domingo, 6 de septiembre de 2026

EL DIÁLOGO CON LA NOCHE Y EL SILENCIO.


 



Lacera el alma tu ausencia bendita

y quema el pecho la luz de tu fuego

es un altar donde sufro y me entrego

a la memoria que suave me habita.

 

​Se vuelve sombra la pena infinita,

silencio puro que busca tu ruego,

y en el vacío que abraza el sosiego,

dolor de verte, la paz resucita.

 

​Sigue el perfume flotando en el viento,

bálsamo dulce de la lejanía,

sacro refugio para el pensamiento.

 

​Cura la herida la noche ya fría,

y en el misterio de este sentimiento

tu falta es llama que enciende mi día.

RAÚL PELOS REBELDES Y EL PEINE DEL DUENDE.






Literatura Infantil - Juvenil.


​A Raúl le llamaban "Pelos Rebeldes" en la escuela, y con mucha razón. En su cabeza no había peinado posible: llevaba un gallo por aquí, un nido de pájaro por allá y un mechón apuntando al cielo como si buscara señal de wifi. Pero a Raúl no le importaba. Tampoco le gustaba peinarse, ni abrir un libro, ni agarrar un lápiz, y mucho menos escuchar la campana de la escuela.

​Un martes, prefiriendo perseguir mariposas antes que ir a clase de Lengua, Raúl se adentró en el bosque. Entre las hojas de un roble gigantesco, escuchó un chillido chillón:

​—¡Ay, ay, ay! ¡Mi gorro se quedó atascado!

​Raúl miró hacia abajo y vio a un duendecillo de barba verde atrapado bajo una rama. Con cuidado, el niño levantó el palo y liberó al pequeño ser.

​—¡Gracias, muchacho! —, dijo el duende sacudiéndose el chaleco—. Los duendes del bosque siempre pagamos nuestras deudas. Toma esto.

​El duende le entregó un peinecito de madera dorada que brillaba como si tuviera luciérnagas por dentro.

​—Es un peine mágico —, susurró el duende guiñando un ojo—. Pero cuidado: solo funciona si dices las palabras correctas.

​Raúl, entusiasmado, corrió a su casa, se miró al espejo y se pasó el peine por la cabeza mientras decía:

​—¡Peine, peineta, déjame la cabeza recta!

​Al instante, ¡ZAP! Sus cabellos cobraron vida propia. Pero en lugar de peinarse, sus pelos comenzaron a enredarse formando letras. Primero apareció una A gigante arriba de la oreja, luego una B en la nuca y una C justo en la frente.

​—¡Oye, despeínate! —, gritó Raúl asustado.

​El peine brilló más fuerte y una vocecita salió de las púas de madera:

​—Para despeinar el enredo y lucir un buen peinado, debes leer la lección que en tu cabeza se ha formado.

​Raúl no tuvo más remedio que buscar su cuaderno escolar. Como nunca leía, le costó un poco, pero juntó las letras:

— La... A... con la... B... ¡AB!

 ​En cuanto leyó la primera palabra en voz alta, ¡ZUZ!, el mechón de la frente se asentó perfectamente.

​Divertido y curioso, Raúl abrió su libro de cuentos para buscar más palabras. Cada vez que leía una página entera, el peine daba un brinco mágico y le dejaba un peinado elegante, suave y oliendo a manzanas. Pero si pasaba un día sin leer o sin ir a la escuela... ¡sus pelos volvían a convertirse en un matorral lleno de consonantes y vocales despeinadas!

​A la mañana siguiente, Raúl llegó a la escuela temprano, con el cuaderno bajo el brazo y una sonrisa de oreja a oreja. La maestra, al verlo tan bien peinado y atento en primera fila, casi se cae de la silla de la sorpresa.

​—¡Pero Raúl! —, exclamó la maestra—. ¡Qué limpio y peinado vienes hoy! ¿Qué ha cambiado?

​Raúl sonrió tocándose el bolsillo donde guardaba su peine dorado y respondió:

​—Es que me di cuenta de que cuando leo y aprendo, ¡hasta la cabeza se me aclara!

​Desde aquel día, Raúl no solo fue el niño con el peinado más brillante del colegio, sino también el explorador de historias más curioso de todos.

​La bella enseñanza para los niños:

Aprender, leer y cuidar de uno mismo no tiene por qué ser aburrido; al contrario, es la verdadera magia que nos despeja la mente y nos abre las puertas a mundos fantásticos.

EL NIÑO QUE AMANECIÓ CON OREJAS DE BURRO.

 






​Había una vez un niño llamado Lucas a quien nada le pesaba más en el mundo que levantarse temprano para ir a la escuela. Prefería quedarse persiguiendo mariposas en el patio, contando hormigas o simplemente mirando el techo inventando excusas para no cruzarse con los libros.

​—¡Lucas, se te hace tarde! —, le gritaba su mamá desde la cocina.

​—¡Ay, mamá, es que hoy me duele la pestaña izquierda! —, respondía él, acurrucándose más bajo la cobija.

​Cada mañana era la misma historia. Lucas decía que la escuela era aburrida, que las letras bailaban para confundirlo y que los números solo servían para darle dolor de cabeza. Pero lo que no sabía era que en el pueblo rondaba un viejo duende sabio que cuidaba el afán de aprender de los niños.

​Una mañana, cansado de tanto pataleo, Lucas se negó rotundamente a salir de su cuarto.

​—¡No iré y no iré! ¡Prefiero no saber nada y vivir como un burrito en el campo! —, exclamó con rabia.

​Apenas pronunció la última palabra, un cosquilleo extraño le comenzó en la parte superior de la cabeza. Sentía como si dos ramitas le estuvieran creciendo a los lados. Se llevó las manos a la cabeza y sintió un par de orejas suaves, largas y peludas que se estiraban hacia el cielo.

​¡Le habían crecido dos enormes orejas de burro!

​Asustado, corrió al espejo. Las orejas eran tan grandes que se le caían hacia adelante y le tapaban los ojos.

​—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mira lo que me pasó! —, chilló escondiéndose tras la cortina.

​Su mamá, al verlo, no supo si reír o llorar, pero suavemente le dijo:

​—Lucas, las orejas crecen cuando la cabeza se niega a escuchar la sabiduría. Si no quieres llenar tu mente de ideas, tu cuerpo buscará espacio para la necedad.

​Lucas lloró amargamente. Pensó en cómo se vería pastando en el cerro, sin poder leer las historias de aventuras que tanto le gustaba que le contaran, ni aprender a construir los barcos de madera que siempre soñaba hacer. Se dio cuenta de que no ir a la escuela no lo hacía libre; solo lo volvía torpe y temeroso del mundo.

​Con mucha vergüenza, se puso un gorro enorme que apenas lograba tapar semejantes orejas y, por primera vez en su vida, corrió hacia la escuela antes de que sonara el timbre.

​Al entrar al salón, se sentó en primera fila. Escuchó con atención cada palabra de la maestra, resolvió las sumas en el pizarrón y leyó en voz alta un cuento de piratas. A medida que aprendía una palabra nueva, sentía que las orejas le picaban un poquito.

​Al terminar el día, cuando comprendió por fin cómo se sumaban las fracciones, escuchó un suave ¡pop! a cada lado de su cabeza. Se tocó con cuidado, las orejas de burro habían desaparecido por completo y en su lugar estaban de nuevo sus pequeñas orejas humanas.

