lunes, 30 de marzo de 2026

EL GUÍA DE LOS MARES.

 




(Rima Octava real)

​Domina el capitán la cresta fría,

su mano es firme, el pulso no vacila,

conoce el mapa que la mar traía

mientras el rayo en el cenit oscila.

No teme al viento ni a su algarabía,

pues en su pecho el horizonte anida;

recorre el mundo con su valentía

buscando el puerto de la nueva vida.

 

​Lleva su gorro entre la blanca espuma,

el salitre ha marcado ya su frente,

no lo detiene el velo de la bruma

ni el fiero abrazo de la gran corriente.

Su voluntad la tempestad consuma

con el valor del hombre más valiente;

mira la estrella que la noche alumbra

fijo en el puente donde el alma lucha.

 

 

Imagen de Google.

EL GUARDIAN DE LAS ESTRELLAS Y LA SAL.

 




(Prosa Poética)

 

 

​La carta náutica se despliega como el sudario de un mundo por descubrir, una tela curtida por el tiempo y las historias sin contar. En ella, los continentes son sombras que se dibujan entre la duda y la certeza, pero sobre todo, el mar es un abismo que exige un punto de referencia. Y allí, en el cruce exacto de las latitudes del alma y las longitudes de la paciencia, se alza el faro.

​No es solo piedra y luz; es la voluntad de un mundo que se niega a perderse. Sus cimientos, grabados en la roca viva y batidos por la espuma que ruge como un monstruo herido, son la base de un pacto con el absoluto. El faro es un ancla para los navegantes y un templo para los que se han perdido. En su cima, el cristal se enciende, y esa luz no es más que el reflejo de la esperanza, un ojo que vigila el caos del océano con una constancia que avergüenza a la noche.

​El compás se posa como una reliquia en el rincón del mapa, recordándonos que el destino es una línea recta que, paradójicamente, solo se puede trazar con fe y un cálculo preciso. El faro es ese cálculo hecho materia. No te dice dónde vas, sino que te dice que estás aquí, que no eres una brizna a la deriva, que el norte aún existe.

​A veces, la mayor aventura no es el viaje hacia lo desconocido, sino el viaje hacia el punto donde la luz te encuentra, donde la sal marca tu rostro y la estrella que alumbra la noche es el único faro que te guía.



Imagen de Google

EL PUERTO DE LAS CERTEZAS

 



 

 

​Marcos y Elena llevaban seis meses habitando un universo construido a base de píxeles y notas de voz. Él viajaba desde la capital, mientras ella lo esperaba recorriendo con nervios las orillas del Turia. Sus amigos, escépticos de manual, no dejaban de repetir la misma frase:

 "El amor por internet es como un espejismo, de lejos parece agua, pero cuando te acercas solo hay arena".

​Aquella tarde en Valencia, el aire soplaba con una humedad tibia. Marcos caminaba hacia la Plaza de la Virgen, sintiendo un nudo en el estómago que ninguna pantalla había logrado calmar. El miedo era mutuo y silencioso: ¿Y si la voz no encaja con el rostro? ¿Y si el encanto se rompe al compartir el mismo oxígeno?

​Elena esperaba junto a la fuente. Cuando Marcos la vio, el mundo pareció detenerse. No era solo que fuera exactamente como en las fotos; era la luz de sus ojos, una profundidad que el brillo del móvil nunca pudo captar.

Ella, al verlo acercarse, sintió un vuelco al corazón, su porte, su sonrisa y esa forma de caminar que le pareció lo más hermoso que había visto jamás.

​Se quedaron paralizados, atrapados por una atracción física tan magnética que por un momento olvidaron hasta sus propios nombres.

​—Eres... —comenzó Marcos, buscando aire.

—Tú también —interrumpió ella con una sonrisa nerviosa—. Pero no es solo eso, ¿verdad?

​Se abrazaron frente a la Catedral, y en ese contacto físico confirmaron lo que ya sabían: la belleza que veían era solo el reflejo de las horas de confesiones a medianoche, de los miedos compartidos y de las risas que ya habían entrelazado sus almas mucho antes de que sus manos se tocaran.

​Semanas después, sentados a la mesa con aquellos amigos que tanto habían dudado, la pareja no necesitó decir mucho. Sus miradas hablaban por sí solas.

​"Nos decíais que la distancia engaña", dijo Marcos, tomando la mano de Elena. "Y teníais razón: engaña al que solo busca una imagen. Nosotros no nos conocimos por fuera, nos conocimos por dentro. Lo que veis ahora es solo el envoltorio de un regalo que ya habíamos abierto hace mucho tiempo".

