domingo, 5 de julio de 2026

ROMANCE AL MAR DE LA CORUÑA.




(Inspirado en la fotografía)

 

Frente al Atlántico inmenso,

donde rompe el fuerte oleaje,

La Coruña se engalana

con su gala de paisajes.

​Se ven las rocas de piedra,

testigos de cien edades,

como la foto nos muestra

que guarda eternos cantares.

​El agua baña los riscos

con espumas de cristales,

y en pequeñas pozas claras

se reflejan los afanes.

​Es un romance de viento,

de salitre y libertades,

donde la costa gallega

le rinde culto a los mares.

Ahí se siente la brisa

acariciando el alma,

mientras el mar de Galicia

nos susurra con calma.

​Se quedan atrás las penas,

se curan todas las llagas,

viendo perderse los barcos

en las eternas distancias.

Y yo sigo aleluyada

contemplando el horizonte,

donde se une el azul cielo

con sus aguas milagrosas.

​Se detiene el firmamento,

callan la noche y los montes,

mientras la brisa gallega

trae su canto protector.

​Bajo este manto divino,

el corazón halla calma,

dejando que el viejo océano

cure el dolor más profundo.

​Ya no importan los caminos

por los que el tiempo ha corrido,

pues la paz de este paisaje

da sentido a lo vivido.




ROMANCE AL SOMBRERO CHARRO

 

 



Romance


​Luce blanco como el día,

coronado de esplendor,

con hilos de oro bordado

que reflejan el fulgor.

Tiene la copa alta y firme,

fiel guardián del hacedor,

y en el ala ancha dibuja

un encaje de honor.

 

​Galanura de la tierra,

orgullo del tejedor,

que esculpió sobre su fieltro

ramas, hojas y una flor.

Lleva el alma de México,

su elegancia y su valor,

abrigando la mirada

del jinete y del cantor.

 

​Cuando se inclina en el ruedo

con nobleza y con pasión,

no solo saluda al viento,

conquista cada balcón.

Sombrero de gala pura,

rebozo de la ilusión,

dibujado en el lienzo

como una hermosa canción.


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EL ESCUDO DE LA AMISTAD




Querido Sancho:



​Te escribimos hoy no para pedirte un refrán de esos que curan el alma, sino para darte las gracias. Al principio, nos engañaste a todos. Pensamos que eras solo el hombre que miraba al suelo mientras tu amo desafiaba a los vientos; creímos que tu viaje terminaba donde alcanzaba el hambre o el deseo de una ínsula de tierra firme. Qué ciegos fuimos.

​Nadie nos advirtió que la mayor hazaña de esta historia no sería derribar gigantes, sino la forma en que tu corazón se fue vistiendo, puntada a puntada, con la misma tela de los sueños de tu señor. Nos enternece verte cuidar de su locura como quien cuida el fuego más sagrado. Qué hermosa lección nos diste en Barataria, demostrando que para gobernar a los hombres hace falta más bondad que leyes, y más limpieza de alma que títulos doctorales.

​Pero, sobre todo, te agradecemos el llanto del final. Ese ruego tuyo a los pies de la cama, implorando que no se muera, que salgan los dos vestidos de pastores a los prados, es el monumento más grande que se le ha levantado jamás a la amistad. En ese instante, Sancho, te convertiste en el verdadero caballero andante, el que rescata la ilusión cuando el mundo la cree vencida.

​Hoy, al evocar tu nobleza, es inevitable que el corazón viaje desde las llanuras de La Mancha hasta los senderos de la vida real. Tu fidelidad incondicional nos devuelve, como un espejo sagrado, el eco de esas amistades benditas que sostienen nuestra propia existencia. Trae a la memoria la ternura entregada de Olga, esa amiga entrañable que, con el mismo desprendimiento y lealtad con que tú guardaste a tu caballero, supo ser el pilar de los días compartidos.

Almas generosas que, cuando el camino se ponía cuesta arriba, aparecían con el escudo del afecto y el aliento inquebrantable de un "¡Ánimo amiga, seguimos siendo las reinas!".

