miércoles, 8 de julio de 2026

LEGADO DE LUZ

 




(A MI PADRE)

 

​Sigue tu luz en mi mente,

en mi pecho y mi mirada,

como un faro que no duerme

en la noche más callada.

Hoy te bendigo, mi padre,

por la senda caminada,

por tus manos que me dieron

el sustento de la infancia.

​Me entregaste por herencia

la riqueza más sagrada:

la humildad para el camino,

sin pedir a cambio nada,

y un amor para este mundo

que las fronteras abraza,

entendiendo que es la vida

un puente que nos hermana.

​Me enseñaste que el tesoro

no es la joya ni la plata,

sino el brillo del afecto

y la paz de la constancia;

a valorar lo que es limpio,

lo que es noble, lo que salva,

y a separar el desierto

de la tierra que es de gracia.

​Pero también me inculcaste

la firmeza de la espada

para defender mi sitio

y mi condición humana;

a no agachar la cabeza

cuando la justicia calla,

y a sostener mis derechos

con la palabra templada.

​Gracias, papá, por ser guía,

por la huella bien trazada.

Ser agradecida es ley

que en mi pecho se consagra.

Aunque partiste hace tiempo,

tu herencia no se desgasta:

soy el fruto de tu amor,

soy el eco de tu alma.



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ROMANCE DEL AMOR TARDÍO


 



​Es este amor tan tardío

un capricho del destino,

que se ha aferrado a amar tanto

acaso a un imposible.

Tal vez la larga soledad

influya en nuestra historia,

o tal vez sea este fuego

que en el invierno nos toca.

​Llegaste cuando las hojas

ya caían por el suelo,

con el reloj de la vida

marcando los frentes fríos.

¿Dónde estabas por la mañana,

cuando el sol claro nacía?

¿Por qué has venido a buscarme

cuando la tarde declina?

​No es un amor de promesas,

de primaveras floridas,

es el calor del refugio

que cura viejas heridas.

Tiene el sabor de lo eterno,

la calma que da el abismo,

y aunque llegó a contramano,

yo le bendigo el camino.

​Que digan que ya es muy tarde,

que el tiempo cerró las puertas,

que el amor no reconoce

las almas que andan despiertas.

Si es imposible o locura,

que el viento juzgue el olvido,

que a mí me basta tu mano

para sentirme bendecido.

ECO DE UN PRIMER AMOR

 



 

Fue aquella tarde de junio,

con el cielo encapotado,

cuando las viejas raquetas

nuestros labios imitaron.

Tarde de frontón y juego,

tarde de sueños floridos,

donde el primer amor nace

sin temor al desafío.

Yo apenas catorce años,

tú ya dieciséis cumplidos;

la secundaria y la prepa

en un beso se reunieron.

Mas el tiempo no se para

y las aulas florecieron;

la universidad dispuso

que cambiáramos de rumbo.

Cada cual tomó su senda,

lejos de aquel viejo muro,

pero el alma no se olvida

de aquel amor tan maduro.

AMORES IMPOSIBLES.


 



De uno y mil colores son los bellos amores,

nos tiñen el alma de radiantes sensaciones,

locos de pasión vemos hasta alucinaciones

aunque después de vivirlos y gozar los llores.

 

Como el arcoíris brillan solo un momento

y en su fulgor intenso se lleva el sentimiento,

dejando en el pecho un vacío y un lamento

pero en su fuego ardemos, aunque sea un tormento.

 

Amores imposibles de fuego y de cristal

quemándonos la vida en un dulce espiral

se escapan como el viento tan cerca y tan letal,

Pero aunque nos destruyan los buscamos igual.

 

Con miradas furtivas y palabras prohibidas,

escondemos historias en caricias perdidas

soñando en el silencio con vidas compartidas,

pero el destino ríe cerrando nuestras vías.

 

Amores que nos queman nos hieren y nos salvan

son espejos rotos donde el alma se embalsama

en un rincón oscuro donde la razón se calma,

amores imposibles son un arma y un drama.

 

Amores imposibles de fuego y de cristal

quemándonos la vida en un dulce espiral,

se escapan como el viento tan cerca y tan letal,

pero aunque nos destruyan los buscamos igual.

ROMANCE AL OCASO DE LA CORUÑA.


 


 

​Se apaga el día en la costa,

viste el mar de manto herido,

mientras el sol de Galicia

va buscando su escondite.

​Un destello de oro viejo

va pintando los abismos,

y en las aguas de Coruña

brilla un sendero encendido.

​Lejos se dibuja el faro

como un guardián del destino,

frente a un lienzo de ceniza

y de nubarrones grises.