​Al final, la belleza física fue el broche de oro, pero el sentimiento fue el motor que los mantuvo unidos, y el último capítulo de esta historia apenas había nacido.

EL GRAN TESORO DEL BOSQUE MILCOLORES.

 


Para Semillas de Infancia.

 

 

Capítulo 1: El Hallazgo bajo la Luna.

 

​En el Bosque Milcolores, donde los árboles tienen hojas de esmeralda y los ríos cantan nanas, vivían dos grandes amigos: un duende inquieto llamado Spocus y una hadita luminosa llamada Spica.

​Spocus no era un duende cualquiera; era un "Duende Jardinero de Raíces", lo que significa que cuidaba los cimientos subterráneos del bosque. Spica, por su parte, era una "Hada Centella", encargada de encender las primeras luces de la tarde para que las flores no se sintieran solas cuando el sol se iba a dormir.

​Una noche, cuando la luna creciente se mecía en el cielo índigo, Spocus estaba trabajando duro. Cavaba cerca de las raíces de un anciano roble con su pequeña palita de plata. Llevaba su sombrero verde puntiagudo, que siempre se movía cuando él se concentraba.

​—¡Uf! Esta raíz es tan dura como una piedra—masculló Spocus, secándose el sudor de la frente.

​Spica, que siempre estaba cerca para iluminar su trabajo, bajó volando. Su vestido amarillo brillante parpadeaba con suavidad.

​—¿Necesitas más luz, Spocus? Mis alas hoy brillan con la fuerza de tres luciérnagas.

​—Gracias, Spica, pero creo que no es luz lo que necesito... ¡Es fuerza! Algo me impide seguir cavando.

​Justo en ese momento, la palita de Spocus chocó contra algo metálico. ¡CLANG!

​—¿Qué fue eso?—preguntó Spica, acercándose tanto que su luz iluminó el hallazgo.

​Allí, medio enterrada entre la tierra suave y la hiedra mágica, había una llave. Pero no era una llave normal. Era vieja, grande y estaba adornada con pequeñas flores de metal entrelazadas, como si hubiera estado allí durante siglos.

​—¡Es... una llave antigua!—exclamó Spocus, sacándola con cuidado—. ¡Parece tan importante!

​—¿Y qué crees que abre?—susurró Spica, maravillada.

​Spocus miró la llave con ojos brillantes.

​—En el Bosque Milcolores, Spica, una llave tan grande y vieja solo puede abrir una cosa: un secreto muy, muy dulce. ¡Tal vez sea el cofre donde los árboles guardan sus deseos!

​Spica sonrió. Ella siempre creía en la magia de las cosas pequeñas.

​—Bueno, Spocus, creo que hemos encontrado nuestra primera pista. Pero, ¿dónde empezamos a buscar la cerradura?

​Spocus guardó la llave en su bolsillo.

​—Empezaremos donde empiezan todas las grandes aventuras: ¡justo aquí, bajo la luna centelleante!

 

 

Capítulo 2: La Puerta Silenciosa.

 

 

​A la mañana siguiente, cuando el sol apenas acariciaba la copa de los árboles, Spocus y Spica ya estaban en pie. Spicus guardaba celosamente la llave antigua en su cinturón, y Spica había pulido su barita de estrella para la ocasión.

​—He estado pensando toda la noche, Spocus —dijo Spica, revoloteando alrededor del duende—. Si la llave es vieja, la cerradura debe estar en un lugar que casi todos hayan olvidado.

​Spocus asintió con gravedad.

​—Exacto. Y solo hay un lugar en el Bosque Milcolores que nadie visita desde hace cien veranos: ¡El rincón de los Sauces Llorones!

​El camino hacia los Sauces Llorones estaba lleno de hiedras enredadas y musgo esponjoso. Spocus, con su sombrero puntiagudo y su pequeña palita, iba abriendo paso, mientras Spica, con su vestido amarillo brillante y sus alas iridiscentes, iluminaba los senderos más oscuros y apartados.

​Al llegar, la luz se volvió suave y verdosa. Los Sauces Llorones inclinaban sus largas ramas hacia el suelo, como si estuvieran contando secretos al oído de la tierra.

​—Aquí está muy silencioso... —susurró Spica.

​Spocus miraba a su alrededor, buscando algo que pareciera una cerradura. Pero no había nada, solo corteza vieja y hojas caídas.

