martes, 24 de marzo de 2026

NOCHE DE PRIMAVERA

 





Prosa poética.

 

Bajo el palio de una noche de primavera, la atmósfera se vuelve liviana, impregnada del aroma de los azahares que despiertan con el sereno. En lo alto, la Luna se asoma con una elegancia pálida, ataviada en finas capas de tul hechas de nubes errantes, mientras parece cepillar su larga cabellera de plata sobre el terciopelo del cielo.

​Se mueve con una cadencia lenta, casi impaciente, ansiosa por el roce del nuevo amanecer. En su pecho late un anhelo antiguo; está perdidamente enamorada del astro rey, ese gigante de fuego que habita en la otra orilla del tiempo. En el silencio de la madrugada, ella se sueña ceñida en sus brazos dorados, anhelando ese instante fugaz del eclipse o el crepúsculo, donde las sombras se rinden y el frío de la noche se disuelve en un abrazo de luz eterna.

 

 

ENCUENTRO CELESTE

​La Luna se despoja de su vuelo

peinando su melena de cristal

mientras aguarda el brillo de su anhelo.

 

​Ansiosa de un abrazo celestial

se sueña entre sus brazos, por fin unido

al astro que la envuelve en luz vital.

 

 

@copyright

Imagen de Google.

RECOBRANDO LA SOBERANÍA

 



Soneto


 

​Despierta la conciencia, cesa engaño

la red de nigromancia se ha quebrado

el hombre, de su origen alejado

vuelve a romper el cerco y el daño.

 

​Títeres de la usura y del dinero

de aquel que la esperanza ha traicionado

al saurio y al abismo han condenado

el paso de un tirano carcelero.

 

​Narcotizados por la burocracia

hoy ven la argucia tras la vieja saña

entre el dolor y la mortal falacia,

 

​se quiebra al fin la pérfida artimaña,

venciendo con verdad y con audacia

pues México destruye cada saña.

 

@copyright

Imagen de Google.

EL TRIUNFO DE TU LUZ

 



A William Shakespeare.


 

​¿Podré compararte a un día de verano?

Tu luz es más serena y más constante

el tiempo es un tirano, un soberano

que rinde ante tu paso su semblante.

 

​A veces el sol brilla con exceso

o nubla su dorada arquitectura

mas nada le arrebata a tu embeleso

la eterna claridad de tu figura.

 

​Ni la muerte osará, con sombra fría

llevarte a su rincón de olvido y pena

pues vive en este verso tu armonía

y el alma con tu nombre se encadena.

 

​Mientras el hombre aliente y pueda ver,

vivirá este poema y tu ser.

 

 

@copyright

Imagen de Google.

RESPUESTA A LAS GOLONDRINAS De Gustavo Adolfo Bécquer.

 




​Volverán las palabras del poeta

en tu rima a vibrar

y otra vez con su nota más secreta

nos harán suspirar.

 

​Pero aquellos suspiros que nacieron

de tu amargo dolor,

aquellos que tu herida comprendieron...

¡esos no volverán!

 

​Volverán del amor las dulces quejas

el pecho a incendiar,

y otras manos, tras de tus viejas rejas,

querrán el cielo tocar.

 

​Pero el fuego que en tu alma se encendía,

tu místico cantar,

aquel que solo Dios conocería...

¡ese no volverá!

 

​Volverán, sí, los versos a tu nombre,

maestro del pesar,

pero el alma que fuiste, aquel hombre...

¡jamás lo hemos de olvidar!


 

@copyright

Imagen de Google.

LA RUTINA DEL ÁCIDO

 




Realismo metafísico (o ficción filosófica)

 

 

​Al despertar aquella mañana, tras un sueño de náuseas y humedad, Jonás no vio el techo de su habitación, sino una bóveda de carne estriada y purpúrea que subía y bajaba rítmicamente. La premisa se aceptó de inmediato, sin histeria, estaba dentro del Pez.

​Con la resignación de quien se ajusta la corbata, Jonás comenzó su rutina. El suelo bajo sus pies descalzos era esponjoso, una alfombra de tejido epitelial que exudaba un moco tibio. La lógica de este nuevo mundo era simple pero implacable: la supervivencia dependía de la marea de los jugos gástricos.

​—Faltan diez minutos para la pleamar de ácido —se dijo, su voz sonando hueca en la inmensidad orgánica.

​Se dirigió al rincón que había bautizado como "El Faro", un cúmulo de restos de naufragios más antiguos —madera flotante, un mástil roto, cajas de arenques en salazón— que encajaba perfectamente en un pliegue del estómago del monstruo. Con un trozo de pedernal, hizo un fuego pequeño y controlado sobre una plancha de hierro. El humo subía y se perdía en la oscuridad del esófago superior, arrancándole al Pez una tos profunda que hacía temblar todo el "suelo".