​Gracias, buen escudero, y gracias a esos seres de luz que, como Olga, nos enseñan que la mayor fortuna de este viaje no son las ínsulas ni las riquezas, sino tener a alguien al lado capaz de caminar con los pies cansados sobre el polvo de la tierra, manteniendo el alma enteramente suspendida de las estrellas.


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ROMANCE AL FALSO AMOR


 





​Pregonas y das al viento

que muero por tu desdén,

pobre mortal que no entiende

que ya ni su nombre sé.

​Los falsos amores pasan

como la espuma en la sed,

fáciles son de olvidarse

cuando se empieza a entender.

​No muero por tu partida,

no lloro por el ayer;

yo muero, pero de pena,

al ver lo que no quise ver.

​Pena me da tu mentira,

pena me da tu altivez,

creyendo que me destruyes

con lo que ya superé.

​Sigue contando tu historia,

sigue inventando tu fe,

que mientras tú te alimentas

de lo que un día te amé,

yo ya borré de mi vida

lo que contigo arrastré.

EL UMBRAL DE LA MEMORIA


 





​Soneto clásico inspirado en la verja de La Coruña, España



 

​Abierta al sol la artística heredad

la vieja forja estira su silueta

y el paso firme de una edad discreta

se rinde al cielo de la claridad.

 

​Custodio fiel de roca y majestad

el hierro cuenta lo que el tiempo aquieta

umbral que aguarda la palabra inquieta

que cruza el alma con la libertad.

 

​¿Qué busca el alma en el umbral latente?

¿Cruzar el hierro y descubrir el día,

o cobijarse en el ayer ausente?

 

​La Coruña se viste de poesía,

mientras la puerta aguarda, eternamente,

que pase el viento con su melodía.




Fotografía del escritor Carlos Blanco Cubeiro.




LA MEMORIA DEL NOGAL




Realismo mágico.

 

 

 

​Un sol tibio de la tarde se filtraba entre las hojas del viejo nogal que custodiaba el centro del jardín. No era un árbol cualquiera; en el pueblo se sabía, con esa naturalidad con la que se aceptan los milagros cotidianos, que el nogal no daba sombra, sino memoria.

​Aquel verano, la raíz principal del árbol se hundió con más fuerza que nunca hacia las entrañas de la tierra, buscando las corrientes más profundas y ocultas del subsuelo. Fue entonces, al conectar con lo más hondo del terreno, cuando las voces que la tierra guardaba comenzaron a subir por el tronco y a hacerse más claras en la superficie.

​Clara se sentó en la vieja banca de madera, apoyando la espalda contra el tronco rugoso. Cerró los ojos. Al principio, el viento entre las ramas sonaba como el habitual oleaje verde, pero pronto el murmullo cambió. El crujido de la madera empezó a modular palabras, sílabas suspendidas en el tiempo con una nitidez asombrosa.

​—Ánimo, seguimos siendo las reinas... —, susurró una voz cristalina y firme, que trajo consigo un repentino aroma a café recién colado y risas antiguas.

​Clara abrió los ojos, conmovida. Reconoció al instante esa frecuencia exacta, esa calidez que el tiempo no había logrado borrar de su pecho. El nogal no inventaba historias; simplemente devolvía las palabras que se habían pronunciado bajo su cobijo décadas atrás, guardándolas en la savia como en un cofre de madera viva.

​Unos pasos ligeros la distrajeron. Un pequeño gato siamés se acercó sigilosamente y se enroscó junto a sus pies, mirando hacia las ramas más altas, donde un par de pájaros carpinteros picoteaban el tronco al compás de un metrónomo invisible.

 Cada golpe de los pájaros parecía liberar un nuevo recuerdo. Clara apoyó las palmas de las manos sobre la corteza y sintió esa vibración subterránea, un latido pausado que subía desde lo más profundo del subsuelo. El árbol estaba desenterrando un tesoro invisible.