​—A ver, Spica, ilumina ese tronco torcido —señaló Spocus.

​Spica voló hacia el tronco y enfocó su luz. Entonces, algo increíble ocurrió. La luz de su varita, al tocar la corteza húmeda, reveló una marca plateada que antes era invisible. ¡Era el contorno de una puerta!

​—¡La encontraste! —gritó Spocus, emocionado.

​En el centro de la marca plateada, había una cerradura redonda y antigua, exactamente del mismo diseño que la llave.

​Spocus sacó la llave con manos temblorosas. El metal brillaba intensamente al acercarse a la cerradura.

​—¿Estás lista, Spica? —preguntó.

​Spica asintió, conteniendo el aliento. Spocus introdujo la llave y la giró lentamente.

​¡CLIK-CLAK!

​La puerta de corteza comenzó a abrirse, revelando una luz dorada y cálida que emanaba de su interior. Pero antes de que pudieran ver qué había dentro, un pequeño estornudo los asustó.

​—¡Aaa-chís! —sonó una voz bajita desde las sombras.

 

Capítulo 3: El Guardián de los Colores.

 

​Tras el estornudo, de entre las raíces del sauce salió rodando una pequeña bola de musgo con patas. Al detenerse, resultó ser un Grillo Bibliotecario con unas gafas tan grandes que casi le tapaban las antenas.

​—¡Vaya, vaya! —dijo el grillo, sacudiéndose el polvo de su saquito de terciopelo—. Mil años esperando y me pilláis con alergia al polen de luna. Soy Gorgonio, el guardián de la Puerta Silenciosa.

​Spocus, sujetando su sombrero para que no se le cayera de la impresión, dio un paso adelante.

​—Señor Gorgonio, hemos encontrado esta llave bajo el viejo roble. ¿Es este el cofre de los deseos de los árboles?

​Gorgonio ajustó sus gafas y miró a Spica, que iluminaba el lugar con un brillo suave para no asustar al pequeño guardián.

​—Mucho mejor que eso, joven duende. Lo que habéis abierto es el Almacén de los Colores Perdidos. ¿No habéis notado que a veces las flores se vuelven pálidas o que el cielo olvida su azul más brillante?

​Spica asintió entusiasmada. Ella, como Hada Centella, siempre notaba cuando los colores perdían su fuerza al anochecer.

​—¡Sí! A veces las rosas parecen cansadas de ser rojas —comentó Spica.

​Gorgonio señaló hacia el interior de la puerta. Allí, en estantes de cristal hechos de rocío congelado, había frascos llenos de luces de todos los colores imaginables: Naranja Atardecer, Verde Esperanza, Violeta de Sueño y un Dorado Alegría que vibraba con fuerza.

​—Alguien olvidó la llave hace siglos —explicó el grillo—, y desde entonces el bosque ha ido perdiendo su brillo. Pero para devolver los colores a su lugar, no basta con tener la llave. Se necesita la fuerza de un jardinero que conozca las raíces y la luz de un hada que sepa volar hasta lo más alto.

​Spocus miró su palita y Spica miró su varita. Se dieron cuenta de que su hallazgo no era solo un tesoro para ellos, sino una misión para ayudar a todo el Bosque Milcolores.

​—¡Nosotros lo haremos! —exclamaron al unísono.

​Gorgonio sonrió, entregándoles un pequeño mapa de pétalos secos.

​—Vuestra primera tarea es devolverle el brillo al Prado de las Amapolas Tristes. Han perdido su rojo y ahora son grises como el humo. ¿Estáis listos?

 

 

Capítulo 4: El Milagro del Rojo.

 

​Spocus y Spica caminaron siguiendo el mapa de pétalos hasta llegar al Prado de las Amapolas Tristes. Al verlo, se les encogió un poquito el corazón: las flores, que debían ser del color del fuego, estaban pálidas y grises, como si estuvieran hechas de ceniza y olvido.

​—Parece que el viento se llevó sus ganas de bailar —susurró Spica, bajando el brillo de sus alas por respeto.

​Spocus sacó de su morral el frasco de "Rojo Valentía" que le había entregado el grillo Gorgonio. Pero el frasco estaba tan apretado que no podía abrirlo solo con sus manos de duende.

​—Spica, necesito tu calor. Si calientas el sello con tu luz, el color podrá salir.

