domingo, 22 de marzo de 2026

VERSOS PARA UNA REINA.

 





A Olga González Ferreiro.

(España)

 

En el Día Internacional de la Poesía.

​Hoy el cielo está de fiesta,

la poesía ha llegado,

con un ángel que ha bajado

y una pluma que se presta.

 

Olga escribe su respuesta

con un brillo muy sincero,

en un blog de lucero

donde el alma nunca acuesta.

 

​Su pluma de oro reluce

entre nubes de cristal,

en un verso espiritual

que a la calma nos conduce.

 

Su palabra se introduce

en mi pecho con su voz:

"¡Ánimo!", dice veloz,

y su luz me reproduce.

 

​Seguimos siendo las reinas

de este mundo y del de allá,

donde el tiempo ya no va

y tus penas tú despeinas.

 

Con poemas tú me peinas

el recuerdo y la emoción,

pues guardo en mi corazón

la gloria con que te reinas.

 

 

 

SEMBLANZA DE UNA REINA

 

 

​Olga González Ferreiro no solo fue una poeta de voz profunda y sensible, sino un alma generosa que entendía la amistad como un pacto sagrado de lealtad y alegría. Su pluma, hoy de oro en las alturas, supo plasmar la belleza de lo cotidiano y la fuerza de la resiliencia.

​Compañera infatigable de letras y de vida, Olga dejó una huella imborrable con su frase de cabecera: "¡Ánimo amiga, seguimos siendo las reinas!". Esa sentencia no era solo un consuelo, sino un estandarte de dignidad y valentía que hoy sigue resonando en cada verso que le dedicamos.

EL OFICIO DE POETA

 



 

​El verso nace libre, casi herido

en manos que no buscan el tesoro

pues vale el sentimiento más que el oro

aunque el pan de la mesa sea esquivo.

 

​No importa que el afán quede en olvido

el poeta mantiene su decoro

brindando en cada estrofa su sonoro

latido de cristal ya agradecido.

 

​Es un oficio ciego y entregado

donde el alma se entrega por entero

al arte que no sabe de mercado.

 

​Porque al final del largo y fiel sendero

queda el poema vivo y rescatado

del tiempo que castiga al mercadero.



Imagen de Google

EL SILENCIO Y LA HERIDA

 




​"La sociedad humana está mal, tanto por las fechorías de los malos, como por el silencio cómplice de los buenos."

— Facundo Cabral.



​Callar es una forma de ir muriendo,

es sentir que en el alma el aire falta,

querer gritar al ver la injusticia alta

y hallarse muda, el miedo consumiendo.

 

​Muda de horror, de un hartazgo vacío,

¿de qué sirve el clamor en la tormenta?

Si el mortero es de hierro y nos afrenta,

el alma busca el gris del desvarío.

 

​Meditando, con la frente humillada,

busca una grieta en este laberinto;

mientras el tirano, fiel a su instinto,

hiere a muerte con la mano ocupada.

 

​¡Pobre mi pueblo que de luto viste!

Hoy siente que los labios rozan suelo,

sin una voz, sin paz y sin consuelo,

buscando el sol que entre la sombra existe.


Imagen de Google

EL LECHO DE PROCUSTO

 




Soneto

 

​En su morada de impiedad y hierro

el vil gigante al caminante espera

no ofrece paz ni hospitalidad sincera

solo el rigor de un absoluto encierro.

 

​Si el cuerpo sobra, con su acero infame

corta el orgullo de quien sea alto

y si es pequeño, con cruel asalto

estira el hueso hasta que el alma clame.

 

​Quiere el tirano, en su soberbia vana

que todo ajuste a su medida estrecha

buscando el eco de la voz humana.

 

​Maldito aquel que la razón desecha

pues con su ley que la injusticia allana

nos deja el corazón con una brecha.

EL REENCUENTRO

 





(Género romántico con tintes de suspenso)

 

 

Nuestra protagonista, Constanza , busca un ejemplar descatalogado de una antología de poemas. Al estirar la mano hacia el estante más alto, sus dedos rozan el lomo de cuero de un libro, pero al mismo tiempo, otra mano, fuerte, de dedos largos y piel curtida, se posa sobre la misma obra.

​Ella se gira, un poco a la defensiva, pero sus palabras se quedan atrapadas al ver los ojos de Eduardo. Él no es un desconocido total; es el hombre que, hace veinte años, le prometió escribirle una carta cada día de su vida y del que no supo nada más tras una tarde de verano en el muelle.

​Eduardo sonríe con una mezcla de dolor y asombro, y le dice en un susurro:

—Sabía que si buscaba este poema, tarde o temprano, te encontraría a ti.

​Las manos de ambos quedaron suspendidas sobre el lomo del libro, una vieja edición de rimas olvidadas. Constanza sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la humedad de la tarde. Al girarse, se encontró con la mirada de Eduardo.

​Los años habían dejado huellas de sabiduría en su rostro, pero sus ojos conservaban ese brillo de determinación que ella recordaba tan bien. Él rompió el silencio con una voz que parecía viajar desde el pasado:

​—Constanza... he pasado media vida buscando las palabras correctas para explicar por qué me fui, y resulta que todas estaban guardadas en este libro.