​El viento en la copa se concentró en un eco nítido, con la fuerza de un dictado solemne. La raíz profunda había alcanzado el estrato del tiempo donde se guardaban las causas justas, las palabras que no se rinden y los versos que alguna vez pretendieron cambiar el rumbo del mundo. Subió por la savia el fragor de viejos debates sobre la libertad, el sonido de páginas de leyes hojeadas con fervor bajo la luz de un candil, y la convicción de quienes defendieron la verdad con la única armadura de su voz. Al mismo tiempo, de una de las grietas más bajas del tronco, brotó un aroma intenso y purísimo a tinta fresca y papel antiguo, como si una biblioteca entera estuviera respirando a través de la madera. El nogal no solo rescataba voces, sino también la emoción exacta con la que fueron escritas.

​A los pies del árbol, el gato siamés aguzó las orejas, y un pequeño gatito atigrado que acababa de asomarse entre los arbustos se quedó inmóvil, hipnotizado por el sonido. Una brisa tibia comenzó a arremolinar las hojas secas en círculos perfectos, mientras el sol de la tarde teñía el jardín con un tono dorado, suspendiendo el tiempo en un presente eterno. Un vecino pasó junto a la reja, saludando con un leve gesto de su sombrero de lino. Vio a Clara escuchando el árbol y sonrió sin sorprenderse. En ese rincón del mundo, todos sabían que cuando el peso del presente se volvía demasiado denso, el nogal siempre estaba dispuesto a compartir su oro más preciado: la certeza de que nadie se va del todo mientras la tierra recuerde su voz.

​Clara sacó una libreta que llevaba en el regazo. Comprendió que el nogal no se hundía en la tierra para esconderse, sino para sostener el peso de la memoria colectiva y entregárselo a quien estuviera dispuesto a guardarlo en un libro abierto.

​La luz dorada comenzó a desvanecerse, dando paso a los tonos violetas del crepúsculo. Los pájaros carpinteros detuvieron su rítmico compás y volaron hacia lo alto de la copa, mientras los felinos se acurrucaban, vencidos por el sueño, entre las raíces invisibles que se hundían con firmeza en el subsuelo.

​Clara cerró su libreta. Las páginas, ahora llenas de trazos firmes, guardaban el eco de las voces, el susurro de la libertad y los versos rescatados de la profundidad del tiempo. Al abrir las manos y apartarlas de la corteza, la vibración subterránea cesó lentamente, como si el nogal, exhausto pero complacido, regresara a su sueño de madera tras haber cumplido su labor.

​El jardín quedó en un silencio reverencial, pero ya no era un silencio vacío. Era la calma de un libro que acaba de cerrarse tras haber contado una gran verdad. Clara contempló la silueta imponente del árbol recortada contra el cielo estrellado. Supo entonces que, sin importar cuántos inviernos pasaran, el tejido de la memoria seguiría intacto, custodiado fielmente por la raíz que nunca se rinde al olvido.



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Y YO ME IRÉ ALGÚN DÍA

 



Romance

 

Busca el nogal en la tierra

su gran raíz pivotante,

mientras se apaga la tarde

con su luz de lino y bronce.

El viento dicta en las hojas

viejos ecos de la noche,

y el siamés duerme en la hierba

sin temor a los adioses.

​Y yo me iré algún día,

y quedarán mis cantores

versos que serán testigos

de mi paso por este mundo.

Quedará la huella viva

de mi amor tan profundo

por toda la humanidad,

ese será mi legado.

​No habrá olvido en esta arena

donde el tiempo se suspende;

cuando me marche, la savia

cantará lo que yo plasme.

Que la tierra guarda todo,

el suspiro y los altares,

y en el fondo de este patio

viviré de forma eterna.



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LA GUARDIANA DE LOS ADIOSES




Realismo mágico.



​Para Irene, el día no comenzaba con el cantar de los gallos ni con el aroma del café recién filtrado, sino con el encendido sutil de las esquinas. Abría los ojos y, antes de que el sol terminara de limpiar la neblina del pueblo, ya podía ver las pequeñas esferas doradas titilando al otro lado de la ventana. Eran tenues, como luciérnagas cansadas que se negaban a rendirse al día.

