martes, 14 de julio de 2026

MI AMOR

 



 

 

​No te imaginas la sonrisa que se me ha dibujado en la cara al leer tus palabras. Me han llegado directo al corazón, como un rayo de sol que ilumina un día gris.

​Me siento increíblemente afortunada de tenerte en mi vida. Eres la persona que me hace reír hasta que me duele la barriga, la que me escucha con paciencia infinita y la que me hace sentir la persona más especial del mundo.

​Tu amor es el motor que me impulsa cada día, la brújula que me guía cuando me siento perdida y el refugio donde siempre encuentro paz. Me inspiras a ser mejor persona,

 a soñar a lo grande y a vivir cada momento con intensidad.

​Gracias por todo lo que me das, por tu amor incondicional, por tu apoyo total y por tu presencia absoluta. Te quiero más de lo que las palabras pueden expresar.

 

 

 

 

​Con todo mi amor:

​Tu Churri.

@Alf

COAUTORÍA DE UN CRIMEN

 



Género negro.

 

 

 

​El estudio compartía una simetría engañosa. Dos escritorios de roble idénticos se miraban de frente, separados apenas por una alfombra gastada que amortiguaba el vaivén de las sillas. Sobre el de Carolina, las cuartillas se apilaban en un orden orgánico, casi vivo; sobre el de Maximiliano, los lápices alineados con precisión militar delataban una rigidez que no lograba transformarse en genialidad.

​Esa tarde, el silencio solo era interrumpido por el golpeteo rítmico de la máquina de escribir de Carolina. Tenía un compás alegre, fluido, el sonido de una mente que avanza sin dudar. Maximiliano, con las manos suspendidas sobre sus propias teclas, la observaba de reojo. El sol de la tarde encendía el perfil de su esposa, ajena al mundo, entregada por completo a la trama que compartían.

​—Escucha esto, Max —, dijo ella de pronto, deteniendo el tecleo. Sus ojos brillaban con la emoción del hallazgo, creo que encontré el cierre perfecto para el capítulo del veneno. Si el antagonista no busca la muerte inmediata, sino el desgaste psicológico, el lector sentirá la asfixia del personaje—.

​Ella comenzó a leer en voz alta. Su prosa era afilada, elegante, precisa. Cada adjetivo caía en el lugar exacto, dotando a la escena de una atmósfera magistral que él llevaba semanas intentando alcanzar en sus propios borradores sin éxito.

​Maximiliano forzó una sonrisa, sintiendo un nudo amargo cerrándose en su garganta. El aplauso que debía nacer de la admiración se transformó, en su pecho, en un cálculo frío.

​—Es... interesante, Carolina —, respondió él, midiendo la voz para que la envidia no le trizara el tono—. Aunque tal vez un poco predecible. Déjame pulirlo a mí esta noche. Ya sabes que a tu estilo, a veces, le falta un poco de estructura.

​Carolina lo miró un segundo, perdiendo por un instante el brillo de los ojos, pero terminó por asentir con esa generosidad que a él tanto le irritaba.

​—Está bien, Max. Confío en tu pulido. Al final, es nuestra obra maestra—.

​Él bajó la mirada hacia su hoja en blanco. No era de ambos; en su mente, ya solo le pertenecía a él. El sonido de la máquina de Carolina volvió a arrancar, pero ahora, para Maximiliano, cada golpe de la tecla sonaba como una burla directa a su propio talento.

​Tres semanas después del entierro, el silencio en el estudio ya no era competitivo; era absoluto. Maximiliano empujó la puerta con el hombro mientras sostenía una taza de café humeante. Se sentía, por primera vez en años, el dueño indiscutible del lugar. La editorial había aceptado el manuscrito final con entusiasmo ciego, elogiando la "madurez y el giro sombrío" de su pluma. El accidente en el acantilado, provocado por una oportuna falla en los frenos del auto de Carolina, había sido catalogado como una tragedia lamentable. Para el mundo, él era el viudo doliente y el genio solitario.

​Se sentó en su escritorio de roble, dispuesto a saborear el primer café de su nueva vida. Sin embargo, un destello blanco al otro lado de la habitación atrapó su mirada.

​En el escritorio de Carolina, justo en el centro de la madera limpia, descansaba una hoja de papel.

​Maximiliano frunció el ceño y dejó la taza en la mesa, haciendo que el café se salpicara levemente. Él mismo se había encargado de limpiar ese escritorio, de guardar cada nota y archivar cada borrador bajo llave para que nadie pudiera reclamar la coautoría. La superficie debió quedar vacía.