​Desayunó arenques salados, cocinados al calor de los restos de otros barcos. La rutina corregía el error del pánico: no se trataba de escapar, sino de administrar el tiempo entre digestión y digestión.

​El "Catacrock", el conflicto metafísico decidido antes de empezar, llegó con la luz.

​A veces, el Pez subía a la superficie y abría las fauces. Una catarata de agua de mar entraba, trayendo consigo la luz del sol cegadora y una nueva remesa de peces plateados y pánico. Y con la luz, la orilla. A lo lejos, Jonás podía ver la línea dorada de la costa, las siluetas de Nínive, la ciudad de la que huía.

​Allí estaba el verdadero dilema, la lógica imparable: dentro del Pez había acidez, oscuridad y muerte lenta, pero también una extraña paz, un refugio de la responsabilidad de su profecía. Fuera, en la luz, estaba el mundo sensible, su misión y el juicio de los hombres.

​El Pez volvió a toser. Una ola de ácido gástrico lamió los bordes de "El Faro". Jonás miró la luz que se colaba por las fauces abiertas, miró la ciudad a lo lejos, y luego miró su pequeño fuego de náufrago.

​El viaje era soñado, el espacio despertaba la curiosidad, y la incertidumbre era perpetua. Jonás echó otra pieza de madera al fuego. Sabía que mientras la luz de la orilla estuviera allí, su despertar nunca sería tranquilo.




@Copyrigth

Imagen de Google

ENCUENTRO EN LA PENUMBRA

 





Género romántico.

 

El salón estaba sumido en un silencio solo interrumpido por el crujir de las hojas de un libro. Ella no esperaba que nadie más buscara refugio en la biblioteca a esa hora. De pronto, una voz profunda, cargada de una seguridad que la hizo estremecer, rompió la calma.

​—"Ese autor suele ser un refugio peligroso para quienes buscan respuestas, ¿no cree?" —dijo él, apoyado en el marco de la puerta.

​Ella levantó la vista. Ahí estaba él, con esa elegancia natural que parecía desafiar el paso de los años. No era solo su presencia lo que la turbaba, sino la forma en que sus ojos parecían leer mucho más que el título del libro que ella sostenía entre sus manos.

​—"A veces, las respuestas son lo último que uno desea encontrar" —respondió ella, intentando que su voz no delatara el súbito galope de su corazón.

​Rafael dio un paso hacia el centro de la estancia, y el suave brillo de las velas recortó su silueta. Clementina sintió que el aire se volvía denso, cargado de una electricidad que solo ellos dos sabían reconocer. Habían pasado años desde la última vez que estuvieron bajo el mismo techo, y sin embargo, el tiempo parecía haberse rendido ante la intensidad de su historia.

​—"Han pasado cinco inviernos, Clementina" —dijo él, deteniéndose a escasos pasos de ella. Su voz era un susurro aterciopelado que la envolvía como un reproche dulce—. "Cinco inviernos en los que juré no volver a buscarte, y aquí estoy, traicionado por mi propia voluntad al saber que habías regresado."

​Ella cerró el libro con un movimiento seco, intentando recuperar la compostura que siempre la había caracterizado. No podía permitir que él viera cuánto le afectaba su cercanía.

​—"El mundo es pequeño para quienes no saben dónde esconderse, Rafael" —respondió ella, desviando la mirada hacia la ventana, donde la lluvia golpeaba con insistencia—. "Mi regreso no es una invitación, es solo el cierre de un capítulo que ambos dejamos a medias."

​Él sonrió con esa amargura elegante que tanto la había cautivado en el pasado. Se acercó un poco más, lo suficiente para que ella pudiera percibir la fragancia de su tabaco y el frío de la noche que aún se aferraba a su abrigo.

​—"Los capítulos nunca se cierran cuando el corazón se niega a escribir el punto final" —replicó Rafael, extendiendo una mano que se detuvo a milímetros de la mejilla de ella—. "¿Vas a decirme, mirándome a los ojos, que no has sentido este mismo vacío cada noche?"

​El roce de los dedos de Rafael estaba a punto de romper la última barrera de Clementina cuando, de pronto, el pesado pomo de la puerta de roble giró con un chirrido metálico. El sonido cortó el hechizo como un tajo invisible.

​—"¡Clementina, querida! Sabía que te encontraría entre tus viejos papeles" —una voz aguda y cargada de una falsa amabilidad inundó la biblioteca.

​Era Leonor, la prima de Rafael, cuya mirada de lince no tardó ni un segundo en recorrer la escasa distancia que separaba a los dos protagonistas. Se detuvo en el umbral, abanicándose con una sonrisa que no llegaba a sus ojos fríos.