​Su rutina requería templanza. Salía a la calle con su cesta de mimbre, simulando que su único interés eran los higos frescos del mercado o el pan de masa madre. Pero su mirada iba más arriba, justo al espacio exacto donde el cuello se encuentra con el hombro.

​Allí anidaban los adioses.

​En la plaza, vio a Don Tomás, el boticario. Llevaba una luz pequeña y brillante, del color de las hojas secas en otoño; era el adiós que nunca le dijo a su hermano antes de que este abordara el tren hacia el norte, treinta años atrás. Don Tomás caminaba un poco encorvado del lado izquierdo, quejándose siempre de un reumatismo imaginario que ningún ungüento lograba curar. Irene sabía que no era el clima; era el peso de las palabras que se quedaron atrapadas en la garganta.

​Más allá, una mujer joven cargaba una chispa plateada y parpadeante, un desamor reciente que aún insistía en florecer. Irene pasaba junto a ellos con paso lento, rozando a veces un hombro con el suyo, dejando que su propia calma enfriara la fiebre de esas luces. No siempre intervenía; el duelo también necesita su invierno. Su labor era el de una jardinera silenciosa: observar, limpiar el aire y esperar el momento justo en que la fruta estuviera madura para caer.

​Al mediodía, el sol caía a plomo sobre las calles empedradas, pero las luces no perdían su brillo. De camino a casa, Irene decidió sentarse en la banca de madera bajo la sombra del viejo nogal de la plaza. Fue en ese instante, mientras acomodaba su falda, cuando el aire se volvió extrañamente denso.

​Una sombra se proyectó sobre el suelo, y al levantar la vista, Irene contuvo el aliento. Un hombre caminaba hacia la fuente. Sobre su hombro no había una luciérnaga ni una chispa. Había una esfera del tamaño de un puño, opaca, de un dorado tan antiguo que parecía bronce oxidado, y pesaba tanto que el hombre caminaba arrastrando los pies, como si llevara el mundo a cuestas.

​Irene respiró hondo, ajustando las asas de su cesta de mimbre para anclarse a la realidad. Aquella esfera de bronce oxidado no era un olvido común; era un silencio de años, una compuerta cerrada a la fuerza que amenazaba con romperse y sepultar a su portador.

​El hombre se detuvo junto a la fuente de la plaza. Se pasó una mano cansada por la frente, contemplando el agua sin verla realmente. Era un forastero; en un pueblo donde todos se conocían los pasos, sus zapatos polvorientos y su chaqueta desgastada gritaban que venía de lejos, huyendo o buscando algo que probablemente no estaba en ningún mapa.

​Con paso pausado, fingiendo un interés absoluto en las palomas que picoteaban el suelo, Irene se acercó a la fuente. Se sentó en el borde de piedra, a apenas un metro de él. La cercanía le permitió notar que la luz opaca emitía un levísimo zumbido, como el de una colmena atrapada en el invierno. El peso era tal que el hombro izquierdo del hombre caía visiblemente descompensado.

​—El agua de esta fuente siempre corre fría, incluso en los días más duros —, dijo Irene con voz suave, rompiendo el hielo sin mirarlo directamente, dejando que sus palabras flotaran en el aire como una invitación.

​El hombre parpadeó, saliendo de su letargo. La miró de reojo, con unos ojos cargados de una fatiga que no se curaba durmiendo.

​—Falta que hace —, respondió él, con una voz ronca, gastada por el desuso—. Siento que el calor de este camino se me ha metido hasta los huesos.

​Irene sonrió apenas, manteniendo los ojos fijos en el agua danzante. Sabía que no era el sol del mediodía lo que lo sofocaba. La esfera dorada sobre su hombro vibró ante el sonido de su propia voz, ensanchándose un milímetro, como si pugnara por salir.

