domingo, 6 de septiembre de 2026

EL DIÁLOGO CON LA NOCHE Y EL SILENCIO.


 



Lacera el alma tu ausencia bendita

y quema el pecho la luz de tu fuego

es un altar donde sufro y me entrego

a la memoria que suave me habita.

 

​Se vuelve sombra la pena infinita,

silencio puro que busca tu ruego,

y en el vacío que abraza el sosiego,

dolor de verte, la paz resucita.

 

​Sigue el perfume flotando en el viento,

bálsamo dulce de la lejanía,

sacro refugio para el pensamiento.

 

​Cura la herida la noche ya fría,

y en el misterio de este sentimiento

tu falta es llama que enciende mi día.

RAÚL PELOS REBELDES Y EL PEINE DEL DUENDE.






Literatura Infantil - Juvenil.


​A Raúl le llamaban "Pelos Rebeldes" en la escuela, y con mucha razón. En su cabeza no había peinado posible: llevaba un gallo por aquí, un nido de pájaro por allá y un mechón apuntando al cielo como si buscara señal de wifi. Pero a Raúl no le importaba. Tampoco le gustaba peinarse, ni abrir un libro, ni agarrar un lápiz, y mucho menos escuchar la campana de la escuela.

​Un martes, prefiriendo perseguir mariposas antes que ir a clase de Lengua, Raúl se adentró en el bosque. Entre las hojas de un roble gigantesco, escuchó un chillido chillón:

​—¡Ay, ay, ay! ¡Mi gorro se quedó atascado!

​Raúl miró hacia abajo y vio a un duendecillo de barba verde atrapado bajo una rama. Con cuidado, el niño levantó el palo y liberó al pequeño ser.

​—¡Gracias, muchacho! —, dijo el duende sacudiéndose el chaleco—. Los duendes del bosque siempre pagamos nuestras deudas. Toma esto.

​El duende le entregó un peinecito de madera dorada que brillaba como si tuviera luciérnagas por dentro.

​—Es un peine mágico —, susurró el duende guiñando un ojo—. Pero cuidado: solo funciona si dices las palabras correctas.

​Raúl, entusiasmado, corrió a su casa, se miró al espejo y se pasó el peine por la cabeza mientras decía:

​—¡Peine, peineta, déjame la cabeza recta!

​Al instante, ¡ZAP! Sus cabellos cobraron vida propia. Pero en lugar de peinarse, sus pelos comenzaron a enredarse formando letras. Primero apareció una A gigante arriba de la oreja, luego una B en la nuca y una C justo en la frente.

​—¡Oye, despeínate! —, gritó Raúl asustado.

​El peine brilló más fuerte y una vocecita salió de las púas de madera:

​—Para despeinar el enredo y lucir un buen peinado, debes leer la lección que en tu cabeza se ha formado.

​Raúl no tuvo más remedio que buscar su cuaderno escolar. Como nunca leía, le costó un poco, pero juntó las letras:

— La... A... con la... B... ¡AB!

 ​En cuanto leyó la primera palabra en voz alta, ¡ZUZ!, el mechón de la frente se asentó perfectamente.

​Divertido y curioso, Raúl abrió su libro de cuentos para buscar más palabras. Cada vez que leía una página entera, el peine daba un brinco mágico y le dejaba un peinado elegante, suave y oliendo a manzanas. Pero si pasaba un día sin leer o sin ir a la escuela... ¡sus pelos volvían a convertirse en un matorral lleno de consonantes y vocales despeinadas!

​A la mañana siguiente, Raúl llegó a la escuela temprano, con el cuaderno bajo el brazo y una sonrisa de oreja a oreja. La maestra, al verlo tan bien peinado y atento en primera fila, casi se cae de la silla de la sorpresa.

​—¡Pero Raúl! —, exclamó la maestra—. ¡Qué limpio y peinado vienes hoy! ¿Qué ha cambiado?

​Raúl sonrió tocándose el bolsillo donde guardaba su peine dorado y respondió:

​—Es que me di cuenta de que cuando leo y aprendo, ¡hasta la cabeza se me aclara!