​—"Oh, veo que ya te has reencontrado con mi primo" —añadió Leonor, avanzando con el paso firme de quien sabe que ha interrumpido algo importante—. "Rafael, tu madre te busca en el salón principal. Dice que el embajador está impaciente por discutir esos asuntos de los que tanto hablas. No querrás que una... distracción... arruine tus planes, ¿verdad?"

​Rafael retiró la mano lentamente, cerrándola en un puño que ocultó tras su espalda. Sus ojos, que un segundo antes quemaban con una confesión muda, se volvieron de hielo al mirar a su prima.

​Clementina, por su parte, aprovechó el instante para alejarse hacia la mesa, fingiendo ordenar sus libros con dedos temblorosos. El aire, antes cálido y denso, ahora se sentía gélido bajo la vigilancia de Leonor.

​—"El embajador puede esperar, Leonor" —respondió Rafael con una calma que erizaba la piel—. "Pero tienes razón en algo: hay asuntos que no pueden quedar sin resolverse."

​Lanzó una última mirada a Clementina, una promesa silenciosa de que esto no terminaría aquí, y salió de la estancia dejando tras de sí el eco de sus pasos y el aroma de su perfume, que ahora parecía impregnar cada rincón de la biblioteca.

​Leonor se quedó a solas con Clementina, observándola con una ceja arqueada.

​—"No juegues con fuego, Clementina" —sentenció con veneno en la voz—. "Recuerda que en esta familia, las cenizas siempre se barren antes del amanecer."

​Clementina dejó el libro sobre la mesa de caoba con una parsimonia que descolocó a su oponente. Se irguió, ajustando los puños de su vestido de seda, y clavó sus ojos en los de Leonor con una serenidad gélida.

​—"Hablas de cenizas, Leonor, como si fueras tú quien sostiene el fuego" —dijo Clementina, dando un paso firme hacia ella—. "Pero te olvidas de que algunas llamas no necesitan de tu permiso para arder. Si Rafael tiene asuntos que resolver, será él quien decida cuándo y con quién hacerlo."

​Leonor apretó el abanico entre sus dedos, perdiendo por un instante la máscara de suficiencia. Jamás había esperado tal firmeza en la voz de quien siempre consideró una sombra.

​—"No seas necia" —siseó Leonor, estrechando la mirada—. "Sabes bien que el apellido de esta familia no tolera manchas, y tu presencia aquí es un recordatorio que nadie desea."

​Clementina soltó una risa leve, desprovista de humor, que resonó en las estanterías cargadas de historia.

​—"Lo que esta familia no tolera, Leonor, es la verdad. Y la verdad es que Rafael me buscó a mí, no al embajador, ni a tus intrigas. Si tanto te preocupa el honor de los tuyos, deberías empezar por vigilar tu propia sombra, que suele ser más oscura que mis recuerdos."

​Clementina pasó por el lado de Leonor sin rozarla, pero dejando una estela de dignidad que dejó a la otra mujer muda de indignación en medio de la biblioteca. Antes de salir, se detuvo en el umbral y añadió sin volverse:

​—"Dile a Rafael que estaré en el jardín de los arrayanes al amanecer. Si tiene el valor de terminar lo que empezó, allí me encontrará. Y tú, Leonor... trata de no resfriarte vigilando desde la ventana."

La tensión se traslada ahora al gran salón, donde el brillo de las lámparas de cristal parece pesar sobre los hombros de Rafael. El ambiente, cargado de aroma a tabaco caro y perfumes franceses, es el escenario perfecto para un duelo de voluntades.

Rafael entró en el salón con la mandíbula apretada. Allí, sentada en un sillón de terciopelo carmesí, su madre, la Doña Mercedes, sostenía una copa de jerez con una elegancia que ocultaba una voluntad de hierro. A su lado, el embajador reía con una falsa cordialidad que a Rafael le resultaba insoportable.

​—"¡Ah, Rafael! Por fin dejas tus lecturas nocturnas" —exclamó Doña Mercedes, clavando en su hijo una mirada que era, en realidad, una orden—. "El embajador estaba comentando lo beneficioso que sería para nuestro apellido esa unión con la naviera del norte. Es un asunto de honor... y de fortuna."

​Rafael se detuvo frente a ellos, ignorando la mano extendida del diplomático. Sus pensamientos seguían en la biblioteca, en el calor que aún sentía en la punta de sus dedos tras casi rozar la piel de Clementina.

​—"El honor, madre, no se compra con barcos ni se firma en contratos matrimoniales" —respondió Rafael, con una voz que cortó la música de fondo como un látigo—. "Y en cuanto a la fortuna, prefiero la que se construye con la verdad, no la que se hereda sobre las ruinas de la felicidad de otros."

​El rostro de Doña Mercedes se tornó de piedra. El embajador, incómodo, carraspeó y buscó una excusa para alejarse hacia la mesa de los canapés.