​Desde aquel día, Lucas entendió que la escuela no era un castigo, sino la puerta para dejar de ser un burro y convertirse en lo que él quisiera ser. Y aunque a veces le daba un poco de pereza madrugar, le bastaba con tocarse las orejas para recordar el valor de aprender.

LAS VOCALES REBELDES

 


 



Literatura Infantil - Juvenil.

 

Había una vez, en el pacífico y ordenado Reino del Abecedario, un cuaderno azul donde las letras vivían en perfecta armonía. Cada mañana, las vocales salían a trabajar para ayudar a formar palabras: la A abría la boca en la palabra agua, la E estiraba los brazos en estrella, la I se ponía su sombrerito para isla, la O rodaba feliz en oso, y la U saltaba en universo.

 

​Pero un martes por la tarde, las vocales se cansaron.

 

​—¡Siempre hacemos el trabajo más pesado! —, protestó la A, cruzándose de brazos—. Si no estamos nosotras, las consonantes no pueden decir nada. ¿Por qué no nos tomamos unas vacaciones?

 

​—¡Tiene razón! —, exclamó la E con las manos en la cintura—. ¡Estoy harta de trabajar en la palabra escuela! Quiero irme a jugar.

 

​La I, que era la más pequeña pero la más inquieta, dio un salto:

 

​—¡Nos declaramos en huelga! ¡Las vocales rebeldes al poder!

 

​La O rodó hasta la puerta del cuaderno y la U la siguió haciendo piruetas. Sin pensarlo dos veces, las cinco vocales escaparon del cuaderno azul y se escondieron en el cajón de los juguetes.

 

​Al principio, la aventura fue divertidísima. Se tiraron por el tobogán de bloques de madera, nadaron en una piscina de plastilina y jugaron a las escondidas detrás de un oso de peluche.

 

​Pero en el Reino del Abecedario, el caos comenzó de inmediato.

 

​Las consonantes intentaron seguir escribiendo el cuento de la tarde, pero las cosas salieron completamente mal. La palabra PAPANATAS se convirtió en PPNTS, que sonaba como un estornudo. El PERRO terminó siendo PRR, y parecía un motor viejo intentando arrancar. Cuando alguien quiso escribir SOL, solo quedó la SL, ¡y nadie sabía si hablaban del sol, de una sal o de una silla!

 

​Los niños en el salón de clases abrieron sus cuadernos y no entendían nada. "¿Qué le pasó a la historia?", preguntaban extrañados.

 

​En el cajón de los juguetes, las vocales escucharon el alboroto. A través de una rendijita, vieron a la P, a la L y a la M llorando porque no podían cantar sus canciones sin ellas. La S intentaba consolar a la T, pero sin la E o la O, solo lograban hacer "¡Ssss! ¡Tttt!".

 

​La A miró a las demás y suspiró.

 

​—Amigas... creo que el cuento nos necesita. Somos importantes, pero no para trabajar solas, sino para hacer magia juntas con las demás letras.

 

​—Es verdad —, dijo la E—. Extraño formar la palabra helado.

 

​—Y yo extraño el puntito de mi sombrero —, añadió la I.

 

​—¡Y a mí me hace falta rodar en la palabra amor! —, exclamó la O.

 

​La U les dio un abrazo a todas y dijo:

 

​—¡Regresemos! Pero con una condición: ¡pediremos que el viernes sea día de descanso para jugar con la plastilina!

 

​Las cinco vocales rebeldes salieron del cajón marchando en fila india: A, E, I, O, U. Volaron de regreso a las páginas del cuaderno azul y, en cuanto tocaron el papel, las palabras cobraron vida de nuevo. Las consonantes festejaron con un aplauso gigante, y el aire se llenó de risas, cantos y cuentos coloridos.

 

​Desde aquel día, las vocales siguen siendo las reinas de la música y las palabras, pero cada viernes por la tarde, el cuaderno se cierra un poquito más temprano para que todas las letras, juntas, jueguen a las escondidas.

EL BURRITO QUE SE COMIÓ LA R.

 






Literatura Infantil - Juvenil.


​Había una vez un burrito muy curioso llamado Bartolo que vivía en un verde prado. Un día, mientras ramoneaba entre la hierba, encontró una misteriosa letra R hecha de regaliz dulce. Sin pensarlo dos veces... ¡chomp! Se la tragó de un bocado.

​Al principio todo parecía normal, hasta que intentó saludara su amiga la rana:

​—¡Hola, ana! —, dijo Bartolo feliz.

​La rana se le quedó mirando, intrigada:

—¿Ana? ¡Si yo me llamo Rana!

​Bartolo intentó disculparse, pero cuando quiso decir "lo siento, tengo mucha rabia de no hablar bien" , le salió:

—Lo siento, tengo mucha abia...

​¡Qué enredo! Cada vez que Bartolo intentaba pronunciar palabras con R, la letra simplemente había desaparecido de su voz. No podía decir rosa, ni río, ni ratón, ni mucho menos cantar el rrr-rrr de su rebuzno. ¡Solo le salían vocales y letras despeinadas!

​Preocupado, fue a ver al sabio búho de la montaña.

—Búho sabio —, le dijo haciendo un gran esfuerzo—, me comí una et-a y ahora no puedo ebuzna-.

​El búho, sofocando una risita, le recitó un remedio en forma de trabalenguas:

​"Si la R quieres recuperar,

un vaso de agua tibia debes tomar,

y tres veces la lengua hacer vibrar:

¡R-r-r, r-r-r, r-r-r!"

​Bartolo corrió al arroyo, bebió un sorbo de agua fresca, tomó mucho aire y... ¡brrr-r-r-r!

​Hizo vibrar su lengua tan fuerte que la R salió volando de su garganta como un pequeño cohete de caramelo, aterrizando con un suave brinco sobre una flor.

​—¡Rana! ¡Rosa! ¡Río! —, gritó Bartolo, dando brincos de alegría—. ¡Ya puedo decir la R otra vez!

​Y desde aquel día, el burrito Bartolo aprendió que las letras son para pronunciarlas y cantarlas, ¡pero nunca jamás para almuerzo!

EL CABALLERO DEL OTOÑO

 




 

El otoño ya se acerca

ataviado de elegancia,

su atuendo ha comprado en Francia

viste su chalina fresca.

El sombrero es de la gresca

lleva un fino gabán pardo

hoja seca en su espinardo

camina sobre el ramaje,

con majestad en el viaje,

despidiendo al sol bastardo.

 

​Viste ropaje galano

cruza el viento la distancia

desplegando su fragancia

como noble castellano.

Lleva un bastón en la mano

dorados tonos su prenda

anda trazando la senda

con un paso majestuoso,

en el bosque silencioso

le rinde tributo y ofrenda.

SU HUMILDE INSTRUMENTO

 





 

El hombre proyecta y navega

mas Dios dicta la sentencia

me rindo a su omnipotencia

y el alma a su luz se entrega.

Su voluntad no se niega

pues soy su fiel instrumento

su amor es mi gran cimiento

con Él me siento segura.

La dicha solo me augura

quien rige mi pensamiento.

 

​Navego en mundo de letras

donde Él susurra a mi oído

el verso que no se ha ido

entre verdades secretas.

Con sus palabras completas

la fe me enseña a cantar

su luz me ayuda a plasmar

el gozo de su confianza.

Porque Él con su paz me alcanza

en cada trazo al amar.

 

RINDIENDO HOMENAJE A LA BELLEZA Y NOSTALGIA DE OWATONNA MN.

