Había decidido permanecer soltera. Tenía una profesión, un
buen trabajo, salud y belleza; ¿qué más podía pedirle a la vida? A sus treinta
y tres años, Irene se sentía una mujer satisfecha y plena. Cuando veía a su
hermano mayor, dedicado a la construcción, y a su cuñada, enfermera en una
clínica particular, sacar adelante a su familia a base de puros sacrificios, no
podía evitar sentir una mezcla de lástima y alivio.
—No, esa vida no es para mí —, se repetía—. No quiero
repetir la historia de mi madre, ni traer hijos a sufrir a este mundo.
Pensaba en eso mientras se detenía en un quiosco de
revistas. Amaba la literatura; para ella, un buen libro siempre era la mejor
inversión. De pronto, un titular ruidoso cortó sus pensamientos: “En aumento
los feminicidios”.
Era época de elecciones y la ciudad se había sumergido en
una ola de violencia incontrolable, avivada por la ambición desmedida de
políticos que solo buscaban llenarse los bolsillos a costa del pueblo. Irene
conocía de sobra a la prensa que se alquilaba al mejor postor, pero
afortunadamente, los ciudadanos —, como ella misma— ya habían despertado y no
se tragaban los cuentos de los politicastros. El tema le causaba náuseas. Ella,
más allá de su elegante figura, se caracterizaba por una inteligencia culta,
una profunda empatía y una sensibilidad casi premonitoria.
Ese sábado a las ocho de la noche, Irene apagó las luces
del antiguo bazar familiar, un negocio heredado de sus abuelos que a ella le
tocaba atender los sábados por la tarde. Aseguró la cerradura y, justo al echar
la llave, una voz a sus espaldas la sobresaltó:
—¡Hola, Irene! Qué alegría encontrarte.
Se trataba de Elsa, su amiga de la infancia y compañera
desde la secundaria hasta la universidad, donde ambas se graduaron en
Administración de Empresas. Tras un afectuoso abrazo, Elsa se hizo a un lado
para presentarle a su acompañante.
—Mira, te presento a Esteban. Es mi nuevo vecino; se mudó a
los departamentos hace apenas un mes.
Irene observó al joven y le extendió la mano en un saludo
cortés. Lo que siguió la dejó gélida. Esteban le sujetó la mano con una fuerza
desmedida y, tirando de ella bruscamente hacia su pecho, le plantó un beso
forzado en la mejilla. Irene se zafó de inmediato, pero al intentar retirar la
mano, él apretó el agarre aún más, sonriendo con insolencia.
Qué humillación, qué animal tan atrevido, pensó ella,
conteniendo la furia. Un ser despreciable, controlador y dominante.
La cortesía se transformó en una mueca de absoluto
disgusto. Cuando sus miradas se cruzaron, la madurez impúdica e irónica de los
ojos de Esteban le heló la sangre. Desde ese instante, un odio visceral y un
escalofrío terrible le invadieron el cuerpo. Era un presagio en toda regla; su
sexto sentido, siempre bien afinado, se había encendido en alerta roja.
Elsa, que notó tanto el atrevimiento de su vecino como la
mirada fulminante de Irene, intentó romper el hielo rápidamente, aunque en el
fondo justificaba la reacción de su amiga.
—¡Bueno, no nos quedemos aquí parados! Los invito a tomar un
refresco.
—Sabes que me es imposible —, respondió Irene, con la voz
cortante—. Tengo que regresar a casa. Mi hermano tiene un compromiso y me toca
cuidar de mi madre. Ya será en otra ocasión.
Irene se despidió a toda prisa y caminó hacia el estacionamiento,
ansiosa por huir de la presencia de aquel tipo. Se sentía desorientada. Había
experimentado intuiciones antes, pero nunca algo tan denso. Esa mirada maléfica
le provocaba un rechazo que rozaba el pánico.
Al día siguiente, el teléfono sonó. Era Elsa, invitándola a
salir.
—¿Va a ir tu nuevo amigo? —, preguntó Irene de inmediato.
—Sí, va a venir —, respondió Elsa al otro lado de la línea.
—¿A todo esto, de dónde sacaste a esa bestia con pantalones?
—Luego te cuento su historia...
—No, déjalo así. No me interesa saber nada de él, ni volver
a cruzármelo.
Elsa suspiró con resignación y se despidió. Irene colgó el
teléfono, fastidiada. Solo imaginar verle la cara le revolvía el estómago. Sin
embargo, en la intimidad de su recámara, una contradicción humana y oscura la
asaltó. Aunque.., pensó, sería un reto descubrir quién es en realidad. ¿Qué tal
si en la cama es igual de apasionado y salvaje? Al fin y al cabo, llevo meses
sola desde que terminé con Rodrigo, y el animal físicamente no está nada mal...
Casi de inmediato, se sacudió la idea con asco.
—Qué estupidez estoy pensando —, murmuró para sí misma—. Ni
aunque fuera el último hombre sobre la Tierra tocaría a ese orangután.
El viento de la tarde movió las cortinas de la habitación
con un leve murmullo. A Irene le pareció escuchar, en ese vago rumor, la voz de
Esteban susurrando su nombre, pidiéndole perdón por el beso robado. Molesta por
su propia mente, se levantó de un salto, cerró la ventana de golpe y se refugió
en la cama, buscando el auxilio de Morfeo. Pero el eco caprichoso siguió
repitiendo ese nombre entre las sombras de la noche, como un estribillo
interminable.
A la mañana siguiente, Irene entró en una tienda de
autoservicio. Al pasar junto al exhibidor de prensa, un titular en primera
plana la frenó en seco:
“Las autoridades, tras la pista del feminicida.”
Una sensación gélida y punzante le estrujó el corazón.
Irene dio un paso atrás, apartando la vista del periódico, mientras una inquietud
terrible y certera le dictaba al oído que su peor pesadilla apenas comenzaba.
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