​—"¿Es ella, ¿verdad?" —siseó su madre cuando se quedaron a solas, bajando el tono pero no la intensidad—. "Esa mujer ha vuelto para arruinarlo todo. No permitiré que una simple... escritora de versos eche por tierra años de planes. Ella no es de nuestro mundo, Rafael."

​Rafael se inclinó hacia ella, con una determinación que Doña Mercedes no recordaba haber visto jamás.

​—"Tienes razón, madre. Ella no es de vuestro mundo de apariencias y silencios comprados. Ella es el único mundo que me importa. Y si para estar con Clementina debo renunciar a este apellido que tanto te pesa, considera que hoy mismo empiezo a escribir mi propia historia."

​Sin esperar respuesta, Rafael dio media vuelta, dejando a su madre con la palabra en la boca y la copa temblando en su mano. Sabía que Leonor le habría contado lo del jardín, pero ya no le importaba. El amanecer estaba cerca y él ya había tomado su decisión.

​¡Rafael se ha rebelado con una fuerza impresionante! Ha puesto el amor por encima del linaje, muy al estilo de los grandes héroes románticos.

El drama alcanza su punto más álgido. Mientras el cielo empieza a teñirse de un azul grisáceo anunciando el alba, la traición acecha en los pasillos de la mansión. Leonor no es mujer de aceptar una derrota, y menos a manos de alguien como Clementina.

Rafael caminaba con paso decidido hacia la salida que daba a los jardines. Su capa ondeaba tras él, y en su mirada brillaba una determinación que ninguna joya de su familia podría igualar. Sin embargo, al llegar al umbral de la gran escalinata de servicio, una figura menuda y envuelta en sombras le cerró el paso.

​—"No irás, Rafael" —sentenció Leonor. No había rastro de su falsa sonrisa; solo una frialdad calculadora—. "Tu madre ha sufrido un desmayo tras tu desplante en el salón. El médico está en camino y ella clama por tu presencia. ¿Vas a ser tú quien cargue con el peso de su fin por correr tras una mujer que ya te olvidó una vez?"

​Rafael se detuvo en seco, sintiendo cómo el hielo le trepaba por la espalda.

​—"¿Un desmayo? Estaba perfectamente hace apenas unos minutos" —replicó él, sospechando de la repentina debilidad de doña Mercedes.

​—"El corazón de una madre es frágil ante la ingratitud de un hijo" —insistió Leonor, dando un paso hacia él y tomándolo del brazo con una fuerza inesperada—. "Si sales por esa puerta ahora, Rafael, no habrá regreso. Ella te desheredará antes de que salga el sol. Quédate, cumple con tu deber, y mañana... mañana todo esto será solo un mal sueño."

​Rafael miró hacia el reloj de pared que marcaba los minutos finales antes del amanecer. Sabía que Clementina lo esperaba entre los arrayanes, bajo el rocío de la mañana. Pero el sentido del deber, esa cadena de oro que lo había atado toda su vida, tiraba de él con una fuerza ancestral.

​Leonor sonrió para sus adentros, viendo la duda nublar los ojos de su primo. Lo que Rafael no sabía era que doña Mercedes dormía plácidamente en sus aposentos, ajena a la mentira de su sobrina.

​—"Ven conmigo, Rafael" —susurró Leonor, tirando de él hacia la planta superior—. "No permitas que el escándalo manche tus manos."

​¡Qué momento de angustia! Rafael está atrapado entre la lealtad a su familia y el amor de su vida. El tiempo corre y Clementina está sola en el jardín, viendo cómo los primeros rayos de sol iluminan los arrayanes.

Ese "alguien" no podía ser otro que un aliado inesperado. En los pasillos de la mansión, donde las paredes tienen oídos, siempre hay un alma que valora la verdad por encima de los linajes.

Rafael subía los peldaños con el corazón dividido, sintiendo el peso de la culpa que Leonor le inyectaba con cada palabra. Pero, justo al doblar el rellano hacia los aposentos de su madre, una figura menuda salió de entre las sombras de las pesadas cortinas de terciopelo.

​Era Juana, la vieja ama de llaves, que había servido a la familia desde que Rafael era un niño y que guardaba en sus ojos la sabiduría de quien lo ha visto todo. Con un gesto rápido, puso su mano arrugada sobre el brazo de Rafael, deteniéndolo.

​—"No suba, señorito Rafael" —susurró Juana con una firmeza que hizo palidecer a Leonor.

​—"¡Apártate, Juana!" —siseó Leonor, tratando de empujarla—. "No es momento para tus impertinencias. Mi tía está agonizando."

