miércoles, 7 de diciembre de 2022

CUANDO EL GRUÑIDO SE HIZO, ¡JO, JO, JO!

 



 

 

​Crecí en Villa de Fuente, en el Estado de Coahuila, un lugar rodeado por el Río Escondido, el cual desemboca en el famoso Río Bravo (o Río Grande) que divide Piedras Negras (Coahuila) de Eagle Pass (Texas). En aquel entonces, las callecillas eran de tierra. En tiempos de lluvia, me gustaba disfrutar del penetrante y embriagador aroma a tierra mojada. Por las noches, acostumbraba a juguetear con las fantásticas luciérnagas. En ese lugar predominaban los árboles de nogal que rodeaban la casa donde pasé gran parte de mi inolvidable infancia.

​Nuestra casa estaba situada sobre la calle Mina. Los vecinos de enfrente tenían una pequeña tienda, atendida por un matrimonio ya entrado en edad: Arturo y Carmela.

​A ella, supongo que la llamaban Carmela porque todos le decían "Doña Mela". Era una mujer atenta, educada, y aunque no recuerdo que tuvieran hijos, le gustaban los niños. Pero al señor Arturo, ¡ay, el señor Arturo!, no le agradábamos para nada. Los niños de la Villa lo asemejábamos a un ogro gruñón, por huraño y descortés.

​Yo era la que más le temía a los chillidos que pegaba cuando, algunas veces, la pelota se nos escapaba y caía en su patio.

​Al entrar a la tienda, lo saludábamos, pero no recuerdo haber escuchado siquiera una sola vez que respondiera nuestro saludo. Yo tendría unos cinco años, y lo llamaba "Doña Arturo", lo cual siempre le molestaba.

​—¡No me llamo "Doña" Arturo, niña! —Me corregía ofendido.

​—Sí, "Doña Arturo", ya lo escuché —Respondía yo, temerosa y disculpándome.

​Nunca me ha gustado que me levanten la voz; eso es lo que más detesto de una persona.

​Así que ese hombre había logrado que yo le tuviera tirria, más cuando pegaba un tremendo "alarido" para apurarnos a desaparecer de su vista, y decía:

—¡Pidan rápido lo que van a llevar y se salen, pero ya!

​Salíamos apresurados, porque lograba asustarnos tanto que a veces olvidábamos comprar algunas golosinas. Sin embargo, varias veces logré ver de soslayo cómo se reía al vernos salir corriendo y empujándonos entre sí, ansiosos por caber todos por la angosta puerta del negocio al mismo tiempo.

​Un día fui a comprar unas latas de leche condensada para que mi madre nos preparara, a mis dos hermanos y a mí, el delicioso dulce de leche y nuez que tanto nos gustaba. Era la temporada en que el árbol de nogal dejaba caer su suculento y nutritivo fruto.

​Al entrar a la tienda, vi que solo se encontraba "Doña Mela" atendiendo el mostrador, y sentí un gran alivio. Pero como los niños son curiosos, le pregunté por el señor Arturo.

​—Él está en cama —respondió ella, con una sombra de preocupación—. Tiene días que no quiere comer nada y eso me tiene acongojada.

​Al llegar a casa, le comenté a mi madre que el vecino se encontraba delicado de salud. Tomé mi pequeña canasta y me dirigí al patio a recoger los deliciosos higos, granadas y nueces de nuestra cosecha. Pero esta vez no eran para repartir a mis amiguitos.

​Me crucé la calle y fui a entregarle la canasta a Doña Mela. Ella, al abrir la puerta, se sorprendió de que esa tarde no fuera acompañada de mis "cuatachos", como ella llamaba a mis amigos. Le entregué la pequeña canasta y le pedí de favor que se la diera a "Doña Arturo". Ella, esbozando una dulce sonrisa, agradeció el gesto y me acompañó hasta cruzar la calle de regreso a casa.

​Se acercaba la víspera de Nochebuena. Una de esas tardes en que jugábamos pelota en la calle, el señor Arturo nos llamó.

​—¡Acérquense, niños! Quiero decirles algo muy importante.

​Sorprendidos y temerosos a la vez, escondiéndonos unos detrás de otros, nos acercamos hacia donde él se encontraba.

​—Les he organizado una posada navideña para este sábado. Espero que ningún niño falte —dijo, ¡y sonaba emocionado!

​Mirándonos unos a otros con asombro, solo asentimos con la cabeza y luego nos retiramos de su, hasta entonces, nefasta presencia.

​El día señalado nos presentamos a la hora indicada. Su esposa y él ya tenían colgada la piñata. En un canasto estaban las bolsitas de dulces, y las mesas estaban arregladas con manteles de plástico decorados con imágenes navideñas.

​Esa tarde fue inolvidable. El ogro se había convertido en un simpático Santa Claus. Aunque me di cuenta de que el traje le quedaba corto, la barba de algodón no me dejaba ver si sonreía o si conservaba la mueca de amargura que traía pintada en su rostro casi a diario.

​De pronto, un tremendo grito me hizo pegar un gran susto:

​—¡Jo, Jo, Jo! —Se dejó escuchar, y luego: —¡FELIZ NAVIDAD!

​En medio de tanta algarabía, apenas alcancé a escuchar las palabras que decía, pero creo que eran estas:

 

​Esta Navidad les deseo

dicha y prosperidad.

Niños de mi Villa, ¡los amo!

y nunca los podré olvidar.

Gracias por hacerme feliz

y les juro que nunca más

volveré a gritar.

​Todos los asistentes, que éramos muchos, nos miramos sorprendidos y corrimos a abrazar al ogro que tantas veces nos había asustado con su mal carácter y sus gritos.

​—¡Feliz Navidad! —gritábamos todos al unísono.

​Después de romper la piñata, comimos unos deliciosos tamales que la misma Doña Mela nos había preparado con tanto amor, acompañados de un delicioso y humeante champurrado. Santa, quien había dejado de ser el ogro, nos iba entregando las bolsitas repletas de colaciones, cacahuates, naranjas y demás dulces.

​Cuando tocó mi turno de entrega, me regresó la canasta en la que le había llevado los higos, granadas y nueces. Me miró a los ojos fijamente por un momento y solo murmuró:

​—Gracias, pequeño diablito —(Ese apodo me hizo sonreír).

​Al abrazarme, vi a través del disfraz cómo unas cuantas lágrimas escapaban de sus ojos rodando por su adusto rostro.

​Y desde esa vez, cumplió la promesa de nunca más volver a gritar como loco desaforado.



 

 

Autora : Ma Gloria Carreón Zapata.

@copyright.

 

 

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