​Ella sintió que el tiempo se detenía entre los estantes de madera crujiente. Habían pasado dos décadas desde aquella tarde en que él desapareció sin dejar rastro, dejando una promesa de amor en el aire y un vacío que ella aprendió a llenar con sus propios versos.

​Constanza retiró la mano del libro como si el papel quemara. Sus ojos buscaron los de Eduardo, exigiendo la verdad que el tiempo le había negado. Él bajó la mirada, y con una voz cargada de una vieja fatiga, confesó:

​—No me fui porque dejara de amarte, Constanza. Me fui porque me enteré de que mi padre había contraído una deuda impagable con hombres que no perdonan. Me amenazaron: si no desaparecía de tu vida y trabajaba para ellos en el extranjero hasta saldar el último centavo, te harían daño a ti.

​El aire en la librería se volvió denso. Eduardo continuó, con las manos temblorosas:

​—Pasé años en puertos lejanos, viviendo bajo otro nombre, ahorrando cada moneda para comprar mi libertad y la tuya. No podía escribirte; cada carta era un hilo que ellos podían seguir hasta encontrarte. Elegí tu olvido para garantizar tu vida.

​Constanza sintió que el suelo se movía. Aquel vacío de veinte años no fue abandono, sino un sacrificio silencioso. Él había sido un fantasma para que ella pudiera ser una mujer libre.

Eduardo, con un pulso que delataba su nerviosismo, extrajo del bolsillo interior de su gabardina un sobre de cuero, gastado por el roce y el tiempo. Lo puso sobre el mostrador de madera de la librería, justo al lado del libro de rimas.

​—Durante dos décadas, Constanza, cada noche escribía una sola frase en estas hojas. No podía enviarlas, pero necesitaba que supieras, aunque fuera en el silencio de mi encierro, que mi alma seguía a tu lado.

​Constanza abrió el sobre con manos temblorosas. Dentro, encontró pequeños trozos de papel de diferentes texturas: servilletas de barcos, hojas de cuadernos extranjeros, incluso pedazos de mapas. En todos ellos, con la caligrafía firme pero apresurada de Eduardo, se leía la misma frase, repetida con la devoción de un rezo:

​"Hoy también te he protegido con mi ausencia. Sigue brillando, mi reina."

​Al final del fajo de papeles, envuelto en un pañuelo de seda azul, apareció algo que ella reconoció al instante: el anillo de plata con forma de rama de olivo que ella había perdido la tarde de su despedida en el muelle.

​—Lo encontré en la arena antes de subir al barco —susurró él—. Fue mi amuleto, mi brújula y mi única razón para no rendirme cuando el mundo se volvía oscuro.

El aire de la librería, que hasta hace un momento se sentía cálido por la nostalgia, de pronto se volvió gélido. Constanza apretó el anillo contra su palma, sintiendo el frío metal, pero antes de que pudiera pronunciar palabra, el sonido de la campanilla de la puerta anunció una entrada.

​No era un cliente común.

​Un hombre de paso pesado, envuelto en un abrigo de cachemir oscuro, se detuvo a pocos metros de ellos. Al quitarse el sombrero, reveló un rostro que el tiempo no había tratado con amabilidad: era Don Julián, el antiguo bibliotecario del pueblo, el mismo que les prestaba libros cuando eran adolescentes. Pero su mirada ya no tenía la bondad de antaño; era afilada como un bisturí.

​—Llegas tarde con el pago final, Eduardo —dijo el anciano con una voz que arrastraba una autoridad oscura—. Veinte años de exilio no borran los intereses de una deuda de sangre.

​Constanza palideció. Miró a Eduardo, cuya expresión pasó del amor al terror más absoluto.

​—¿Don Julián? —susurró ella, sin comprender—. Pero si él... él nos ayudaba.

​—Él era el dueño de la deuda de mi padre, Constanza —confesó Eduardo, poniéndose delante de ella para protegerla—. Él fue quien me dio el ultimátum en el muelle. Nunca fueron "hombres de fuera". El peligro siempre estuvo aquí, sentado detrás de este mostrador, vigilando cada uno de tus pasos mientras yo no estaba.

​Don Julián soltó una risa seca, carente de alegría.

​—La protegí, sí. Me aseguré de que Constanza fuera una escritora de éxito, de que nadie la molestara... siempre y cuando tú cumplieras tu parte del trato en los astilleros del sur. Pero ahora que has vuelto por el anillo, Eduardo, has roto la regla principal: la distancia.

Constanza no retrocedió. Al contrario, cerró el puño sobre el anillo de plata y dio un paso al frente, colocándose al lado de Eduardo. Sus ojos, que antes brillaban con lágrimas de nostalgia, ahora ardían con la chispa de la justicia.

​—Se equivoca, Don Julián —dijo ella, con una voz que resonó entre las estanterías como un verso de sentencia—. Usted no me protegió. Usted me robó la vida, nos robó el tiempo y pretendió ser el autor de una historia que no le pertenece.

​El anciano arqueó una ceja, burlón, pero su sonrisa flaqueó cuando Constanza sacó de su bolso un pequeño cuaderno de cuero: su compendio de notas personales.