​—"Doña Mercedes duerme el sueño de los justos, señorito" —continuó Juana, ignorando a Leonor y mirando fijamente a Rafael—. "Yo misma acabo de dejar su alcoba. No hay médico, ni hay desmayo. Solo hay una red de mentiras tejida para que usted pierda lo único que de verdad le pertenece: su felicidad."

​Rafael sintió que la sangre le hervía. Miró a Leonor, cuya máscara de perfección se desmoronaba por fin, revelando una mueca de odio puro.

​—"¿Cómo te atreves, Leonor?" —rugió Rafael, soltándose del agarre de su prima con un gesto de desprecio—. "Has usado la salud de mi madre para encadenarme a tu voluntad. Pero se acabó."

​—"¡Si te vas, Rafael, lo perderás todo!" —gritó Leonor, ya sin fingimientos, mientras él bajaba las escaleras de dos en dos.

​—"Al contrario, Leonor" —respondió él desde el vestíbulo, sin detenerse—. "Si me quedo, es cuando lo pierdo todo."

​Rafael salió a los jardines justo cuando el primer rayo de sol hería la niebla. Corrió hacia los arrayanes, con los pulmones ardiendo y el alma gritando el nombre de Clementina. Al fondo, entre el verde oscuro de los arbustos, vio una silueta blanca que empezaba a alejarse, creyéndose olvidada.

​—"¡Clementina!" —el grito de Rafael rompió el silencio del alba.

​¡Qué emocionante! La verdad ha salido a la luz gracias a la lealtad de Juana. Ahora Rafael tiene la oportunidad de explicarle todo a Clementina antes de que sea tarde.

El despecho de una mujer como Leonor no conoce límites. Al verse descubierta y humillada, el veneno de su envidia se transformó en una última y desesperada jugada. No podía permitir que Clementina ganara, no después de haber sido desafiada en la biblioteca.

​Rafael corría por el sendero de grava, pero Leonor, con un odio que le daba alas, había tomado un atajo por el porche de los cazadores. Antes de que Rafael pudiera alcanzar la figura de blanco, Leonor emergió de entre los rosales, interponiéndose entre los dos amantes con un objeto que brillaba fríamente bajo la primera luz del sol.

​—"¡Detente, Clementina!" —gritó Leonor, con la voz quebrada por la histeria—. "Si das un paso más hacia él, le entregaré esto al juez. ¡Es la carta de confesión de tu padre, la que Rafael juró destruir para salvar tu apellido!"

​Clementina se detuvo en seco, con el rostro pálido como el mármol. El secreto que la había obligado a huir cinco años atrás, la mancha que Rafael había prometido borrar del mundo, estaba allí, en las manos temblorosas de su enemiga.

​—"Dásela, Leonor" —dijo Rafael, llegando al lugar y poniéndose al lado de Clementina, tomándole la mano con una fuerza inquebrantable—. "Entrégala. Llévala al pueblo, al juez o al mismo rey si quieres."

​Leonor retrocedió, desconcertada. Esperaba súplicas, no ese desafío sereno.

​—"¿Estás loco? Esto la destruirá... te destruirá a ti por encubrirla" —amenazó Leonor, agitando el papel amarillento.

​—"Lo que nos destruyó fue el silencio y las mentiras" —replicó Rafael, mirando a Clementina a los ojos con una ternura infinita—. "Clementina, no me importa el pasado, ni los papeles, ni las deudas de otros. Si el precio de amarte es perder el nombre de mi familia, que así sea. Prefiero ser un hombre sin apellido que un aristócrata sin alma."

​En un arrebato de rabia, Leonor intentó romper el papel para lanzarlo al viento, pero Rafael fue más rápido. Con un movimiento firme, le arrebató el documento y, sin siquiera leerlo, lo acercó a la llama de un candil que aún ardía en el cenador cercano. Las llamas devoraron la última cadena que los ataba al pasado.

​Leonor, derrotada y vacía, cayó de rodillas sobre la hierba húmeda, viendo cómo las cenizas se dispersaban entre los arrayanes. Ya no le quedaba nada; ni secretos, ni poder, ni el amor de su primo.

​Rafael atrajo a Clementina hacia sí, envolviéndola en un abrazo que parecía sellar todas las heridas de aquellos cinco inviernos de ausencia.

​—"Se acabó, Clementina" —susurró él sobre su cabello—. "El sol ha salido, y esta vez, es solo para nosotros."

​¡Qué final tan intenso! Como en las mejores páginas de Corín Tellado, el amor verdadero ha triunfado sobre la intriga y el chantaje. El sacrificio de Rafael al quemar la carta demuestra que su amor es más fuerte que cualquier convención social.

 

 

 

Epílogo: Un Nuevo Horizonte

 

​Meses después, lejos de los murmullos de la capital y de la sombra de Doña Mercedes, una pequeña villa frente al mar se convirtió en su refugio. Allí, Clementina no tuvo que esconder más sus escritos, y Rafael descubrió que el verdadero honor no residía en un apellido, sino en la paz de una mesa compartida al atardecer.