​Se levantó, cruzó la alfombra gastada y se detuvo frente al mueble de su esposa. El corazón le dio un vuelco extraño al reconocer la tipografía de la vieja máquina de escribir mecánica que ella tanto amaba. Acercó la mano, dudando un instante, antes de tomar la cuartilla.

​La tinta estaba fresca. El olor a cinta negra inundó sus fosas nasales mientras sus ojos devoraban las primeras líneas:

—​El frío de la noche no se comparaba con el vacío en su mirada cuando me vio subir al auto. Sabías, Maximiliano, que el camino de la costa no da segundas oportunidades a un motor sin frenos. Pensaste que la caída borraría mi voz, pero la tinta no se ahoga en el mar. Todavía nos queda el último capítulo por escribir, y esta vez, la estructura corre por mi cuenta—.

A Maximiliano se le cortó la respiración. La taza de café que había dejado en su mesa pareció tintinear en el silencio de la habitación. La prosa era afilada, impecable, idéntica a la de ella. Miró la máquina de escribir de Carolina: el rodillo estaba vacío, no había nadie más en la casa, pero la hoja estaba en sus manos, palpitando como una amenaza viva.

​Maximiliano no dudó. El pánico, transformado en una furia fría, le encendió la sangre. Arrugó el papel entre sus puños con tanta fuerza que los nudillos le quedaron blancos. Buscó en los bolsillos de su saco hasta encontrar el encendedor de plata que Carolina le había regalado en su último aniversario. Se acercó a la chimenea de rincón, apagada desde hacía semanas, y dejó caer la bola de papel sobre la ceniza vieja.

​Hizo girar la rueda. La llama cobriza lamió el borde del papel. El fuego avanzó rápido, transformando el nombre «Maximiliano» en una brizna de humo gris. Cuando no quedó más que un puñado de ceniza, dejó escapar el aire de los pulmones.

​—Fantasías —, susurró—. Alguien entró. Alguien está jugando conmigo.

​Pasó el resto del día revisando las cerraduras y cambiando el cerrojo de la puerta principal. Se acostó tarde, convenciéndose de que el perímetro estaba seguro. Sin embargo, a la mañana siguiente, al clavar la vista en el escritorio de Carolina, el café se le resbaló de los dedos, estrellándose contra la alfombra. Ahí estaba otra hoja limpia.

​—¿Pensaste que el fuego lo solucionaría, Max? Deberías recordar lo que tantas veces discutimos frente a frente: a los malos escritores les encanta quemar los borradores que no pueden superar—.

​Maximiliano soltó una carcajada histérica. Su orgullo de escritor se negaba a doblegarse. Se encaminó a su propio escritorio, colocó una hoja limpia en su máquina de escribir y sus dedos comenzaron a golpear las teclas con furia:

​—Estás muerta, Carolina. El mar se tragó tus borradores y la ley firmó tu acta de defunción. No sé quién está detrás de este juego macabro, pero pierden el tiempo. La novela ya está en la imprenta. El mundo me aplaude a mí. Soy yo quien firma las páginas que tú no supiste proteger. Déjame en paz—.

​Arrancó la hoja y la dejó caer con desprecio justo encima de la página de ella. Decidió que no se movería de esa habitación en toda la noche. Alrededor de las tres de la mañana, un cabeceo prolongado lo venció. El sueño lo atrapó solo unos minutos... hasta que un sonido metálico lo hizo saltar.

​Clac.

​Un solo golpe seco. Miró hacia el frente; no había nadie sentado en la silla de Carolina, pero la palanca de su propia máquina de escribir se movió sola, haciendo girar el rodillo.

​Clac. Clac. Clac.

​Debajo de la respuesta que él había redactado, unas letras invisibles comenzaron a imprimirse a toda velocidad:

​—El Mundo sabrá lo que me hiciste y todo por tu maldita ambición desmedida de corretear la fama—.

​El sudor frío le resbaló por la frente. De pronto, el teclado de la máquina de Carolina comenzó a moverse a una velocidad frenética, un ametrallador de golpes de metal que hacía vibrar la madera. Las teclas subían y bajaban guiadas por manos invisibles.