​El Atlántico susurra

viejos versos clandestinos,

historias de marineros

que las olas han traído.

​Quédate, luz de la tarde,

en el pecho sumergida,

que la noche ya despierta

con su calma de infinito.

 

Fotógrafo : Carlos Blanco Cubeiro

La Coruña, España.

ROMANCE AL OCASO DE LA CORUÑA.




 

 

​Se apaga el día en la costa,

viste el mar de manto herido,

mientras el sol de Galicia

va buscando su escondite.

​Un destello de oro viejo

va pintando los abismos,

y en las aguas de Coruña

brilla un sendero encendido.

​Lejos se dibuja el faro

como un guardián del destino,

frente a un lienzo de ceniza

y de nubarrones grises.

​El Atlántico susurra

viejos versos clandestinos,

historias de marineros

que las olas han traído.

​Quédate, luz de la tarde,

en el pecho sumergida,

que la noche ya despierta

con su calma de infinito.

 

 


OCTAVAS DE LA ARENA Y EL FARO

 






(Octavas reales)

 

​La mansa arena de la playa hermosa

recibe el beso azul del mar bravío,

donde Coruña se alza generosa

frente al Atlántico lejano y frío.

La brisa arrastra un aura misteriosa,

un eco antiguo de épico navío,

y el alma vuela libre en la distancia

buscando el faro de su dulce infancia.

 

​El sol de tarde sobre el mar derrama

destellos de oro y místicas leyendas,

el viejo faro con su luz proclama

que el alma busque sus antiguas sendas.

La arena guarda lo que el pecho ama

rompiendo el lazo de las turbias prendas,

y el caminante escucha conmovido

el tierno arrullo que la mar ha unido.

 

 

Inspiradas en la fotografía del escritor

Carlos Blanco Cubeiro.

La Coruña, España

AL CÓMPLICE DE LA PALABRA

 



(Octava real)

 

​A Jose Passa, en su cumpleaños

 

​Vuela el verso sutil que el alma teje

cruzando el mapa hasta la gran platea,

donde el afecto noble no se aleja

y en suelo argentino la luz clarea.

Que la distancia el lazo no desmeje

cuando la voz del arte nos recrea;

hoy celebro tu vida, buen lector,

que guardas mis escritos con honor.

 

​Que el tiempo en su girar te entregue calma,

un horizonte azul de dicha plena,

que la salud y el bien inunden tu alma

y se disipe el peso de la pena.

Hoy la poesía con fervor te aplama,

y en tu rincón del sur la estrofa suena:

¡Feliz cumpleaños, Jose, amigo fiel,

que el año nuevo te traiga su laurel!



Imagen Google

LAZO DE ETERNIDAD

 



(Romance)

 

​Rimando estoy en tus brazos

nuestro venerable amor,

mientras el tiempo deshace

las sombras de su dolor.

​Qué dulce se vuelve el verso

si lo dicta tu calor,

dibujando eternidades

en un lienzo de fulgor.

​Somos la rima perfecta,

el latido y el clamor,

que va bordando la vida

con hilos de suave sol.

​No hay noche que nos apague,

ni viento de desamor,

si me refugio en tu pecho

y tú eres mi protector.

​Gracias, Alf, mi gran amor,

sin ti la vida es vacía,

eres el faro constante

que va guiando mis días.

​Tus manos son mi refugio,

tu voz es mi melodía,

y en este abrazo de letras

nace la paz que hoy es mía.

​Él es y será en mi vida

mi primer y último amor,

el principio de mi canto,

el destino de mi voz.

​No hay distancia que nos borre,

ni horizonte sin su sol,

porque en su pecho resido

y en sus brazos soy quien soy.

​Amo de ti no tu cuerpo,

tu alma pura y tu bondad,

ese brillo que no cambia

y que me entrega la paz.

​Me enamora tu hondo río,

tu noble y clara verdad,

el refugio de tus ojos

donde habita mi heredad.

​Si no esta vida o la otra

nos brinde la eternidad,

sé que más allá del tiempo

nuestro lazo vivirá.

​Porque un amor de esta fuerza,

hecho de luz y verdad,

no se acaba con la muerte:

se vuelve inmortalidad.

EL MAR Y LAS LETRAS

 




(​Octavas Reales)

Para el escritor Luis Pérez.

 

​Estudioso del verbo y su nobleza,

dejaste tu impronta en alta mar,

luchando con las olas y la braveza,

poniendo en cada rumbo tu cantar.

Hoy sumas años llenos de grandeza,

setenta y seis razones de admirar;

el viejo marinero de la prosa

convierte la palabra en una rosa.