 




 

​Bajo el cielo de Owatonna,

donde el tiempo se detiene,

se viste el monte de fuego

y el aire a nostalgia huele.

 

​Cual alfombra de hojarasca

de ocre y rojo que me acoge,

escucho el crujir sereno

que entre mis pasos responde.

 

​Corretea la ardilla libre

con la bellota en la mano,

mientras la brisa despierta

los murmullos del paisaje.

 

​En el lienzo de los parques

mi pluma vuelve a su nido,

para inmortalizar siempre

el milagro que he vivido.

EN EL BOSQUE DE LAS LETRAS.






 

En el bosque de las letras, niños, vamos a leer,

cada libro abre un camino para imaginar y aprender,

sus historias como semillas nos invitan a crecer,

con vocales y con sueños, todo empieza a florecer.

 

Escucha cómo cantan las páginas al pasar,

y descubre que en la lectura hay un nuevo despertar.

 

En el bosque de las letras, vamos juntos a soñar,

con la fuerza del conocimiento, siempre vamos a avanzar,

leer nos da alas de luz para poder volar,

y en cada nueva historia aprendemos a brillar.

 

Aprendamos el alfabeto, paso a paso y sin temor,

cada letra es una llave que abre puertas del color,

un libro es un mapa vivo, una nave del valor,

y nos guía hacia el castillo donde habita el resplandor.

 

Quien lee viaja sin pausa, despierto, firme y leal,

y en su pecho crece fuerte la esperanza musical.

 

En el bosque de las letras, vamos juntos a soñar,

con la fuerza del conocimiento, siempre vamos a avanzar,

leer nos da alas de luz para poder volar,

y en cada nueva historia aprendemos a brillar.

 

Así cantan los libros bajo el cielo interior,

y el bosque de las letras nos regala su fulgor.

EL CARACOL AVENTURERO

 





Literatura infantil - Juvenil.

 

Despacio el caracolito,

deja un rastro de cristal,

lleva a cuestas su casita,

va camino del rosal.

 

Sube, sube por el tronco,

sin prisa y con decisión,

lleva un mapa dibujado

y un gran sueño en el corazón.

 

El mapa le marca el rumbo,

para volver a su hogar,

que se encuentra bien oculto

a la sombra del lagar.

 

Con sus anteojos de musgo

el ciempiés mira el papel,

y con cuatro de sus manos

señala hacia el cascabel.

 

Da la vuelta en la campana,

cruza el charco de humedad,

que detrás de aquella piedra

tu casita encontrarás.

 

Pero al cruzar el camino,

¡qué tremenda novedad!,

una manzana caída

le tapa la vecindad.

 

Es un monte de oro y rojo,

imposible de saltar,

y rodearla le requiere

un esfuerzo singular.

 

Trepa, trepa, paso a paso

ese gigantesco muro,

y con ello ha demostrado

que su empeño es el más puro.

 

Al bajar de la manzana

ve su planta de laurel,

abre alegre su casita

y se duerme en un vaivén

EL GRILLO CANTAOR

 

 



Grillaba escandaloso un buen grillo,

no me dejaba dormir, fui a buscarlo,

hurgué por todos lados sin hallarlo

armada con la chancla y el cepillo.

Al verme calló el muy pillo,

guitarra en mano encontré al buen señor,

que me miraba temblando de temor.

De un santiamén saltó a mi cabello

y fue bajando despacio a mi cuello;

el resuello detuve del temor.

 

El resuello detuve del temor

al ver que carecía de sus alas.

—¡Grillo! ¿Por qué por mi cuello resbalas?

Respondió: —¡Mira que te hago el favor!

Era muy bello el grillo cantador,

toda la noche la pasó en vigía,

hablando con su dulce picardía:

—Yo soy Cri-Cri, estoy aquí y soy grande,

nada impide que por tu sueño ande,

y hoy te brindo mi dulce sinfonía.

 

—Y hoy te brindo mi dulce sinfonía,

pues soy más fiel que el propio ser humano,

que anda por ahí con arma en la mano

y de todo en la vida desconfía.

Y tras hacer su maldad se gloría,

¿lo ves?, de casi nada me preocupo,

solo de dar buenas rondas me ocupo;

no soy menos que el humano, mi hermano,

quien me tilda de cruel y de villano,

por eso canto lo que nadie supo.

 

—Por eso canto lo que nadie supo

hacer a tiempo para dar amor;

hay que ser detallista al por mayor,

yo solo de llevar dicha me ocupo.

Aunque me comparen con el gorupo,

soy detallista, honesto, cantaor,

amigo, compañero cumplidor,

que lucha por vivir en este mundo.

Soy ejemplo de vida y lo difundo,

un romántico eterno, soñador.


Imagen de Google

EL AMOR SOÑADO

 




 

​Fue la luz que en las tinieblas

dibujó por fin un faro,

el amor que tanto tiempo

en mis sueños he buscado.

 

​No conoce de reservas,

ni de miedos ni de atajos;

es la entrega desbordada

en el calor de los abrazos.

 

​Es mirarte sin refugio,

dar el alma sin candados,

descubrir que la existencia

cobra sentido a tu lado.

 

​Poblarás cada silencio,

sanarás todo el pasado,

porque en este amor inmenso

soy feliz siendo tu aliado.

 

​Sin medidas ni reservas,

en tu pecho me ha tocado

la certeza más sublime

del amor que fue soñado.

EL AMOR SOÑADO

 

 





​Fue la luz que en las tinieblas

dibujó por fin un faro,

el amor que tanto tiempo

en mis sueños he buscado.

 

​No conoce de reservas,

ni de miedos ni de atajos;

es la entrega desbordada

en el calor de los abrazos.

 

​Es mirarte sin refugio,

dar el alma sin candados,

descubrir que la existencia

cobra sentido a tu lado.

 

​Poblarás cada silencio,

sanarás todo el pasado,

porque en este amor inmenso

soy feliz siendo tu aliado.

 

​Sin medidas ni reservas,

en tu pecho me ha tocado

la certeza más sublime

del amor que fue soñado.

DIGNIDAD EN EL AMOR

 




 

​No me busques si estás solo,

ni me llames por aburrimiento;

no pretendas que me acomode

a la sobra de tu tiempo.

 

​Si tu entrega no es completa

y me pones en espera,

aparta hoy tu camino,

que no soy opción cualquiera.

 

​Si me has de dar un lugar,

que sea de frente y de frente,

sin escondites ni dudas,

con la verdad por presente.

 

​No acepto un amor a medias,

ni migajas del pasado;

quien no sabe darlo todo,

debe hacerse a un lado.

LA ANTORCHA SILENCIOSA.

 






La tarde caía despacio sobre el patio, tiñendo las paredes de un tono dorado y tibio. Sobre la mesa de madera, desgastada por los años y el uso, descansaba una taza de té cuyo humo subía en espirales pausadas, como si tampoco tuviera prisa por marcharse.

​Frente a frente, dos miradas sostenían el silencio. Una, marcada por la curiosidad inagotable de quien apenas comienza a descifrar los senderos del mundo; la otra, tranquila y profunda, con la serenidad de quien ya ha recorrido las tormentas y conoce la paz de los puertos seguros.

​—¿Cómo se sabe cuál es el camino correcto? —, preguntó la voz joven, rompiendo la calma con la gravedad que solo tienen las dudas de la juventud.

​La respuesta no vino de inmediato. Unos dedos de trazo firme repasaron el borde gastado del mantel antes de señalar el jardín, donde una enredadera abrazaba con tenacidad el muro de piedra.