​Irene cerró los ojos un instante, aguzando ese oído interno que no escuchaba palabras, sino los latidos del alma. Dejó que su intuición, pulida por años de observar los pesares del pueblo, descifrara el zumbido de aquella esfera de bronce. No era el adiós a un amor de juventud, ni la despedida a un hijo que parte; el aire olía a tierra labrada, a raíces rotas, a un perdón que se quedó congelado en el umbral de una puerta que ya nunca volvería a abrirse.

​—A veces —, habló Irene, con una cadencia tan natural que parecía la continuación de los pensamientos del forastero—, el camino se hace eterno porque no viajamos solos. Cargamos con casas que ya no existen, con huertos que se secaron y con las últimas palabras que debimos dejar caer sobre la tierra antes de dar la vuelta.

​El hombre se tensó. Volvió la cabeza hacia ella, con una mezcla de recelo y asombro en la mirada. La esfera sobre su hombro centelleó, perdiendo por un segundo su opacidad para mostrar un núcleo de fuego vivo.

​—¿Quién es usted? —, preguntó, con un hilo de voz—. ¿Cómo sabe...?

​—No sé nada —, lo interrumpió ella con dulzura, regalándole una mirada cargada de empatía—. Solo sé que el cuerpo no está hecho para soportar el peso de lo que la boca calla. Ese dolor que siente en el costado, ese cansancio que no le deja levantar la frente... no es el polvo del camino, señor. Es algo que dejó a medio decir atrás.

​El forastero bajó la mirada hacia sus propias manos, que comenzaron a temblar levemente. La superficie de la fuente reflejó por un instante el destello de la esfera, que ahora vibraba con más fuerza, respondiendo a la sutil llave que la intuición de Irene acababa de girar en su pecho.

​—Era mi padre —, confesó él en un susurro, y al pronunciar la palabra, la luz dorada comenzó a desprenderse milimétricamente de su piel—. Me fui buscando mi propio destino, jurando que regresaría antes de que el nogal de su huerto diera su última cosecha. Cuando volví... solo encontré la tierra fría. No alcancé a decirle que todo estaba bien entre nosotros.

​Irene miró fijamente al forastero, sintiendo cómo el dolor del hombre resonaba en el aire de la plaza. Su intuición, clara y certera como un rayo de sol, le reveló el mapa exacto del alivio. Señaló con la barbilla el imponente tronco que les daba sombra.

​—Los hombres creen que la memoria solo habita en los libros o en las cabezas —, dijo Irene, con una voz profunda que parecía brotar de la misma tierra—. Pero los árboles viejos tienen raíces que se conectan con el principio del mundo. Ese viejo nogal que ve ahí ha escuchado los secretos de este pueblo por más de un siglo. Él sabe lo que es perder ramas en el invierno y volver a florecer en primavera.

​El hombre miró el árbol vetusto, cuyas ramas retorcidas y colosales se extendían como brazos protectores sobre la plaza.

​—Vaya —, continuó Irene, animándolo con un gesto suave de la mano—. No busque la tierra fría del cementerio. Su padre sembró un nogal esperando su regreso, y la naturaleza no olvida. Camine hacia él, ponga sus manos sobre su corteza gastada y dele el abrazo que se quedó suspendido en el tiempo. Dígale al árbol lo que su padre ya sabe en el viento.

​El forastero vaciló un segundo, pero el peso en su hombro era ya insoportable; la esfera de bronce vibraba con una urgencia dolorosa. Se levantó de la fuente, arrastrando los pies, y caminó hacia el gigante de madera. Al llegar, extendió sus brazos temblorosos y apoyó la frente y las palmas contra la rugosa y sabia piel del nogal.

​Irene observó en silencio, conteniendo el aliento.

​Al principio, solo se escuchó el susurro de las hojas agitadas por una brisa repentina. Pero entonces, cuando el hombre cerró los ojos y soltó un sollozo ahogado, la esfera de bronce oxidado sobre su hombro estalló en un fulgor dorado bellísimo y limpio. La luz ya no era pesada; se desprendió de su piel como una chispa de fuego fatuo y comenzó a ascender, enredándose entre las ramas del nogal, fundiéndose con la savia y el aire, libre al fin.