 

​Del soneto eres padre y soberano,

arquitecto de rimas y destellos,

la décima cultivas con tu mano,

creando mil universos de los bellos.

No hay género que intentes que sea en vano,

pues dejas en el arte tus cabellos;

¡feliz cumpleaños, maestro don Luis,

que tu pluma nos haga siempre feliz!

 

martes, 7 de julio de 2026

LA LICENCIA DEL SOÑADOR

 



 

​El poeta es un romántico empedernido.

Vive tejiendo sueños

inventados por él mismo,

se inventa amores y también desamores,

mas nunca deja de soñar.


​Escribe tantas mentiras,

su licencia es permitida,

pues teje con sus delirios

un mapa para la vida.


​En qué silencio se guarda

su tristeza el alma herida,

fingiendo que es feliz frente

al teatro de la vida.


​Y hace suyas las ajenas

penas de cualquier extraño,

fingiendo inmensa alegría

mientras madura su daño.


​De noche llora en silencio,

como todo gran poeta,

transcribe el dolor que siente

en su soledad secreta.


​Nadie ve el pecho que sangra

ni la herida que ha sufrido,

pues borra todo su rastro...

¡con un verso bendecido!

BASTÓN SAGRADO


 




¡Feliz Cumpleaños querido hermano!

 

​De siete hermanos, el bastón sagrado,

fuiste el pilar de amor y de entereza;

cuando la enfermedad te dio el legado

de sostener la casa y su grandeza.

Dejaste la escuela, hombre abnegado,

para alejar del techo la tristeza,

y que nosotros, gracias a tu empeño,

lográramos cumplir nuestro gran sueño.

 

​Segundo padre eres por tu guía,

altruista, tierno, esposo generoso,

que das al mundo paz y alegría,

hombre de bien, ejemplar y afectuoso.

Junio te abraza en este claro día,

por tu San Juan y tu natal dichoso,

¡qué gran orgullo en tu vivir fecundo,

bendito seas, el mejor del mundo!

MI HOMENAJE A, MA

 




(Enéada y redondillas)

 

Tiene raíz mexicana. Selene meció su cuna.

Es del versar soberana, la rima es su gran fortuna.

La poesía engalana, con su sol y con su luna.

 

Con tu azteca sencillez viajas por este camino,

que exige gran rigidez si poético es tu sino.

Sin asomo de altivez vas llegando a tu destino.

 

En el templo de las letras tienes colorista altar.

En todas almas penetras, siempre desde el verbo amar.

En versos te compenetras, eres poema sin par.

 

Hoy voy siguiendo las formas

de unas huellas mexicanas,

frescas, como las mañanas

que no transgreden las normas.

 

Me dirigen por el suelo

donde pisan los poetas

que lucen como cometas

cuando viajan por el cielo.

 

Doy gracias a la fortuna

que me ha concedido el don

de escuchar a un corazón

versando desde su cuna.

 

Zapata Carreón Gloria,

por, Ma, también conocida,

hoy mi pluma agradecida

te refleja aquí en mi historia.

 

Con mi grandiosa humildad

reverencio tu linaje,

y te plasmo mi homenaje

con poética beldad.

 

 

Crespo

23-Junio-2026.

ROMANCE A MI REYNOSA, TAMPS.


 




​Por los caminos del norte,

donde el progreso es eterno,

me abrió sus brazos Reynosa

con un cariño sincero.

Tierra de fuego y de industria,

de noble estirpe y empeño,

donde la vena petrolera

marcó el andar de mis viejos.

 

​Llegué con alma de leyes,

buscando el rumbo del texto,

en las aulas del Atlántico

donde sembré mis desvelos.

La abogacía llamaba,

pero pudo más el viento

de la palabra encendida,

de la poesía y el verso.

 

​Dejé la carrera trunca

por seguir un noble anhelo:

cambiar códigos y leyes

por el arte del ingenio.

¡Ay, mi Reynosa querida,

faro de mis trazos tiernos,

que arropaste con amor

a este corazón norteño!

 

​Neolonesa de nacimiento,

pero tuya por derecho,

Tamaulipas me dio el nido,

el impulso y el respeto.

Hoy te canto agradecida,

tierra de mi antiguo sueño,

donde la Musa y Poeta

encontró su propio cielo.

EN EL PATIO DE MI MADRE




(Romance)

 

En el patio de mi madre,

donde el sol despacio pasa,

se levanta un viejo nogal

que custodia nuestra casa.

Su corteza está curtida

por el tiempo y la distancia,

pero hoy sus ramas cantan

una antigua y dulce danza.