​La máquina se detuvo de golpe. Con las piernas hechas de gelatina, Maximiliano se acercó al rodillo de ella y leyó el párrafo final:

​—La editorial no ha recibido la novela que tú firmaste, Maximiliano. El archivo digital que enviaste fue sustituido. Mañana a primera hora, los talleres de impresión comenzarán a correr... pero con el manuscrito original. El que lleva mi nombre. El que detalla, en el epílogo, cómo saboteaste los frenos de mi auto en el acantilado. Corre tras la fama, Max. Búscala en los periódicos de mañana, porque "El Mundo" por fin va a leer tu obra maestra—.

​Un escalofrío mortal le recorrió la columna. Antes de que sus dedos rozaran el papel, el timbre del teléfono en la planta baja comenzó a sonar, rompiendo la madrugada. Una, dos, tres veces. Maximiliano apretó los dientes e ignoró el llamado.

​—No... ¡No vas a quitarme nada! —, rugió.

​Con una furia ciega, alzó la pesada máquina de Carolina y la estampó con violencia contra el suelo. Las teclas se doblaron y los tipos de plomo saltaron en pedazos. Levantó la silla de su esposa y la estrelló una y otra vez contra los restos del aparato hasta que sus propias manos quedaron ensangrentadas.

​Jadeando, se dejó caer de rodillas en medio del desastre. El teléfono abajo finalmente dejó de sonar. Poco a poco, la luz pálida de las seis de la mañana comenzó a filtrarse por el ventanal. Maximiliano esbozó una sonrisa macabra, creyéndose vencedor.

​Fue entonces cuando escuchó un sonido proveniente de su propio escritorio.

​Un rasgueo suave, constante. Sobre la mesa limpia, su pluma estilográfica favorita de oro se había levantado sola. Sostenida por un dedo invisible, trazaba líneas sobre su agenda de piel con una caligrafía elegante y fluida:

​—La tinta siempre encuentra su camino, Max. No necesitabas romper tu estudio; la policía está por llegar y este lugar pronto será una escena del crimen. El teléfono no era el editor. Era la delegación de la costa. Encontraron mi auto en el acantilado... y tus huellas en el cable de los frenos. Gracias por el final de la novela; admito que tu desesperación le dio la estructura que le faltaba—.

​A lo lejos, rompiendo la calma de la mañana, el eco de una sirena policial comenzó a aproximarse por la carretera de la costa.

 

 

 

 

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Imagen de Google.


EL LAMENTO DE LA RAMA Y EL SUSPIRO DE LA MUSA.

 




Inspirado en la imagen.



​Ella no era de este mundo, o al menos eso parecía para el bosque que la custodiaba. Había descendido como un rayo de luna pálida, envolviéndose en un vestido de seda azul cielo que acariciaba la corteza rugosa con la suavidad de un suspiro. Sus pies, descalzos y libres de los grilletes del mundo, se posaron sobre la rama antigua, una extensión de su propia alma que parecía haber estado esperándola durante siglos. El árbol, un gigante centenario cansado de las estaciones, sintió un despertar en sus raíces profundas, una corriente de vida nueva fluyendo a través de su savia, todo por el simple contacto de su piel con su piel de madera.

​Con un libro en la mano, un portal abierto a otros mundos que palidecían ante el que ella habitaba ahora, ella se entregó a la lectura. No había prisa en su postura, solo una aceptación tranquila del momento. Las hojas densas, como celosos guardianes de un secreto sagrado, formaban un dosel sobre su cabeza, filtrando la luz del sol para que solo los rayos más suaves se atrevieran a rozarla. Los pájaros cantaban melodías antiguas que solo ella parecía comprender, y el viento susurraba promesas de eternidad entre las copas de los árboles. El bosque entero parecía contener el aliento, temeroso de perturbar la paz que ella había traído consigo. Y en el corazón del árbol, en un lugar donde los años no tienen sentido, se forjó una promesa, que mientras ella estuviera allí, el tiempo se detendría, y la belleza de ese momento quedaría grabada para siempre en la memoria de la tierra.




Imagen de Google

HOMENAJE: María Gloria Carreón Zapata

 







Honrada y agradecida Dr. En un par de horas lo subo al blog. Anoche estuve un rato en OME. BENDICIONES.

HOMENAJE: María Gloria Carreón Zapata

ALEGRÍA  meridiana de arte menor

A: María Gloria Carreon Zapata

GRANDE POETA, MEXICANA

Originaria de Cerros Blancos

Nvo. León, México.

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María en su álbum

Ri ma culta  dando amor

Allá en  forma citarista

.