​Desde aquel día, Raúl no solo fue el niño con el peinado más brillante del colegio, sino también el explorador de historias más curioso de todos.

​La bella enseñanza para los niños:

Aprender, leer y cuidar de uno mismo no tiene por qué ser aburrido; al contrario, es la verdadera magia que nos despeja la mente y nos abre las puertas a mundos fantásticos.

EL NIÑO QUE AMANECIÓ CON OREJAS DE BURRO.

 






​Había una vez un niño llamado Lucas a quien nada le pesaba más en el mundo que levantarse temprano para ir a la escuela. Prefería quedarse persiguiendo mariposas en el patio, contando hormigas o simplemente mirando el techo inventando excusas para no cruzarse con los libros.

​—¡Lucas, se te hace tarde! —, le gritaba su mamá desde la cocina.

​—¡Ay, mamá, es que hoy me duele la pestaña izquierda! —, respondía él, acurrucándose más bajo la cobija.

​Cada mañana era la misma historia. Lucas decía que la escuela era aburrida, que las letras bailaban para confundirlo y que los números solo servían para darle dolor de cabeza. Pero lo que no sabía era que en el pueblo rondaba un viejo duende sabio que cuidaba el afán de aprender de los niños.

​Una mañana, cansado de tanto pataleo, Lucas se negó rotundamente a salir de su cuarto.

​—¡No iré y no iré! ¡Prefiero no saber nada y vivir como un burrito en el campo! —, exclamó con rabia.

​Apenas pronunció la última palabra, un cosquilleo extraño le comenzó en la parte superior de la cabeza. Sentía como si dos ramitas le estuvieran creciendo a los lados. Se llevó las manos a la cabeza y sintió un par de orejas suaves, largas y peludas que se estiraban hacia el cielo.

​¡Le habían crecido dos enormes orejas de burro!

​Asustado, corrió al espejo. Las orejas eran tan grandes que se le caían hacia adelante y le tapaban los ojos.

​—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mira lo que me pasó! —, chilló escondiéndose tras la cortina.

​Su mamá, al verlo, no supo si reír o llorar, pero suavemente le dijo:

​—Lucas, las orejas crecen cuando la cabeza se niega a escuchar la sabiduría. Si no quieres llenar tu mente de ideas, tu cuerpo buscará espacio para la necedad.

​Lucas lloró amargamente. Pensó en cómo se vería pastando en el cerro, sin poder leer las historias de aventuras que tanto le gustaba que le contaran, ni aprender a construir los barcos de madera que siempre soñaba hacer. Se dio cuenta de que no ir a la escuela no lo hacía libre; solo lo volvía torpe y temeroso del mundo.

​Con mucha vergüenza, se puso un gorro enorme que apenas lograba tapar semejantes orejas y, por primera vez en su vida, corrió hacia la escuela antes de que sonara el timbre.

​Al entrar al salón, se sentó en primera fila. Escuchó con atención cada palabra de la maestra, resolvió las sumas en el pizarrón y leyó en voz alta un cuento de piratas. A medida que aprendía una palabra nueva, sentía que las orejas le picaban un poquito.

​Al terminar el día, cuando comprendió por fin cómo se sumaban las fracciones, escuchó un suave ¡pop! a cada lado de su cabeza. Se tocó con cuidado, las orejas de burro habían desaparecido por completo y en su lugar estaban de nuevo sus pequeñas orejas humanas.

​Desde aquel día, Lucas entendió que la escuela no era un castigo, sino la puerta para dejar de ser un burro y convertirse en lo que él quisiera ser. Y aunque a veces le daba un poco de pereza madrugar, le bastaba con tocarse las orejas para recordar el valor de aprender.

LAS VOCALES REBELDES

 


 



Literatura Infantil - Juvenil.

