viernes, 18 de noviembre de 2022

WALDINA


 





El Refugio de los Recuerdos


 

​El viento fresco de la mañana acarició su rostro y despeinó su larga cabellera alba. Entró ululando por las rendijas de la cabaña, alborotando las cortinas que, suspendidas del dosel, danzaban a su compás. Waldina se quedó inmóvil, con la mirada fija en ese baile de telas, hundida en el laberinto de sus propios pensamientos.

​Tras un momento, se puso de pie y se dirigió a la pequeña mesa lateral. Sobre ella descansaba el retrato de un joven muy apuesto. Lo tomó con la delicadeza de quien sostiene un tesoro frágil, acariciándolo y oprimiéndolo contra su pecho. No pudo evitarlo: una lágrima cálida rodó por sus mejillas. Así transcurrían sus días, habitando el eco de los recuerdos.

​Había ocasiones en que la lectura era su único refugio. Le gustaba tanto Bécquer que recitaba de memoria pasajes de su leyenda toledana, La Ajorca de Oro, que antaño leía junto a su antiguo enamorado:

 

​«Él la amaba; la amaba con ese amor que no conoce frenos ni límites; la amaba con ese amor en que se busca un goce y solo se encuentran martirios; amor que se asemeja a la felicidad, y que, no obstante, diríase que lo infunde el cielo para la expiación de una culpa».

 

​Suspiraba, enjugándose los ojos, para luego repetir el texto una y otra vez. Buscaba en las palabras del poeta una explicación a la injusticia que la vida había cometido con ella. Aún podía sentir el olor a salitre y brea de aquella tarde gris en el muelle. Ramiro, su marinero, le había prometido que sería su último viaje; que, al volver, la tierra firme sería su único hogar. Ella lo vio subir a la embarcación con esa sonrisa que desafiaba a las tormentas, pero el horizonte se tragó el barco. Días después, solo regresaron los restos de madera astillada y el silencio de las autoridades. No hubo cuerpo que enterrar, ni tumba donde llorar; solo el rumor del oleaje que, desde entonces, le pareció una voz llamándola por su nombre.

​Buscando paz, Waldina solía caminar por la ribera. El murmullo continuo del agua arrastrando las piedras se asemejaba a una melodía celestial que se expandía por toda la campiña. Ese fluir eterno y el lozano frescor del verde la trasladaban a un mundo mágico, haciéndola sentir libre como las aves, como el mismo viento.

​Se dirigió al huerto para recoger repollos, frutas y hierbas de olor. No se arrepentía de haber dejado la gran urbe; era feliz en el campo donde pasó su infancia. Su padre le había heredado ese pequeño paraíso perdido en la serranía y le había enseñado los secretos de la tierra. Había aprendido a sobrevivir y a convivir con el dolor que la visitaba a diario. Huía del bullicio, del estrés y de la violencia que eran el pan nuestro de cada día en la ciudad.

​—No me arrepiento de esta decisión. Aquí, yo decreto mis propias leyes —pensaba para sí.

​Su aislamiento solo se interrumpía con la visita de Vicente, hijo de una antigua amiga. El joven llegaba cargado de comestibles y de insistentes consejos.

—Waldina, esto no es vida —dijo Vicente en su última visita, mirando con desaprobación las sombras de la cabaña—. Los seres humanos somos sociables por naturaleza, no podemos vivir aislados. En la ciudad tienes hospitales, seguridad... aquí solo te escucha el río.

​Waldina sonrió con una lucidez que incomodó al joven.

—Confundes la compañía con la presencia, Vicente. En la ciudad estaba rodeada de gente y nunca me sentí más sola. Aquí, hablo con el viento y me contesta. Tu mundo corre detrás del tiempo; el mío deja que el tiempo pase. No soy una isla, soy parte de la montaña.

—Es una locura romántica —insistió él—. Estás viviendo de fantasmas.

—Prefiero un fantasma que me amó, a una multitud que no sabe quién soy.

​Vicente se marchó, pero ella permaneció firme. Había aprendido el lenguaje de la naturaleza. La tierra le brindaba paz y sabiduría al sentirse cerca, cada día, de su leal recuerdo.

​En invierno, disfrutaba de la soledad frente a la chimenea con la leña que ella misma cortaba en verano. A veces, abría su álbum de fotografías e interrogaba al tiempo: ¿Qué habría sido de él? Entonces la abrazaba la nostalgia, remontándola a los años en que soñó ser feliz junto a Ramiro.

​Al caer la noche, se paraba frente a la ventana a contemplar el inmenso manto estrellado. Revivía los juramentos de amor que su amado le profesara un día, palabras que se habían perdido en el extravío del mar pero que en su memoria seguían intactas. La vida le había enseñado que nada es permanente y que, al final del camino, una sola es dueña de sus propios recuerdos.




Autora: Ma. Gloria Carreón Zapata.

@copyrigth


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