Género Infantil
En el Gran Bosque Verde vivía un
pájaro llamado Plácido. No era el más grande ni el más fuerte, pero tenía un
don único, cuando cantaba, sus plumas brillaban con destellos de plata y una
suave brisa templada acariciaba a quien lo escuchaba, quitándole cualquier
tristeza. A Plácido le hacía feliz ver felices a los demás; no buscaba
aplausos, solo disfrutaba compartiendo su luz.
A todos les encantaba Plácido...
bueno, a casi todos.
En la rama más alta de un sauce
viejo vivía Gorgón, un cuervo de plumaje opaco. Gorgón pasaba los días mirando
a Plácido de reojo. Sentía un nudo amargo en el estómago cada vez que los
animales aplaudían el brillo plateado del pequeño pájaro.
Ese nudo se llama envidia. Lo
triste de la envidia es que, a quien la siente, lo va vaciando por dentro.
Gorgón dejó de disfrutar del sol, de los frutos dulces y de su propio vuelo.
Solo podía pensar en una cosa —¿Por qué él brilla y yo no? Si yo no puedo tener
esa luz, él tampoco debería tenerla —.
Una tarde, consumido por ese
malestar, Gorgón decidió inventar una historia. Fue a la madriguera de los
conejos y les susurró:
—¿Saben por qué Plácido brilla?
Porque por las noches roba el rocío mágico de las flores más tiernas para que
nadie más pueda crecer.
Luego voló hacia el nido de las
ardillas:
—Plácido dice que ustedes son
torpes y que solo guardan nueces podridas.
Eso que hizo Gorgón se llama
calumnia: decir mentiras sobre alguien para lastimarlo. Las calumnias son como
semillas de barro; se pegan rápido y ensucian todo lo que tocan.
Pronto, el rumor corrió por el
bosque. Los animales, que antes sonreían al ver a Plácido, empezaron a mirarlo
con desconfianza. Algunos le daban la espalda; otros, directamente, le lanzaban
miradas frías.
Plácido no entendía qué pasaba.
Cuando intentaba cantar, el bosque se quedaba en un silencio incómodo. Quien
recibe la calumnia siente una herida invisible y muy profunda. Plácido empezó a
dudar de sí mismo. —¿Habré hecho algo malo sin darme cuenta?—, se preguntaba.
La tristeza apagó sus plumas
plateadas, que se volvieron de un gris plomizo. Dejó de cantar, se encogió en
su nido y el frío del invierno pareció adelantarse en el bosque solo para él.
El dolor de no ser comprendido y de verse rechazado por sus amigos le pesaba
tanto que ya ni siquiera podía levantar el vuelo.
Un día, una vieja y sabia
tortuga llamada Doña Urraca, que había estado viajando y no sabía de rumores,
buscó a Plácido para escuchar su canto. Al encontrarlo tan triste y
descolorido, le preguntó qué ocurría. Plácido, llorando, le contó que todo el
bosque lo odiaba y que decían cosas horribles de él.
Doña Urraca, que conocía bien
los secretos del bosque, comprendió de inmediato. Convocó a todos los animales
junto a la charca clara del bosque y llamó también a Gorgón.
—Mirad el agua —, dijo la
tortuga—. Las palabras que se dicen unos de otros son como piedras lanzadas a
esta charca.
Miró fijamente a Gorgón, quien
empezó a ponerse nervioso.
—Gorgón, las mentiras que dijiste
sobre Plácido han enturbiado el agua de todos. Has hecho que el bosque pierda
su música. Pero mira tu propio reflejo.
Gorgón miró el agua. Ya no era
solo un cuervo opaco; la envidia lo había vuelto encorvado, con el pico torcido
por la amargura y los ojos tristes. Se dio cuenta de que su envidia no le había
dado el brillo de Plácido, solo lo había hecho más infeliz a él mismo.
Avergonzado, agachó la cabeza y, frente a todos, confesó que todo era mentira.
Los animales sintieron una gran
culpa. Al escuchar la verdad, corrieron hacia Plácido para pedirle perdón,
dándose cuenta de lo fácil que es creer un rumor sin preguntar primero.
El peso de la calumnia
desapareció del pecho de Plácido. Al sentirse querido y comprendido de nuevo,
un destello de plata brotó de sus alas. Sacudió sus plumas, elevó el vuelo y
entonó la melodía más hermosa que jamás se había escuchado en el Gran Bosque
Verde, una canción que hablaba de lo importante que es cuidar a los demás con
la verdad.
Gorgón no fue expulsado, pero
aprendió una gran lección. Plácido, con su buen corazón, le enseñó que cada uno
tiene su propio valor, y que para brillar, nunca es necesario apagar la luz de
los demás.