​—Durante veinte años, mientras Eduardo trabajaba en el exilio, yo no solo escribí poemas. Como escritora, aprendí a leer entre líneas. Noté que las deudas de su padre se cancelaron misteriosamente el mismo día que usted compró esta librería con dinero de procedencia dudosa. He guardado registros, fechas y testimonios de otros jóvenes que, como Eduardo, desaparecieron del pueblo bajo sus "consejos".

​Don Julián dio un paso atrás, su rostro palideciendo.

​—Son solo desvaríos de una poeta, Constanza. Nadie te creerá.

​—No son desvaríos, es una crónica —sentenció ella—. Y está enviada por correo programado a la fiscalía de la ciudad. Si Eduardo y yo no salimos de aquí en diez minutos, su "imperio de papel" arderá bajo el peso de la ley. Usted subestimó el poder de una mujer que sabe observar y, sobre todo, que sabe recordar.

​Eduardo miró a Constanza con una mezcla de asombro y adoración. La "reina" no necesitaba ser rescatada; ella misma había forjado su propia armadura con palabras y valentía.

El final de Don Julián no podía ser otro que el de un villano consumido por su propia red de mentiras. Al verse acorralado por la lógica implacable de Constanza, el anciano intentó abalanzarse sobre el cuaderno, pero sus manos, acostumbradas a pasar páginas y no a la lucha, fallaron estrepitosamente.

​Don Julián tropezó con una pila de libros viejos, esos mismos que usaba como fachada para su oscuridad. Al caer, un estante cargado de pesados tomos de leyes y crónicas antiguas cedió, sepultándolo bajo el peso de la historia que él mismo había intentado manipular.

​Eduardo dio un paso al frente, pero Constanza le puso una mano en el pecho, deteniéndolo.

​—Déjalo, Eduardo. El peso de sus actos es lo que lo ha vencido, no nosotros.

​Fuera de la librería, las sirenas de la policía empezaron a cortar el aire de la noche, mezclándose con el repicar de la lluvia. El correo programado de Constanza había llegado a su destino. Los oficiales entraron y, mientras levantaban al anciano —ahora pequeño, frágil y derrotado—, uno de ellos se acercó a la pareja.

​—Señora Constanza, sus pruebas han sido clave. No solo por Eduardo, sino por otros diez nombres que figuraban en sus notas y que dábamos por perdidos.

​Eduardo miró a Constanza con una devoción renovada. Ella no solo había esperado; ella había luchado en silencio, convirtiendo su dolor en una investigación meticulosa.

​—Me dijiste que me protegías con tu ausencia —susurró ella, mientras le ponía el anillo de plata en la mano a Eduardo para que él se lo colocara de nuevo—. Pero yo te protegí con mi memoria. Ahora, por fin, podemos dejar de escribir tragedias.

​Se tomaron de la mano y salieron de la librería. Ya no llovía. El aire olía a tierra mojada y a esa libertad que sabe a victoria. Eduardo la atrajo hacia sí y, bajo el primer rayo de luna que rompía las nubes, le hizo una promesa definitiva:

​—Mañana, Constanza, escribiremos el primer verso de nuestra verdadera vida. Y esta vez, nadie nos quitará la pluma.

 



Imagen de Google

@copyright

sábado, 21 de marzo de 2026

LUCES EN LA CIUDAD ALTA

 




(Género Negro)

 

 

​El ático del edificio Apex no era una vivienda; era una declaración de poder suspendida a trescientos metros sobre el miedo de la calle. Desde las paredes de cristal que envolvían el salón, la metrópoli parecía un tapiz inofensivo de joyas eléctricas, pero Adrián sabía que cada punto de luz ocultaba un secreto o una traición en potencia. Aquella noche, la gala de beneficencia reunía a la élite de la Ciudad Alta, hombres y mujeres con trajes de seda y sonrisas ensayadas que se movían entre las bandejas de champán con la cautela de depredadores en una tregua incómoda. Adrián sostenía su copa sin beber, observando el reflejo de la sala en el vidrio: nadie miraba a los ojos por más de un segundo, y las conversaciones eran solo ruido blanco para enmascarar la paranoia colectiva. En ese mundo de lujo blindado, la única certeza era que el cuchillo más afilado siempre venía de la mano que acababas de estrechar.

Una mujer vestida de rojo, cuya seda parecía una herida abierta entre tanto traje gris y negro, se deslizó hasta quedar a su lado. No lo miró; fijó la vista en el abismo de luces exteriores, pero su voz, un susurro gélido, le llegó con la nitidez de una confesión.

​—No confíes en el anfitrión, Adrián —dijo ella, apenas moviendo los labios—. El champán no es lo único que está envenenado esta noche. Aquí, la cortesía es solo el envoltorio de la ejecución.

​Adrián sintió un latigazo de adrenalina. En la Ciudad Alta, los nombres eran armas, y que ella supiera el suyo sin haber sido presentados era la primera señal de peligro. Observó por el reflejo del cristal cómo el anfitrión, un magnate de mirada opaca, levantaba su copa en el centro del salón. La mujer de rojo apretó su propio bolso de mano con una fuerza que hizo palidecer sus nudillos.