​—El camino no se adivina, se construye —, respondió la voz sabia, con un tono suave pero categórico—. Y casi nunca es recto. Lo importante no es evitar las piedras, sino aprender a no perder la dignidad cuando te tropiezas con ellas.

​La conversación fluyó sin prisa, entretejiendo anécdotas antiguas, nombres de personas que ya solo habitaban en el recuerdo y lecciones aprendidas a fuerza de temple. No había en aquellas palabras intención de dar un sermón, sino el deseo simple de regalar una brújula. Se habló de la importancia de mantener la palabra dada, del valor de la lectura como refugio inexpugnable, y de cómo la verdadera fuerza jamás reside en la dureza, sino en la capacidad de tender la mano a los demás.

​El joven escuchaba en silencio, tomando notas invisibles en la memoria. Al mirar las manos que tenía enfrente, manos que habían trabajado, escrito y sostenido a otros durante décadas, entendió que lo que estaba recibiendo en esa tarde no eran solo historias. Era una antorcha.

​Cuando la luz del sol finalmente se retiró para dar paso a las primeras estrellas, el aire se sintió más ligero. No hizo falta agregar nada más. El legado no se había entregado en un cofre cerrado ni escrito en un documento formal; había pasado de un corazón a otro, como una semilla silenciosa que tarde o temprano terminaría por florecer.


Imagen de Google

LIBRE, DESPIERTA, Y SIN PRECIO

 





​No busco conquistas baratas ni palabras endulzadas al vapor. Mi tiempo es sagrado y mi tranquilidad no se negocia. Quien intente acercarse pensando que puede deslumbrarme con engaños o que encontrará en mí una oportunidad financiera, se equivoca de puerta.

​Mi mayor riqueza no habita en los bolsillos, sino en la mente y en la paz de mi hogar. Soy plenamente feliz en el silencio de mis libros, en el constante aprendizaje y en la magia de la escritura; ese es mi refugio y mi verdadera pasión. No soy ingenua, ni tonta, ni estoy dispuesta a financiar la holgazanería o el interés de nadie. Jamás mantendré parásitos que confunden la generosidad con la debilidad.

​Si alguien ha de caminar a mi lado, que sea desde el respeto, la madurez y una entrega sincera. Quien busque solo un provecho material o un trofeo fácil, hace bien en alejarse, porque mi vida ya está llena de lo que realmente importa y mi discernimiento no deja pasar máscaras.

sábado, 5 de septiembre de 2026

LA MUSAROFOBIA DEL GRAN BARDO.

 





¡Jajaja! No se sientan hermanitos de letras, no es para nadie en especial, simplemente ocurrencia de una servidora. Saludos cordiales desde México.


 

​Se creen esculpidos por los dioses,

colgados de un pedestal tan elevado,

que desprecian el amor con gestos feroces

y el pecho de puro orgullo hinchado.

 

​Van por la vida dictando sentencia,

con pose de sabios y aire sufriente,

mirando al resto con patológica condescendencia,

pensando que el mundo les debe la frente.

 

​"¡El amor es vulgar, es cosa de mendigos!",

grita el bardo desde su trono de cartón,

mientras busca que le aplaudan los amigos

y le hagan la cena sin cobrar comisión.

 

​Ella suspira, trágica y distante,

dice que nadie calza su intelecto divino,

pero se indigna si el pobre pretendiente

no le paga el café y el buen vino.

 

​Buscan musas que les rinchen la loa,

esclavos que adoren su rima y su prosa,

pero si el afecto les pide una alborada,

huyen del compromiso como de cosa apestosa.

 

​¡Ay, poetas de ego desmedido!

Tanta estrofa, tanta pose y tanto ruido,

y al final dormís con el verso tullido,

buscando en el espejo al único ser querido.


Imagen de Google

MÁS ALLÁ DE LAS PENAS

 

 



​Si se tuerce el amor en el litigio

no le entregues el alma al contencioso

que el rencor es un fuego silencioso

pretende quemar tu propio refugio.

 

​No des a tribunal ningún prestigio

ni le entregues, no, tu bien más valioso

pues arder en un pleito tan penoso

solo aviva el dolor de tal prodigio.

 

​Sal intacto del mal que te malvenda

que el veneno del odio no te alcance

ni el dolor en infierno te contienda.

 

​Porque quien busque llevarte a tal trance

su honor tropezará en propia contienda

mientras tú avanzas firme a cada avance.


Imagen de Google

CON FUERZA Y CON FRANQUEZA.

 




 

​Lo que piensa y siente, escribe

quien no teme a la palabra,

y deja que el alma abra

el sentir con que convive.

Ningún golpe lo cohibe

si el verso nace genuino,

pues siguiendo ese camino

la verdad no tiene velo,

y se alza buscando el cielo

marcando propio destino.

 

​Marcando propio destino

va la voz que no se calla,

la que gana la batalla

con un verso cristalino.

Es un arte muy divino

desnudar la piel en la obra,

aquí nada falta o sobra

si se escribe con franqueza,

pues la más pura belleza

del pecho impulso recobra.

 

​Del pecho impulso recobra

palabra hecha poesía,

nos da luz, nos da alegría

y contra el mal es la cobra.

Es el bien que se prodiga

en el foro compartida,

la llama siempre encendida

que al encuentro nos convoca,

palabra que salta en boca

y le da fuerza a la vida.

MANUAL DE LA MEMORIA DESATADA.

 





En memoria del famoso cronopio en su aniversario.

Imitando deliberadamente el estilo de Julio Cortázar.




El texto toma como modelo directo la estructura y el tono de sus "Historias de cronopios y de famas" (especialmente la sección de Instrucciones), así como la atmósfera de "Rayuela".

Desordene la mesa. Deje que la tinta fluya sin el rigor de la métrica estricta, pues hay días en que la poesía necesita quitarse el corsé y caminar descalza. Sirva una taza de café amargo y permítale enfriarse un poco mientras escucha el rasguño del vinilo. El jazz no se escucha, se habita. Es un puente colgante sobre el abismo del lenguaje convencional.

Imagine que en el rincón más insospechado de la estancia, allí donde la sombra del librero dobla la esquina, un hombre muy alto, de mirada felina y voz pausada, enciende un cigarrillo invisible.

​No le pregunte por las fechas ni por los anaqueles del tiempo. Pregúntele cómo se escucha el silencio de París cuando la lluvia golpea las buhardillas, o cómo se descifra la mirada absorta de los axolotles al otro lado del cristal. Él no responderá con datos ni biografías. Se limitará a señalar el espacio que hay entre dos palabras, esa hendidura por donde la realidad se agrieta y deja ver el revés de la trama.

​En ese instante de penumbra compartida, el aire olerá a humo viejo, a papel antiguo y a la cadencia libre de un solo de trompeta que jamás termina de sonar.

En esa penumbra, donde la silueta del cronopio parece disolverse en el humo de su propio enigma, descubrirá que la pluma en su mano pesa distinto. Ya no es una herramienta para nombrar lo evidente, sino una llave que fuerza las cerraduras del sentido.

​Él se acodará en la mesa, mirará el trazo de su tinta y dirá sin hablar,

—Escriba. Pero no busque la certeza.

La poesía es siempre esa otra orilla que se alcanza saltando a ciegas.

​Entonces, la página dejará de ser un papel en blanco para convertirse en el mapa de una ciudad que solo existe mientras se la nombra, un París de puentes invisibles, una calle cualquiera iluminada por un farol que parpadea en jazz, o el eco de una voz querida que regresa desde la memoria.