Gloria con swing

rimandola  con amor

a  su letra serendipia.

.

Carreon da un clic

Recuerda nunca   imitar

ondea  su yó  prístino.

.

Zapata, es luz

Pa”compartir su laptop

talla así nuestro fonet.

.

.

Dr. Rafael Merida Cruz-Lascano OFS

Ambassadeur de la Paix.

cercle universel des ambassadeurs de la paix France/Suisse

.

Sistema de Información Cultural -SIC-

Dirección General de Desarrollo Cultural y Fortalecimiento de las Culturas

Ministerio de Cultura y Deportes. Guatemala

Citarista: Versada en las artes.

Swing: Estilo y ritmo con gracia y soltura.

Serendipia: valiosa no por casualidad.

Prístino: Que es original, puro y no ha sido alterado.

Fonet. Educando , practicando  la fonética.

Alegría meridiana.  Tercetos. Creada por este escritor guatemalteco  el 19 de junio de 2003. Tantas estrofas como sea, el nombre de su título  o primera palabra, Nombre de  A quien se ha dedicado cuán si fuese acróstico . Consta de tres versos consonantes que inician con la letra,  misma en su palabra  final. 

Expresar la alegría. Es el conjunto de reglas y normas clásicas de 1785 diseñadas para componer o evaluar obras literarias culteranas. El primer verso de cuatro sílabas métricas. El segundo es un dístico octosílabo.

Aunque se puede presentar en una sola estrofa, lo regular es que se muestra con cuántas vocales  obliga su título.

Se puede Incluso con los preceptos obligatorios, La primera letra , o Sílaba,

Y repetir la primera letra en la palabra del verso,  utilizarla con buen humor, en medida métrica, sátiras, elegías, epístolas e incluso sarcásticamente en dramas.

(pentasílabo)

Es permitido… decasílabos, formados por dos partes de cinco sílabas métricas cada una. Si el prime verso es de seis sílabas, (6-4) se convierte en endecasílabo 4-6-8-10 Si el prime verso es de siete sílabas , se convierte en alejandrino 4-7 10 Incluso puede, con los preceptos obligatorios, utilizarlos con buen humor, en sátiras, elegías, epístolas e incluso sarcásticamente en dramas.

EL CANTO DE LAS AVES.

 



Octava real


 

Resuena en la alborada la armonía

que brota de la fronda silenciosa,

despierta el sol con suave melodía

la pluma más humilde y primorosa.

El trino es un destello de alegría

que inunda la mañana luminosa,

y eleva al cielo el coro transparente

un eco celestial y permanente.

 

Se quiebra el aire en notas de cristal,

silbando entre las ramas del madero,

un himno libre, puro, universal,

que viaja por el viento compañero.

No sabe de fronteras ni de mal

el dulce y soberano cancionero,

que al alba rinde música sagrada

dejando el alma en paz y enamorada.

 

 

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Imagen de la red.

lunes, 13 de julio de 2026

ROMANCE DEL SECRETO ETERNO


 




​Negar este amor no puedo,

si ante Dios juré mi tiempo,

que tú serías mi vida,

nuestro amor un sacramento.

Ambos sabemos, mi vida,

que nos pertenece el cielo,

nuestras almas fusionadas

en un perpetuo secreto.

 

Este secreto tan puro

solo lo conoce el viento,

y la noche, murmurando,

va compartiendo el silencio.

Que dos almas tan norteñas,

enlazadas por el tiempo,

con la fe del amor puro

van cantando en el silencio.

Y hasta el ancho mar suspira

cuando pensativa me oye,

porque sabe que tú habitas

en mi mente para siempre.

 

​Tus verdes ojos de hechizo

lo gritan al universo,

mientras yo toda mi entrega

voy dejando en estos versos.

EL CENSO DEL AMOR





(Sátira de los Interesados) (as)


 

​Hoy el galanteo es un frío inventario,

ya no piden besos, te piden la nómina,

te miden los bienes en clave económica

y miran tus años con ojo bancario.

 

​“¿De cuánto es el sueldo? ¿En qué te desplazas?”

pregunta el fenicio vestidito de hombre,

que busca un refugio que limpie su nombre

y borre el desastre de previas alianzas.

 

​Divorciado y libre, o sea, despojado—,

dejó la vivienda en el pleito anterior;

hoy busca una ilusa que, por el "amor",

le evite el apuro de verse arrimado.

