sábado, 11 de julio de 2026

ROMANCE DE LA ESPERA

 




(Inspirado en la fotografía)



​El sol se oculta en la tarde coruñesa

tiñendo el cielo de un triste arrebol,

mientras la brisa, que libre regresa

juega en las hojas del verde crisol.

​En esa banca de tablas gastadas

donde el destino un encuentro pactó,

quedó la huella de manos atadas

de una promesa que el viento llevó.


​"A las seis..." decía la nota bendita

firmada apenas con trazo de amor;

mas pasa el tiempo de aquella cita,

y solo queda el amargo dolor.

​Sostiene firme la rosa encarnada

mientras los ojos miran al azar,

las aves pasan en su desbandada,

testigos mudos de un largo esperar.


​El astro rey se despide a lo lejos

el frío avanza, la noche llegó,

y en el pavón de los mudos reflejos,

aquella espera en romance quedó.




@copyright

Fotografia del escritor Carlos Blanco Cubeiro

La Coruña, España.

ROMANCE DEL RECUERDO Y LA VEREDA




Romance


 

​No es que te haya olvidado,

es que vives en mi pecho,

como un tatuaje invisible

que se resguarda en el tiempo.

​Siento latir tu presencia

en el centro del recuerdo,

por siempre vas a mi lado,

caminando en mi silencio.

​No te apartas de mi vida,

ni te alejas un momento,

eres la luz encendida

que va guiando mi sueño.

 

​Aunque la distancia ponga

su distancia y su recelo,

no hay olvido que someta

lo que late aquí adentro.

​Si andando por la vereda

las aves por ti preguntan,

les digo que vas conmigo,

muy cerca, de mi mano puesta.

​Les miento que eres feliz

aunque me queme el recuerdo,

porque es tan grande el sufrir

de este dolor en silencio.

 

​Se visten de azul los días

si les aseguro el cuento,

pero al quedarme tan sola,

ruge por dentro el invierno.

​Que sigan cantando libres

sin saber de mi tormento,

que piensen que vas conmigo...

y no que eres solo un rezo.


Imagen de Google

EL LEGADO DE LA TIERRA





 

​El día en el campo no avanza por las manecillas de un reloj, sino por el pulso de la tierra. Para don Silvestre, la jornada comenzaba cuando la madrugada aún era un manto oscuro salpicado de estrellas. Antes de que el sol asomara en el horizonte, el aroma a café de olla con canela ya inundaba la cocina. Don Silvestre se ajustaba el sombrero de tres pedradas, se calzaba las botas y salía al patio, donde el aire fresco de la mañana le limpiaba los pulmones.

​Caminó hacia el corral con el freno y la cuarta en la mano. Ahí lo esperaba el Azabache, su caballo fiel, un animal de capa oscura y mirada inteligente que relinchó suavemente al reconocer los pasos de su amo. Don Silvestre lo palmeó en el cuello con cariño, le colocó la silla charra y ajustó el cincho con la destreza que dan los años. Al hombro llevaba ya su reata de lechuguilla, lista para cualquier faena.

​Su primera tarea era en el potrero. Al abrir las trancas, el ganado comenzó a moverse con parsimonia, respondiendo a los chiflidos familiares del viejo campirano. El tintineo de los cencerros y el eco de los cascos del Azabache sobre la tierra seca rompían el silencio del amanecer. Ver a los animales pastar en libertad, bajo el cielo que empezaba a teñirse de rosa y oro, le devolvía a don Silvestre una paz que ningún dinero en el mundo podía comprar.

​A media mañana, el camino lo llevó bordeando la milpa. Se detuvo un momento a contemplar la siembra. Las cañas de maíz se levantaban orgullosas, altas y verdes, entrelazadas con las guías de las calabazas y el frijol que buscaba el sol. Para don Silvestre, la milpa era un templo sagrado. Al tocar una de las hojas ásperas, recordó las palabras de su padre: "La tierra no es nuestra, Silvestre; nosotros somos de ella. Si la cuidas, ella nunca te dejará con las manos vacías" .