​—Míralos —continuó ella, con una amargura que traspasaba la elegancia—. Sonríen porque el miedo a ser el siguiente es lo único que los mantiene unidos. Pero esta noche, el orden de la pirámide va a colapsar.

Adrián no se dejó seducir por el rojo de aquel vestido ni por la urgencia del aviso. En la Ciudad Alta, la filantropía era un disfraz y la ayuda, una trampa de largo alcance. Se giró lentamente, rompiendo la regla no escrita de no mirar a nadie directamente a los ojos, y clavó su vista en la mujer.

​—¿Quién te envía? —preguntó con una voz que cortaba el aire como una hoja de afeitar—. En esta ciudad nadie regala advertencias. El altruismo murió hace décadas en estas plantas altas. Dime qué buscas a cambio de tu "lealtad" de un minuto.

​La mujer dejó escapar una risa seca, casi inaudible. No era una risa de alegría, sino de reconocimiento.

​—Inteligente —murmuró ella, acercándose un centímetro más, lo suficiente para que Adrián oliera un perfume que recordaba al ozono antes de una tormenta—. Mi precio es simple: quiero salir de aquí con vida, y tú eres el único en este salón que no tiene las manos manchadas con la sangre del proyecto Ícaro.

​Adrián palideció. Ese nombre era un mito urbano, un rumor de pasillo sobre el control total de la vigilancia en la ciudad. Si ella sabía eso, el veneno en el champán era el menor de sus problemas.

​—Si nos ven hablar demasiado tiempo, seremos los primeros en caer del pedestal —añadió ella, deslizando un pequeño dispositivo metálico en el bolsillo de la chaqueta de Adrián—. Guárdalo. Es la llave de la verdad que todos estos buitres intentan ocultar tras sus sonrisas de diseño.

​El nudo de la traición

​La desconfianza es ahora mutua y total. Adrián tiene en su bolsillo algo que podría destruir a toda la élite de la Ciudad Alta, pero está rodeado de enemigos armados con influencias y copas de cristal.

Adrián sintió el peso del dispositivo en su bolsillo como si fuera una brasa ardiendo. La mujer de rojo se desvaneció entre la multitud con una agilidad felina, dejándolo solo frente al abismo de cristal. No tuvo tiempo de reaccionar: al girar la cabeza, captó el brillo metálico de los auriculares.

​Dos hombres de seguridad, cuyas mandíbulas parecían talladas en granito, habían abandonado sus posiciones en las esquinas. No corrían, no gritaban; se movían con esa parsimonia letal de quienes saben que su presa no tiene escapatoria. Bloquearon la salida principal con una sincronización perfecta, cruzando sus miradas sobre la cabeza de Adrián como si trazaran una línea roja en el aire.

​En la Ciudad Alta, la seguridad no protegía a los invitados; protegía los secretos de los dueños.

​Adrián miró a su alrededor. Los demás invitados seguían riendo, ajenos al cerco que se estrechaba. Aquel salón de lujo, con sus techos infinitos y su aire purificado, se había transformado de repente en una jaula de cristal a trescientos metros de altura. Los guardias empezaron a caminar hacia él, apartando suavemente a un camarero, sus ojos fijos en el bolsillo donde descansaba la "llave de la verdad".

​La red se cierra

​El aire en el ático parece haberse agotado de golpe. Adrián está a pocos metros de ser interceptado y el anfitrión lo observa desde el estrado con una sonrisa que no llega a sus ojos.

Adrián no esperó a que la distancia entre él y el acero de los guardias se acortara un centímetro más. En un movimiento que pareció una torpeza de borracho, pero que ejecutó con la precisión de un esgrimista, lanzó su copa de cristal tallado directamente contra la base de la monumental escultura de hielo que presidía el salón.

​El estruendo del vidrio al estallar contra el bloque helado resonó como un disparo en la acústica perfecta del ático. La escultura, un águila de alas extendidas que simbolizaba el dominio de la Ciudad Alta, se fracturó y se vino abajo con un estrépito ensordecedor, salpicando agua y esquirlas a los pies de los invitados.

​—¡Oh, por Dios! —gritó una mujer, y el pánico contenido de la sala, esa paranoia que Adrián había sentido desde el inicio, se desbordó en un segundo.

​Los invitados retrocedieron en tropel, chocando entre ellos. Los dos guardias perdieron su línea de visión por un instante, bloqueados por una marea de sedas y perfumes caros. Adrián no perdió un segundo; se agachó y se deslizó con la agilidad de una sombra hacia la discreta puerta de acero inoxidable de la cocina.

​Al cruzar el umbral, el silencio alfombrado del salón fue sustituido por el calor sofocante, el olor a grasa y el ruido metálico de las cacerolas. Los camareros lo miraron con desconcierto, pero él ya corría hacia el montacargas de servicio. Sabía que en la Ciudad Alta, los que sirven son los únicos que conocen los túneles por los que escapa la verdad.

​La huida por las entrañas de acero

​Adrián se encuentra ahora en el corazón logístico del edificio Apex. El lujo ha desaparecido; aquí solo hay cemento, cables de fibra óptica y la urgencia de salir antes de que bloqueen el edificio entero.