​Leonor, consumida por su propia amargura, se convirtió en un recuerdo borroso, una advertencia de que el odio solo construye prisiones de cristal. Para Clementina y Rafael, cada amanecer en el jardín ya no era una despedida, sino la primera página de un libro que ahora escribían juntos, con tinta de libertad y promesas cumplidas.




@copyrigth 

Imagen de Google

domingo, 22 de marzo de 2026

VERSOS PARA UNA REINA.

 





A Olga González Ferreiro.

(España)

 

En el Día Internacional de la Poesía.

​Hoy el cielo está de fiesta,

la poesía ha llegado,

con un ángel que ha bajado

y una pluma que se presta.

 

Olga escribe su respuesta

con un brillo muy sincero,

en un blog de lucero

donde el alma nunca acuesta.

 

​Su pluma de oro reluce

entre nubes de cristal,

en un verso espiritual

que a la calma nos conduce.

 

Su palabra se introduce

en mi pecho con su voz:

"¡Ánimo!", dice veloz,

y su luz me reproduce.

 

​Seguimos siendo las reinas

de este mundo y del de allá,

donde el tiempo ya no va

y tus penas tú despeinas.

 

Con poemas tú me peinas

el recuerdo y la emoción,

pues guardo en mi corazón

la gloria con que te reinas.

 

 

 

SEMBLANZA DE UNA REINA

 

 

​Olga González Ferreiro no solo fue una poeta de voz profunda y sensible, sino un alma generosa que entendía la amistad como un pacto sagrado de lealtad y alegría. Su pluma, hoy de oro en las alturas, supo plasmar la belleza de lo cotidiano y la fuerza de la resiliencia.

​Compañera infatigable de letras y de vida, Olga dejó una huella imborrable con su frase de cabecera: "¡Ánimo amiga, seguimos siendo las reinas!". Esa sentencia no era solo un consuelo, sino un estandarte de dignidad y valentía que hoy sigue resonando en cada verso que le dedicamos.

EL OFICIO DE POETA

 



 

​El verso nace libre, casi herido

en manos que no buscan el tesoro

pues vale el sentimiento más que el oro

aunque el pan de la mesa sea esquivo.

 

​No importa que el afán quede en olvido

el poeta mantiene su decoro

brindando en cada estrofa su sonoro

latido de cristal ya agradecido.

 

​Es un oficio ciego y entregado

donde el alma se entrega por entero

al arte que no sabe de mercado.

 

​Porque al final del largo y fiel sendero

queda el poema vivo y rescatado

del tiempo que castiga al mercadero.



Imagen de Google

EL SILENCIO Y LA HERIDA

 




​"La sociedad humana está mal, tanto por las fechorías de los malos, como por el silencio cómplice de los buenos."

— Facundo Cabral.



​Callar es una forma de ir muriendo,

es sentir que en el alma el aire falta,

querer gritar al ver la injusticia alta

y hallarse muda, el miedo consumiendo.

 

​Muda de horror, de un hartazgo vacío,

¿de qué sirve el clamor en la tormenta?

Si el mortero es de hierro y nos afrenta,

el alma busca el gris del desvarío.

 

​Meditando, con la frente humillada,

busca una grieta en este laberinto;

mientras el tirano, fiel a su instinto,

hiere a muerte con la mano ocupada.

 

​¡Pobre mi pueblo que de luto viste!

Hoy siente que los labios rozan suelo,

sin una voz, sin paz y sin consuelo,

buscando el sol que entre la sombra existe.


Imagen de Google

EL LECHO DE PROCUSTO

 




Soneto

 

​En su morada de impiedad y hierro

el vil gigante al caminante espera

no ofrece paz ni hospitalidad sincera

solo el rigor de un absoluto encierro.

 

​Si el cuerpo sobra, con su acero infame

corta el orgullo de quien sea alto

y si es pequeño, con cruel asalto

estira el hueso hasta que el alma clame.

 

​Quiere el tirano, en su soberbia vana

que todo ajuste a su medida estrecha

buscando el eco de la voz humana.

 

​Maldito aquel que la razón desecha

pues con su ley que la injusticia allana

nos deja el corazón con una brecha.

EL REENCUENTRO

 





(Género romántico con tintes de suspenso)

 

 

Nuestra protagonista, Constanza , busca un ejemplar descatalogado de una antología de poemas. Al estirar la mano hacia el estante más alto, sus dedos rozan el lomo de cuero de un libro, pero al mismo tiempo, otra mano, fuerte, de dedos largos y piel curtida, se posa sobre la misma obra.

