viernes, 17 de noviembre de 2023

JURAMENTO DE AMOR.


 

                                                                                       


 




 

Corina Morcin poseía una belleza serena y profunda: piel morena, grandes ojos expresivos y una cascada de rizos que enmarcaban su figura esbelta. Era una mujer de corazón transparente que dividía sus días entre la honestidad de su trabajo como cajera de medio tiempo y sus sueños de justicia en la facultad de Leyes.

​Huérfana desde los tres años, Corina creció bajo el ala de su abuela Melita. Aunque la ausencia de sus padres era una cicatriz silenciosa, la calidez de su hogar nunca permitió que le faltara lo esencial: amor y cuidados. Esa estabilidad fue el cimiento que le permitió conocer al amor de su vida, Antonino Arruñada, un joven estudiante de arquitectura.

​Antonino era su contraste perfecto: alto, de tez clara y cabello negro como el azabache. Su mirada clara siempre dejaba ver la admiración absoluta que sentía por Corina. Eran felices, aunque sus mundos apenas se rozaran en los pasillos de la universidad o en las breves visitas dominicales en casa de Melita. Sin embargo, la tragedia acechaba en una tarde de tedio invernal. Bajo una lluvia torrencial, Corina caminaba a casa tras una jornada agotadora. Absorta en sus pensamientos y limitada por su paraguas, no vio el vehículo que, a gran velocidad, la lanzó contra el frío pavimento.

​Gracias a un transeúnte, fue trasladada al hospital. El diagnóstico trajo alivio —"solo ha sido el golpe", sentenció el médico—, pero el dolor físico era menor que su angustia: temía que la noticia fracturara la frágil salud de su abuela. En medio de esa zozobra, la puerta de la habitación se abrió como un rayo de luz. Era Antonino. El miedo en sus facciones se suavizó al verla viva. Se inclinó para besarla y acomodó un ramo de rosas rojas en el buró.

​—¿Qué pasó, mi vida? —preguntó él con voz trémula.

​Tras el relato, el silencio se llenó con la sombra de la realidad social. Corina sabía que la familia de Antonino, influenciada por las calumnias de Vanessa (su exnovia) y prejuicios sobre su origen humilde, la rechazaba profundamente.

​—Sé que tu familia cree que mereces a alguien diferente —murmuró ella—. Que no soy más que una aventura o un capricho.

​—Te amo por sobre todas las cosas, Corina —respondió él con firmeza—. Juro que, al terminar nuestras carreras, uniremos nuestras vidas. Veremos juntos cada nuevo amanecer.

​Esa promesa fue puesta a prueba de inmediato. La paz fue profanada por doña Leonor, la madre de Antonino, quien irrumpió en el hospital con desprecio. Ignorando a Corina, humilló su origen y mencionó las infamias de Vanessa: fotos manipuladas que circulaban en la universidad para destruir la reputación de la joven. Antonino defendió a Corina con una rabia que nunca había mostrado, pero la semilla del conflicto ya estaba plantada.

​Al regresar a casa, Corina intentó proteger a la abuela Melita, ocultando la gravedad del accidente y el desprecio de los Arruñada. Pero el veneno no tardó en llegar al umbral de su puerta. Dos días después, Vanessa se presentó en la modesta casa. Con una crueldad refinada, le entregó a la abuela el sobre con las calumnias y le advirtió que la "ambición" de Corina destruiría el futuro de Antonino.

​—Hágale un favor y déjelo libre antes de que su reputación se hunda con la de ella —sentenció Vanessa antes de marcharse.

​El golpe fue certero. Corina encontró a su abuela desplomándose en la cocina, con el corazón fallando bajo el peso de la angustia. Antonino llegó en medio del caos. Al ver a Melita inconsciente y el sobre de Vanessa en el suelo, algo en él se rompió. La caballerosidad dio paso a una determinación oscura. Tras dejar a Melita en emergencias, Antonino se dirigió a la mansión de sus padres.

​—¡Cállate, madre! —gritó Antonino al irrumpir en la sala, silenciando a Leonor y a Vanessa—. Hoy se acaba este juego. Sus mentiras casi matan a una mujer hoy.

​Leonor amenazó con desheredarlo, con quitarle el apellido y el futuro. Pero Antonino dejó su reloj de oro y las llaves de su coche sobre la mesa de cristal.

—Prefiero ser un arquitecto que construya su propio destino desde cero, que un heredero que vive en una mansión cimentada sobre la crueldad.

 

Epílogo: El Nuevo Amanecer

Dos años después.

 

La luz de la mañana se filtraba suavemente a través de las cortinas de un modesto pero luminoso apartamento. En las paredes, ya no solo colgaban las fotos antiguas de los padres de Corina; ahora se mezclaban con el título de abogado de ella y los primeros planos arquitectónicos firmados por Antonino.

Corina se terminaba de arreglar, luciendo la misma elegancia natural de siempre, aunque sus ojos ahora tenían un brillo de paz que el hospital y la tragedia le habían robado tiempo atrás.

—¿Estás lista? —preguntó Antonino, entrando en la habitación mientras se anudaba la corbata. Ya no vestía las marcas de diseñador que su madre solía comprarle; ahora su ropa era sencilla, comprada con el fruto de su propio esfuerzo en una constructora local donde había empezado desde abajo.

—Casi lista. ¿La abuela ya terminó su desayuno? —preguntó Corina con una sonrisa.

En el comedor, Melita estaba sentada frente a su taza de café. Su salud, aunque delicada, se había fortalecido milagrosamente después de aquel fatídico día. La noticia de que Antonino había renunciado a su herencia por Corina fue la mejor medicina que pudo recibir: la certeza de que su nieta no estaba sola.

—Esta casa siempre huele a felicidad —dijo Melita, viendo a la pareja acercarse—. ¿A dónde van tan elegantes hoy?

—Es la lectura de la sentencia definitiva, abuela —explicó Corina, besando su frente—. El caso de las calumnias de Vanessa se cierra hoy. No solo limpiamos mi nombre, sino que sentamos un precedente para que nadie más use su poder para destruir la reputación de otros.

Antonino tomó la mano de Corina. El camino no había sido fácil. Hubo meses de deudas, de trabajar doble turno y de estudiar a la luz de las velas. Pero en cada obstáculo, encontraron una fortaleza que los Arruñada nunca entenderían. Sus padres nunca volvieron a buscarlo, y él nunca regresó a pedir perdón por ser feliz.

Al salir al balcón antes de partir, ambos contemplaron la ciudad que despertaba.

—¿Recuerdas lo que te dije en el hospital? —susurró Antonino al oído de Corina—. Que veríamos juntos un nuevo amanecer.

—Este es, ¿verdad? —respondió ella, apoyando la cabeza en su hombro.

—No, Corina. Este es solo el primero de todos los que vendrán. Porque nuestro amor es inmarcesible; no depende de apellidos, ni de aprobaciones, ni de tesoros. Nuestro tesoro somos nosotros.

Con un beso que sabía a victoria y a una paz largamente esperada, sellaron una vez más aquel juramento. La lluvia torrencial había quedado atrás; hoy, el sol brillaba para ellos más fuerte que nunca.



Autora: Ma. Gloria  Carreón Zapata.



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