​El mediodía cayó con toda su fuerza, y el calor hacía vibrar el horizonte. Don Silvestre buscó la sombra de un viejo mezquite para refrescarse con el agua de su guaje. Desde ahí, contempló la inmensidad del paisaje: el cerro al fondo, el vuelo circular de un gavilán y el susurro del viento entre los matorrales.

​Al caer la tarde, cuando el sol se escondía pintando el cielo de rojos y violetas, don Silvestre regresó al calor de su hogar. Mientras desensillaba al Azabache y lo dejaba descansar, miró sus propias manos: gastadas, llenas de surcos, idénticas a la tierra que labraba.

​Vivir rodeados de la Madre Naturaleza es recordar, a cada segundo, lo que verdaderamente importa. En el vaivén de la milpa, en la nobleza del caballo y en el silencio del potrero, don Silvestre encontraba una riqueza que las grandes ciudades han olvidado, la fortuna de respirar aire limpio, de comer lo que se siembra y de dormir con la conciencia tranquila bajo el arrullo de los grillos. La naturaleza no solo nos da el sustento; nos ofrece un espejo para el alma, recordándonos que la belleza más pura radica en la sencillez, el respeto y la gratitud por la vida que late a nuestro alrededor.





Imagen de Google

@copyrigth

LA MILPA DE MI PADRE





 

​De niños, cuando nos llevaba a la milpa a mi hermano y a mí, nos trepaba dentro de dos canastos, uno de cada lado, sobre la burra mocha. Seguidos por él, que cabalgaba su caballo, nos echaba por delante.

​Recogíamos calabazas, maíz y demás vegetales que se sembraban ahí para llevarlos a casa; lo que consumíamos era cosechado por su propia mano. Me gustaba el potrero, verlo trotar en su potro supervisando el ganado y escuchar cómo lo llamaba a chiflidos.

​También me gustaba recoger, entre las montañas de pastura, los suculentos huevos de las gallinas.

 Más aún cuando pasaba mi abuelo, que se dirigía al estanque a dar de beber a sus caballos. Esa era la vida en Cerros Blancos, hoy un lugar olvidado y alejado de la civilización; tal parece que, al salir nosotros de ahí, su luz se apagó.

​Hoy solo tengo recuerdos de esa vida en el campo que tanto añoro y a la que un día quisiera volver. Pero ya no está mi padre, ni mi abuelo tampoco, y solo me dejaron recuerdos que en el alma atesoro...

 

 

 

 

 

 

EL ECO DE CERROS BLANCOS

 

​Ya camina la memoria

por la senda del pasado,

donde el tiempo se detiene

bajo el cielo desatado.

Dos canastos en la burra,

dos hermanos de la mano,

y adelante nos echaba

la mirada de mi padre.

​Va trotando en su caballo,

capitán de aquel espacio,

recorriendo los potreros,

vigilando a su ganado.

Cruza el viento su chiflido,

fuerte, claro y soberano,

y las reses obedecen

el sonido de su amo.

​Entre lomas de pastura,

donde el sol se va filtrando,

busco el nido de las aves

y los huevos voy guardando.

Viene el viejo con prestancia,

mi buen abuelo estimado,

que camina hacia el estanque

a dar agua a sus caballos.

​¡Ay, mi tierra, Cerros Blancos,

viejos días soberanos!

Hoy pareces un olvido

lejos, libre y apartado,

como si al marchar nosotros

tu candil se hubiera ahogado.

​Ya no están los dos jinetes

que la vida me otorgaron,

pero llevo sus memorias

en el alma, como un faro.



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LA CEGUERA LUMINOSA, EL NÁUFRAGO DE LA CONCIENCIA EN EL SIGLO XXI.

 




Inspirado en la ilustración de la obra, satírica del artista polaco Paweł Kuczyński, titulada "Siglo XXI", también conocida como el “Jardín Perfecto".

 

Ensayo

 

​Por la condición humana y la urgencia de despertar.