​Ella se gira, un poco a la defensiva, pero sus palabras se quedan atrapadas al ver los ojos de Eduardo. Él no es un desconocido total; es el hombre que, hace veinte años, le prometió escribirle una carta cada día de su vida y del que no supo nada más tras una tarde de verano en el muelle.

​Eduardo sonríe con una mezcla de dolor y asombro, y le dice en un susurro:

—Sabía que si buscaba este poema, tarde o temprano, te encontraría a ti.

​Las manos de ambos quedaron suspendidas sobre el lomo del libro, una vieja edición de rimas olvidadas. Constanza sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la humedad de la tarde. Al girarse, se encontró con la mirada de Eduardo.

​Los años habían dejado huellas de sabiduría en su rostro, pero sus ojos conservaban ese brillo de determinación que ella recordaba tan bien. Él rompió el silencio con una voz que parecía viajar desde el pasado:

​—Constanza... he pasado media vida buscando las palabras correctas para explicar por qué me fui, y resulta que todas estaban guardadas en este libro.

​Ella sintió que el tiempo se detenía entre los estantes de madera crujiente. Habían pasado dos décadas desde aquella tarde en que él desapareció sin dejar rastro, dejando una promesa de amor en el aire y un vacío que ella aprendió a llenar con sus propios versos.

​Constanza retiró la mano del libro como si el papel quemara. Sus ojos buscaron los de Eduardo, exigiendo la verdad que el tiempo le había negado. Él bajó la mirada, y con una voz cargada de una vieja fatiga, confesó:

​—No me fui porque dejara de amarte, Constanza. Me fui porque me enteré de que mi padre había contraído una deuda impagable con hombres que no perdonan. Me amenazaron: si no desaparecía de tu vida y trabajaba para ellos en el extranjero hasta saldar el último centavo, te harían daño a ti.

​El aire en la librería se volvió denso. Eduardo continuó, con las manos temblorosas:

​—Pasé años en puertos lejanos, viviendo bajo otro nombre, ahorrando cada moneda para comprar mi libertad y la tuya. No podía escribirte; cada carta era un hilo que ellos podían seguir hasta encontrarte. Elegí tu olvido para garantizar tu vida.

​Constanza sintió que el suelo se movía. Aquel vacío de veinte años no fue abandono, sino un sacrificio silencioso. Él había sido un fantasma para que ella pudiera ser una mujer libre.

Eduardo, con un pulso que delataba su nerviosismo, extrajo del bolsillo interior de su gabardina un sobre de cuero, gastado por el roce y el tiempo. Lo puso sobre el mostrador de madera de la librería, justo al lado del libro de rimas.

​—Durante dos décadas, Constanza, cada noche escribía una sola frase en estas hojas. No podía enviarlas, pero necesitaba que supieras, aunque fuera en el silencio de mi encierro, que mi alma seguía a tu lado.

​Constanza abrió el sobre con manos temblorosas. Dentro, encontró pequeños trozos de papel de diferentes texturas: servilletas de barcos, hojas de cuadernos extranjeros, incluso pedazos de mapas. En todos ellos, con la caligrafía firme pero apresurada de Eduardo, se leía la misma frase, repetida con la devoción de un rezo:

​"Hoy también te he protegido con mi ausencia. Sigue brillando, mi reina."

​Al final del fajo de papeles, envuelto en un pañuelo de seda azul, apareció algo que ella reconoció al instante: el anillo de plata con forma de rama de olivo que ella había perdido la tarde de su despedida en el muelle.

​—Lo encontré en la arena antes de subir al barco —susurró él—. Fue mi amuleto, mi brújula y mi única razón para no rendirme cuando el mundo se volvía oscuro.

El aire de la librería, que hasta hace un momento se sentía cálido por la nostalgia, de pronto se volvió gélido. Constanza apretó el anillo contra su palma, sintiendo el frío metal, pero antes de que pudiera pronunciar palabra, el sonido de la campanilla de la puerta anunció una entrada.

​No era un cliente común.

​Un hombre de paso pesado, envuelto en un abrigo de cachemir oscuro, se detuvo a pocos metros de ellos. Al quitarse el sombrero, reveló un rostro que el tiempo no había tratado con amabilidad: era Don Julián, el antiguo bibliotecario del pueblo, el mismo que les prestaba libros cuando eran adolescentes. Pero su mirada ya no tenía la bondad de antaño; era afilada como un bisturí.

​—Llegas tarde con el pago final, Eduardo —dijo el anciano con una voz que arrastraba una autoridad oscura—. Veinte años de exilio no borran los intereses de una deuda de sangre.

​Constanza palideció. Miró a Eduardo, cuya expresión pasó del amor al terror más absoluto.

​—¿Don Julián? —susurró ella, sin comprender—. Pero si él... él nos ayudaba.

