martes, 25 de agosto de 2026

EL SILENCIO DERROTADO

 


 


Era un enigma que desafiaba toda lógica. Ella, acostumbrada al cortejo fluido de hombres cultos, sofisticados y refinados que compartían su mismo círculo social, jamás imagino que un simple mensaje traspasaría sus defensas con semejante fuerza.

​El primer intento de él había quedado sepultado en el olvido, invisible entre la rutina cotidiana. Mas cuando la notificación reapareció meses después, la curiosidad pudo más que la indiferencia. Se asomó a su perfil sin saber que estaba cruzando un punto de no retorno.

​Ahí estaba él, un hombre del Norte. Rudo, sin artificios, con un lenguaje directo y áspero como la tierra seca. No había en sus palabras intención alguna de deslumbrar, ni el galanteo ensayado al que ella estaba tan acostumbrada. Era poco expresivo, casi distante, y precisamente en esa falta de pretensión radicaba su peligro. Sin haberlo visto en persona, un magnetismo inexplicable la atrapó desde el primer instante. Él no buscaba enamorarla; no hacía el menor esfuerzo por lograrlo. Y, sin embargo, ella sintió con un vuelco en el corazón que ya lo amaba.

​A partir de ese día, la espera se convirtió en su devoción y su tormento. Los mensajes de él llegaban de forma esporádica, gotas de agua en un desierto que solo conseguían aumentar su sed. Le sobraban pretendientes dispuestos a rendirse a sus pies, hombres educados que le ofrecían todo lo que en teoría debía desear, pero ninguno lograba moverle un solo latido. Solo ese norteño inaccesible lograba volverla loca.

​¿Qué tenía aquel hombre? ¿Qué misterio ocultaba esa frialdad que la desarmaba?

​Cansada de esperar una señal que nunca llegaba, contempló la posibilidad de dar un paso al costado. La duda la carcomía en la soledad de sus noches: ¿se trataba simplemente de un narcisista jugando con su fascinación, o de un hombre indomable que jamás se dejaría conquistar?

Ese juego impredecible terminó por descolocarla por completo. Justo en el instante en que ella decidía soltar el hilo, cuando la resignación le devolvía algo de paz y dejaba de aguardar la pantalla con el corazón en la garganta, la pantalla vibraba. Y al responder, no había explicaciones ni disculpas; solo su voz, profunda y firme, cantándole al teléfono viejas canciones de amor, melodías rasgadas que resonaban con la crudeza del Norte.

​Aquella ternura intempestiva la desarmaba y, al mismo tiempo, encendía todas sus alarmas. ¿Cómo podía un hombre tan rudo, tan parco en palabras cotidianas, desnudarse de esa manera a través de la música?

​El diagnóstico no tardó en volverse claro para ella: era el clásico orgullo de quien teme perder el control. Un hombre moldeado en la dureza de su tierra, convencido en lo más profundo de su ser de que el amor es una vulnerabilidad, un rasgo de debilidad que no podía permitirse mostrar abiertamente. Sus canciones no eran un simple entretenimiento; eran la válvula de escape por donde se le filtraba aquello que su orgullo le impedía nombrar.

​Ella sabía, con esa certeza intuitiva que no requiere confirmaciones, que era correspondida. Lo sentía en la vibración de cada nota, en la prisa velada con la que él buscaba reaparecer apenas la intuía distante. Sin embargo, no estaba dispuesta a convertirse en el satélite de sus contradicciones. Amarlo era una realidad que ya no podía negar, pero someterse al ritmo de sus caprichos, a esa marea de presencias y ausencias, era un precio que su propia dignidad no iba a pagar.

​Si él quería tenerla en su vida, tendría que aprender que el verdadero valor no consiste en esconder los sentimientos, sino en sostenerlos de frente.

El inevitable cruce de caminos no ocurrió en la calidez de una cita planeada, sino en el terreno neutral de un café discreto. Ella lo citó con la determinación de quien necesita mirar a los ojos la causa de su desvelo.