​Asomados entre el verde,

con timidez y templanza,

dos pequeños frutos brotan,

llenos de vida y confianza.

Son promesas de septiembre,

de cosechas en la infancia,

cuando el árbol nos regala

su sombra y su fiel constancia.

​¡Qué belleza ver la tierra

renacer con tal pujanza,

en el árbol de mi madre,

donde anida la esperanza!

MITO DESMENTIDO

 




(Octavas reales)

​No es el metal ni el pozo que perfora

la mano del humano en su ambición,

lo que estremece el suelo en mala hora

ni despierta del monstruo el corazón.

La hipótesis que el vulgo atiza y llora

carece de sustento y de razón;

el crudo que se extrae en la llanura

no altera de las placas la estructura.

​Del Caribe la placa se desplaza,

chocando con el sur de este hemisferio;

la roca que se frotan y rechaza

acumula energía en el misterio.

Boconó, San Sebastián se abraza

al Pilar en su trágico imperio;

son fallas que en la sombra, milenarias,

liberan fuerzas vivas, planetarias.

​El hombre solo toca la corteza,

un rasguño en la piel más superficial;

el sismo nace abajo, con fiereza,

a leguas del asfalto y del metal.

No culpes al petróleo de la alteza

de un golpe que es tectónico y ancestral;

la Tierra cruje viva, no inducida,

siguiendo su mecánica esculpida.


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ABRAZO A LA TIERRA HERMANA DE VENEZUELA




(Romance)

 

​Se estremece la distancia

con un crujido de pena,

al ver que la tierra ruge

y hiere a la Patria buena.

Nos duele tu herida abierta,

tu fe que la sombra frena,

y el eco de tu lamento

que en nuestras almas resuena.

 

​No estás sola en tu quebranto,

hermosa flor de llanura,

que desde tierras lejanas

se comparte tu amargura.

La poesía es un puente,

un lazo de luz segura,

que va a buscar a tus hijos

en medio de la noche oscura.

 

​Levanta el rostro, poema,

que tu valor no se rinde;

aquí te mandamos versos

donde el afecto se colinde.

Un fuerte abrazo de hermanos,

que el propio mapa deslinde,

para sanar los dolores

que esta tragedia te inflige.

EL GUARDIÁN DEL HOGAR

 



(Romance)

 

​En el patio de la madre

un viejo tronco ha de estar,

con la piel hecha de arrugas

y memorias que contar.

​Lleva escrito en su corteza

lo que el tiempo quiere hablar;

no doblaron su madera,

firme y noble en su lugar.

​Es un nido de recuerdos

que el amor vio cobijar,

raíz que abraza la tierra

donde es dulce regresar.

Tal los brazos de mamá

quien amorosa nos guía,

en su refugio encontramos

la más dulce profecía.

​Ese tronco es el testigo

de la entrega día a día,

de la mano que sostiene

con callada valentía.

​No hay invierno que marchite

tanta luz y cercanía;

en su sombra vive el alma

cobijada de alegría.

CAMINANDO VERSO A VERSO

 



 

Caminando va por los senderos,

camina por las calles,

cada instante es un verso,

cada imagen un romance,

cada mirada suya la vierte

en la poesía.

 

Ya vaya por los parques,

ya caminé por la vereda del río.

Escuchando a los pájaros

cantar en sus nidos,

a las gentes que cruzan los semáforos por la mañana

al trabajo.

 

Cada instante,

cada murmullo incesante,

cada nube y su brisa.

Los árboles jóvenes,

los retorcidos troncos añejos,

para Ma Gloria

todos son poesía,

todos son la esencia de la vida.

 

Caminando por los senderos

va creando mágicos versos,

octavas o romances para cada

pasó que le lleva adelante.

Así es Ma Gloria a cada instante.

Así es su sonrisa,

alma y romance,

Así camina paso a paso

pintando en el aire

sonetos,

octavas reales y bellos romances.

 

Así le habla a la luna,

a la lluvia y a la calma,

a los universos,

a la poesía y a los poetas

que se cruzan en su camino.

Caminando va verso a verso,

dejando sus huellas en las

calles, pero también en las almas.

Caminando verso a verso va

por su querida tierra: México.

 

 

Carlos Blanco Cubeiro

A Coruña, España.

28 de Junio de 2026

SONETO A LA HEREDERA DE LA MUSA

 




A Ma Gloria Carreón Zapata cuyos poemas me inspiran esta humilde composición.


Brotó del sol y del antiguo suelo,

heredera sutil de la razón,

que no precisa templos ni oración

para elevar su más profundo anhelo.