​

Escriba, pues, el último verso. Pero no lo marque con la pesadez de un punto final que se pierde en la noche como "el humo de un saxo alto improvisando en la penumbra".

​Al soltar la pluma, no firme con su nombre ni reclame la autoría del instante. Sonría despacio, mire el espacio entre las sombras y entienda que el verdadero homenaje jamás se escribe sobre el mármol frío de los monumentos, sino en el territorio secreto, libre e inagotable del juego y la memoria.

CUANDO EL INTERÉS SE VISTE DE AMOR.





 

​El amor verdadero construye, cuida y respeta; jamás calcula ni busca una transacción. Sin embargo, resulta desgastante y doloroso comprobar que existen personas, incluso en la edad adulta, donde se supone que reinan la madurez y la honestidad que utilizan el afecto como una herramienta de manipulación. Se acercan con palabras dulces, fingen una entrega sincera y construyen una ilusión solo para medir el alcance de lo que pueden obtener.

​Cuando la intención real de alguien no es el corazón del otro, sino su estabilidad, su generosidad o una falsa percepción de riqueza material, el engaño se convierte en una forma de violencia emocional. Quien actúa así no solo miente, destruye la confianza, ensucia la nobleza de quien ama con sinceridad y demuestra una profunda indigencia moral.

​Hay que aprender a mirar más allá de las palabras bonitas y observar las acciones.

​El amor auténtico busca compartir, no pedir. Quien te quiere de verdad valora tu presencia, tu paz y tu compañía, no lo que puedes ofrecerle en términos materiales.

​El interés tarde o temprano se desenmascara. Cuando la exigencia de cosas materiales o dinero aparece en la ecuación, la máscara cae. En ese momento, la retirada no es una pérdida; es un acto de defensa y de dignidad.

​La verdadera riqueza no es monetaria. La salud, la familia, la paz mental y la capacidad de amar con limpieza son bienes inestimables que ningún manipulador podrá jamás arrebatar.

​Que la mezquindad de algunos no nos apague la fe en la buena gente. Aprender a poner límites no es cerrar el corazón al amor, sino ponerle un cerrojo a la puerta para que solo entren quienes realmente sepan valorar la riqueza del alma.




Imagen de Google

OCTAVAS EN EL DÍA DEL ABOGADO


 



Homenaje al Dr. Mauro Cardoso

 

Por las leyes del honor y la justicia,

camina con rigor, firme y constante,

defiende la verdad sin avaricia

y sostiene la luz al litigante.

No rinde su criterio a la malicia,

ni cede ante el abismo apabullante;

es el Dr. Cardoso en su trinchera,

guardián de la razón como bandera.

 

​En la noble Argentina hoy se celebra

la vocación del fuero y del derecho,

la palabra que la injusticia quiebra

y la causa que busca un justo techo.

Que el triunfo y la virtud siempre concedan

la paz a su labor y a su provecho;

¡vaya este honor a Mauro en este día,

con respeto, reconocimiento y alegría!

EL ECO DE DOLORES


 



"16 de septiembre de 1810, grito de Independencia de México".

 

​Ya escuchamos a lo lejos

el eco de las campanas

y detrás de las montañas

se escuchan gritos parejos...

 

​Se enciende la madrugada

con el fuego de la historia,

buscando abrir a la gloria

una patria desgarrada.

 

​El Cura rompe el silencio,

alza la voz con coraje,

para librar del vasallaje

al pueblo que tanto aprecio.

 

​¡Que retumbe en los confines

el clamor de libertad!

Despertó la dignidad

entre banderas y clarines.

 

​¡Viva México en el pecho,

viva el pueblo y su memoria,

que marcharon a la historia

a exigir su propio derecho.

BAJO EL HUMO Y LA MALESA.


 





​Llegaste como el fuego en la hierba seca,

sin hacer ruido, calculando el viento,

midiendo la grieta en el muro viejo

donde el tiempo había dejado una sombra.

 

​No te bastó mirar desde la orilla;

necesitabas la corriente entera,

beber del pozo que no te pertenecía

y nombrar como tuyo el cauce ajeno.

 

​Sitiaste la casa con seda y espinas,

acechando el descuido, la rendija,

hasta que el roble cedió a la hiedra

y se olvidó de la raíz que lo sostuvo años.

 

​No importa cuánta tierra reclames ahora

ni que ostentes la presa conquistada,

quien edifica su palacio entre cenizas

siempre termina respirando humo.


miércoles, 26 de agosto de 2026

SEMBRAR O MORIR


 

Ficción.

 

​El sol caía sobre la llanura como una placa de plomo candente. Darío Lerma se ajustó el pañuelo húmedo sobre la boca, aunque a esas alturas el aire solo sabía a ceniza frita y a tierra estéril. A ambos lados de la carretera, los campos de trigo no eran más que un manto de surcos carbonizados; el fuego espontáneo devoraba la vegetación antes de que el grano alcanzara a madurar.

​Darío se arrodilló sobre la tierra agrietada. Tomó un puñado de polvo negro y lo dejó correr entre sus dedos seco, sin una sola gota de humedad. Pensó en las advertencias que todos ignoraron años atrás: sin siembra no hay mañana, y sin tierra fértil, la prisa por cosechar se convierte en una condena de hambre. El paisaje era un cementerio vegetal a pérdida vista.

​Subió de nuevo al vehículo con la garganta ardiendo. En su tableta de trabajo parpadeaba la señal del siguiente punto de control, el Complejo Agroalimentario Central. Se suponía que esa planta operaba a un mínimo histórico por la falta de insumos, pero los reportes satelitales indicaban que sus chimeneas de refrigeración continuaban trabajando a máxima capacidad y el consumo de energía no dejaba de subir.

​Arrancó el motor, dejando atrás el polvo calcinado, rumbo a las naves industriales que se recortaban en el horizonte como un espejismo gris.

 

​Con Darío ya en marcha hacia las naves industriales, atravesando esa desolación, entramos de lleno a la zona de la inspección.

 

​El Complejo Agroalimentario Central se levantaba en el horizonte como una fortaleza de hormigón desgastado por el sol. A diferencia de las hectáreas de escombros humeantes que Darío había dejado atrás, el aparcamiento de la planta bullía de actividad, camiones blindados de transporte salían a paso lento, con el vapor de los condensadores congelados goteando sobre el asfalto hirviente.

​Darío apagó el motor, mostró su acreditación en el control de acceso y caminó hacia la entrada principal. Dentro, el aire acondicionado resultaba casi violento, un contraste helado que olía intensamente a desinfectante industrial y a algo más... un rastro metálico, denso, que el perfume sintético no lograba tapar.

​—Inspector Lerma —, lo abordó el encargado de la planta, un hombre enjuto de frente perlada de sudor a pesar del frío interno—. No esperábamos una revisión presencial. Saben en la central que la sequía redujo las entregas de grano a cero.

​—Lo sé —, respondió Darío, deslizando la mirada por las cámaras de seguridad que registraban cada uno de sus pasos—. Pero la central registra un pico de consumo eléctrico equivalente al procesamiento de trescientas toneladas diarias. Si no hay grano que moler ni verdura que empaquetar, quiero ver qué es lo que requiere tanto frío.

​El encargado dudó un segundo antes de marcar el código de la puerta principal de las cámaras frigoríficas. Las pesadas compuertas metálicas se abrieron con un siseo neumático, liberando una densa niebla helada.