​Cuando él cruzó la puerta, el aire del lugar pareció cambiar de densidad. Era exactamente como lo había imaginado a través de las pantallas y los silencios: alto, de postura firme y con esa presencia imponente que solo otorga la vida bajo el sol del Norte. Llevaba la mirada serena, pero en la tensión de su mandíbula se adivinaba el peso de la incomodidad. Para un hombre acostumbrado a dominar su entorno, ese encuentro cara a cara representaba un terreno hostil.

​Se sentó frente a ella sin preámbulos, con la rudeza franca que la había cautivado desde el primer día. Por un segundo, el silencio entre ambos pesó más que todas las canciones cantadas a través del teléfono.

​—Aquí estoy —, dijo él, con esa voz grave que tantas veces la había desarmado a la distancia—. Dijiste que era importante.

​Ella no pestañeó. Sostuvo esa mirada profunda, dispuesta a no ceder un solo milímetro de la dignidad que con tanto esfuerzo había mantenido intacta.

​—Es importante porque me cansé de las sombras —, respondió ella, con una calma que lo tomó por sorpresa—. No me interesan los mensajes esporádicos ni la música que usas como escudo cuando sientes que te pierdo. Sé lo que sientes, lo escucho en tu voz aunque te empeñes en ocultarlo, pero no voy a jugar a adivinar tus tiempos.

​Él apretó los puños sobre la mesa. La vulnerabilidad lo acorralaba, y por un instante, el orgullo del hombre indomable amenazó con hacerlo levantar e irse.

​—A mi modo, siempre he estado —, murmuró él, con una dureza que apenas lograba disfrazar su turbación—. Yo no sé hablar con florituras como la gente de tu mundo.

​—No te pido florituras —, interrumpió ella con firmeza—. Te pido presencia. Si crees que amar te hace débil, estás equivocado. Lo que te hace débil es tener miedo de lo que sientes.

​Por primera vez, la coraza del norteño se resquebrajó. La miró fijo, dándose cuenta de que esa mujer no era un trofeo más ni un capricho pasajero, era la única capaz de ponerlo de rodillas sin usar la fuerza.

—Eres desconfiado —, dijo ella, clavando la mirada en los ojos de él con una serenidad aplastante.

​La frase retumbó entre los dos con el peso de una verdad revelada. En ese instante, ella entendió las grietas detrás de la armadura. Él venía de un pasado marcado por la traición, de heridas causadas por mujeres que habían jugado con su orgullo y manipulado sus afectos.

 Acostumbrado a esa dinámica de engaños y frivolidades, la había medido a ella con la misma vara, intuyendo una amenaza donde solo había pureza.

​Lo que él ignoraba por completo es que no estaba frente a una mujer cualquiera. Ella era una mujer de una sola pieza, de esas que no saben amar a medias ni entienden de estrategias. Cuando entregaba el corazón, lo hacía con una lealtad inquebrantable, capaz de dar la vida misma por el ser amado, de mantenerse firme ante la tempestad sin dar jamás un paso atrás.

​—Pensaste que era como las demás —, continuó ella, con la voz suave pero vibrante de convicción—. Creyó tu orgullo que yo jugaba al mismo juego de apariencias. Pero te equivocaste. Yo no sé querer a ratos ni por capricho; cuando entrego mi amor, lo entrego entero, sin reservas. Lo que tú ves como un riesgo, para mí es mi única forma de existir.

​El silencio volvió a adueñarse de la mesa, pero esta vez el aire quemaba. Por primera vez, el hombre del Norte sintió que sus defensas no lo protegían; al contrario, lo aislaban de lo único real que se le había presentado en la vida. La crudeza de sus experiencias pasadas se desmoronó ante la luz de una lealtad que jamás había conocido.

​Las manos ruda y curtidas de él, acostumbradas a sostener las riendas de su mundo, temblaron apenas sobre la madera. La certeza de estar ante un amor absoluto y sin condiciones lo golpeó en lo más profundo de su orgullo.

El silencio que siguió a sus palabras no fue el de la duda, sino el del derrumbe. La coraza del hombre del Norte, forjada a golpes de desengaño y protegida por un orgullo infranqueable, terminó por resquebrajarse en mil pedazos ante la verdad desnuda de esa mujer.

