Ficción.
El sol caía sobre la llanura como una placa de plomo
candente. Darío Lerma se ajustó el pañuelo húmedo sobre la boca, aunque a esas
alturas el aire solo sabía a ceniza frita y a tierra estéril. A ambos lados de
la carretera, los campos de trigo no eran más que un manto de surcos
carbonizados; el fuego espontáneo devoraba la vegetación antes de que el grano
alcanzara a madurar.
Darío se arrodilló sobre la tierra agrietada. Tomó un
puñado de polvo negro y lo dejó correr entre sus dedos seco, sin una sola gota
de humedad. Pensó en las advertencias que todos ignoraron años atrás: sin
siembra no hay mañana, y sin tierra fértil, la prisa por cosechar se convierte
en una condena de hambre. El paisaje era un cementerio vegetal a pérdida vista.
Subió de nuevo al vehículo con la garganta ardiendo. En su
tableta de trabajo parpadeaba la señal del siguiente punto de control, el
Complejo Agroalimentario Central. Se suponía que esa planta operaba a un mínimo
histórico por la falta de insumos, pero los reportes satelitales indicaban que
sus chimeneas de refrigeración continuaban trabajando a máxima capacidad y el
consumo de energía no dejaba de subir.
Arrancó el motor, dejando atrás el polvo calcinado, rumbo a
las naves industriales que se recortaban en el horizonte como un espejismo
gris.
Con Darío ya en marcha hacia las naves industriales,
atravesando esa desolación, entramos de lleno a la zona de la inspección.
El Complejo Agroalimentario Central se levantaba en el
horizonte como una fortaleza de hormigón desgastado por el sol. A diferencia de
las hectáreas de escombros humeantes que Darío había dejado atrás, el
aparcamiento de la planta bullía de actividad, camiones blindados de transporte
salían a paso lento, con el vapor de los condensadores congelados goteando
sobre el asfalto hirviente.
Darío apagó el motor, mostró su acreditación en el control
de acceso y caminó hacia la entrada principal. Dentro, el aire acondicionado
resultaba casi violento, un contraste helado que olía intensamente a
desinfectante industrial y a algo más... un rastro metálico, denso, que el
perfume sintético no lograba tapar.
—Inspector Lerma —, lo abordó el encargado de la planta, un
hombre enjuto de frente perlada de sudor a pesar del frío interno—. No
esperábamos una revisión presencial. Saben en la central que la sequía redujo
las entregas de grano a cero.
—Lo sé —, respondió Darío, deslizando la mirada por las
cámaras de seguridad que registraban cada uno de sus pasos—. Pero la central
registra un pico de consumo eléctrico equivalente al procesamiento de
trescientas toneladas diarias. Si no hay grano que moler ni verdura que
empaquetar, quiero ver qué es lo que requiere tanto frío.
El encargado dudó un segundo antes de marcar el código de
la puerta principal de las cámaras frigoríficas. Las pesadas compuertas
metálicas se abrieron con un siseo neumático, liberando una densa niebla
helada.
Cuando la bruma se despejó, Darío vio filas interminables
de raíles aéreos. De ellos colgaban cientos de piezas cárnicas empaquetadas en
plástico al vacío, con sellos dorados de certificación oficial. Sin embargo, al
acercarse a una de las barras y observar la longitud de los huesos, el corte
del tejido muscular y la ausencia total de las marcas características del
ganado vacuno, el estómago se le comprimió en un nudo ciego.
Darío dio un paso hacia el riel más cercano, pero el
encargado se atravesó de inmediato en su camino, interponiendo el cuerpo con
una sonrisa ensayada que no le llegaba a los ojos.
—Son cortes estándar de importación, inspector —, dijo el
hombre, alzando la voz para sobreponerse al zumbido de los motores
frigoríficos—. Todo con la normativa del Ministerio. La sequía apretó, pero la
cadena de suministro se mantiene.
—¿Importación de dónde, Gil? —Darío ni pestañeo. Sacó la
linterna táctica de su cinturón y la encendió, apuntando la luz blanca
directamente a la pieza más cercana—. No hay rutas marítimas activas desde el
sur y los puertos del norte están cerrados por los incendios. Además, este
corte no es de res.