​Cuando la bruma se despejó, Darío vio filas interminables de raíles aéreos. De ellos colgaban cientos de piezas cárnicas empaquetadas en plástico al vacío, con sellos dorados de certificación oficial. Sin embargo, al acercarse a una de las barras y observar la longitud de los huesos, el corte del tejido muscular y la ausencia total de las marcas características del ganado vacuno, el estómago se le comprimió en un nudo ciego.

Darío dio un paso hacia el riel más cercano, pero el encargado se atravesó de inmediato en su camino, interponiendo el cuerpo con una sonrisa ensayada que no le llegaba a los ojos.

​—Son cortes estándar de importación, inspector —, dijo el hombre, alzando la voz para sobreponerse al zumbido de los motores frigoríficos—. Todo con la normativa del Ministerio. La sequía apretó, pero la cadena de suministro se mantiene.

​—¿Importación de dónde, Gil? —Darío ni pestañeo. Sacó la linterna táctica de su cinturón y la encendió, apuntando la luz blanca directamente a la pieza más cercana—. No hay rutas marítimas activas desde el sur y los puertos del norte están cerrados por los incendios. Además, este corte no es de res.

​—Está usted malinterpretando el proceso —, replicó Gil, dando un paso atrás pero manteniendo el tono firme—. Son híbridos de granja intensiva. Las nuevas cepas rinden distinto, el tejido cambia. La prioridad de la central es que la gente tenga qué comer esta noche. Si empezamos a poner trabas burocráticas por la forma de un hueso, mañana habrá saqueos en la ciudad.

​Darío ignoró la justificación y dio un paso al frente, obligando a Gil a apartarse. Acercó el haz de luz al plástico sellado al vacío. Bajo la capa helada se distinguía una incisión quirúrgica perfecta en la zona muscular, una marca demasiado limpia para un matadero industrial, acompañada por un código numérico tatuado sobre la piel que coincidía con los registros sanitarios de las morgues urbanas.

​—Este no es un híbrido de granja, Gil —, murmuró Darío, volviéndose hacia él con la voz helada—. Y tú sabes perfectamente de dónde sacaron estos camiones.

​El encargado perdió la sonrisa. Miró hacia la puerta de la cámara, donde dos guardias armados con el uniforme de la corporación acababan de cortar el paso hacia el pasillo central.

Darío contuvo la respiración, apagó la linterna con parsimonia y la enganchó de nuevo en el cinturón. Forzó los hombros a relajarse, dejando que la tensión del rostro se disolviera en una mueca de simple cansancio.

​—Tienes razón, Gil —, dijo Darío, bajando la voz y dando un paso atrás, como si de pronto se sintiera abrumado por el frío de la cámara—. Llevo doce horas bajo el sol revisando tierra quemada. La falta de aire y este vapor helado me están jugando una mala pasada.

​Gil entornó los ojos, midiendo la reacción del inspector. Miró de reojo a los dos guardias en la puerta antes de soltar un suspiro contenido.

​—El calor de afuera vuelve loco a cualquiera, inspector Lerma —, respondió el encargado, relajando sutilmente la postura, aunque sin quitarle el ojo de encima—. Aquí dentro las cosas son distintas. Hacemos lo que se puede con lo que hay.

​—Lo entiendo. La prioridad es el abastecimiento —, asintió Darío, pasándose la mano por la nuca en un gesto de franca fatiga—. Firma el acta de llegada como revisión preliminar sin observaciones críticas. Necesito ir al despacho a sellar el informe digital y tomar un vaso de agua antes de regresar a la jefatura.

​—Por supuesto. Pase a la oficina del fondo —, dijo Gil, haciendo una seña a los guardias para que abrieran paso—. El sistema terminal está abierto.

​Darío caminó a paso tranquilo por el pasillo, sintiendo la mirada de los tres hombres clavada en su espalda. Sabía que la ventana de tiempo era mínima. Al entrar al despacho administrativo y cerrar la puerta tras de sí, no buscó el agua: se abalanzó hacia la terminal de red local para acceder al registro de matrículas de los camiones de ingreso y a los manifiestos de descarga de esa madrugada.

​Darío insertó su llave USB de inspección en el puerto de la terminal para forzar la lectura de los archivos temporales. La pantalla parpadeó en rojo un par de veces hasta que el sistema de la planta cedió, desplegando un registro cifrado con sello de máxima prioridad nacional.

​No eran simples contrabandistas ni una red clandestina actuando en las sombras. En el encabezado del documento brillaba el escudo oficial del Ministerio de Suministros y Seguridad Social.

​Debajo del sello, una directiva firmada digitalmente por la propia viceministra ordenaba el "Protocolo de Reciclaje Proteico de Emergencia". Las cifras eran escalofriantes: un desglose meticuloso que cruzaba los índices de mortalidad por la ola de calor y los incendios forestales con las cuotas de distribución de alimento para las grandes ciudades. Lo que en las noticias oficiales vendían como "víctimas del colapso climático no reclamadas", en el sistema aparecía catalogado como "materia prima de redistribución".

​Darío sintió un frío más intenso que el de las cámaras frigoríficas. No era un crimen aislado; era una política de Estado diseñada desde los despachos más altos para ocultar que la tierra ya no producía nada y mantener a la población bajo control.

​La luz de la pantalla iluminó un aviso en la esquina superior. Transferencia de datos detectada. Acceso no autorizado.

​Un segundo después, el pomo de la puerta del despacho comenzó a girar desde el exterior.

Darío retiró la llave USB del puerto de un tirón instintivo y la deslizó dentro del bolsillo interior de su chaqueta antes de que la pantalla terminara de parpadear. Se dio la vuelta con rapidez, tomó la jarra de plástico que estaba sobre un mueble auxiliar y se sirvió un vaso de agua con mano firme, justo cuando la puerta se abría de par en par.

​Era Gil, flanqueado por uno de los guardias armados. El encargado recorrió la habitación con la mirada, buscando cualquier indicio de sospecha, mientras sus ojos se posaban en la pantalla de la terminal, que ahora mostraba un protector de pantalla corporativo.

​—¿Todo en orden por aquí, inspector? —, preguntó Gil, con un tono neutro pero cortante.

​Darío apuró el trago de agua, se limpió los labios con el dorso de la mano y dejó el vaso sobre la mesa con una calma calculada.

​—Todo en orden —, dijo Darío, mostrando una sonrisa cansada y ligeramente torpe—. El sistema de ustedes es exasperante. Se bloqueó en cuanto intenté acceder al formulario de firma. Ni me dejó meter la clave.

​Gil caminó despacio hacia el escritorio, observó el monitor y tocó el ratón. La pantalla pidió de inmediato las credenciales de administrador de la planta. El encargado dejó escapar un suspiro de alivio imperceptible y se relajó visiblemente.

​—Es el cortafuegos de la empresa. No permite accesos externos —, dijo Gil, haciendo una seña al guardia para que esperara afuera—. Firme en mi tableta personal el acta de paso y listo. No tiene por qué perder más tiempo en esta nevera.

​Darío tomó el estilete digital, plasmó su firma en la pantalla táctil sin dudar un segundo y le devolvió el dispositivo. Tenía el corazón latiéndole desbocado contra las costillas, pero su postura mantenía la sobriedad del funcionario agotado.

​—Buen trabajo, Gil. Nos vemos en la revisión del próximo mes —, dijo Darío, acomodándose la chaqueta.

