lunes, 8 de junio de 2020

AMOR TRUNCADO.











​Nunca imaginó que el destino le reservaba una jugada tan amarga. Aquella tarde de verano, densa y floral, Estela guardaba sus libros con una mezcla de alivio y tedio; la ausencia de la maestra Cristina les regalaba horas de caligrafía libre, pero también el silencio de un aula semivacía. Al no estar su primo Leonardo para llevarla a casa, y tras haber gastado sus monedas en el receso, a Estela no le quedaba más remedio que enfrentar el largo camino a pie bajo el sol.

​—¿Y ahora? No vino tu primo, ¿con quién te irás? —la voz de Carolina goteó sarcasmo.

​Estela, agachada para recoger una pluma, alzó la vista. Se topó con la mirada afilada de su compañera, esa sonrisa que siempre parecía esconder un secreto a costa de los demás.

​—Caminando —respondió Estela, intentando que su voz no sonara tan derrotada como se sentía.

​—¡Llegué tarde, pero llegué! —la voz de Leonardo irrumpió en el pasillo—. Me avisó Esteban que no habría clase, así que... ¿nos vamos de rol?

​El corazón de Estela dio un vuelco al ver aparecer a Esteban tras su primo. Era un muchacho de diecisiete años, de una estatura que imponía respeto y una timidez que a ella le resultaba magnética. Estela sintió el calor subiendo por su cuello; ese tartamudeo traicionero que siempre la asaltaba ante él estaba a punto de brotar.

​—Estela, le propuse a tu primo que se vengan conmigo en la camioneta —dijo Esteban, ignorando la mirada posesiva de Carolina—. Tú también vienes, ¿verdad?

​Ella asintió, casi hipnotizada por sus ojos. Pero el camino al vehículo se volvió un campo de batalla silencioso.

​—Yo voy de copiloto —sentenció Carolina, sujetando a Estela del hombro con una fuerza innecesaria—. Tú te sientas atrás, en medio de los hombres.

​Sin embargo, al llegar a la camioneta, la autoridad de Esteban cortó el aire:

—No. Estela se sienta adelante, conmigo. A ustedes los dejo primero; Carolina, tú y yo vivimos cerca, pero quiero hablar con ella a solas al final.

​El rostro de Carolina se demudó. La furia transformó sus facciones en una máscara grotesca.

—¿Hablar con ella? ¿Con esta tonta que ni hablar sabe? ¡Es muy poca cosa para ti, Esteban! —gritó, su risa tornándose estridente e hiriente—. ¡No vas a encontrar a nadie mejor que yo!

​Esteban no se inmutó, aunque un destello de fuego cruzó sus ojos.

—Ya te lo había dicho como amigo: ella me gusta. Deja de fastidiar.

​El trayecto fue una olla a presión. Leonardo, intentando aligerar el ambiente o quizás picar más la cresta de Carolina, se despidió con una advertencia burlona:

—Te encargo a mi prima, "primo". Y cuidado, Esteban, que una mujer despechada es más peligrosa que un nublado en agosto.

​Cuando por fin quedaron solos frente a la nevería “Bonanza”, el silencio cambió de textura. Ya no era tenso, sino expectante. Sobre dos helados que empezaban a derretirse, Esteban tomó las manos de Estela.

​—¿Quieres ser mi novia?

​El paraíso se abrió para ella. Entre el miedo a Carolina y el amor que le desbordaba el pecho, solo pudo pedir unos días para asimilarlo. Pero el beso que selló esa tarde, breve como el aleteo de una mariposa, fue la respuesta que ambos necesitaban.

​El peso de la calumnia

​La felicidad duró los dos años que restaban de academia. Pero la víspera de la graduación, la sombra de Carolina volvió a proyectarse sobre la puerta de Estela.

​—¿Creíste que habías ganado? —soltó la mujer, con los ojos inyectados en una maldad antigua—. Esteban se burla de ti. Anda con una empleada del centro comercial; los veo todas las tardes, acaramelados.

​La duda es un veneno de efecto lento. Estela, herida en su timidez y su orgullo, no pidió explicaciones. Se encerró en su dolor y, al terminar el curso, desapareció de la vida de Esteban, negándose a recibir sus llamadas, huyendo hacia la capital para estudiar medicina.

​El reencuentro con la verdad

​Años después, en el bullicio de una central de autobuses, el pasado tomó la forma de Camila, una antigua amiga. En la quietud de una cafetería, la verdad finalmente salió a la luz.

​—Estela, fuiste una ilusa —dijo Camila con tristeza—. Esa "amante" que Carolina te inventó era la novia de Pedro. Esteban solo los acompañaba para ayudar a su amigo, que era demasiado tímido. Carolina lo planeó todo para destruirlos.

​Estela sintió que el mundo se detenía. La rabia y el llanto se mezclaron mientras Camila extraía de su bolso un sobre amarillento.

​—Esteban me dio esto hace años. Me pidió que te encontrara.

​Con manos temblorosas, Estela leyó las líneas que habían sobrevivido al tiempo: "Fuiste mi primer amor y nunca te olvidaré. Si algún día lees esto, sabe que te estaré esperando... Tuyo, Esteban".

​Un sentimiento tan puro había sido el alimento de una envidia ciega. Mientras las lágrimas mojaban el papel viejo, Estela comprendió que el tiempo no se puede recuperar, pero el amor, si es verdadero, siempre guarda una última brasa encendida.








Autora : Ma. Gloria Carreón Zapata.

15/02/2024.

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