—Está usted malinterpretando el proceso —, replicó Gil,
dando un paso atrás pero manteniendo el tono firme—. Son híbridos de granja
intensiva. Las nuevas cepas rinden distinto, el tejido cambia. La prioridad de
la central es que la gente tenga qué comer esta noche. Si empezamos a poner
trabas burocráticas por la forma de un hueso, mañana habrá saqueos en la
ciudad.
Darío ignoró la justificación y dio un paso al frente,
obligando a Gil a apartarse. Acercó el haz de luz al plástico sellado al vacío.
Bajo la capa helada se distinguía una incisión quirúrgica perfecta en la zona
muscular, una marca demasiado limpia para un matadero industrial, acompañada
por un código numérico tatuado sobre la piel que coincidía con los registros
sanitarios de las morgues urbanas.
—Este no es un híbrido de granja, Gil —, murmuró Darío,
volviéndose hacia él con la voz helada—. Y tú sabes perfectamente de dónde
sacaron estos camiones.
El encargado perdió la sonrisa. Miró hacia la puerta de la
cámara, donde dos guardias armados con el uniforme de la corporación acababan
de cortar el paso hacia el pasillo central.
Darío contuvo la respiración, apagó la linterna con
parsimonia y la enganchó de nuevo en el cinturón. Forzó los hombros a
relajarse, dejando que la tensión del rostro se disolviera en una mueca de
simple cansancio.
—Tienes razón, Gil —, dijo Darío, bajando la voz y dando un
paso atrás, como si de pronto se sintiera abrumado por el frío de la cámara—.
Llevo doce horas bajo el sol revisando tierra quemada. La falta de aire y este
vapor helado me están jugando una mala pasada.
Gil entornó los ojos, midiendo la reacción del inspector.
Miró de reojo a los dos guardias en la puerta antes de soltar un suspiro
contenido.
—El calor de afuera vuelve loco a cualquiera, inspector
Lerma —, respondió el encargado, relajando sutilmente la postura, aunque sin
quitarle el ojo de encima—. Aquí dentro las cosas son distintas. Hacemos lo que
se puede con lo que hay.
—Lo entiendo. La prioridad es el abastecimiento —, asintió
Darío, pasándose la mano por la nuca en un gesto de franca fatiga—. Firma el
acta de llegada como revisión preliminar sin observaciones críticas. Necesito
ir al despacho a sellar el informe digital y tomar un vaso de agua antes de
regresar a la jefatura.
—Por supuesto. Pase a la oficina del fondo —, dijo Gil,
haciendo una seña a los guardias para que abrieran paso—. El sistema terminal
está abierto.
Darío caminó a paso tranquilo por el pasillo, sintiendo la
mirada de los tres hombres clavada en su espalda. Sabía que la ventana de
tiempo era mínima. Al entrar al despacho administrativo y cerrar la puerta tras
de sí, no buscó el agua: se abalanzó hacia la terminal de red local para
acceder al registro de matrículas de los camiones de ingreso y a los
manifiestos de descarga de esa madrugada.
Darío insertó su llave USB de inspección en el puerto de la
terminal para forzar la lectura de los archivos temporales. La pantalla
parpadeó en rojo un par de veces hasta que el sistema de la planta cedió,
desplegando un registro cifrado con sello de máxima prioridad nacional.
No eran simples contrabandistas ni una red clandestina
actuando en las sombras. En el encabezado del documento brillaba el escudo
oficial del Ministerio de Suministros y Seguridad Social.
Debajo del sello, una directiva firmada digitalmente por la
propia viceministra ordenaba el "Protocolo de Reciclaje Proteico de
Emergencia". Las cifras eran escalofriantes: un desglose meticuloso que
cruzaba los índices de mortalidad por la ola de calor y los incendios
forestales con las cuotas de distribución de alimento para las grandes
ciudades. Lo que en las noticias oficiales vendían como "víctimas del
colapso climático no reclamadas", en el sistema aparecía catalogado como
"materia prima de redistribución".
Darío sintió un frío más intenso que el de las cámaras
frigoríficas. No era un crimen aislado; era una política de Estado diseñada
desde los despachos más altos para ocultar que la tierra ya no producía nada y
mantener a la población bajo control.
La luz de la pantalla iluminó un aviso en la esquina
superior. Transferencia de datos detectada. Acceso no autorizado.
Un segundo después, el pomo de la puerta del despacho
comenzó a girar desde el exterior.