​Salida del complejo a paso normal, subió al vehículo, encendió el motor y esperó a cruzar la garita de seguridad para expulsar todo el aire acumulado en los pulmones. Con la llave USB ardiendo en su bolsillo, sabía que ya no había vuelta atrás: no solo llevaba la prueba de la barbarie, sino la prueba de que el propio gobierno la estaba coordinando desde arriba.

Darío sujetó el volante con fuerza mientras el aire acondicionado del coche luchaba inútilmente contra los cuarenta y cinco grados del exterior. Sabía que la brecha en el servidor saltaría en las auditorías automáticas en cuestión de horas. No podía ir a la comisaría ni a la sede de su ministerio; el sello de la viceministra convertía a cualquier superior en un potencial enemigo.

​Buscó en su agenda personal un número grabado bajo un seudónimo. Valeria Ríos.

​Valeria era de las pocas periodistas de investigación que no habían aceptado la censura estatal sobre la crisis alimentaria. Trabajaba desde la clandestinidad, publicando en redes independientes tras haber sido expulsada del diario oficialista por indagar sobre los trenes nocturnos que salían de las morgues.

​El teléfono sonó tres veces antes de que una voz rasposa y alerta contestara al otro lado de la línea.

​—Habla rápido —, dijo Valeria, sin preámbulos—. Esta línea no es segura y el calor está tirando las repetidoras de la zona norte.

​—Necesito verte, Valeria. No por teléfono —, contestó Darío, manteniendo la vista en el retrovisor por si algún vehículo sin rotular salía del complejo tras él—. Tengo el manifiesto de carga del Complejo Central. Tengo los códigos de origen y la firma digital.

​Un silencio denso al otro lado de la línea cortó el zumbido de la estática.

​—Dime que no es lo que creo —, murmuró ella, batiendo la voz en un susurro grave.

​—Es peor. Las cosechas quemadas no son solo una tragedia agrícola; son la excusa. Tienen un protocolo oficial para cubrir la demanda de carne en las grandes ciudades. Y la firma viene de arriba.

​—Escúchame bien, Darío —, ordenó Valeria, e hizo una pausa corta para verificar su propio entorno—. No vayas a tu casa. No te acerques a la redacción. Nos vemos en media hora en los antiguos almacenes de grano de la vía del tren, al oeste de la ciudad. Ahí donde los campos terminaron de arder ayer. Ya nadie vigila lo que es ceniza.

​La llamada se cortó. Darío guardó el dispositivo, apretó el acelerador y se desviaron por el desvío de tierra, mientras a lo lejos, el cielo nocturno se teñía de un rojo violento por un nuevo foco de incendio en el horizonte.

El motor del vehículo crujió al apagarse. Darío esperó unos segundos en la oscuridad antes de abrir la puerta. El aire en los viejos almacenes de grano olía a madera quemada y a metal recalentado. La estructura metálica del techo, vencida por el fuego del día anterior, dejaba ver un cielo sin estrellas, teñido por el resplandor cobrizo de los incendios lejanos.

​Una sombra se movió entre las vigas caídas. Valeria emergió con una linterna pequeña cubierta por un filtro rojo y una tableta militar de pantalla opaca.

​—Llegas a tiempo —, dijo ella, escaneando los alrededores antes de llevar a Darío hacia el interior de un antiguo silo de hormigón que había resistido las llamas.

​Se sentaron sobre un bloque de cemento. Darío sacó la llave USB y se la entregó. Valeria la conectó a su dispositivo blindado; el brillo de la pantalla iluminó las facciones marcadas de la periodista, sus ojos oscuros fijos en las líneas de código que empezaban a desplegarse.

​—Mira esto —, señaló Darío, apuntando a la pantalla—. No es un mercado negro paralelo. No son empresarios corruptos actuando a espaldas del Estado. La columna de la izquierda muestra la bajada drástica en las toneladas de grano y hortalizas: cero producción en tres regiones. La columna de la derecha registra la entrada de carne "procesada" a los centros de distribución urbana. Las cifras cuadran al miligramo.

​Valeria abrió la pestaña de firmas y certificados anexos. Desplegó el protocolo codificado.

​—"Optimización de Recursos y Proteína de Emergencia" —, leyó ella en voz baja, sintiendo que las palabras le pesaban en la lengua—. Firmado por la viceministra de Sanidad y el Consejo de Manejo de Crisis. Darío... esto empezó hace seis meses. Las morgues de las zonas afectadas por el calor no están desbordadas por negligencia; están vacías porque los camiones frigoríficos pasan antes que las familias.

​—Están usando el propio colapso para tapar el rastro —, añadió Darío con rabia contenida—. La gente cree que la carne que compra a precios astronómicos es el último ganado sacrificado por la sequía. Nadie cuestiona nada mientras haya comida en la mesa, y la tierra sigue ardiendo sin que nadie siembre una sola semilla para la próxima temporada.

​Valeria levantó la mirada de la pantalla, fijándola en él con una mezcla de horror y determinación.

​—Si publico esto en las redes independientes sin un respaldo visual directo o una filtración masiva de los servidores centrales, dirán que es propaganda para infundir pánico. Necesitamos vincular estos archivos con la orden de transporte que sale esta misma noche hacia la capital.

​—Sé a qué hora sale el próximo convoy del Complejo Central —, respondió Darío, mirando la hora en su reloj—. Sale a las tres de la mañana.

El reloj marcó las dos y media de la madrugada. Darío y Valeria se desplazaron por los caminos secundarios de tierra, usando únicamente las luces de posición del vehículo para evitar ser detectados por las patrullas del Ministerio.

​Se apostaron en una colina baja a tres kilómetros de la salida del Complejo Agroalimentario. Abajo, el tramo de la autopista autonómica yacía desierto, flanqueado por árboles calcinados que proyectaban sombras retorcidas bajo la luna. Valeria montó la cámara de alta resolución con lente telescópica sobre un trípode corto, conectada directamente a la tableta de transmisión.

​—El convoy tiene que pasar por este embudo —, dijo Valeria, ajustando el enfoque nocturno—. La carretera principal está cortada por los incendios de la ladera este. Obligatoriamente tienen que frenar en la curva del paso inferior.

​A las dos cincuenta y ocho, el retumbo de motores pesados hizo vibrar la tierra seca.

​Dos furgones blindados de escolta abrieron paso, seguidos por tres camiones cisterna con remolques de refrigeración industrial de alto tonelaje. Los vehículos no llevaban distintivos de empresas privadas; lucían las matrículas oficiales del Ministerio de Suministros y Seguridad Social.

​—Ahí vienen —, murmuró Darío.

​Cuando el primer camión redujo la velocidad para negociar el giro cerrado del paso inferior, Valeria comenzó a grabar. La óptica de la cámara atravesó el parabrisas térmico del tráiler, capturando con claridad los rostros de los conductores con uniformes del ejército y los códigos de barras de la orden de transporte pegados en las puertas de la cabina.

​Pero el momento decisivo ocurrió en el segundo camión.

​Debido a la deformación del asfalto por el calor acumulado, el remolque dio un sacudón violento contra el borde del paso inferior. El impacto rompió el sello de seguridad de las compuertas traseras. Las puertas metálicas se entreabrieron apenas unos centímetros antes de rebotar contra los cierres de emergencia, pero fue suficiente: el foco de la cámara captó la estiba interna.

​Bajo la luz parpadeante del freno, las bolsas térmicas transparentes con los códigos de las morgues y los sellos de "Proteína de Emergencia" quedaron registradas en vídeo de alta definición, junto con las matrículas y los sellos del gobierno.