​Él la miró fijamente, sintiendo cómo se desmoronaban los prejuicios que durante años lo mantuvieron a salvo pero en soledad. Por primera vez en su vida, el miedo a ser vulnerable perdió toda fuerza frente al pavor real de perderla para siempre.

​Dejó escapar un suspiro hondo, rasgado por la emoción que ya no podía contener, y extendió sus manos rudas sobre la mesa para envolver las de ella. No hubo vacilación en su gesto; había la entrega absoluta de quien se sabe vencido por la gracia de un amor superior.

​—Me equivoqué —, confesó él, con la voz quebrada por la humildad de la rendición—. Acostumbrado a la mentira, me volví ciego ante lo único verdadero. Pensé que proteger mi corazón era de valientes, pero me doy cuenta de que fui un cobarde al medirte con la misma vara que a las demás.

​Sostuvo la mirada de ella con una firmeza nueva, despojada de dureza y llena de una lealtad recíproca que nacía desde lo más profundo de su ser.

​—No sé de palabras elegantes ni de refinamientos —, continuó, apretando suavemente sus manos—, pero este hombre terco y rudo es tuyo. Si tu amor es de una sola pieza, el mío es para siempre. No habrás de esperar nunca más en la sombra, porque a tu lado es donde he aprendido lo que significa amar de verdad.

​El orgullo había caído; en su lugar, quedaba el compromiso indomable de dos almas dispuestas a amarse sin reservas.



@copyrigth


HOMENAJE A JORGE LUIS BORGES

 




​(Día del Lector)


Detrás de la memoria florece un laberinto,

por donde cruza el tiempo  su curso milenario;

un ciego va trazando su propio itinerario

con versos y secretos de resplandor distinto.

Un tigre entre la sombra contempla el laberinto,

rescata de la arena su diario milenario;

el sabio silencioso repasa el calendario

y teje con su pluma un universo distinto.

El libro sin orillas desborda en el espejo,

un mundo de visiones de enigma más complejo,

mientras se abre la noche sobre el papel sagrado.

El Aleph es el centro del cosmos desvelado,

la eternidad lo aguarda en su inmortal legado,

y el buen lector descubre su luz en su reflejo.


@copyrigth

Imagen de Google

SIN CUENTA GOTAS

 



 

No quiero la sombra de un abrigo,

sino un fuego encendido en el invierno,

un refugio sagrado y verdadero,

que camine a mi lado en el camino.

 

​No acepto un afecto dividido,

ni ser consuelo firme de un momento,

cuando el otro doblega su lamento

al verse por las sombras tiritando.

 

​Rechazo la entrega a cuentagotas,

el gesto del que viene de pasada

y solo busca apagar su fuego en mi morada

dejando las promesas bien rotas.

 

​Merezco la luz que no se apaga,

la certeza total en cada entrega,

un amor que sin dudas ni reservas se despliega

y jamás con el olvido me paga.


@copyrigth


LA LLAMA QUE NO SE RINDE


 



Están de luto los versos,

se van muriendo en la esquina,

pues ya nadie los camina

ni detiene en su universo.

Es el eco tan perverso

del silencio en la ciudad,

donde la prisa y la edad

van sepultando la llama,

mientras el alma reclama

un poco de la verdad.

Un poco de verdad

trae voz que al aire combate,

el sentimiento del vate

que en cada estrofa nos da.

Y aunque el olvido se va

por la prisa del momento,

recobramos el aliento

con Borges en su gran día,

celebrando la alegría

la fuerza del sentimiento.

 

La fuerza del sentimiento

tiene encendida la llama,

 la poesía reclama

su sitio frente al gran viento.

Es orgullo y es aliento

sostener la poesía,

hacer de la noche día

y del silencio la voz,

dejemos entre tú y yo dos

versos llenos de alegría.

 

Versos llenos de alegría

nos devuelven la esperanza,

que en el alma bien alcanza

la luz de la poesía.

Se alza la voz todavía

sin temerle al egoísmo,

rescatando del abismo

la palabra con sentido,

para no dar por perdido

tan puro romanticismo.


