El
Refugio de los Recuerdos
El viento fresco de la mañana
acarició su rostro y despeinó su larga cabellera alba. Entró ululando por las
rendijas de la cabaña, alborotando las cortinas que, suspendidas del dosel,
danzaban a su compás. Waldina se quedó inmóvil, con la mirada fija en ese baile
de telas, hundida en el laberinto de sus propios pensamientos.
Tras un momento, se puso de pie
y se dirigió a la pequeña mesa lateral. Sobre ella descansaba el retrato de un
joven muy apuesto. Lo tomó con la delicadeza de quien sostiene un tesoro
frágil, acariciándolo y oprimiéndolo contra su pecho. No pudo evitarlo: una
lágrima cálida rodó por sus mejillas. Así transcurrían sus días, habitando el
eco de los recuerdos.
Había ocasiones en que la
lectura era su único refugio. Le gustaba tanto Bécquer que recitaba de memoria
pasajes de su leyenda toledana, La Ajorca de Oro, que antaño leía junto a su
antiguo enamorado:
«Él
la amaba; la amaba con ese amor que no conoce frenos ni límites; la amaba con
ese amor en que se busca un goce y solo se encuentran martirios; amor que se
asemeja a la felicidad, y que, no obstante, diríase que lo infunde el cielo
para la expiación de una culpa».
Suspiraba, enjugándose los ojos,
para luego repetir el texto una y otra vez. Buscaba en las palabras del poeta
una explicación a la injusticia que la vida había cometido con ella. Aún podía
sentir el olor a salitre y brea de aquella tarde gris en el muelle. Ramiro, su
marinero, le había prometido que sería su último viaje; que, al volver, la tierra
firme sería su único hogar. Ella lo vio subir a la embarcación con esa sonrisa
que desafiaba a las tormentas, pero el horizonte se tragó el barco. Días
después, solo regresaron los restos de madera astillada y el silencio de las
autoridades. No hubo cuerpo que enterrar, ni tumba donde llorar; solo el rumor
del oleaje que, desde entonces, le pareció una voz llamándola por su nombre.
Buscando paz, Waldina solía
caminar por la ribera. El murmullo continuo del agua arrastrando las piedras se
asemejaba a una melodía celestial que se expandía por toda la campiña. Ese
fluir eterno y el lozano frescor del verde la trasladaban a un mundo mágico,
haciéndola sentir libre como las aves, como el mismo viento.
Se dirigió al huerto para
recoger repollos, frutas y hierbas de olor. No se arrepentía de haber dejado la
gran urbe; era feliz en el campo donde pasó su infancia. Su padre le había
heredado ese pequeño paraíso perdido en la serranía y le había enseñado los
secretos de la tierra. Había aprendido a sobrevivir y a convivir con el dolor
que la visitaba a diario. Huía del bullicio, del estrés y de la violencia que
eran el pan nuestro de cada día en la ciudad.
—No me arrepiento de esta
decisión. Aquí, yo decreto mis propias leyes —pensaba para sí.
Su aislamiento solo se
interrumpía con la visita de Vicente, hijo de una antigua amiga. El joven
llegaba cargado de comestibles y de insistentes consejos.
—Waldina, esto no es vida —dijo
Vicente en su última visita, mirando con desaprobación las sombras de la
cabaña—. Los seres humanos somos sociables por naturaleza, no podemos vivir
aislados. En la ciudad tienes hospitales, seguridad... aquí solo te escucha el
río.
Waldina sonrió con una lucidez
que incomodó al joven.
—Confundes la compañía con la
presencia, Vicente. En la ciudad estaba rodeada de gente y nunca me sentí más
sola. Aquí, hablo con el viento y me contesta. Tu mundo corre detrás del
tiempo; el mío deja que el tiempo pase. No soy una isla, soy parte de la
montaña.
—Es una locura romántica
—insistió él—. Estás viviendo de fantasmas.
—Prefiero un fantasma que me amó,
a una multitud que no sabe quién soy.
Vicente se marchó, pero ella
permaneció firme. Había aprendido el lenguaje de la naturaleza. La tierra le
brindaba paz y sabiduría al sentirse cerca, cada día, de su leal recuerdo.
En invierno, disfrutaba de la
soledad frente a la chimenea con la leña que ella misma cortaba en verano. A
veces, abría su álbum de fotografías e interrogaba al tiempo: ¿Qué habría sido
de él? Entonces la abrazaba la nostalgia, remontándola a los años en que soñó
ser feliz junto a Ramiro.
Al caer la noche, se paraba
frente a la ventana a contemplar el inmenso manto estrellado. Revivía los
juramentos de amor que su amado le profesara un día, palabras que se habían
perdido en el extravío del mar pero que en su memoria seguían intactas. La vida
le había enseñado que nada es permanente y que, al final del camino, una sola
es dueña de sus propios recuerdos.
Autora: Ma. Gloria Carreón Zapata.
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