Adrián no esperó a que la distancia entre él y el acero de los guardias se acortara un centímetro más. En un movimiento que pareció una torpeza de borracho, pero que ejecutó con la precisión de un esgrimista, lanzó su copa de cristal tallado directamente contra la base de la monumental escultura de hielo que presidía el salón.

​El estruendo del vidrio al estallar contra el bloque helado resonó como un disparo en la acústica perfecta del ático. La escultura, un águila de alas extendidas que simbolizaba el dominio de la Ciudad Alta, se fracturó y se vino abajo con un estrépito ensordecedor, salpicando agua y esquirlas a los pies de los invitados.

​—¡Oh, por Dios! —gritó una mujer, y el pánico contenido de la sala, esa paranoia que Adrián había sentido desde el inicio, se desbordó en un segundo.

​Los invitados retrocedieron en tropel, chocando entre ellos. Los dos guardias perdieron su línea de visión por un instante, bloqueados por una marea de sedas y perfumes caros. Adrián no perdió un segundo; se agachó y se deslizó con la agilidad de una sombra hacia la discreta puerta de acero inoxidable de la cocina.

​Al cruzar el umbral, el silencio alfombrado del salón fue sustituido por el calor sofocante, el olor a grasa y el ruido metálico de las cacerolas. Los camareros lo miraron con desconcierto, pero él ya corría hacia el montacargas de servicio. Sabía que en la Ciudad Alta, los que sirven son los únicos que conocen los túneles por los que escapa la verdad.

​La huida por las entrañas de acero

​Adrián se encuentra ahora en el corazón logístico del edificio Apex. El lujo ha desaparecido; aquí solo hay cemento, cables de fibra óptica y la urgencia de salir antes de que bloqueen el edificio entero.

Adrián se lanzó al interior del montacargas justo antes de que las puertas de acero se cerraran con un sordo estrépito metálico. Apoyó la espalda contra la pared de aluminio, jadeando, con el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado.

​Fue entonces cuando la vio.

​En la esquina del elevador, la mujer de rojo ya no parecía la dama sofisticada del salón. Con un movimiento seco y experto, se arrancó la peluca castaña, revelando un corte de pelo militar, rubio platino, que endurecía sus facciones. Se deshizo de los tacones y, bajo la seda roja, Adrián alcanzó a ver una funda de neopreno ajustada al muslo.

​—Tardaste demasiado en romper ese hielo, Adrián —dijo ella sin mirarlo, mientras pulsaba con el nudillo el botón del Sótano 4, el nivel técnico que no figuraba en los directorios públicos.

​—¿Quién eres realmente? —alcanzó a decir él, apretando el dispositivo en su bolsillo—. En la Ciudad Alta nadie tiene ese entrenamiento si no es para servir al anfitrión.

​—Servía al proyecto Ícaro, hasta que comprendí que yo también era un "sacrificio necesario" —respondió ella, y por primera vez, Adrián vio una grieta de humanidad en su mirada de acero—. Ahora, o nos movemos por las venas de este edificio, o seremos parte del cemento de los cimientos antes de que amanezca.

​El montacargas inició un descenso vertiginoso. Las luces del panel parpadeaban en un rojo de emergencia.

​Descenso al Inframundo

​El lujo ha quedado trescientos metros arriba. Ahora están en las entrañas de la ciudad, donde los cables de fibra óptica parecen arterias y el aire huele a ozono y a aceite quemado.

El montacargas se detuvo con un golpe seco en el Sótano 4, un lugar donde el hormigón desnudo y las tuberías siseantes reemplazaban al mármol de las alturas. Al abrirse las puertas, una luz roja de emergencia bañaba el pasillo, revelando un panel biométrico que bloqueaba la única salida hacia los túneles de servicio.

​La mujer se detuvo frente al escáner. Sabía que su huella dactilar activaría una alarma silenciosa en la planta de arriba. Se giró hacia Adrián, y por primera vez, su rostro perdió la rigidez militar. Sacó una pistola compacta de su funda de neopreno y se la extendió por la culata.

​—Vete tú, Adrián —dijo con una calma que le heló la sangre—. En cuanto ponga mi mano en ese panel, los guardias del Apex bajarán como lobos. Yo los distraeré en los niveles técnicos.

​—No voy a dejarte aquí —replicó él, apretando el dispositivo en su bolsillo—. Dijiste que querías salir con vida.

​—Dije que quería que la verdad saliera con vida —lo corrigió ella con una sonrisa triste—. Alguien tiene que contar lo que hay en ese disco, y tú eres el único que todavía tiene una cara limpia en esta ciudad de máscaras. Corre por el túnel norte, te llevará directamente a las alcantarillas de la Ciudad Baja. Allí, la luz del Apex no llega.

​Adrián dudó un segundo, mirando el arma y luego a la mujer que acababa de salvarle la vida. El eco de unas botas pesadas empezó a resonar en el hueco del ascensor, bajando a toda velocidad.

​—¿Cómo te llamas? —alcanzó a preguntar.