De Asbaje toma el canto en su alto vuelo,

la pluma viva, excelsa inspiración;

frente a los «hombres necios» de la unión,

alza su voz y rasga todo velo.


Su trenza blonda y sienes tal que el oro,

es de la nueva musa el propio altar,

donde la tinta es su mayor tesoro.


Mujer de luz que nunca ha de callar,

guardiana fiel de aquel saber sonoro,

nacida para el verso gobernar.


Luis Reyes Reyes,  junio de 2026.

EL ESPEJO EN LAS RUINAS




 

​El mundo a menudo se desmorona en silencio, sepultado bajo el peso de nuestra propia prisa y una alarmante indiferencia. Mientras la humanidad parece deshumanizarse entre pantallas frías y distancias autoimpuestas, la verdadera esencia del amparo y el cuidado mutuo emerge donde menos lo esperamos: entre el polvo gris y los cascotes de una tragedia.

​Bajo el abrazo opresivo del concreto colapsado, no hay discursos, egoísmos ni banderas. Solo hay un latido constante, una respiración contenida y una mirada profunda que custodia la fragilidad de una vida inocente. Un can, con los ojos cargados de una empatía ancestral que a los hombres parece habérsenos olvidado, dobla su cuerpo para convertirse en escudo. Se vuelve el techo, la caricia y el guardián de un niño que duerme ajeno al caos, cobijado por la lealtad más pura.

 ¿En qué momento intercambiamos el instinto de proteger al vulnerable por el hábito de mirar hacia otro lado? Es en la nobleza de este acto donde encontramos el espejo más limpio, y quizás más doloroso de lo que verdaderamente significa salvaguardar la vida. Una lección de humanidad dictada por quien no necesita palabras para demostrarla.

POR LOS CAMINOS DE ESPAÑA




(Romance)



​Por los caminos de España,

donde el recuerdo se aviva,

va mi alma desandando

las huellas de la partida.

​Crucé los cielos de Madrid,

su luz de piedra y de espinas,

mas fue el amor madrileño

el que cambió mi destino.


​Aquel idilio de fuego,

que el corazón no escatima,

lo vine a hallar en Valencia,

entre el azahar y la brisa.

​Pasé por Zaragoza luego,

vi de la Rioja sus viñas,

y en la vieja Calahorra

dejé la fe suspendida.


​Busqué la historia en Logroño,

Élite y su piedra altiva,

y en su calle de las tapas

vi la noche compartida.

​Doblé el paso por Pamplona,

tierra de fuerza y de vida,

y el Valle de Dinosaurios

me dio su huella antigua.


​Mas fue en el Barrio de Letras,

de ese Madrid que fascina,

donde encontré mi reflejo,

mi propia voz encendida.

​Me vine con la promesa,

que es juramento y es guía:

he de volver a tus sendas,

Barcelona prometida.


​Y guardo el mayor tesoro

que el propio viaje me dio:

un hermoso madrileño,

que en Valencia radicado,

me entregó su corazón.

MI PROMESA A ODIN

 



(Romance)

 

​En las playas de arena dorada,

donde el viento susurra al pasar,

se dibuja una tierna mirada

frente al cielo cansado del mar.

 

​Un can rubio de noble presencia,

con los ojos colmados de sol,

hoy comparte su dulce existencia

con el fuerte y guardián español.

 

​Es Odín, con su manto de noche,

labrador de rústica piel,

que corona su amor sin reproche

con un voto sagrado y fiel.

 

​Lleva rúnico lazo tallado,

viejo dios que ha venido a guiar,

al espíritu amado y dorado

que la arena ha aprendido a pisar.

 

​"Volveremos de nuevo a España",

fue el susurro que el viento llevó,

una alianza que el mar hoy acompaña

y que el tiempo en la costa grabó.

 

​Entre conchas de nácar y brillo,

con la Alhambra esculpida a sus pies,

un pergamino sella sencillo

lo que el alma promete esta vez.

 

​¡Oh, llamado del norte y la arena!

¡Vieja tierra que vuelve a llamar!

Terminada la dulce condena,

a tu suelo he de regresar.

LAS RAÍCES DE HIERRO






​Dicen los geólogos que la Tierra es solo un conjunto de placas tectónicas flotando a la deriva, pero yo sé que está viva. Lo sé porque mis manos, las mismas que han aprendido a leer el pulso de la vida y el peso de las palabras, comenzaron a temblar media hora antes. No era miedo; era una vibración sutil, un zumbido sordo que subía desde las plantas de mis pies y se instalaba en mi pecho.