​Spica voló en círculos rápidos, creando un remolino de luz dorada alrededor del frasco. El cristal brilló, el sello cedió y, de pronto, una nube de polvo carmesí saltó hacia el cielo.

​—¡Ahora, Spocus! ¡Hay que guiarlo a las raíces! —gritó el hada.

​Spocus, con su palita de plata, cavó pequeños surcos al pie de cada amapola. El polvo rojo, guiado por la brisa que Spica creaba con sus alas, se filtró en la tierra.

​Fue un momento mágico: desde el tallo hasta los pétalos, el color subió como una marea de alegría. Una a una, las amapolas se estiraron, recuperaron su terciopelo rojo y comenzaron a mecerse con el viento, cantando una melodía de gratitud que solo los duendes y las hadas pueden oír.

​—¡Mira, Spica! ¡El prado vuelve a estar vivo! —exclamó Spocus, saltando de felicidad.

​El Cierre de la Aventura.

​Gorgonio el Grillo apareció de nuevo, esta vez sobre una hoja de trébol.

​—Habéis comprendido el secreto —dijo con voz sabia—. La llave abre la puerta, pero es vuestra amistad la que devuelve la vida. Spocus puso el esfuerzo en la tierra y Spica puso la luz en el cielo. Ninguno hubiera podido hacerlo solo.

​Desde aquel día, el Bosque Milcolores recuperó todos sus matices. Spocus y Spica se convirtieron en los "Guardianes de la Armonía", y cuentan los árboles más viejos que, si alguna vez ves una flor especialmente brillante, es porque un duende y un hada pasaron por allí trabajando juntos.

​Y así, con el sol besando el prado rojo, se cierra esta historia, pero no la magia que vive en quienes saben compartir su luz.

 

 

 

 Nota:

A mis amadas bisnietas, Dana y Emilia, quienes son las verdaderas hadas de mi jardín. Que este cuento les recuerde siempre que no hay oscuridad que la luz de la amistad no pueda vencer, ni tierra tan dura que el esfuerzo y el cariño no logren florecer. Que sus vidas, como el Bosque Milcolores, estén siempre llenas de los tintes de la alegría y la 

TONANTZIN, LA DIOSA DE LOS MEXICANOS.

 




(Romance)

 

​No es la Virgen que trajeron

en los barcos de Castilla,

es la fuerza de la tierra

que en el Tepeyac residía.

Le cambiaron los ropajes,

el nombre le sustraían,

para ocultar a la Madre

que el universo sostenía.

Tonantzin era la vida,

la raíz, la voz antigua,

no la imagen de rodillas

que el extraño nos imponía.

Bajo el manto de la estrella

otra esencia se escondía:

la deidad de los ancestros

que nunca se marcharía.

Que no se confunda el ruego,

ni la fe, ni la osadía:

una es dogma del imperio,

la otra es sangre de esta guía.

​No fue el milagro de rosas

lo que al pueblo mantenía,

fue el respeto a la montaña

donde el alma florecía.

A la que llaman "la pura"

por mandato y teología,

era antes la Gran Madre

que la lluvia dirigía.

​Quisieron borrar el rastro

con incienso y con falsía,

sepultar bajo el altar

la sagrada jerarquía.

Pero el nombre de Tonantzin

en el viento todavía

resuena como un trueno

que al olvido desafía.

​No son la misma, lo digo,

aunque el tiempo las unía,

una es madre de este suelo,

la otra es de lejanía.

Una es diosa de los ciclos,

la otra es mística elegía;

que el engaño no nos siegue

la memoria y la hidalguía.


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ROMANCE DEL VERBO EN LA CIUDAD.

 




(Romance)

 

​La palabra se hizo verbo

y vino al Mundo a reinar,

el Mundo estaba ocupado

simplemente por la maldad.

A lomos de un herrerillo

avanza por la ciudad,

ni legiones ni centurias

escoltan su majestad.

Las palmas baten el aire

con verde de libertad,

y el pueblo que ayer callaba

hoy se pone a proclamar.

"¡Hosanna!", gritan los niños,

"¡Bendito el que viene en paz!",

mientras el sol en los muros

dibuja la eternidad.

Pero en la sombra acechante

donde habita la impiedad,

ya se fraguan los maderos

que el viernes verán alzar.

​Desciende por el sendero

que lleva a la soledad,

entre mantos de colores

y ramas de un olivar.

No trae cetro de oro viejo

ni coraza de metal,

su fuerza nace del pecho

donde habita la bondad.