​La paradoja más trágica de nuestra era es que, en el momento de la historia humana en que presumimos de la mayor conectividad global, nos encontramos sumidos en el aislamiento más profundo. Vivimos atrapados en una realidad distorsionada, un espejismo digital donde el murmullo constante de las notificaciones ha suplantado al pensamiento crítico y a la verdadera contemplación. Lamentablemente, la gravedad de la situación no radica solo en nuestra alarmante desconexión del entorno, sino en la absoluta inconsciencia con la que abrazamos nuestra propia alienación.

​La magistral y punzante ilustración del artista polaco Paweł Kuczyński, titulada "Siglo XXI", funciona como un espejo incómodo, pero estrictamente necesario. En ella, una multitud homogénea avanza con la mirada clavada en el destello magnético de sus pantallas, con las espaldas encorvadas en una postura de sumisión casi robótica. La imagen desnuda una verdad desoladora: el dispositivo tecnológico ya no es una herramienta al servicio del ser humano, sino un anestésico que reduce nuestra existencia a unas pocas pulgadas de luz artificial. Absorbidos por el algoritmo, los individuos caminan a ciegas, habiendo renunciado voluntariamente a su individualidad y al libre albedrío.

​El verdadero horror metafórico de la obra se despliega en la parte superior, donde un cortacésped avanza implacable rebanando todo a su paso. Las únicas cabezas que emergen sobre la masa, aquellas que han osado levantar la vista, mirar al frente y salir del letargo, están a punto de ser destruidas por la máquina de la uniformidad social. Es la perfecta alegoría de la homogeneización y el control invisible: el sistema no necesita cadenas físicas para someternos; le basta con mantenernos lo suficientemente distraídos, consumiendo un flujo interminable de banalidades, para que ni siquiera notemos la cuchilla que se aproxima a cortar nuestra disidencia y nuestra humanidad.

​No podemos permitir que el automatismo tecnológico devore nuestra esencia. Compartir sin reflexionar y vivir sin habitar el presente es solo ruido en una fosa común de conciencias dormidas. El verdadero acto de rebeldía en este siglo no consiste en acumular interacciones virtuales, sino en tener el valor de apagar la pantalla, levantar la mirada, observar al prójimo y recuperar la soberanía de nuestro propio tiempo. Es hora de despertar del trance, antes de que la máquina termine de nivelarnos a todos en el silencio de la indiferencia.




@copyrigth

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miércoles, 8 de julio de 2026

LEGADO DE LUZ

 




(A MI PADRE)

 

​Sigue tu luz en mi mente,

en mi pecho y mi mirada,

como un faro que no duerme

en la noche más callada.

Hoy te bendigo, mi padre,

por la senda caminada,

por tus manos que me dieron

el sustento de la infancia.

​Me entregaste por herencia

la riqueza más sagrada:

la humildad para el camino,

sin pedir a cambio nada,

y un amor para este mundo

que las fronteras abraza,

entendiendo que es la vida

un puente que nos hermana.

​Me enseñaste que el tesoro

no es la joya ni la plata,

sino el brillo del afecto

y la paz de la constancia;

a valorar lo que es limpio,

lo que es noble, lo que salva,

y a separar el desierto

de la tierra que es de gracia.

​Pero también me inculcaste

la firmeza de la espada

para defender mi sitio

y mi condición humana;

a no agachar la cabeza

cuando la justicia calla,

y a sostener mis derechos

con la palabra templada.

​Gracias, papá, por ser guía,

por la huella bien trazada.

Ser agradecida es ley

que en mi pecho se consagra.

Aunque partiste hace tiempo,

tu herencia no se desgasta:

soy el fruto de tu amor,

soy el eco de tu alma.



Imagen Google

ROMANCE DEL AMOR TARDÍO


 



​Es este amor tan tardío

un capricho del destino,

que se ha aferrado a amar tanto

acaso a un imposible.

Tal vez la larga soledad

influya en nuestra historia,

o tal vez sea este fuego

que en el invierno nos toca.

​Llegaste cuando las hojas

ya caían por el suelo,

con el reloj de la vida

marcando los frentes fríos.