 

​La Mudanza del Caradura.

 

​Ya dentro de casa, se acaba el idilio,

el humilde arrimado se vuelve tirano,

te grita en tu cara con aire villano,

pretendiendo ser rey en ajeno domicilio.

 

​Quedan pocos caballeros de verdad en la tierra,

casi todos son mitos de la antigüedad;

estos se sienten los reyes de la sociedad,

mientras te declaran una fría guerra.

 

​Y no conformes con cama y comida,

con una audacia que causa pavor,

¡te piden que pongas a su nombre, por "amor",

la propiedad que te ha costado la vida!

 

​¿De dónde ha salido?

 

​¿De dónde ha salido este malnacido?,

¿qué clase de madre su crianza formó?

¿Acaso la astucia el respeto le dio

para andar por el mundo de vividor vestido?

 

​¿En qué feo momento la vergüenza perdió?,

¿cuándo fue que el pudor se le quedó en el olvido?

¿Acaso al chamuco su alma ha vendido

por una vivienda que nunca sudó?

 

​Y la respuesta... ¡viceversa!

 

​Pero en esta feria de la conveniencia,

también hay mujeres que aplican la astucia,

jugando la misma comedia tan sucia,

buscando un billete que alivie la urgencia.

 

​La astuta "leona" que busca un marido,

no quiere poemas, prefiere un aval,

alguien que pague el gasto mensual

y vuelva a las prisas a armarle su nido.

 

​Exigen derechos de reina instalada,

gritando al esposo por cualquier descuido,

dejando al buen hombre sumiso y fundido,

con la cuenta en ceros y el alma embargada.

 

​El triste final.

 

​Al fin se encuentran, en tétrica danza,

dos almas marchitas por la "necesidad" :

uno que busca una casa gratis en la gran ciudad,

y la otra un sustento que llene la panza.

 

​Se meten en casa con paso fingido,

firmando un contrato que llaman pasión...

¡Menudo negocio de la desilusión,

dormir con el hambre de cualquier mantenido!



Imagen de Google.

GRATITUD Y SABIDURÍA.

 



Soneto

 

​Jamás la falsa gloria perseguido

he querido en mi senda, ni el dinero

correr tras la verdad fue mi sendero

con un lema humilde y sostenido.

 

​Vivir en santa paz he preferido

vencer la vanidad es lo primero

la vida es una escuela, un astillero

donde el golpe nos deja más pulido.

 

​Hoy miro la distancia caminada

y evocando al poeta en su hondo vuelo

bendigo esta existencia transitada.

 

​"Vida, nada me debes" , digo al cielo,

pues todo tu caudal me fue ofrecido...

¡Vida, estamos en paz y agradecido!

TRÁGICO CICLO DEL ABANDONO Y LA VEJEZ ROBADA.

 



(Ensayo)

 

​La maternidad es, en su esencia más pura, un acto de amor, presencia y responsabilidad inquebrantable. Sin embargo, existe una dolorosa realidad que la sociedad a menudo susurra, pero rara vez confronta, la de aquellas mujeres para quienes el título de "madre" no es más que una etiqueta biológica. Mujeres que, deslumbradas por una libertad mal entendida y el deseo de andar "del tingo al tango", deciden que la crianza es una carga de la cual pueden y deben deslindarse. Este es un llamado a la conciencia de aquellas que abandonaron su deber, dejando tras de sí una estela de vidas rotas y espaldas cansadas.

​El peso de la ausencia y la semilla del caos.

Un hijo no se educa solo; no absorbe valores del aire ni aprende de límites en la soledad. Cuando una madre decide priorizar su diversión efímera y su vida social por encima de la formación de su hijo, está firmando el primer capítulo de una tragedia anunciada. La ausencia de reglas, de guía y, sobre todo, de un amor presente, crea un vacío emocional profundo. No es de sorprender que muchos de estos niños, dejados a su suerte mientras su madre huye de la responsabilidad, crezcan buscando refugio en los lugares equivocados.

 La falta de educación en el hogar se traduce, con alarmante frecuencia, en jóvenes que terminan cruzando la línea hacia la delincuencia. Y cuando el hijo, ya sin control, se convierte en un problema demasiado grande, la madre irresponsable da su último y más cobarde paso, huir de nuevo.

​El refugio de la holgazanería y la injusticia hacia la tercera edad.