@copyrigth

Imagen de Google

miércoles, 19 de agosto de 2026

ENTRE CAMPOS DE AMAPOLAS

 





Fui sembrando la esperanza,

hoy cosecho ilusionada

el cariño verdadero

que acaso navegó el Duero.


​Fue la corriente del agua

la que me trajo tu puerto,

dejando atrás el desierto

donde el alma ya no avanza.


​En este remanso vivo,

donde el tiempo no tiene prisa,

renace dulce la risa

con el fruto que cultivo.


​Visten los campos de rojo,

pero en mi pecho hay calma,

florece dentro del alma

lo que con fe me propongo.


​Y si el río sigue el curso

directo hacia la marea,

que nuestra historia sea

el final de este discurso.


​Un refugio de amapolas,

donde no exista el olvido,

y el camino recorrido

nos abrace entre sus olas.


@copyrigth

LA PARADOJA DE VALORAR EL AMOR.

 





​Cuando una mujer con valores y madurez ama de verdad, no ama a medias ni a tientas. Su entrega es profunda, honesta y plena; no nace de la necesidad, sino de la abundancia de su propio espíritu.

 Cuando esa entrega encuentra a un hombre a la altura, un hombre que no teme a la vulnerabilidad, que cuida el detalle y sabe responder con la misma firmeza, el vínculo se convierte en un refugio inquebrantable. Aceptarlo y valorarlo no debilita; fortalece.

​Sin embargo, existe el reverso triste de esta historia, el hombre que confunde la nobleza con debilidad y la paciencia con permanencia eterna. Acostumbrado a jugar con las emociones, a medir el afecto en términos de juego o poder, olvida que la devoción de una mujer no es una concesión infinita.

​El error de quienes juegan con el afecto ajeno es creer que las oportunidades buenas son infinitas. No entienden que cuando una mujer de principios decide marcharse, no lo hace con estruendo ni con sed de venganza; se retira en silencio, con la dignidad intacta y la certeza de haber dado lo mejor de sí.

​La verdadera lección llega mucho después, cuando el silencio reemplaza el bullicio y la vanidad del juego pierde su brillo. Es ahí donde aparece la reflexión tardía; al darse cuenta de que el mundo está lleno de presencias fugaces, pero muy escaso de almas dispuestas a amar de verdad. Para cuando comprenden el valor de lo que tuvieron entre las manos, el camino ya no tiene vuelta atrás; a una mujer que aprendió a valorarse a sí misma no se le vuelve a encontrar en el mismo lugar.

​El amor genuino no es un juego de azar ni un pasatiempo; es una arquitectura que solo sostiene a quienes están dispuestos a construir sobre la verdad.




@copyrigth

EL REFLEJO DE LA OBSESIÓN

 





(Inspiradas en la imagen)

Preámbulo



​En el corazón de un jardín, un estanque de agua quieta actúa como un espejo. Una figura femenina, vestida de luz y adornada con mariposas que parecen unirse a la danza del agua, se inclina, hipnotizada por su propio reflejo. En ese instante, el tiempo se detiene y la realidad se difumina.

​Esta escena nos invita a una reflexión profunda sobre la naturaleza de la belleza y la peligrosa seducción del ego, como si de un nuevo Narciso se tratara. Las siguientes octavas intentan capturar la esencia de este momento, donde la fascinación por la propia imagen se convierte en un laberinto sin salida.



 

El Reflejo de la Obsesión.

Octavas reales.



​Inclinada al abismo transparente,

donde el estanque su verdad esconde,

busca en las aguas con afán ardiente

la sombra fija que a su voz responde.

Un espejismo hipnótico y luciente

a la ilusión del alma corresponde,

y fascinada por la ninfa incierta,

al dulce hechizo la razón despierta.



​Rizo de linfa que la vida apaga,

sombra de espuma en la penumbra fría,

el ego dulce que el sentido embriaga

la arrastra lenta a su fatal porfía.

No ve el engaño que en el fondo vaga

ni el hondo velo de la fantasía,

queda cautiva del encanto vano,

rozando el agua con sedienta mano.