Darío retiró la llave USB del puerto de un tirón instintivo
y la deslizó dentro del bolsillo interior de su chaqueta antes de que la
pantalla terminara de parpadear. Se dio la vuelta con rapidez, tomó la jarra de
plástico que estaba sobre un mueble auxiliar y se sirvió un vaso de agua con
mano firme, justo cuando la puerta se abría de par en par.
Era Gil, flanqueado por uno de los guardias armados. El
encargado recorrió la habitación con la mirada, buscando cualquier indicio de
sospecha, mientras sus ojos se posaban en la pantalla de la terminal, que ahora
mostraba un protector de pantalla corporativo.
—¿Todo en orden por aquí, inspector? —, preguntó Gil, con
un tono neutro pero cortante.
Darío apuró el trago de agua, se limpió los labios con el
dorso de la mano y dejó el vaso sobre la mesa con una calma calculada.
—Todo en orden —, dijo Darío, mostrando una sonrisa cansada
y ligeramente torpe—. El sistema de ustedes es exasperante. Se bloqueó en
cuanto intenté acceder al formulario de firma. Ni me dejó meter la clave.
Gil caminó despacio hacia el escritorio, observó el monitor
y tocó el ratón. La pantalla pidió de inmediato las credenciales de
administrador de la planta. El encargado dejó escapar un suspiro de alivio
imperceptible y se relajó visiblemente.
—Es el cortafuegos de la empresa. No permite accesos
externos —, dijo Gil, haciendo una seña al guardia para que esperara afuera—.
Firme en mi tableta personal el acta de paso y listo. No tiene por qué perder
más tiempo en esta nevera.
Darío tomó el estilete digital, plasmó su firma en la pantalla
táctil sin dudar un segundo y le devolvió el dispositivo. Tenía el corazón
latiéndole desbocado contra las costillas, pero su postura mantenía la
sobriedad del funcionario agotado.
—Buen trabajo, Gil. Nos vemos en la revisión del próximo
mes —, dijo Darío, acomodándose la chaqueta.
Salida del complejo a paso normal, subió al vehículo,
encendió el motor y esperó a cruzar la garita de seguridad para expulsar todo
el aire acumulado en los pulmones. Con la llave USB ardiendo en su bolsillo,
sabía que ya no había vuelta atrás: no solo llevaba la prueba de la barbarie,
sino la prueba de que el propio gobierno la estaba coordinando desde arriba.
Darío sujetó el volante con fuerza mientras el aire
acondicionado del coche luchaba inútilmente contra los cuarenta y cinco grados
del exterior. Sabía que la brecha en el servidor saltaría en las auditorías
automáticas en cuestión de horas. No podía ir a la comisaría ni a la sede de su
ministerio; el sello de la viceministra convertía a cualquier superior en un potencial
enemigo.
Buscó en su agenda personal un número grabado bajo un
seudónimo. Valeria Ríos.
Valeria era de las pocas periodistas de investigación que
no habían aceptado la censura estatal sobre la crisis alimentaria. Trabajaba
desde la clandestinidad, publicando en redes independientes tras haber sido
expulsada del diario oficialista por indagar sobre los trenes nocturnos que
salían de las morgues.
El teléfono sonó tres veces antes de que una voz rasposa y
alerta contestara al otro lado de la línea.
—Habla rápido —, dijo Valeria, sin preámbulos—. Esta línea
no es segura y el calor está tirando las repetidoras de la zona norte.
—Necesito verte, Valeria. No por teléfono —, contestó
Darío, manteniendo la vista en el retrovisor por si algún vehículo sin rotular
salía del complejo tras él—. Tengo el manifiesto de carga del Complejo Central.
Tengo los códigos de origen y la firma digital.
Un silencio denso al otro lado de la línea cortó el zumbido
de la estática.
—Dime que no es lo que creo —, murmuró ella, batiendo la
voz en un susurro grave.
—Es peor. Las cosechas quemadas no son solo una tragedia
agrícola; son la excusa. Tienen un protocolo oficial para cubrir la demanda de
carne en las grandes ciudades. Y la firma viene de arriba.
—Escúchame bien, Darío —, ordenó Valeria, e hizo una pausa
corta para verificar su propio entorno—. No vayas a tu casa. No te acerques a
la redacción. Nos vemos en media hora en los antiguos almacenes de grano de la
vía del tren, al oeste de la ciudad. Ahí donde los campos terminaron de arder
ayer. Ya nadie vigila lo que es ceniza.