¿Dónde estabas por la mañana,

cuando el sol claro nacía?

¿Por qué has venido a buscarme

cuando la tarde declina?

​No es un amor de promesas,

de primaveras floridas,

es el calor del refugio

que cura viejas heridas.

Tiene el sabor de lo eterno,

la calma que da el abismo,

y aunque llegó a contramano,

yo le bendigo el camino.

​Que digan que ya es muy tarde,

que el tiempo cerró las puertas,

que el amor no reconoce

las almas que andan despiertas.

Si es imposible o locura,

que el viento juzgue el olvido,

que a mí me basta tu mano

para sentirme bendecido.

ECO DE UN PRIMER AMOR

 



 

Fue aquella tarde de junio,

con el cielo encapotado,

cuando las viejas raquetas

nuestros labios imitaron.

Tarde de frontón y juego,

tarde de sueños floridos,

donde el primer amor nace

sin temor al desafío.

Yo apenas catorce años,

tú ya dieciséis cumplidos;

la secundaria y la prepa

en un beso se reunieron.

Mas el tiempo no se para

y las aulas florecieron;

la universidad dispuso

que cambiáramos de rumbo.

Cada cual tomó su senda,

lejos de aquel viejo muro,

pero el alma no se olvida

de aquel amor tan maduro.

AMORES IMPOSIBLES.


 



De uno y mil colores son los bellos amores,

nos tiñen el alma de radiantes sensaciones,

locos de pasión vemos hasta alucinaciones

aunque después de vivirlos y gozar los llores.

 

Como el arcoíris brillan solo un momento

y en su fulgor intenso se lleva el sentimiento,

dejando en el pecho un vacío y un lamento

pero en su fuego ardemos, aunque sea un tormento.

 

Amores imposibles de fuego y de cristal

quemándonos la vida en un dulce espiral

se escapan como el viento tan cerca y tan letal,

Pero aunque nos destruyan los buscamos igual.

 

Con miradas furtivas y palabras prohibidas,

escondemos historias en caricias perdidas

soñando en el silencio con vidas compartidas,

pero el destino ríe cerrando nuestras vías.

 

Amores que nos queman nos hieren y nos salvan

son espejos rotos donde el alma se embalsama

en un rincón oscuro donde la razón se calma,

amores imposibles son un arma y un drama.

 

Amores imposibles de fuego y de cristal

quemándonos la vida en un dulce espiral,

se escapan como el viento tan cerca y tan letal,

pero aunque nos destruyan los buscamos igual.

ROMANCE AL OCASO DE LA CORUÑA.


 


 

​Se apaga el día en la costa,

viste el mar de manto herido,

mientras el sol de Galicia

va buscando su escondite.

​Un destello de oro viejo

va pintando los abismos,

y en las aguas de Coruña

brilla un sendero encendido.

​Lejos se dibuja el faro

como un guardián del destino,

frente a un lienzo de ceniza

y de nubarrones grises.

​El Atlántico susurra

viejos versos clandestinos,

historias de marineros

que las olas han traído.

​Quédate, luz de la tarde,

en el pecho sumergida,

que la noche ya despierta

con su calma de infinito.

 

Fotógrafo : Carlos Blanco Cubeiro

La Coruña, España.

ROMANCE AL OCASO DE LA CORUÑA.




 

 

​Se apaga el día en la costa,

viste el mar de manto herido,

mientras el sol de Galicia

va buscando su escondite.

​Un destello de oro viejo

va pintando los abismos,

y en las aguas de Coruña

brilla un sendero encendido.

​Lejos se dibuja el faro

como un guardián del destino,

frente a un lienzo de ceniza

y de nubarrones grises.

​El Atlántico susurra

viejos versos clandestinos,

historias de marineros

que las olas han traído.

​Quédate, luz de la tarde,

en el pecho sumergida,

que la noche ya despierta

con su calma de infinito.

 

 


ROMANCE DE LA ESPERA

  (Inspirado en la fotografía) ​El sol se oculta en la tarde coruñesa tiñendo el cielo de un triste arrebol, mientras la brisa, que ...