesgar nuestra vida por el prójimo, eh ahí la gran diferencia entre kiki y nosotros, los seres humanos.

Avergonzada solamente incliné la cabeza para solo contestar con un reproche. – Si, eso dices tú por que kiki es el animal que más te gusta-. Jorge solamente movió su cabeza para inclinarse a darme un beso en la boca no sin antes pasar su brazo por mi cintura y murmurar quedamente al oído -Lo siento amor, tenemos kiki, por mucho tiempo-. Ese animal, me había dado muy buena lección de vida.

Autora: Ma Gloria Carreón Zapata
imagen de mi propiedad.

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