​Esa tarde de junio, el aire de la

 ciudad se había vuelto denso, casi sólido, pintado de un color ocre extraño. En el balcón, los pájaros enmudecieron de golpe y mis mascotas buscaron refugio bajo la cama, con los ojos fijos en el suelo, escuchando el monstruo que despertaba en las profundidades.

​—Alfonso —, llamé hacia el estudio, intentando que mi voz mantuviera la calma, aunque la taza de porcelana que sostenía ya repicaba contra su plato—. Viene uno grande. Déjalo todo.

​No hubo tiempo para más. El aviso se convirtió en rugido.

​El suelo firme, ese que pisamos con la soberbia de creerlo eterno, se transformó en una ola embravecida. El crujido del concreto al desgarrarse es un sonido que se te queda grabado en la memoria para siempre; es el lamento de la materia que cede. Vi las paredes agrietarse como hilos de un tejido viejo que se rompe. El librero, testigo de tantas noches de lectura, volcó sus tesoros sobre el suelo en un desorden trágico.

​Fueron noventa segundos que parecieron mil lunas. Abrazada a Alfonso bajo el marco de la estructura principal, sentí cómo la gravedad jugaba con nosotros. Cerré los ojos y, en medio del estruendo de los vidrios estallando y el desplome de los edificios vecinos, me obligué a respirar. "Estamos de pie", me repetía mentalmente como un mantra, "seguimos de pie".

​Cuando el movimiento cesó, no hubo gritos. Lo primero que nos regaló el sismo fue un silencio sepulcral, espeso, cubierto por una neblina blanca de polvo y cal que lo borraba todo.

​Al abrir la puerta hacia la calle, el panorama era desolador. La avenida donde ayer caminábamos con tranquilidad era ahora una cordillera gris de escombros, un laberinto de hierro retorcido y lamentos ahogados. Pero fue en ese instante exacto, contemplando la destrucción, cuando sentí que algo se encendía dentro de mí. Una fuerza antigua, rígida y asombrosamente fría.

​Los edificios habían caído porque sus cimientos eran de piedra y arena, pero nosotros seguíamos allí. Nos sacudimos el polvo de la ropa y miré a Alfonso; en sus ojos vi el mismo reflejo. Nuestras raíces no estaban en el suelo traicionero. Eran raíces de hierro, y era momento de empezar a desenterrar la vida.

​Caminar sobre los escombros de lo que minutos antes era tu cotidianidad deforma la percepción del espacio. El polvo flotaba en el aire como una densa niebla blanca, tiñéndonos el cabello de un gris prematuro y resecándonos la garganta. El olor a gas y a tierra molida lo inundaba todo.

​—¡Hay que revisar la casa de la esquina! —, le dije a Alfonso, apretándole la mano con fuerza—. Doña Elena y los niños estaban ahí.

​Nos abrimos paso entre postes de luz caídos y cables que colgaban como lianas peligrosas. A nuestro alrededor, otros vecinos comenzaban a salir de entre las ruinas de sus portones. Al principio, nos mirábamos con el asombro mudo de los sobrevivientes, comprobando con una mirada rápida que el otro seguía entero. Pero el letargo duró poco. Ante el primer llanto que se escuchó desde una estructura colapsada, el vecindario reaccionó.

​No había herramientas, no había rescatistas oficiales aún, ni uniformes, ni directrices. Solo estábamos nosotros, con nuestras ropas de lino cubiertas de cal y las manos desnudas.

​Nos unimos en una cadena humana frente a lo que quedaba de la estancia infantil del barrio. El crujido de las piedras al ser removidas marcaba el ritmo de nuestro pulso acelerado. Un hombre joven que jamás había cruzado palabra conmigo cargaba bloques de concreto que en otro momento habrían parecido imposibles de levantar; la adrenalina nos dotaba de una fuerza prestada, una resistencia metálica.

​—¡Silencio! —, gritó alguien al frente—. ¡Escuchen!

​Todos contuvimos la respiración. En ese instante, el universo entero se redujo al espacio entre dos piedras. Un quejido sutil, como el maullido de un gato asustado, llegó desde el fondo del túnel improvisado. Nos miramos. No hacían falta palabras. Volvimos a excavar con una furia renovada, ignorando el dolor de las uñas rotas y el cansancio que amenazaba con doblarnos las rodillas.

​Cuando la primera pequeña fue extraída de los escombros, intacta, cubierta de polvo pero con los ojos de par en par, un suspiro colectivo limpió el aire. Se la pasaron de mano en mano hasta llegar a mis brazos. La estreché contra mi pecho, sintiendo el galope desbocado de su pequeño corazón.