La llamada se cortó. Darío guardó el dispositivo, apretó el
acelerador y se desviaron por el desvío de tierra, mientras a lo lejos, el
cielo nocturno se teñía de un rojo violento por un nuevo foco de incendio en el
horizonte.
El motor del vehículo crujió al apagarse. Darío esperó unos
segundos en la oscuridad antes de abrir la puerta. El aire en los viejos
almacenes de grano olía a madera quemada y a metal recalentado. La estructura
metálica del techo, vencida por el fuego del día anterior, dejaba ver un cielo
sin estrellas, teñido por el resplandor cobrizo de los incendios lejanos.
Una sombra se movió entre las vigas caídas. Valeria emergió
con una linterna pequeña cubierta por un filtro rojo y una tableta militar de
pantalla opaca.
—Llegas a tiempo —, dijo ella, escaneando los alrededores
antes de llevar a Darío hacia el interior de un antiguo silo de hormigón que
había resistido las llamas.
Se sentaron sobre un bloque de cemento. Darío sacó la llave
USB y se la entregó. Valeria la conectó a su dispositivo blindado; el brillo de
la pantalla iluminó las facciones marcadas de la periodista, sus ojos oscuros
fijos en las líneas de código que empezaban a desplegarse.
—Mira esto —, señaló Darío, apuntando a la pantalla—. No es
un mercado negro paralelo. No son empresarios corruptos actuando a espaldas del
Estado. La columna de la izquierda muestra la bajada drástica en las toneladas
de grano y hortalizas: cero producción en tres regiones. La columna de la
derecha registra la entrada de carne "procesada" a los centros de distribución
urbana. Las cifras cuadran al miligramo.
Valeria abrió la pestaña de firmas y certificados anexos.
Desplegó el protocolo codificado.
—"Optimización de Recursos y Proteína de
Emergencia" —, leyó ella en voz baja, sintiendo que las palabras le
pesaban en la lengua—. Firmado por la viceministra de Sanidad y el Consejo de
Manejo de Crisis. Darío... esto empezó hace seis meses. Las morgues de las
zonas afectadas por el calor no están desbordadas por negligencia; están vacías
porque los camiones frigoríficos pasan antes que las familias.
—Están usando el propio colapso para tapar el rastro —,
añadió Darío con rabia contenida—. La gente cree que la carne que compra a
precios astronómicos es el último ganado sacrificado por la sequía. Nadie
cuestiona nada mientras haya comida en la mesa, y la tierra sigue ardiendo sin
que nadie siembre una sola semilla para la próxima temporada.
Valeria levantó la mirada de la pantalla, fijándola en él
con una mezcla de horror y determinación.
—Si publico esto en las redes independientes sin un
respaldo visual directo o una filtración masiva de los servidores centrales,
dirán que es propaganda para infundir pánico. Necesitamos vincular estos
archivos con la orden de transporte que sale esta misma noche hacia la capital.
—Sé a qué hora sale el próximo convoy del Complejo Central
—, respondió Darío, mirando la hora en su reloj—. Sale a las tres de la mañana.
El reloj marcó las dos y media de la madrugada. Darío y
Valeria se desplazaron por los caminos secundarios de tierra, usando únicamente
las luces de posición del vehículo para evitar ser detectados por las patrullas
del Ministerio.
Se apostaron en una colina baja a tres kilómetros de la
salida del Complejo Agroalimentario. Abajo, el tramo de la autopista autonómica
yacía desierto, flanqueado por árboles calcinados que proyectaban sombras
retorcidas bajo la luna. Valeria montó la cámara de alta resolución con lente
telescópica sobre un trípode corto, conectada directamente a la tableta de
transmisión.
—El convoy tiene que pasar por este embudo —, dijo Valeria,
ajustando el enfoque nocturno—. La carretera principal está cortada por los
incendios de la ladera este. Obligatoriamente tienen que frenar en la curva del
paso inferior.
A las dos cincuenta y ocho, el retumbo de motores pesados
hizo vibrar la tierra seca.