Se detiene ante los muros

mirando la inmensidad,

y una lágrima en sus ojos

comienza a cristalizar.

Sabe que el grito de gloria

muy pronto se apagará,

que el beso de la traición

lo vendrá a visitar.

Mas sigue firme su paso

hacia el destino final,

pues el Verbo no se rinde

frente a la oscuridad.



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TARDES DE CAMPO Y ASOMBRO

 


(Soneto)

 

​Con sombreros de sol y bota airosa

Dana y Emilia cruzan el sendero

una en su pardo amigo aventurero

la otra con su carga misteriosa.

 

​Un pequeño ser vibra, entre la rosa

calidez de un abrazo compañero

mientras celebran bajo el cielo entero

una jornada alegre y generosa.

 

​Es la dicha de ver tanto ganado

de sentir el latido compartido

en este campo fiel y bien amado.

 

​En el alma el encuentro se ha encendido

por el mundo animal siempre abrazado,

un lazo que jamás será olvidado.

EL REGRESO AL VALLE DE LOS ALMENDROS.

 




(Género Romántico contemporáneo)



​El camino de tierra, flanqueado por viejos nogales que parecían saludarla con sus ramas cargadas de historia, se abría ante ella como un libro que se vuelve a leer después de muchos años. Cada bache del sendero era un eco de su infancia, y el aroma a lavanda silvestre y tierra mojada le devolvía, de golpe, la paz que la ciudad le había arrebatado.

​Al final del camino, la vieja casona de piedra se mantenía en pie, orgullosa y serena, como si el tiempo no se hubiera atrevido a tocar sus muros. Al bajar del coche, el silencio del campo la envolvió en un abrazo necesario. Solo el trino de un pájaro lejano y el susurro del viento entre las hojas rompían la quietud.

​Se detuvo frente a la puerta de madera gastada, acariciando la aldaba de hierro. Recordó las tardes de verano bajo el porche, las historias contadas a la luz de las velas y esa sensación de que, en este rincón del mundo, la vida siempre tiene un propósito más noble que las prisas. No venía a huir, sino a encontrarse.

​Al girar la llave, el chirrido de las bisagras sonó como una bienvenida. Pero antes de cruzar el umbral, algo o alguien en el linde de la finca vecina captó su atención. Una figura recortada contra el sol del atardecer, trabajando la tierra con una cadencia que parecía seguir el mismo latido del valle.

Al cruzar el umbral, el aire denso y cautivo de la casa la recibió con un abrazo de polvo y nostalgia. El sol, filtrándose en haces dorados por las rendijas de las pesadas persianas de madera, iluminaba las motas que bailaban en el salón como pequeños duendes de luz.

​Todo estaba donde lo recordaba: el sillón de orejas junto a la chimenea apagada, el reloj de pared cuyo péndulo se había rendido al tiempo, y esa mesa de roble donde tantas veces se compartieron el pan y las confesiones.

​Se dirigió instintivamente hacia el antiguo escritorio del rincón, aquel mueble de cajones infinitos que olía a sándalo y a secretos. Al abrir la tapa abatible, un pequeño objeto captó su atención, un cuaderno de tapas de cuero gastado, atado con un cordel de cáñamo.

​Al desatarlo, una flor seca, un jazmín amarilleado por los Años, cayó sobre su regazo. En la primera página, una caligrafía firme pero elegante rezaba:

​"Para que el tiempo no borre lo que el corazón ha sembrado en esta tierra."

​Aquella frase no era de sus abuelos.

 Era una letra desconocida, pero cargada de una ternura que la hizo estremecer. Justo en ese momento, el crujido de una madera en el porche exterior le indicó que ya no estaba sola en la propiedad.

Con el corazón latiendo un poco más rápido, decidió ignorar el crujido exterior y dejó que la curiosidad guiara sus dedos. Se sentó en el borde del viejo sillón, pasando las páginas con una delicadeza casi sagrada, temiendo que el papel se deshiciera entre sus manos.

​A medida que leía, descubrió que no era un simple diario, sino una crónica de esperas y de estaciones. El autor hablaba de la siembra, del primer brote de los almendros y, sobre todo, de una ausencia que dolía en cada renglón.

​"Hoy el valle ha despertado con una escarcha que muerde, pero el recuerdo de tu risa bajo el nogal todavía me da calor. Sé que la ciudad te ha reclamado, pero esta tierra guarda tus pasos. He cuidado de tus rosales como si en cada pétalo pudiera retener un poco de tu esencia."