 

Había una vez, en el pacífico y ordenado Reino del Abecedario, un cuaderno azul donde las letras vivían en perfecta armonía. Cada mañana, las vocales salían a trabajar para ayudar a formar palabras: la A abría la boca en la palabra agua, la E estiraba los brazos en estrella, la I se ponía su sombrerito para isla, la O rodaba feliz en oso, y la U saltaba en universo.

 

​Pero un martes por la tarde, las vocales se cansaron.

 

​—¡Siempre hacemos el trabajo más pesado! —, protestó la A, cruzándose de brazos—. Si no estamos nosotras, las consonantes no pueden decir nada. ¿Por qué no nos tomamos unas vacaciones?

 

​—¡Tiene razón! —, exclamó la E con las manos en la cintura—. ¡Estoy harta de trabajar en la palabra escuela! Quiero irme a jugar.

 

​La I, que era la más pequeña pero la más inquieta, dio un salto:

 

​—¡Nos declaramos en huelga! ¡Las vocales rebeldes al poder!

 

​La O rodó hasta la puerta del cuaderno y la U la siguió haciendo piruetas. Sin pensarlo dos veces, las cinco vocales escaparon del cuaderno azul y se escondieron en el cajón de los juguetes.

 

​Al principio, la aventura fue divertidísima. Se tiraron por el tobogán de bloques de madera, nadaron en una piscina de plastilina y jugaron a las escondidas detrás de un oso de peluche.

 

​Pero en el Reino del Abecedario, el caos comenzó de inmediato.

 

​Las consonantes intentaron seguir escribiendo el cuento de la tarde, pero las cosas salieron completamente mal. La palabra PAPANATAS se convirtió en PPNTS, que sonaba como un estornudo. El PERRO terminó siendo PRR, y parecía un motor viejo intentando arrancar. Cuando alguien quiso escribir SOL, solo quedó la SL, ¡y nadie sabía si hablaban del sol, de una sal o de una silla!

 

​Los niños en el salón de clases abrieron sus cuadernos y no entendían nada. "¿Qué le pasó a la historia?", preguntaban extrañados.

 

​En el cajón de los juguetes, las vocales escucharon el alboroto. A través de una rendijita, vieron a la P, a la L y a la M llorando porque no podían cantar sus canciones sin ellas. La S intentaba consolar a la T, pero sin la E o la O, solo lograban hacer "¡Ssss! ¡Tttt!".

 

​La A miró a las demás y suspiró.

 

​—Amigas... creo que el cuento nos necesita. Somos importantes, pero no para trabajar solas, sino para hacer magia juntas con las demás letras.

 

​—Es verdad —, dijo la E—. Extraño formar la palabra helado.

 

​—Y yo extraño el puntito de mi sombrero —, añadió la I.

 

​—¡Y a mí me hace falta rodar en la palabra amor! —, exclamó la O.

 

​La U les dio un abrazo a todas y dijo:

 

​—¡Regresemos! Pero con una condición: ¡pediremos que el viernes sea día de descanso para jugar con la plastilina!

 

​Las cinco vocales rebeldes salieron del cajón marchando en fila india: A, E, I, O, U. Volaron de regreso a las páginas del cuaderno azul y, en cuanto tocaron el papel, las palabras cobraron vida de nuevo. Las consonantes festejaron con un aplauso gigante, y el aire se llenó de risas, cantos y cuentos coloridos.

 

​Desde aquel día, las vocales siguen siendo las reinas de la música y las palabras, pero cada viernes por la tarde, el cuaderno se cierra un poquito más temprano para que todas las letras, juntas, jueguen a las escondidas.

EL BURRITO QUE SE COMIÓ LA R.

 






Literatura Infantil - Juvenil.


​Había una vez un burrito muy curioso llamado Bartolo que vivía en un verde prado. Un día, mientras ramoneaba entre la hierba, encontró una misteriosa letra R hecha de regaliz dulce. Sin pensarlo dos veces... ¡chomp! Se la tragó de un bocado.

​Al principio todo parecía normal, hasta que intentó saludara su amiga la rana:

​—¡Hola, ana! —, dijo Bartolo feliz.