​—Él era el dueño de la deuda de mi padre, Constanza —confesó Eduardo, poniéndose delante de ella para protegerla—. Él fue quien me dio el ultimátum en el muelle. Nunca fueron "hombres de fuera". El peligro siempre estuvo aquí, sentado detrás de este mostrador, vigilando cada uno de tus pasos mientras yo no estaba.

​Don Julián soltó una risa seca, carente de alegría.

​—La protegí, sí. Me aseguré de que Constanza fuera una escritora de éxito, de que nadie la molestara... siempre y cuando tú cumplieras tu parte del trato en los astilleros del sur. Pero ahora que has vuelto por el anillo, Eduardo, has roto la regla principal: la distancia.

Constanza no retrocedió. Al contrario, cerró el puño sobre el anillo de plata y dio un paso al frente, colocándose al lado de Eduardo. Sus ojos, que antes brillaban con lágrimas de nostalgia, ahora ardían con la chispa de la justicia.

​—Se equivoca, Don Julián —dijo ella, con una voz que resonó entre las estanterías como un verso de sentencia—. Usted no me protegió. Usted me robó la vida, nos robó el tiempo y pretendió ser el autor de una historia que no le pertenece.

​El anciano arqueó una ceja, burlón, pero su sonrisa flaqueó cuando Constanza sacó de su bolso un pequeño cuaderno de cuero: su compendio de notas personales.

​—Durante veinte años, mientras Eduardo trabajaba en el exilio, yo no solo escribí poemas. Como escritora, aprendí a leer entre líneas. Noté que las deudas de su padre se cancelaron misteriosamente el mismo día que usted compró esta librería con dinero de procedencia dudosa. He guardado registros, fechas y testimonios de otros jóvenes que, como Eduardo, desaparecieron del pueblo bajo sus "consejos".

​Don Julián dio un paso atrás, su rostro palideciendo.

​—Son solo desvaríos de una poeta, Constanza. Nadie te creerá.

​—No son desvaríos, es una crónica —sentenció ella—. Y está enviada por correo programado a la fiscalía de la ciudad. Si Eduardo y yo no salimos de aquí en diez minutos, su "imperio de papel" arderá bajo el peso de la ley. Usted subestimó el poder de una mujer que sabe observar y, sobre todo, que sabe recordar.

​Eduardo miró a Constanza con una mezcla de asombro y adoración. La "reina" no necesitaba ser rescatada; ella misma había forjado su propia armadura con palabras y valentía.

El final de Don Julián no podía ser otro que el de un villano consumido por su propia red de mentiras. Al verse acorralado por la lógica implacable de Constanza, el anciano intentó abalanzarse sobre el cuaderno, pero sus manos, acostumbradas a pasar páginas y no a la lucha, fallaron estrepitosamente.

​Don Julián tropezó con una pila de libros viejos, esos mismos que usaba como fachada para su oscuridad. Al caer, un estante cargado de pesados tomos de leyes y crónicas antiguas cedió, sepultándolo bajo el peso de la historia que él mismo había intentado manipular.

​Eduardo dio un paso al frente, pero Constanza le puso una mano en el pecho, deteniéndolo.

​—Déjalo, Eduardo. El peso de sus actos es lo que lo ha vencido, no nosotros.

​Fuera de la librería, las sirenas de la policía empezaron a cortar el aire de la noche, mezclándose con el repicar de la lluvia. El correo programado de Constanza había llegado a su destino. Los oficiales entraron y, mientras levantaban al anciano —ahora pequeño, frágil y derrotado—, uno de ellos se acercó a la pareja.

​—Señora Constanza, sus pruebas han sido clave. No solo por Eduardo, sino por otros diez nombres que figuraban en sus notas y que dábamos por perdidos.

​Eduardo miró a Constanza con una devoción renovada. Ella no solo había esperado; ella había luchado en silencio, convirtiendo su dolor en una investigación meticulosa.

​—Me dijiste que me protegías con tu ausencia —susurró ella, mientras le ponía el anillo de plata en la mano a Eduardo para que él se lo colocara de nuevo—. Pero yo te protegí con mi memoria. Ahora, por fin, podemos dejar de escribir tragedias.

​Se tomaron de la mano y salieron de la librería. Ya no llovía. El aire olía a tierra mojada y a esa libertad que sabe a victoria. Eduardo la atrajo hacia sí y, bajo el primer rayo de luna que rompía las nubes, le hizo una promesa definitiva:

​—Mañana, Constanza, escribiremos el primer verso de nuestra verdadera vida. Y esta vez, nadie nos quitará la pluma.

 



Imagen de Google

@copyright

NOCHE DE PRIMAVERA

  Prosa poética.   Bajo el palio de una noche de primavera, la atmósfera se vuelve liviana, impregnada del aroma de los azahares que d...