​Una fecha al margen la hizo palidecer: los escritos eran recientes, apenas de unos meses atrás. Alguien había estado entrando en la casa, no para robar, sino para habitar su recuerdo. Para mantener viva la llama de un hogar que ella creía apagado.

​De pronto, una sombra se proyectó sobre el suelo del salón, filtrándose por la puerta entreabierta que ella no había llegado a cerrar del todo.

​—Sabía que el aroma del jazmín te traería de vuelta —, dijo una voz profunda, tranquila como el fluir del arroyo, que llegaba desde el umbral.

​Ella levantó la vista del cuaderno. Allí, apoyado en el marco de la puerta, estaba el hombre que había visto en el linde de la finca. Su piel estaba curtida por el sol, pero sus ojos guardaban una luz que ella reconoció al instante, una conexión que el tiempo solo había logrado madurar.

El silencio se extendió entre ellos, pero no era un vacío, sino un puente. Ella cerró el cuaderno despacio, dejando que sus dedos descansaran sobre el cuero gastado, como si aquel objeto fuera el ancla que la mantenía unida a la realidad. Sus ojos se encontraron con los de él, y en ese cruce de miradas, los años de ausencia se desmoronaron como castillos de arena frente a la marea.

​Él no dio un paso más. Se quedó allí, en el umbral, dejando que la luz del atardecer le dibujara el contorno, respetando el espacio sagrado de su regreso. No hubo preguntas, ni reproches, ni la urgencia de las palabras que a menudo lo estropean todo. Solo estaba el sonido de sus respiraciones acompasadas y el aroma a tierra húmeda que él traía consigo, mezclándose con el olor a sándalo de la casa.

​Ella sintió un nudo en la garganta que no era de tristeza, sino de reconocimiento. Era como si el valle entero, con sus almendros y sus sombras, hubiera estado conteniendo el aliento hasta ese preciso instante. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, asomó en los labios de ella, y él respondió con una inclinación de cabeza, un gesto sencillo que decía: "Bienvenida a casa, siempre estuve aquí".

​En ese mutismo compartido, ambos comprendieron que el cuaderno no era una invasión, sino una promesa cumplida. Él había sido el guardián de su memoria mientras ella se perdía en el ruido del mundo.

Él se despegó del marco de la puerta y, con pasos lentos que evitaban romper el encantamiento del silencio, se acercó a la mesa de roble. De uno de los bolsillos de su chaqueta de lona, extrajo un pequeño envoltorio de tela de lino, atado con el mismo cordel de cáñamo que el cuaderno.

​Lo dejó sobre la madera, justo al lado del diario, y retrocedió un paso, invitándola con la mirada a descubrirlo.

​Ella, con el pulso todavía agitado, deshizo el nudo. Al abrir la tela, sus ojos se empañaron. No era una joya, ni nada que el dinero pudiera comprar. Era una llave de hierro antiguo, pesada y fría, pero pulida por el roce constante de unos dedos que se negaron a olvidarla. Junto a la llave, descansaba un puñado de semillas de almendro, brillantes y perfectas.

​—Son de la cosecha de este año —, dijo él en un susurro, rompiendo finalmente el silencio con una voz que sonaba a verdad—. Las guardé esperando el día en que tus manos volvieran a tocar esta tierra. La llave... es la del granero del fondo, el que daba al arroyo. Nunca cambié la cerradura.

​Ella tomó la llave y las semillas, sintiendo el peso de la historia y el futuro en la palma de su mano. Al rozar accidentalmente los dedos de él, una corriente de calidez la recorrió entera. Ya no era solo una casa lo que recuperaba; era la certeza de que alguien había mantenido su lugar en el mundo intacto, esperando su regreso.

​Él extendió su mano hacia ella, no para urgirla, sino como quien ofrece un refugio.

Ella apretó las semillas contra su pecho, sintiendo el relieve de la madera y el frío del metal de la llave. El silencio, aunque hermoso, ya no era suficiente para contener la marea de preguntas que subía por su garganta. Levantó la vista, encontrando los ojos de él, que seguían fijos en ella con una paciencia que solo el campo enseña.

​—¿Por qué? —, preguntó ella, y su voz sonó pequeña, casi un susurro que el viento del atardecer podría haberse llevado—. ¿Por qué decidiste esperar tanto tiempo? Podrías haber seguido con tu vida, podrías haber cerrado esta casa y dejar que el olvido hiciera su trabajo. ¿Por qué guardaste cada brote y cada recuerdo por mí?