​—En la Ciudad Alta, los nombres no importan, solo las funciones —respondió ella mientras ponía su mano sobre el escáner de cristal—. Y hoy, mi función es ser tu salida.

​El panel emitió un pitido agudo y la puerta de acero se deslizó pesadamente. Ella se apostó tras una columna, amononando el arma, mientras las luces del techo empezaban a girar en un baile frenético de color carmesí.

​Adrián corrió. Se internó en la oscuridad del túnel sin mirar atrás, con el sabor amargo de la desconfianza convertido ahora en una deuda de honor. Mientras se alejaba, escuchó el primer intercambio de disparos rebotando en las paredes de cemento.

​Había escapado de las luces de la Ciudad Alta, pero llevaba consigo un fuego que prometía reducir todo aquel lujo a cenizas.

 




@copyright

De Crónicas de la Ciudad de Cristal.

Imagen de Google

EL MUELLE DE LA NIEBLA.

 




(Género Negro)

 

 

​La niebla en el muelle de San Judas no era vapor de agua; era un muro de silencio que se tragaba hasta los gritos de las gaviotas. Aquella noche, el aire pesaba más de lo normal, cargado con el olor a óxido y a promesas rotas. Entre los contenedores oxidados, una figura esperaba apoyada en el poste de luz fundido. No buscaba mercancía, buscaba una verdad que llevaba veinte años sumergida, y el barco que acababa de atracar traía en su bodega algo más que carbón, traía un nombre que nadie se atrevía a pronunciar.

El silencio se quebró no con un estruendo, sino con un chasquido seco, casi amortiguado por la densidad de la niebla. El disparo sordo apenas levantó un vuelo de chispas contra el metal de un contenedor cercano, pero fue suficiente para que el mundo se detuviera.

​La figura junto al poste no se movió de inmediato. El miedo tarda un segundo en recorrer la sangre cuando el frío ya ha entumecido el cuerpo. Al bajar la vista, notó un agujero perfecto en la solapa de su abrigo, un recordatorio de que la verdad que buscaba tenía dientes y estaba dispuesta a morder.

La moneda rodó un par de veces antes de detenerse junto a una de las maderas carcomidas del muelle. Con el corazón martilleando contra las costillas, el protagonista se agachó, protegiéndose tras la masa metálica del contenedor. Al tomarla, el frío del metal le quemó los dedos más que el propio aire marino.

​No era una moneda cualquiera, era una pieza de plata vieja, desgastada por los años pero con una marca reciente. Al frotar la superficie con el pulgar para quitarle el rastro de aquella sustancia oscura, descubrió tres palabras grabadas con la precisión de un bisturí:

​"EL ORO CALLA"

​Los pasos que antes se escuchaban habían desaparecido, tragados por la misma bruma que ahora empezaba a rodear sus pies. El silencio volvió a ser absoluto, pero ya no era un silencio de paz, sino de amenaza. Quienquiera que hubiese disparado, sabía exactamente quién estaba allí y qué es lo que buscaba.

Bajo la única farola que aún conservaba un parpadeo de vida, nuestro protagonista extendió la palma de la mano. La luz amarillenta y enferma de la bombilla hacía que la plata de la moneda brillara con un matiz siniestro. Al darle la vuelta, sus sospechas se confirmaron, no había una fecha convencional, sino una serie de números grabados con una punta fina, casi imperceptibles al ojo descuidado.

​21-03-06

​Un escalofrío, más frío que la propia niebla del muelle, le recorrió la espalda. No era una coordenada geográfica. Era una fecha. Exactamente veinte años atrás, la noche en que el "San Judas" zarpó por última vez antes del gran naufragio del que nadie quiso volver a hablar.

​Pero había algo más. Justo debajo de los números, una pequeña muesca en forma de ancla invertida. Era el sello personal del viejo capitán, aquel hombre que todos dieron por muerto y cuyo cuerpo el mar jamás devolvió.

El aire se volvió de repente más pesado que el plomo. Antes de que pudiera procesar el significado de la fecha en la moneda, el contacto gélido de un cañón de acero se hundió en la base de su cráneo. El metal estaba tan frío que parecía quemar la piel.

​—No debiste volver al muelle, muchacho — susurró una voz que parecía arrastrarse desde el fondo de un pozo, áspera y cargada de salitre— Algunos secretos descansan mejor bajo diez brazas de agua turbia.

​El protagonista se quedó petrificado.

 La luz de la farola parpadeó una última vez antes de rendirse, dejándolos envueltos en una penumbra casi absoluta. Podía oler el tabaco barato y el aroma inconfundible del aceite de motor que emanaba de su captor.

​—Esa moneda... —balbuceó el protagonista, apretando el metal en su puño—... tiene la marca del capitán. Él no murió en el naufragio, ¿verdad?

​Un crujido seco, como el de una madera vieja rompiéndose, fue la única respuesta. Era una risa amarga.

—Si me matas, nunca sabrás dónde escondió el capitán el resto del cargamento —soltó el protagonista, con la voz apenas un hilo, pero cargada de una seguridad que no sentía.