​La rana se le quedó mirando, intrigada:

—¿Ana? ¡Si yo me llamo Rana!

​Bartolo intentó disculparse, pero cuando quiso decir "lo siento, tengo mucha rabia de no hablar bien" , le salió:

—Lo siento, tengo mucha abia...

​¡Qué enredo! Cada vez que Bartolo intentaba pronunciar palabras con R, la letra simplemente había desaparecido de su voz. No podía decir rosa, ni río, ni ratón, ni mucho menos cantar el rrr-rrr de su rebuzno. ¡Solo le salían vocales y letras despeinadas!

​Preocupado, fue a ver al sabio búho de la montaña.

—Búho sabio —, le dijo haciendo un gran esfuerzo—, me comí una et-a y ahora no puedo ebuzna-.

​El búho, sofocando una risita, le recitó un remedio en forma de trabalenguas:

​"Si la R quieres recuperar,

un vaso de agua tibia debes tomar,

y tres veces la lengua hacer vibrar:

¡R-r-r, r-r-r, r-r-r!"

​Bartolo corrió al arroyo, bebió un sorbo de agua fresca, tomó mucho aire y... ¡brrr-r-r-r!

​Hizo vibrar su lengua tan fuerte que la R salió volando de su garganta como un pequeño cohete de caramelo, aterrizando con un suave brinco sobre una flor.

​—¡Rana! ¡Rosa! ¡Río! —, gritó Bartolo, dando brincos de alegría—. ¡Ya puedo decir la R otra vez!

​Y desde aquel día, el burrito Bartolo aprendió que las letras son para pronunciarlas y cantarlas, ¡pero nunca jamás para almuerzo!

EL CABALLERO DEL OTOÑO

 




 

El otoño ya se acerca

ataviado de elegancia,

su atuendo ha comprado en Francia

viste su chalina fresca.

El sombrero es de la gresca

lleva un fino gabán pardo

hoja seca en su espinardo

camina sobre el ramaje,

con majestad en el viaje,

despidiendo al sol bastardo.

 

​Viste ropaje galano

cruza el viento la distancia

desplegando su fragancia

como noble castellano.

Lleva un bastón en la mano

dorados tonos su prenda

anda trazando la senda

con un paso majestuoso,

en el bosque silencioso

le rinde tributo y ofrenda.

SU HUMILDE INSTRUMENTO

 





 

El hombre proyecta y navega

mas Dios dicta la sentencia

me rindo a su omnipotencia

y el alma a su luz se entrega.

Su voluntad no se niega

pues soy su fiel instrumento

su amor es mi gran cimiento

con Él me siento segura.

La dicha solo me augura

quien rige mi pensamiento.

 

​Navego en mundo de letras

donde Él susurra a mi oído

el verso que no se ha ido

entre verdades secretas.

Con sus palabras completas

la fe me enseña a cantar

su luz me ayuda a plasmar

el gozo de su confianza.

Porque Él con su paz me alcanza

en cada trazo al amar.

 

RINDIENDO HOMENAJE A LA BELLEZA Y NOSTALGIA DE OWATONNA MN.

 




 

​Bajo el cielo de Owatonna,

donde el tiempo se detiene,

se viste el monte de fuego

y el aire a nostalgia huele.

 

​Cual alfombra de hojarasca

de ocre y rojo que me acoge,

escucho el crujir sereno

que entre mis pasos responde.

 

​Corretea la ardilla libre

con la bellota en la mano,

mientras la brisa despierta

los murmullos del paisaje.

 

​En el lienzo de los parques

mi pluma vuelve a su nido,

para inmortalizar siempre

el milagro que he vivido.

EN EL BOSQUE DE LAS LETRAS.






 

En el bosque de las letras, niños, vamos a leer,

cada libro abre un camino para imaginar y aprender,

sus historias como semillas nos invitan a crecer,

con vocales y con sueños, todo empieza a florecer.

 

Escucha cómo cantan las páginas al pasar,

y descubre que en la lectura hay un nuevo despertar.