Dos furgones blindados de escolta abrieron paso, seguidos
por tres camiones cisterna con remolques de refrigeración industrial de alto
tonelaje. Los vehículos no llevaban distintivos de empresas privadas; lucían
las matrículas oficiales del Ministerio de Suministros y Seguridad Social.
—Ahí vienen —, murmuró Darío.
Cuando el primer camión redujo la velocidad para negociar
el giro cerrado del paso inferior, Valeria comenzó a grabar. La óptica de la
cámara atravesó el parabrisas térmico del tráiler, capturando con claridad los
rostros de los conductores con uniformes del ejército y los códigos de barras
de la orden de transporte pegados en las puertas de la cabina.
Pero el momento decisivo ocurrió en el segundo camión.
Debido a la deformación del asfalto por el calor acumulado,
el remolque dio un sacudón violento contra el borde del paso inferior. El
impacto rompió el sello de seguridad de las compuertas traseras. Las puertas
metálicas se entreabrieron apenas unos centímetros antes de rebotar contra los
cierres de emergencia, pero fue suficiente: el foco de la cámara captó la
estiba interna.
Bajo la luz parpadeante del freno, las bolsas térmicas
transparentes con los códigos de las morgues y los sellos de "Proteína de Emergencia"
quedaron registradas en vídeo de alta definición, junto con las matrículas y
los sellos del gobierno.
—Lo tengo —, susurró Valeria, con la voz templada por la
adrenalina mientras las barras de subida de datos en la tableta comenzaban a
llenarse—. Todo el paquete de datos, los manifiestos cifrados y el metraje del
convoy están subiéndose a los servidores espejo en el extranjero.
El convoy no se detuvo; los camiones aceleraron de nuevo
devorando la distancia hacia la capital.
En la pantalla de Valeria, un mensaje verde confirmó la
sincronización del archivo. La prueba definitiva ya no estaba solo en sus
manos, sino lista para ser difundida.
—Si apretamos el botón de publicación ahora —, dijo Darío
mirando el horizonte encendido por los incendios—, el pánico será inmediato.
Mañana nadie volverá a mirar un plato de la misma forma.
Valeria puso el dedo sobre la pantalla, lista para ejecutar
el envío masivo a la red de noticias independientes.
Darío puso la mano sobre la pantalla, deteniendo el dedo de
Valeria a milímetros del comando de envío.
—Si publicamos esto ahora, habrá violencia en las calles
antes del amanecer —, dijo Darío, con la voz firme pero la mirada desencajada—.
El gobierno declarará el estado de sitio, cortará la red y usará al ejército
para aplastar los disturbios. La gente morirá en el caos y, cuando la masa de
ceniza se asiente, seguiremos sin comida y con la tierra ardiendo.
Valeria lo miró con furia contenida, pero mantuvo el dedo
inmóvil.
—¿Y cuál es la alternativa, Darío? ¿Guardar el secreto?
¿Dejar que sigan sirviendo a la población lo que hay en esas cámaras?
—No —, respondió él—. Usar la información como una soga al
cuello de la viceministra.
Darío sacó un teléfono satelital de uso operativo, una
unidad cifrada que no pasaba por las repetidoras comerciales golpeadas por el
calor. Marcó el número directo del despacho de la viceministra de Sanidad y
Suministros, guardado en los protocolos de emergencia del ministerio.
El tono sonó cuatro veces antes de que una voz serena,
ajena al infierno de los campos quemados, atendiera desde la capital.
—Habla la viceministra. Identifíquese.
—Habla el inspector Darío Lerma —dijo él sin rodeos,
activando el altavoz para que Valeria escuchara—. Estoy en el paso inferior de
la carretera autonómica. Tengo la orden firmada por usted de la 'Proteína de
Emergencia', los manifiestos de la planta central y una grabación en 4K del
convoy que acaba de salir hacia la capital con los sellos de la morgue a la
vista.
Un silencio pesado invadió la línea. Al otro lado, el
sonido de los teclados y el murmullos de la oficina central se detuvo por
completo.
—Inspector Lerma —, dijo la viceministra con una frialdad
glacial—. Es usted un funcionario del Estado. Sabe perfectamente que este
protocolo es la única razón por la que diez millones de personas no están
masacrándose por un trozo de pan.
—Esa es la excusa que se repite para no admitir que
destruyeron el suelo —, intervino Valeria, pegándose al micrófono—. El archivo
está subido a tres servidores espejo en el extranjero con un temporizador de
liberación masiva a la prensa internacional.