​Sintió cómo la presión del cañón en su nuca cedía un milímetro. Fue un silencio denso, interrumpido solo por el chapoteo del agua contra los pilares de madera. El desconocido soltó un gruñido que bien pudo ser de duda o de desprecio.

​—Crees que sabes mucho, muchacho —la voz rasposa se acercó a su oído, trayendo consigo el hedor del tabaco rancio—. Pero en este muelle, el oro pesa más que la vida. El cargamento del "San Judas" no eran lingotes ni monedas de plata... eran pecados que no caben en una bodega.

​El extraño alejó el arma, pero no se retiró. Permaneció como una sombra acechante a su espalda, permitiéndole al fin darse la vuelta.

​La tensión se corta con un cuchillo

​Frente a él, la silueta del hombre parecía fundirse con la niebla. Llevaba un impermeable largo y raído que chorreaba agua, aunque no estaba lloviendo. Sus ojos, ocultos bajo el ala de un sombrero empapado, brillaron un instante con la luz de un relámpago lejano.

​—Dime qué sabes de la "Caja de los Olvidados" — exigió el hombre, extendiendo una mano llena de cicatrices—. Si de verdad conoces el escondite, quizás vivas para ver el amanecer. Si mientes, la marea te devolverá a la orilla antes de que el sol caliente la arena.

El protagonista metió la mano en el bolsillo con lentitud, evitando cualquier movimiento brusco que reavivara la desconfianza del extraño. Sacó un viejo encendedor de latón y, con un chasquido que sonó como un trueno en el silencio del muelle, una pequeña llama anaranjada cobró vida.

​El círculo de luz era diminuto, pero suficiente para congelarle la sangre.

​Frente a él, el hombre no vestía los harapos de un vagabundo del puerto ni la ropa de trabajo de un estibador. Llevaba el uniforme de gala del capitán del "San Judas". La tela azul oscuro estaba rígida, los botones dorados brillaban con una limpieza imposible y los galones en los hombros parecían recién cosidos. No había rastro de salitre, ni de humedad, ni del desgaste de veinte años bajo el mar. El uniforme estaba impecable, como si el capitán acabara de salir de su camarote para pasar revista, desafiando las leyes del tiempo y de la muerte.

​—Ese uniforme... — susurró el protagonista, la llama temblando entre sus dedos—. Es imposible. Yo mismo vi cómo el barco se hundía con usted en el puente.

​El hombre no parpadeó. Sus ojos eran dos pozos de sombra que no reflejaban la luz del encendedor.

​—El mar no destruye lo que le pertenece, muchacho — respondió el capitán con una voz que ahora sonaba como el crujido de un casco rompiéndose—. Solo lo guarda hasta que alguien reclama la deuda. Y tú tienes la moneda que abre la caja.

Un soplo rápido y el mundo volvió a ser de carbón. La pequeña llama del encendedor se extinguió, dejando grabada en la retina del protagonista la imagen de aquel uniforme impecable, un desafío a la lógica de los naufragios.

​No esperó a que el capitán hablara de nuevo. Con un instinto de supervivencia que le quemaba los pulmones, se lanzó hacia la derecha, buscando el laberinto de acero de los contenedores oxidados. Sus botas golpeaban la madera del muelle con un estrépito que le parecía ensordecedor en medio de aquel silencio sobrenatural.

​Mientras corría, su mirada buscó desesperadamente el suelo, iluminado apenas por el reflejo lejano de las luces de la ciudad. Fue entonces cuando el terror se volvió físico, una náusea que le subió por la garganta, las luces de los barcos vecinos cruzaban sus haces sobre el muelle y, mientras su propia sombra se alargaba y se retorcía sobre el suelo, el capitán no proyectaba nada. El hombre del uniforme era un hueco en la luz, una ausencia de materia que caminaba con la firmeza de un oficial de marina.

Con un grito que le desgarró la garganta, el protagonista sacó la moneda de plata de su bolsillo. El metal parecía latir contra su palma, frío y pesado como un ancla.

​—¡Si la quieres, búscala donde la dejaste! —rugió, lanzando la pieza con todas sus fuerzas hacia la negrura del agua.

​La moneda trazó un arco de plata antes de ser tragada por el mar con un sonido seco, un plop que resonó en todo el muelle. Por un segundo, el mundo contuvo el aliento. El goteo incesante se detuvo. El aire, antes cargado de una presión insoportable, pareció aligerarse de golpe.

​El capitán, que ya asomaba su figura impecable al final del pasillo de contenedores, se detuvo en seco. No hubo un grito de rabia, ni un ataque. Simplemente, su cuerpo empezó a desdibujarse, perdiendo la rigidez de aquel uniforme perfecto. Se convirtió en una columna de niebla gris que se fundió con el ambiente, dejando tras de sí solo un rastro de salitre y el eco de una campana lejana.

​El protagonista se dejó caer contra el metal frío del contenedor, jadeando. El peligro inmediato se había esfumado, pero el muelle de San Judas ya no volvería a ser el mismo para él. Sabía que había comprado tiempo, pero no su libertad. El mar no olvida las deudas, solo las aplaza.

​Al mirar hacia el borde del muelle, donde la moneda se había hundido, vio algo que le erizó el vello, una pequeña burbuja de luz dorada emergió del agua y se quedó flotando un instante antes de apagarse.