 

En el bosque de las letras, vamos juntos a soñar,

con la fuerza del conocimiento, siempre vamos a avanzar,

leer nos da alas de luz para poder volar,

y en cada nueva historia aprendemos a brillar.

 

Aprendamos el alfabeto, paso a paso y sin temor,

cada letra es una llave que abre puertas del color,

un libro es un mapa vivo, una nave del valor,

y nos guía hacia el castillo donde habita el resplandor.

 

Quien lee viaja sin pausa, despierto, firme y leal,

y en su pecho crece fuerte la esperanza musical.

 

En el bosque de las letras, vamos juntos a soñar,

con la fuerza del conocimiento, siempre vamos a avanzar,

leer nos da alas de luz para poder volar,

y en cada nueva historia aprendemos a brillar.

 

Así cantan los libros bajo el cielo interior,

y el bosque de las letras nos regala su fulgor.

EL CARACOL AVENTURERO

 





Literatura infantil - Juvenil.

 

Despacio el caracolito,

deja un rastro de cristal,

lleva a cuestas su casita,

va camino del rosal.

 

Sube, sube por el tronco,

sin prisa y con decisión,

lleva un mapa dibujado

y un gran sueño en el corazón.

 

El mapa le marca el rumbo,

para volver a su hogar,

que se encuentra bien oculto

a la sombra del lagar.

 

Con sus anteojos de musgo

el ciempiés mira el papel,

y con cuatro de sus manos

señala hacia el cascabel.

 

Da la vuelta en la campana,

cruza el charco de humedad,

que detrás de aquella piedra

tu casita encontrarás.

 

Pero al cruzar el camino,

¡qué tremenda novedad!,

una manzana caída

le tapa la vecindad.

 

Es un monte de oro y rojo,

imposible de saltar,

y rodearla le requiere

un esfuerzo singular.

 

Trepa, trepa, paso a paso

ese gigantesco muro,

y con ello ha demostrado

que su empeño es el más puro.

 

Al bajar de la manzana

ve su planta de laurel,

abre alegre su casita

y se duerme en un vaivén

EL GRILLO CANTAOR

 

 



Grillaba escandaloso un buen grillo,

no me dejaba dormir, fui a buscarlo,

hurgué por todos lados sin hallarlo

armada con la chancla y el cepillo.

Al verme calló el muy pillo,

guitarra en mano encontré al buen señor,

que me miraba temblando de temor.

De un santiamén saltó a mi cabello

y fue bajando despacio a mi cuello;

el resuello detuve del temor.

 

El resuello detuve del temor

al ver que carecía de sus alas.

—¡Grillo! ¿Por qué por mi cuello resbalas?

Respondió: —¡Mira que te hago el favor!

Era muy bello el grillo cantador,

toda la noche la pasó en vigía,

hablando con su dulce picardía:

—Yo soy Cri-Cri, estoy aquí y soy grande,

nada impide que por tu sueño ande,

y hoy te brindo mi dulce sinfonía.

 

—Y hoy te brindo mi dulce sinfonía,

pues soy más fiel que el propio ser humano,

que anda por ahí con arma en la mano

y de todo en la vida desconfía.

Y tras hacer su maldad se gloría,

¿lo ves?, de casi nada me preocupo,

solo de dar buenas rondas me ocupo;

no soy menos que el humano, mi hermano,

quien me tilda de cruel y de villano,

por eso canto lo que nadie supo.

 

—Por eso canto lo que nadie supo

hacer a tiempo para dar amor;

hay que ser detallista al por mayor,

yo solo de llevar dicha me ocupo.

Aunque me comparen con el gorupo,

soy detallista, honesto, cantaor,

amigo, compañero cumplidor,

que lucha por vivir en este mundo.

Soy ejemplo de vida y lo difundo,

un romántico eterno, soñador.


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EL DIÁLOGO CON LA NOCHE Y EL SILENCIO.

  Lacera el alma tu ausencia bendita y quema el pecho la luz de tu fuego es un altar donde sufro y me entrego a la memoria que sua...