​El hombre permaneció unos instantes más con la frente apoyada en la corteza rugosa. Al apartarse, ya no era el mismo. No solo se había despojado de una carga; algo más profundo había despertado en su mirada. Al mirar las hojas del nogal, el fluir de la fuente y las palomas que picoteaban el suelo, sus ojos reflejaron una comprensión absoluta: la certeza de que no somos islas, sino hilos de una misma red donde los árboles, el viento y los hombres compartimos un mismo idioma silencioso.

​Se volvió hacia Irene y, sin necesidad de pronunciar una sola palabra, le dedicó una reverencia con la cabeza. Era el saludo de quien ha sido devuelto al orden del mundo. Luego, enderezando la espalda por primera vez en años, retomó su camino con un paso ligero y firme.

​Irene lo vio alejarse, sintiendo el frescor del mediodía en la piel. Sabía que aquel forastero no volvería a caminar sintiéndose huérfano de raíces. Ajustó su cesta de mimbre, contempló una vez más las ramas sabias del viejo nogal que custodiaba el adiós liberado, y reanudó su marcha por el empedrado. Mañana habría nuevas luces, pero hoy, el mundo estaba un poco más ligero.



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sábado, 4 de julio de 2026

ROMANCE DEL AMOR INVISIBLE

 




Inspirado en la reflexión de William Shakespeare, "El amor no mira con los ojos, sino con el alma".

 

 

​No busca el amor la forma,

ni el color del fango o el oro,

que la luz que viste el cuerpo

es un destello remoto.

El amor no mira nunca

con la prisa de los ojos,

que la vista se equivoca

en el paisaje del rostro.

​Él prefiere andar a ciegas,

silencioso, paso a poco,

descifrando los latidos

en el pecho de los otros.

Va buscando los secretos,

el rincón del alma absorto,

donde no importan las sombras,

ni las grietas, ni los lodos.

​Se encuentran dos voluntades

en un lazo poderoso,

sin mirarse las estatuas,

sin herirse con el lodo.

Que los ojos solo ven

lo que el tiempo vuelve polvo,

pero el alma ve la esencia

y el fuego que vive en todo.

 

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ANALISIS LITERARIO A LA OBRA ME SABE A PERÚ

 




Escritor Augusto Cuerva Candela... Le agradezco profundamente la agudeza de su lectura. Es fascinante, y a veces revelador ver mis propios textos a través de su lente. Ha logrado identificar matices que, aunque estaban ahí, cobraron una nueva dimensión gracias a su análisis. Gracias por tratar mi obra con tanto respeto y rigor. Un cordial saludo desde México.

Análisis literario realizado por:

Augusto Cuerva Candela

País: España, Madrid

Escritor, poeta y crítico literario

Todos los derechos reservados en Safe Creative

1. Temática central

El texto presenta una exaltación lírica del Perú como espacio de romance, identidad y misticismo. El amor se funde con la geografía y la cultura, creando una atmósfera donde lo natural y lo humano se entrelazan.

2. Estructura y género

Se trata de una prosa poética breve, con ritmo marcado por frases de longitud variable y fuerte carga sensorial. No sigue rima ni métrica fijas, pero emplea recursos propios de la poesía.

3. Recursos literarios destacados

· Personificación: “El viento costeño susurra secretos a las olas”, “guitarras lloran”.

· Metáfora: “ojos profundos como las lagunas andinas”, “mar de pasión”.

· Sinestesia: el título “Me sabe a Perú” (lo geográfico se percibe gustativamente).

· Antítesis: “fuego y ternura”, “sol radiante y luna llena”.

· Imágenes sensoriales: visual (arena dorada, cielo estrellado), auditiva (guitarras, marinera), táctil (viento, abrazo).

4. Símbolos culturales peruanos

· Marinera: danza emblemática que representa el cortejo amoroso.

· Tierra del Inca: evocación del pasado prehispánico.

· Lagunas andinas: paisaje sagrado y profundo.

· Noches mágicas: sustrato mítico-ancestral.