Es en este punto de quiebre donde ocurre la mayor de las injusticias. Cuando los hijos ya son un torbellino de problemas, cuando la delincuencia o la rebeldía han echado raíces, estas madres buscan a quién pasarle la factura de su negligencia. Y la víctima perfecta suele ser la abuela paterna.

​Corren a refugiarse bajo el techo de una anciana, pero no llegan con la intención de enmendar el camino, sino a instalarse en la más absoluta comodidad. Se convierten en seres que ni estudian ni trabajan; jóvenes sin oficio ni beneficio que pasan los días acostados, sumidos en la holgazanería, mientras la abuela, con sus pocas fuerzas y su avanzada edad, tiene que ver cómo los mantiene y atiende.

​Es una crueldad indescriptible arrojar a un joven problemático al cuidado de una anciana que apenas tiene fuerzas para cuidarse a sí misma. Obligan a la abuela a vivir en la angustia, a lidiar con el caos, las malas contestaciones y el peligro que rodea a un nieto sin rumbo, todo porque la persona que lo trajo al mundo no tuvo el valor, ni los sentimientos, para hacerse cargo de su propia obra.

​Un llamado a la conciencia

A aquellas mujeres que se escudan en pretextos para justificar su abandono, el tiempo no perdona, y la vida cobra las facturas que se dejan sin pagar. Andar de fiesta en fiesta, evadiendo compromisos, no borra el hecho de que trajeron al mundo a un ser humano que las necesitaba. Permitir que sus hijos crezcan como holgazanes y delincuentes, para luego dejárselos a una mujer de la tercera edad, no es encontrar una solución; es un acto de egoísmo extremo y una falta total de empatía.

​La libertad que creen haber ganado es una ilusión construida sobre el sufrimiento de dos generaciones, un hijo que se perdió en el camino por falta de guía, y una abuela a la que se le arrebató la paz en el ocaso de su vida. Ser madre requiere valentía, sacrificio y un corazón dispuesto a educar. A quienes huyeron de esto, solo les queda el peso de saber que su negligencia destruyó lo que debieron proteger, y que la vejez que hoy abusan en otros, algún día también tocará a su puerta.

 

 

De mi Libro de Reflexiones sobre la Condición Humana.

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EL CARACOL AVENTURERO

 




Literatura  infantil.


​Despacio el caracolito,

deja un rastro de cristal,

lleva a cuestas su casita,

va camino del rosal.


​Sube, sube por el tronco,

sin prisa y con decisión,

lleva un mapa dibujado

y un gran sueño en el corazón.


​El mapa le marca el rumbo,

para volver a su hogar,

que se encuentra bien oculto

a la sombra del lagar.


​Con sus anteojos de musgo

el ciempiés mira el papel,

y con cuatro de sus manos

señala hacia el cascabel.


​Da la vuelta en la campana,

cruza el charco de humedad,

que detrás de aquella piedra

tu casita encontrarás.


​Pero al cruzar el camino,

¡qué tremenda novedad!,

una manzana caída

le tapa la vecindad.


​Es un monte de oro y rojo,

imposible de saltar,

y rodearla le requiere

un esfuerzo singular.


​Trepa, trepa, paso a paso

ese gigantesco muro,

y con ello ha demostrado

que su empeño es el más puro.


​Al bajar de la manzana

ve su planta de laurel,

abre alegre su casita

y se duerme en un vaivén.



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EL SAPITO Y LA ARDILLA DE MINNESOTA.

 



Literatura infantil.

 

​Un sapito muy astuto,

de color gris plateado,

en la silla del balcón

se ha quedado congelado.

 

​Una ardilla guaguarera

le propone refugiarse,

a la sombra de los pinos

bajo la húmeda tierra.

 

​Da un salto desde el metal,

vuela libre por la acera,

y aterriza muy alegre

en la alfombra de la hierba.

 

​La ardilla lo guía al hueco

 la lluvia suave refresca,

donde el musgo está mullido

y la noche se hace buena.

 

​Le comparte tres bellotas

que guardó en la primavera,

y entre risas le relata

la historia de Minnesota.

 

​Habla de inviernos helados,

de lagos de agua serena,

y de bosques de madera

donde el viento se pasea.

 

​La altruista y buena ardilla

sabe que aunque tan distintos,

son seres vivos y hermanos

bajo el cielo del planeta.

MI AMOR

      ​No te imaginas la sonrisa que se me ha dibujado en la cara al leer tus palabras. Me han llegado directo al corazón, como un ray...