El protagonista caminó por el asfalto agrietado del puerto, alejándose de las grúas que parecían esqueletos de gigantes contra el cielo sucio. El silencio del muelle de San Judas era ahora un alivio, una tregua ganada al abismo. Se detuvo un momento para recuperar el aliento y, con la mano temblorosa, buscó en su bolsillo el encendedor de latón. Necesitaba el pequeño consuelo de una llama, algo que le recordara que el fuego aún pertenece a los vivos.

​Sus dedos se hundieron en la tela desgastada y, de pronto, el corazón se le detuvo.

​No fue el roce del metal del encendedor lo que sintió primero. Fue un frío circular, pesado y liso, que parecía emitir su propia escarcha. Con un movimiento lento, casi hipnótico, extrajo el objeto y lo abrió sobre la palma de la mano. Bajo la luz mortecina de la ciudad, la moneda de plata brillaba con un fulgor imposible, seca y perfecta, como si jamás hubiera tocado el fondo del mar.

​En el reverso, las letras grabadas parecían haber cambiado. Ya no era una fecha lo que se leía, sino una sola palabra que sentenciaba su destino:

​"PRONTO"

​Un silbato de barco rasgó la niebla a sus espaldas, pero esta vez no miró atrás. Sabía que el capitán no necesitaba sombra para seguir sus pasos.




@copyright

Del Libro Relatos de Sombra y Salitre.

Imagen de Google.

EL MANTO DE LA DEHESA

 


 


¡Feliz día de la Primavera!

 

​El astro besa al resplandor dándole la bienvenida, mientras la dehesa, jubilosa, despliega su colorido manto verde ante la llegada del día. En este despertar, el aire se llena de un canto solemne que anuncia la derrota de las sombras, permitiendo que las encinas se vistan con una luz recién nacida.

​Bajo un cielo que extiende su bandera azulada, el viento peina el valle con mano ligera, despertando la vida que dormía en las entrañas de la tierra. Todo lo que antes era ausencia se transforma ahora en una cálida cercanía; es el dictado del tiempo, que con voz verdadera nos recuerda que, en este renacer del campo, absolutamente nada se da por perdido.

EL CAMINO DEL AZUL

 





(Romance)

 

​Bajo un sol de fuego y oro,

va la barca navegando,

dejando atrás a Cancún

y su estruendo de olas blanco.

El Caribe se deshace

en turquesas y en zafiros,

mientras el viento en el rostro

nos regala un fiel respiro.

​Ya se divisa la Isla,

joya de arena y de calma,

donde el tiempo se detiene

para acariciar el alma.

Sus orillas son de seda,

su cristal es puro y frío,

y en la orilla de sus playas

se pierde todo el navío.

​Qué importa que el video muera

si la luz queda guardada,

en el fondo del recuerdo

y en la letra dibujada.

Me llevo el mar en los ojos,

la salitre en la memoria,

y este azul que no se rinde

contando siempre su historia.



Cancún

EL AZUL QUE NO SE RINDE

 





​El Caribe no es un color, es un estado del alma. Recuerdo el inicio en Cancún, donde el mar estalla en un turquesa vibrante contra la arena blanca, fina como harina bajo mis pies. Allí, el tiempo parece correr al ritmo de las olas que rompen con fuerza, recordándonos la energía inagotable de la naturaleza. Era el bullicio de la vida, el sol alto y la promesa de un horizonte sin fin.

​Luego, el cruce hacia Isla Mujeres. Al dejar atrás la costa, el ritmo cambió. El trayecto sobre el agua fue un rito de paso hacia la calma. En la isla, el mundo se vuelve pequeño, íntimo y pausado. Recorrer sus calles, sentir la brisa más suave y contemplar ese mar transparente, casi inmóvil en Playa Norte, fue como entrar en un sueño de cristal.

​Me guardo el contraste: la fuerza de la ciudad costera y la caricia silenciosa de la isla. No necesito los gigas de un video para revivir el momento en que el sol se fundió con el agua, tiñendo el cielo de malvas y naranjas. Ese azul, ese refugio de luz, ahora vive en mi memoria y en estas letras, donde el espacio es infinito.

 


Cancún

SOÑÉ QUE SOÑABA

 




 

Soñando que soñaba, me he dormido

evocando el colegio, ¡qué alegría!

Sentir que el alma al alma se unía

en un lazo de amor fortalecido.

 

​Nuestras ánimas mudas se adoraban

en cada encuentro tierno se besaba,

y al cariño, constantes, le cantaban

mientras los sentimientos se cruzaban.

 

​Todo lo revelaban las miradas,

de vocablos no hubo necesidad

pues reinaba una hermosa equidad

con las alas del alma desplegadas.

 

​Mas fue el temor más fuerte que el fervor,

por leyes de un ayer de extraño daño

temiendo aquel castigo o el regaño

fuimos verdugos de nuestro propio amor.

VERSOS PARA UNA REINA.

  A Olga González Ferreiro. (España)   En el Día Internacional de la Poesía. ​Hoy el cielo está de fiesta, la poesía ha llegado, ...