​Él no respondió de inmediato. Caminó hacia la ventana, observando cómo las sombras de los almendros se alargaban sobre la hierba. Luego, se giró despacio, con una media sonrisa que cargaba con la sabiduría de los años.

​—Hay tierras que solo dan fruto si se las cuida con una intención clara —, dijo él, con esa voz que parecía salir de la misma profundidad del suelo—. La ciudad tiene prisa, pero el valle sabe esperar. Yo no guardaba una casa vacía; guardaba la promesa que nos hicimos bajo aquel nogal, cuando éramos apenas unos niños que no sabían lo grande que era el mundo.

​Dio un paso hacia ella, acortando la distancia pero respetando su aire.

​—Esperar no fue un sacrificio. Fue mi manera de estar contigo mientras no estabas. Cada surco que araba, cada jazmín que cuidaba... era una carta que te enviaba al viento. Sabía que, tarde o temprano, el ruido de fuera se calmaría y buscarías el silencio de este lugar. Yo solo quería que, cuando llegaras, encontraras la puerta abierta y el jardín florecido.

​Ella sintió que una lágrima rebelde rodaba por su mejilla. La sencillez de su entrega la desarmaba más que cualquier gran discurso.

Él asintió con suavidad, como si comprendiera que las palabras ya habían cumplido su misión y ahora le tocaba el turno a la tierra. Con un gesto pausado, le indicó que lo siguiera hacia la puerta trasera, la que daba directamente al corazón de la finca.

​Al salir al porche, el aire fresco del atardecer les acarició el rostro. Caminaron en silencio por un sendero flanqueado por piedras blancas, hasta llegar a una zona del jardín que ella recordaba como un terreno baldío, seco y olvidado. Pero lo que vio la obligó a detenerse en seco.

​Allí, resguardado por un murete de piedra que él mismo parecía haber levantado piedra a piedra, crecía un jardín de rosas blancas y jazmines, rodeando un banco de madera que miraba directamente hacia el arroyo. Pero el detalle que le encogió el corazón fue un pequeño árbol, un nogal joven pero fuerte, plantado justo en el centro.

​—Aquel viejo nogal donde nos despedimos no aguantó la tormenta de hace tres inviernos —, explicó él, acercándose al tronco tierno del árbol—. Pero antes de que cayera, logré rescatar una de sus semillas. Lo planté aquí, pensando que algún día volveríamos a sentarnos bajo su sombra.

​Él se detuvo junto al banco y señaló una pequeña placa de latón clavada en la madera, casi oculta por las flores. Ella se acercó y leyó, con la vista nublada por la emoción:

​"Para la dueña de mis silencios. El hogar es donde el alma echa raíces."

​—He pasado muchas tardes aquí, hablando con este árbol sobre ti —, confesó él, con una honestidad que desarmaba—. Contándole que algún día escucharías de nuevo el murmullo del agua.

​Ella acarició las hojas jóvenes del nogal, sintiendo que la vida, a pesar de las vueltas y las ausencias, siempre encontraba el modo de regenerarse si había alguien dispuesto a cuidarla.

Ella se arrodilló sobre la tierra fresca, esa que él había mantenido fértil y dispuesta, y hundió sus dedos en el surco. El contacto con lo elemental la hizo sentir, por primera vez en años, que sus pies estaban exactamente donde debían estar.

​Con una delicadeza casi mística, fue colocando cada semilla de almendro en el pequeño hoyo que había cavado. Él se arrodilló a su lado, no para hacerlo por ella, sino para acompañar el gesto, cubriendo con sus manos grandes y curtidas las manos de ella mientras empujaban la tierra de vuelta para proteger el futuro que acababan de sembrar.

​—Estas semillas son el principio de todo lo que vendrá —, susurró ella, sintiendo el calor de la piel de él contra la suya—. Ya no habrá más inviernos de soledad en este valle.

​Él asintió, y en el silencio de la tarde que moría, se quedaron así un momento: unidos por la tierra, por las raíces que nunca se secaron y por la promesa de que, en la próxima primavera, el blanco de los almendros sería el testigo de su historia recuperada.

​El sol terminó de ocultarse tras las colinas, dejando paso a un cielo cuajado de estrellas que empezaban a brillar sobre la casona, el joven nogal y dos corazones que, finalmente, habían dejado de ser náufragos para volver a ser hogar.



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ESCENA 1, EL UMBRAL DEL HUERTO

 


 

27 de Marzo Día Internacional del Teatro.