​—Ya estás a salvo, mi vida —, le susurré, limpiándole la carita con el dobladillo de mi blusa—. Ya pasó.

​Miré a mi alrededor y vi los rostros cansados, sudorosos y manchados de mis vecinos. Éramos una estampa extraña, un poema escrito con escombros y solidaridad. La Tierra podía seguir temblando bajo nuestros pies si quería, pero esa tarde entendimos algo fundamental, las paredes se caen, los techos se desploman, pero la dignidad y el amor al prójimo forman una estructura que ningún sismo, por más feroz que sea, tiene la fuerza para derrumbar.

​La noche no llegó cayendo del cielo; pareció brotar de la misma tierra, como un manto oscuro que pretendía sepultar el dolor de la tarde. Sin energía eléctrica, la ciudad se sumió en una penumbra prehistórica, rota únicamente por las fogatas improvisadas con maderas de los escombros y las luces temblorosas de algunos teléfonos móviles.

​Nos instalamos en el parque comunitario, el único espacio abierto donde el cielo no amenazaba con venirse abajo. El frío de junio comenzó a calar en los huesos, arrastrando una brisa húmeda que se mezclaba con el olor a humo.

​Alfonso y yo nos sentamos sobre una manta en el césped. Mi mente, sin embargo, volaba lejos de allí, cruzando fronteras y distancias invisibles. La falta de señal telefónica era una tortura silenciosa. Pensaba en mi hija Ariadna, en mis nietos Emilio, Dana y Emilia... ¿Habrían sentido el temblor? ¿Estarían a salvo bajo algún techo seguro? Y mi hijo, tan lejos, al otro lado del mundo, seguro estaría intentando marcar mi número una y otra vez, devorado por la angustia de ver las noticias internacionales sin poder escuchar mi voz. Miraba la pantalla inerte de mi teléfono, rezando en silencio para que una sola barra de señal me devolviera la paz.

​—Van a estar bien —, me dijo Alfonso, rodeándome los hombros con su brazo, adivinando mis pensamientos—. Son fuertes. Llevan tu misma sangre.

​Asentí, recostando la cabeza en su pecho. Pero la tregua duró poco.

​A la medianoche, un bramido profundo y cavernoso viajó bajo nuestros cuerpos. No era un ruido que se escuchara con los oídos; se sentía directamente en el estómago, un latido violento de las entrañas del planeta. El suelo se sacudió de izquierda a derecha con una oscilación pesada. La réplica.

​El pánico, que había permanecido dormido bajo el cansancio, despertó de golpe. Los niños lloraron, las mujeres se abrazaron y los hombres se pusieron en pie de un salto, mirando hacia la silueta oscura de los edificios dañados que crujían a lo lejos. El miedo es una sombra contagiosa, pero en ese instante me obligué a recordar quién era. Había sobrevivido a la tarde; no iba a entregarme a la noche.

​—¡Mantengan la calma! —, alcé la voz, con una firmeza que ni yo misma sabía de dónde extraía—. Estamos en un lugar seguro, aquí la tierra se puede mover, pero nada nos va a caer encima. Abraza a los niños, no los dejes mirar las sombras.

​Poco a poco, el murmullo de terror se fue apaciguando, transformándose en un susurro de oraciones y palabras de aliento. Alguien trajo un jarro de café caliente hecho a la leña, y compartir el calor de esa taza de mano en mano fue como un pacto de sangre.

​Bajo ese cielo estrellado que parecía mirar nuestra fragilidad con indiferencia, entendí el verdadero sentido de nuestra historia. Los terremotos derrumban el orgullo de los hombres, sus lujos y sus certezas de cemento. Pero allí, sentados en la tierra viva, compartiendo el pan con desconocidos y velando el sueño de los hijos de otros, comprendí que la noche podía ser eterna y la tierra podía seguir quebrándose... pero nosotros ya habíamos aprendido a florecer en el invierno de las piedras.

​La madrugada se fue disolviendo en un tono grisáceo, frío, que poco a poco devolvió la forma a las siluetas de la destrucción. El amanecer no trajo la calidez de otros días; trajo la cruda certeza de lo que nos tocaba enfrentar. Las fogatas ya eran solo cenizas humeantes y el cansancio se reflejaba en los rostros cubiertos de polvo de todos los que pasamos la noche en vela, con el cuerpo tenso, esperando el siguiente vaivén del suelo.

​Permanecía sentada junto a Alfonso, con la mirada fija en la pantalla inerte de mi teléfono. La incomunicación era un muro invisible pero implacable.