5. Tono y estilo

El tono es lírico, nostálgico y celebratorio. Hay un ritmo ascendente que culmina en una afirmación casi épica (“un canto a la tierra y al amor”). El estilo emplea adjetivación evocadora (“dorada”, “inmenso”, “ancestral”) y verbos que sugieren conexión íntima (“besan”, “se tejen”, “se encuentran”, “entrelazados”).

6. Posible intención autoral

Gloria Carreón Zapata busca construir una identidad romántica del Perú donde el paisaje no es mero escenario, sino protagonista activo del sentimiento amoroso. El país “sabe” —se experimenta con todos los sentidos— y sabe a pasión, a tradición viva, a misterio.

7. Valoración crítica

El texto logra condensar en pocas líneas una imagen poderosa y unitaria del Perú romántico. Su fuerza radica en la condensación sensorial y en la fusión de naturaleza, cultura y emoción. Sin embargo, corre el riesgo de caer en una idealización pintoresquista (el Perú eterno y mágico), propia del discurso turístico o folclórico. Aun así, dentro de su género, cumple con eficacia su propósito evocador.

Conclusión: un texto breve de alta densidad lírica que celebra el amor y el territorio peruano como una experiencia total, donde el pasado ancestral y el presente pasional se dan la mano bajo la luz de la luna.

Con admiración y respeto recibe un abrazo literario

ME GRITARON ¡ILEGAL!




​(Inspirado en el ritmo y la fuerza de Victoria Santa Cruz)



​Tenía apenas unos años,

o tal vez era una tarde cualquiera en una calle extraña,

cuando una voz con odio, una voz con miedo,

me detuvo el paso.

​Una palabra cayó sobre mis hombros,

pesada como el hierro, fría como la indiferencia:

—¡Ilegal! —, me dijeron.

—¡Ilegal! —, me gritaron.

​¿Ilegal?

Miré mis manos que venían listas para el trabajo,

miré mis pies que solo buscaban amparo,

miré mis ojos cargados de distancia y de nostalgia.

¿Ilegal yo? ¿Por haber cruzado una línea que dibujó el hombre?

¿Por buscar la vida donde el suelo no tiemble?

​Y retrocedí...

Y por un tiempo bajé la mirada.

Sentí vergüenza de mi acento,

vergüenza de mi piel tostada por el sol del camino,

vergüenza de mis pasos que no encajaban en su acera.

​Quise volverme invisible,

hablar más bajo, borrar mi sombra,

pedir perdón por existir en una tierra ajena.

Caminaba con el miedo en las entrañas,

escuchando el eco que me perseguía:

—¡Ilegal...! ¡Ilegal...!

​¡Hasta que un día...!

¡Un día que bendigo porque se rompió el encanto!

Me cansé de cargar con una culpa que no es mía.

Me cansé de pedir permiso para respirar bajo este cielo.

Me detuve en seco, miré de frente y me pregunté:

¿Ilegal?

​¿Ilegal la mano que levanta tus edificios?

¿Ilegal la espalda que recoge lo que cenas?

¿Ilegal el sueño que huye de la guerra y de la pena?

¡No!

​¡Humano! ¡Trabajador! ¡Valiente! ¡Resiliente!

¡Eso soy!

​Alcé la frente y la palabra que querían que fuera mi cadena

se convirtió en mi escudo.

Ya no dolió el insulto, ya no pesó el prejuicio.

​Que lo griten si quieren,

que lo apunten en sus leyes de papel y de ceniza,

porque mi sangre no necesita pasaporte para latir con fuerza,

porque mi dignidad no se somete a ninguna frontera.

​¿Me gritan ilegal? ¡Que lo sientan!

¡Porque hoy sé quién soy!

¡Soy la vida que avanza, soy el futuro que camina!

¡Y mi nombre es libertad!

ROMANCE AL MAR DE LA CORUÑA.

(Inspirado en la fotografía)   Frente al Atlántico inmenso, donde rompe el fuerte oleaje, La Coruña se engalana con su gala de p...