 

 

El Reflejo y la Trampa del Ego.

Romance.


 

Inclinada sobre el agua,

como un lirio en el estanque,

mira el hondo espejo frío

que la hechiza y la engalana.

​Un vaho de luz dorada

le dibuja la mirada,

y en el fondo transparente

otra sombra la reclama.

​Es el rostro de su ego,

dulce trampa cristalina,

que la llama desde el abismo

con voz suave y fascinada.

​Se le escapan mariposas

de la tela de su enagua,

volando hacia la corriente

donde el espejismo habita.

​Cuanto más busca en el fondo,

más la vida se le escapa,

cautiva de su reflejo,

soñando sobre el estanque.


@coyrigth

Imagen de la Web

MANUAL DEL MACHO ALFA DE PANTALLA Y PETICIÓN.

 




(Sátira)


 

​Para ser un héroe moderno no hace falta madrugar,

ni sudar en el trabajo, ni sabérsela ganar;

basta con abrir las redes, acomodarse el tupé,

y escribir una bravata mientras el agua hace té.

 

​"Mientras duermes, yo enamoro a tu esposa y a la vecina",

teclea firme el gladiador desde la cocina,

con el pecho muy henchido y un filtro de galán,

esperando que en el muro todos sus versos lean.

 

​¡Ah, qué recio es el muchacho!, ¡qué conquista tan voraz!,

un felino en el teclado, un Don Juan de la red social;

pero apaga la pantalla, se termina el personaje,

y aparece el verdadero campeón del camuflaje.

 

​Porque el arte del guerrero no es la espada ni el honor,

es contar una amargura con carita de dolor.

"La vida me ha tratado mal, la suerte me olvidó",

le murmura a la primera que en su red ya se enredó.

 

​Pide un préstamo pequeño para "salir del bache",

promete devolverlo antes de que el sol se agache.

Y así pasa por la vida este insigne cazador,

macho alfa en el estado... ¡y en la cuenta, un deudor!


@copyrigth

Imagen de la web

 

TOTITO

 






Entre zapatos y un rincón,

se esconde un pequeño corazón.

Mira con sus ojos de sol,

encontró un refugio en su colchón.

 

Pequeño entre botines canta,

su mundo de cuero lo encanta.

Entre la tela y los cordones,

despierta sueños y emociones.

 

Con el suave susurro de lana,

sueña en su cueva temprana.

Rodeado de cuero marrón,

siente el mundo en su canción.

 

Es un mundo hecho de sombras,

time el calor que te asombra.

Pequeño, nunca te pierdas,

aquí siempre estás cerca.

 

Pequeño entre botines canta,

su mundo de cuero lo encanta.

Entre la tela y los cordones,

despierta sueños y emociones.

A PIURA EN SU ANIVERSARIO


 



Bajo el sol de la mañana,

Piura canta su memoria,

dibujando va en la historia

su hidalguía soberana.

Tierra rica y artesana,

de talento desbordado,

donde el periodo ha dejado

un legado de grandeza,

que florece con certeza

en su suelo bendecido.

 

Entre versos y leyendas

surge el brillo del talento,

que susurra con el viento

en las plumas más ofrendas.

Inspirando va en las sendas

con la letra respetada,

está Elvira, la aclamada,

que en su canto se ha vertido,

y con el estro encendido

su hijo Enrique es la alborada.



@copyrigth




LO QUE NO SUPISTE CUIDAR

 




 

​Me desvivo en tu sombra y no me ves,

te entrego la certeza de mi abrigo,

y aunque dices amar, soy solo un juego

que buscas cuando te hallas a tus pies.

 

​Crees que mi presencia es permanente,

confundes mi devoción con sumisión;

no notas que al bajarme del altar

vas apagando el fuego de mi mente.

 

​El riesgo de saberme tan segura

es no mirar que el alma se me cansa:

quien no cuida el amor, lo desdibuja,

y de tanta decepción... mi amor caduca.


@copyrigth

EL SILENCIO DERROTADO

    Era un enigma que desafiaba toda lógica. Ella, acostumbrada al cortejo fluido de hombres cultos, sofisticados y refinados que compar...