​De pronto, un sonido agudo y repetitivo rompió el murmullo del campamento. Mi teléfono vibró con una ráfaga de notificaciones que entraron de golpe, como un torrente de agua en tierra seca. Un hilo de señal había vuelto.

​Con las manos temblorosas, apreté el aparato contra mi pecho antes de mirar. El primer mensaje en la pantalla era de mi hija Ariadna. —Mamá, estamos bien. Los niños están a salvo, Emilio cuidó de Dana y Emilia todo el tiempo. Por favor, dime que estás viva—. Un suspiro que parecía retenido desde la tarde anterior se me escapó del alma, limpiándome el pecho de toda la angustia acumulada.

​Inmediatamente después, entró la llamada desde el extranjero. Esa voz que cruzaba océanos y distancias, cargada de una desesperación que se derramaba por el auricular.

​—¡Mamá! ¡Dios mío, mamá! Vi las noticias... no entraban las llamadas... —la voz de mi hijo se quebró al otro lado de la línea.

​—Estoy bien, hijo. Estamos bien —, le respondí, y por primera vez en casi veinticuatro horas, una lágrima rebelde logró surcar el polvo de mi mejilla—. Alfonso y yo estamos a salvo. La casa sufrió, la ciudad está herida, pero nosotros estamos enteros. No te preocupes, tu madre tiene raíces de hierro, ¿recuerdas?

​Escuchar su respiración aliviada al otro lado del mundo fue el verdadero amanecer para mí. Corté la llamada sabiendo que, aunque la distancia nos separaba físicamente, el amor es una frecuencia que ningún sismo puede derribar.

​Me puse en pie, sacudiéndome el lino de la ropa. El sol de junio empezaba a calentar el ambiente, iluminando las montañas de escombros. Miré a mi alrededor: los vecinos se desperezaban, algunos compartían los pocos víveres que habían rescatado, y un grupo ya se organizaba con palas y picos para reanudar el apoyo.

​La Tierra nos había recordado nuestra enorme fragilidad, es cierto. Pero al mirar la determinación en los ojos de Alfonso y la solidaridad que florecía entre desconocidos, supe que la reconstrucción no comenzaría en las avenidas, sino en los corazones. Nos esperaba un trabajo monumental, pero estábamos listos para levantar la vida, piedra por piedra.

​Es una ironía casi dolorosa de nuestra condición, el ser humano pasa la vida construyendo muros invisibles. Nos encerramos en el egoísmo diario, en la prisa estéril, en la soberbia de creer que lo que poseemos nos hace diferentes o mejores que el que camina al lado. Miramos al prójimo a través del cristal empañado de la indiferencia.

​Pero entonces, llega el sismo.

​Es como si la Tierra, harta de nuestra ceguera, diera un golpe seco sobre la mesa para sacudirnos el cerebro. El terremoto no solo fractura el concreto; fractura las corazas del orgullo. En esos noventa segundos de pánico, donde el millonario y el desposeído miran el mismo techo amenazando con sepultarlos, la escala de valores del mundo entero se desploma más rápido que los edificios. Las pertenencias se vuelven polvo, los títulos se vuelven humo y lo único que queda es la desnudez de nuestra propia existencia.

​Es ahí, en medio de la desgracia más absoluta, donde ocurre la metamorfosis más sublime. El miedo, en lugar de aislarnos, nos vuelve altruistas por puro instinto de supervivencia espiritual. El cerebro, sacudido por el estruendo de la caída, despierta de su letargo y comprende una verdad que la comodidad le había hecho olvidar: que nadie se salva solo.

​Vi a hombres que jamás habían compartido el saludo tender la mano con una desesperación sagrada para levantar a un extraño. Vi a mujeres dividiendo su único trozo de pan en cuatro partes para alimentar a hijos ajenos. El dolor colectivo opera un milagro místico; nos borra el "yo" y nos devuelve el "nosotros". Nos quita la venda de la hipocresía para hacernos ver, por fin, que el otro es mi hermano.

​Es triste pensar que necesitemos que el suelo se abra bajo nuestros pies para que se nos abra el corazón. Pero ver esa marea de solidaridad humana abriéndose paso entre las ruinas me devolvió la fe. La Tierra tiembla para recordarnos que somos polvo; pero la forma en que nos unimos demuestra que somos un polvo bendito, capaz de florecer con dignidad incluso sobre la piedra rota.

LEGADO DE LUZ

  (A MI PADRE)   ​Sigue tu luz en mi mente, en mi pecho y mi mirada, como un faro que no duerme en la noche más callada. Hoy t...