​—Lo tengo —, susurró Valeria, con la voz templada por la adrenalina mientras las barras de subida de datos en la tableta comenzaban a llenarse—. Todo el paquete de datos, los manifiestos cifrados y el metraje del convoy están subiéndose a los servidores espejo en el extranjero.

​El convoy no se detuvo; los camiones aceleraron de nuevo devorando la distancia hacia la capital.

​En la pantalla de Valeria, un mensaje verde confirmó la sincronización del archivo. La prueba definitiva ya no estaba solo en sus manos, sino lista para ser difundida.

​—Si apretamos el botón de publicación ahora —, dijo Darío mirando el horizonte encendido por los incendios—, el pánico será inmediato. Mañana nadie volverá a mirar un plato de la misma forma.

​Valeria puso el dedo sobre la pantalla, lista para ejecutar el envío masivo a la red de noticias independientes.

Darío puso la mano sobre la pantalla, deteniendo el dedo de Valeria a milímetros del comando de envío.

​—Si publicamos esto ahora, habrá violencia en las calles antes del amanecer —, dijo Darío, con la voz firme pero la mirada desencajada—. El gobierno declarará el estado de sitio, cortará la red y usará al ejército para aplastar los disturbios. La gente morirá en el caos y, cuando la masa de ceniza se asiente, seguiremos sin comida y con la tierra ardiendo.

​Valeria lo miró con furia contenida, pero mantuvo el dedo inmóvil.

​—¿Y cuál es la alternativa, Darío? ¿Guardar el secreto? ¿Dejar que sigan sirviendo a la población lo que hay en esas cámaras?

​—No —, respondió él—. Usar la información como una soga al cuello de la viceministra.

​Darío sacó un teléfono satelital de uso operativo, una unidad cifrada que no pasaba por las repetidoras comerciales golpeadas por el calor. Marcó el número directo del despacho de la viceministra de Sanidad y Suministros, guardado en los protocolos de emergencia del ministerio.

​El tono sonó cuatro veces antes de que una voz serena, ajena al infierno de los campos quemados, atendiera desde la capital.

​—Habla la viceministra. Identifíquese.

​—Habla el inspector Darío Lerma —dijo él sin rodeos, activando el altavoz para que Valeria escuchara—. Estoy en el paso inferior de la carretera autonómica. Tengo la orden firmada por usted de la 'Proteína de Emergencia', los manifiestos de la planta central y una grabación en 4K del convoy que acaba de salir hacia la capital con los sellos de la morgue a la vista.

​Un silencio pesado invadió la línea. Al otro lado, el sonido de los teclados y el murmullos de la oficina central se detuvo por completo.

​—Inspector Lerma —, dijo la viceministra con una frialdad glacial—. Es usted un funcionario del Estado. Sabe perfectamente que este protocolo es la única razón por la que diez millones de personas no están masacrándose por un trozo de pan.

​—Esa es la excusa que se repite para no admitir que destruyeron el suelo —, intervino Valeria, pegándose al micrófono—. El archivo está subido a tres servidores espejo en el extranjero con un temporizador de liberación masiva a la prensa internacional.

​—¿Qué quieren? —, preguntó la funcionaria, cortando cualquier intento de justificación moral.

​—El fin inmediato del protocolo y la reorientación total de los recursos —, exigió Darío—. El presupuesto militar de contención de la capital se desvía mañana mismo a la distribución de agua y a la siembra obligatoria en las zonas de reserva del norte. Si en doce horas no vemos las maquinarias en los campos y las reservas de grano real abriéndose a la población, el archivo se libera.

​Hubo una pausa interminable. Al fondo de la llamada se escuchó el crujido de un papel al doblarse.

​—No tienen idea del caos que están posponiendo, Lerma —, susurró la viceministra—. Si usamos las reservas estratégicas de semilla para sembrar en esta tierra secada por el calor, solo tenemos margen para un intento. Si la cosecha falla por el sol, no habrá nada que comer. Ni siquiera lo que hay en las cámaras.

​—Entonces más vale que la hagan funcionar —, sentenció Darío—. Porque el ser humano aguanta el hambre, pero no la monstruosidad.

​Darío cortó la llamada. En la colina, la brisa de la madrugada trajo una corriente de aire denso y caliente, pero el resplandor de los camiones a lo lejos comenzaba a perderse en el horizonte.

​Valeria guardó la tableta en su funda blindada y miró hacia los campos quemados que los rodeaban en la penumbra.

​—Aceptó los términos —, dijo ella, ajustando el temporizador de la señal espejo a doce horas—. Pero nos van a buscar por todos los medios.

​—Que busquen —, contestó Darío, caminando hacia el vehículo—. Mañana la tierra tiene que recibir semilla, o este país se consume solo.

 

Seis meses después.

 

​El aire en el horizonte ya no quemaba los pulmones, aunque la cicatriz del gran incendio seguía trazada sobre la tierra como una grieta oscura.

​Darío Lerma detuvo el vehículo al borde del viejo camino de servicio, el mismo por donde meses atrás había visto pasar los camiones blindados en mitad de la noche. Se bajó sin prisa. A su lado, el motor crujió al enfriarse, pero esta vez no había olor a ceniza ni el pulso metálico de la muerte industrial.

​Frente a él, extendiéndose hasta perderse de vista, los campos del norte lucían un verde humilde pero persistente. Las redes de riego por goteo, alimentadas por los camiones cisterna que el Ministerio se vio obligado a desviar de la capital, mantenían la humedad justa en el suelo. No era una cosecha abundante; la tierra desgastada por el calor producía a duras penas el grano básico, pero era alimento nacido de la siembra real.

​Valeria salió del lado del copiloto y se apoyó contra la puerta. Tenía la tableta guardada en la mochila, la señal espejo aún activa en un servidor remoto, como un seguro de vida que ninguno de los dos pensaba desactivar jamás.

​—Los informes de la capital dicen que la viceministra dimitió la semana pasada —, dijo Valeria, contemplando los brotes que despuntaban entre los surcos—. Dijeron que fue por "motivos de salud".

​—El sistema tuvo que ceder cuando vio que la gente prefería racionar el pan antes que aceptar el suministro oficial —, respondió Darío, agachándose para tomar un puñado de tierra.

​La mezcla estaba fresca en la superficie, impregnada del aroma profundo y vegetal que la región había olvidado durante años. Dejó caer el sustrato entre los dedos con una calma que no sentía desde hacía mucho tiempo.

​El acuerdo había sido precario y la vigilancia sobre ellos constante, pero la amenaza implícita de la filtración logró lo imposible, obligar a un gobierno acorralado a apostar por la tierra antes que por el horror.

​—¿Crees que la próxima temporada aguanten las lluvias? —, preguntó Valeria, mirando las nubes bajas que comenzaban a acumularse en el norte.

​—No lo sé —, contestó Darío, poniéndose de pie y sacudiéndose las manos—. Pero mientras haya semilla en el suelo y gente dispuesta a cuidarla, la historia se escribe de otra manera.

​Se subieron al coche y avanzaron hacia la estación de control, dejando atrás el polvo del pasado mientras las primeras gotas de una lluvia tardía comenzaban a golpear el parabrisas.





@copyrigth

Imagen de Google

EL DIÁLOGO CON LA NOCHE Y EL SILENCIO.

  Lacera el alma tu ausencia bendita y quema el pecho la luz de tu fuego es un altar donde sufro y me entrego a la memoria que sua...