—¿Qué quieren? —, preguntó la funcionaria, cortando
cualquier intento de justificación moral.
—El fin inmediato del protocolo y la reorientación total de
los recursos —, exigió Darío—. El presupuesto militar de contención de la
capital se desvía mañana mismo a la distribución de agua y a la siembra
obligatoria en las zonas de reserva del norte. Si en doce horas no vemos las
maquinarias en los campos y las reservas de grano real abriéndose a la
población, el archivo se libera.
Hubo una pausa interminable. Al fondo de la llamada se
escuchó el crujido de un papel al doblarse.
—No tienen idea del caos que están posponiendo, Lerma —,
susurró la viceministra—. Si usamos las reservas estratégicas de semilla para
sembrar en esta tierra secada por el calor, solo tenemos margen para un
intento. Si la cosecha falla por el sol, no habrá nada que comer. Ni siquiera
lo que hay en las cámaras.
—Entonces más vale que la hagan funcionar —, sentenció
Darío—. Porque el ser humano aguanta el hambre, pero no la monstruosidad.
Darío cortó la llamada. En la colina, la brisa de la
madrugada trajo una corriente de aire denso y caliente, pero el resplandor de
los camiones a lo lejos comenzaba a perderse en el horizonte.
Valeria guardó la tableta en su funda blindada y miró hacia
los campos quemados que los rodeaban en la penumbra.
—Aceptó los términos —, dijo ella, ajustando el
temporizador de la señal espejo a doce horas—. Pero nos van a buscar por todos
los medios.
—Que busquen —, contestó Darío, caminando hacia el
vehículo—. Mañana la tierra tiene que recibir semilla, o este país se consume
solo.
Seis meses después.
El aire en el horizonte ya no quemaba los pulmones, aunque
la cicatriz del gran incendio seguía trazada sobre la tierra como una grieta
oscura.
Darío Lerma detuvo el vehículo al borde del viejo camino de
servicio, el mismo por donde meses atrás había visto pasar los camiones
blindados en mitad de la noche. Se bajó sin prisa. A su lado, el motor crujió
al enfriarse, pero esta vez no había olor a ceniza ni el pulso metálico de la
muerte industrial.
Frente a él, extendiéndose hasta perderse de vista, los
campos del norte lucían un verde humilde pero persistente. Las redes de riego
por goteo, alimentadas por los camiones cisterna que el Ministerio se vio
obligado a desviar de la capital, mantenían la humedad justa en el suelo. No
era una cosecha abundante; la tierra desgastada por el calor producía a duras
penas el grano básico, pero era alimento nacido de la siembra real.
Valeria salió del lado del copiloto y se apoyó contra la
puerta. Tenía la tableta guardada en la mochila, la señal espejo aún activa en
un servidor remoto, como un seguro de vida que ninguno de los dos pensaba
desactivar jamás.
—Los informes de la capital dicen que la viceministra
dimitió la semana pasada —, dijo Valeria, contemplando los brotes que
despuntaban entre los surcos—. Dijeron que fue por "motivos de
salud".
—El sistema tuvo que ceder cuando vio que la gente prefería
racionar el pan antes que aceptar el suministro oficial —, respondió Darío,
agachándose para tomar un puñado de tierra.
La mezcla estaba fresca en la superficie, impregnada del
aroma profundo y vegetal que la región había olvidado durante años. Dejó caer
el sustrato entre los dedos con una calma que no sentía desde hacía mucho
tiempo.
El acuerdo había sido precario y la vigilancia sobre ellos
constante, pero la amenaza implícita de la filtración logró lo imposible,
obligar a un gobierno acorralado a apostar por la tierra antes que por el
horror.
—¿Crees que la próxima temporada aguanten las lluvias? —,
preguntó Valeria, mirando las nubes bajas que comenzaban a acumularse en el
norte.
—No lo sé —, contestó Darío, poniéndose de pie y
sacudiéndose las manos—. Pero mientras haya semilla en el suelo y gente
dispuesta a cuidarla, la historia se escribe de otra manera.
Se subieron al coche y avanzaron hacia la estación de
control, dejando atrás el polvo del pasado mientras las primeras gotas de una
lluvia tardía comenzaban a golpear el parabrisas.
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