 

Inspirada en " Sueño de Una Noche de Verano", de William Shakespeare, versión moderna, rústica.

​Personajes: Eduardo y Constanza.


​(El sol se oculta tras los cerros, tiñendo de oro los surcos de la tierra. Constanza observa el horizonte con serenidad; Eduardo se acerca con paso firme pero respetuoso).

​Eduardo: El campo parece en paz, Constanza, pero sé que bajo esta calma tu voz sigue agitando las conciencias. Dicen en mi casa que tus palabras son muros que nos separan.

​Constanza: (Sin mirarlo aún) Los muros no los construyen las palabras, Eduardo, sino los silencios de quienes ven la injusticia y callan. Yo solo le pongo nombre a lo que tú, desde tu balcón de piedra, prefieres ignorar.

​Eduardo: No ignoro nada. He crecido escuchando que mi apellido es una ley, pero al verte defender a los que no tienen nada, esa ley me pesa como una cadena. ¿Es que no hay un suelo común donde podamos encontrarnos sin que el pasado nos juzgue?

​Constanza: (Se vuelve hacia él) El suelo es este que pisas. Pero para caminar conmigo, tienes que entender que la dignidad no es una herencia que se recibe, sino un derecho que se cultiva día tras día. Mi amor no puede florecer en una tierra donde otros no pueden sembrar su propio pan.

​Eduardo: Entonces enséñame a labrar esa dignidad. Prefiero ser un hombre libre a tu lado que un señor de tierras baldías sin tu respeto.

​Constanza: (Con una leve sonrisa) Cuidado, Eduardo. Ese camino no tiene regreso. Una vez que abres los ojos a la verdad del prójimo, ya no puedes volver a cerrarlos para dormir tranquilo.

 

 

PACTO EN EL HUERTO

(Soneto)


​En el jardín la tarde se desmaya

bañando el surco de un color de oro

unidos en un místico tesoro

donde la voz del alma nunca calla.


​No importa ya la herencia ni la valla

ni el viejo orgullo que guardó el decoro

pues frente al llanto que escuché en el coro

mi propia casta al fin se queda a raya.


​Buscamos una tierra más sincera

donde el honor no sea un privilegio

y el pan se siembre en libre sementera.


​Que el mundo cambie su rigor regio

pues todo lo que fue sombra y herido

en luz de un nuevo amor se ha convertido.



@copyrigth

LA VOZ TRAS LA MÁSCARA

 





 

27 de Marzo,  Día Mundial del Teatro. Celebrar el teatro es celebrar la capacidad humana de vernos reflejados en otros. Aunque el día oficial fue ayer, la magia de las tablas no caduca.

​El teatro es, quizá, el único espejo que no engaña. Mientras el mundo nos obliga a usar máscaras de hierro para sobrevivir al día a día, el actor se pone una de cartón para, paradójicamente, desnudarse el alma. En esa tabla de madera, que es un pequeño universo contenido, la justicia deja de ser un concepto abstracto para volverse carne, llanto y palabra.

​Es en el escenario donde los vulnerables recuperan su voz. Allí, el tiempo se detiene y nos obliga a mirar de frente aquello que preferimos ignorar en la calle: el dolor del prójimo, la fragilidad de la existencia y la fuerza de la dignidad que no se rinde.

​Escribir sobre el teatro es honrar esa capacidad humana de ser "el otro" para entendernos a nosotros mismos. Porque, al final de la función, cuando las luces se apagan y el silencio inunda la sala, descubrimos que la obra más importante no es la que acabamos de ver, sino la que escribimos con nuestros actos al salir a la vida.



@copyrigth

ESTAMPA DE CAMPO Y ALEGRÍA

 



Soneto

 

​Bajo el ala de un fiel y buen sombrero

sonríe Dana al sol, alma encendida

luciendo su baqueta bien curtida

al paso de un burrito aventurero.

 

​Es de color café, noble y certero

el dulce compañero de su vida

que avanza con la calma ya aprendida

por la senda del campo y el sendero.

 

​En sus botas resuena la vivencia

de un trote que el destino ha consentido,

un rito de ternura y de inocencia.

 

​En ese andar que el tiempo ha detenido,

se abraza la más pura convivencia

un lazo que jamás será de olvido.

EL GUÍA DE LOS MARES.

  (Rima Octava real) ​ ​Domina el capitán la cresta fría, su mano es firme, el pulso no vacila, conoce el mapa que la mar traía ...