Era el cumpleaños de Isabella, la
mujer que aún consideraba su mejor amiga. Solo la idea de ir a esa casa le
erizaba el vello. Tania no entendía el rechazo instintivo que sentía; la casa
respiraba una hostilidad sorda, un aire tan denso y amenazador que la hacía
estremecer. No obstante, pensó Tania, faltar al aniversario de Isabella sería
una grosería imperdonable.
Esa tarde, desafiando su
presentimiento ineludible, se puso su vestido favorito: un terciopelo color
verde pistache. Era pleno otoño y el fresco ya se colaba con la caída del sol.
Su amiga, Diana, alegre,
intrépida y sagaz, era el polo opuesto de Tania, y la única que la animó a
asistir. Le prometió pasar a buscarla, pues la idea de llegar sola al festejo
le provocaba un pánico paralizante.
De pronto, un claxon resonó afuera,
seguido por el sonido insistente de su celular. Ignorándolo, se dirigió a la
puerta. No quería hacer esperar a Diana.
Al entrar en el coche, Diana le
dedicó una sonrisa afable, pero la miró fijamente a los ojos, con una punzada
de seriedad.
—Sé lo que te pasa —dijo, sin
rodeos—. Pero, ¿no podrías disimular un poco? Es su cumpleaños y te confieso
que me sucede lo mismo. ¿Acaso crees que voy feliz?
Tania la miró, sorprendida por
la franqueza, pero aliviada de no ser la única.
—No te lo quise comentar nunca
para no alarmarte, pero me pasa exactamente lo que a ti. Además, me he dado
cuenta de cómo nos mira Isabella. Esa mirada inexpresiva, fría, refleja un
profundo odio y envidia. Más bien, hacia la vida misma —concluyó Diana, con un
suspiro.
—Mira —respondió Tania, reacia—.
No sé qué puede envidiarnos. Ella vive mejor que nosotras. No te expreses así
de Isabella, sé que tiene su carácter, pero en el fondo nos quiere. Somos sus
únicas amigas.
Diana soltó una risa seca.
—Desde luego, en el fondo, muy en el fondo. ¿Y cómo no habríamos de serlo? Si
todas huyen de ella. Tal vez por eso nos tolera.
Tania se quedó en silencio. No
quería discutir, aunque en el fondo, una parte helada de su ser le daba la
razón a Diana. El comportamiento de Isabella con ambas era, a veces,
profundamente extraño.
La Llegada a la Mansión.
Finalmente, llegaron a la casa.
Diana abrió la cajuela para sacar los regalos. Al cruzar el umbral del
recibidor, un escalofrío de pies a cabeza recorrió a Tania.
El aire. Ese peculiar olor a moho
viejo y podredumbre le causaba náuseas. Se respiraba una especie de muerte en
el ambiente, y a pesar de no ser aún invierno, el frío que la penetraba le
helaba hasta la sangre. La casa, aunque decorada con la elegancia tétrica de
muebles antiguos y carísimos estilo barroco, adquiridos en Texas, seguía siendo
un lugar opresivo. Diana y Tania se habían preguntado a menudo de dónde sacaban
Isabella y su marido el dinero para semejante ostentación, pues él era un
profesionista con un sueldo respetable, pero insuficiente para ese tren de
vida.
En la antesala se alzaba una
gran consola de espejo barroco, con chapa de oro y tapa de mármol. A ambos
lados del sillón, dos elegantes lámparas hacían juego con los candiles de
cristal cortado que colgaban del techo. De pronto, algo que asomaba por debajo
del sillón llamó la atención de Tania.
Se encaminó hacia allí, pero una
mano suave y firme le apretó el brazo derecho, deteniéndola. Era Isabella,
mirándola con una sonrisa irónica y, a la vez, triunfal. Su mirada era fría y
calculadora.
—¡Bienvenidas, amigas queridas!
—dijo en voz alta.
Luego, acercándose a Tania para
que Diana no escuchara, le dio un beso en la mejilla, susurrándole al oído:
—Luego te cuento —.
Pasaron al gran salón donde se
encontraban los demás invitados, en su mayoría, la familia del esposo. Al
atravesar el lúgubre y largo corredor, pintado de un verde pino profundo,
divisaron al final un tenebroso espejo antiguo de marco dorado, silencioso
testigo que parecía guardar el misterio de esa casa.
El Secreto Susurrando.
Después de un rato de
convivencia forzada, Tania sintió un profundo sopor que la envolvía, seguido de
un mareo. Diana se aproximó rápidamente.
—Sácame de aquí, amiga. No me
siento bien —le suplicó Tania.
Isabella, que no había dejado de
observarlas desde lejos, se acercó de inmediato para preguntar qué sucedía.
Tania aprovechó el momento para despedirse.
—No he dormido bien por la tarea
de mi último semestre —se excusó—, por eso me siento mal.
—Vamos —dijo Diana—. Te dejo y
me voy a casa. Es tarde, y con lo que se vive en la ciudad, tengo miedo de
regresar tan tarde.
—¡No! —respondió Isabella con
demasiada vehemencia—. ¡De ninguna manera! Quédate, por favor, otro rato,
Diana. Yo voy y dejo a Tania en su casa.
—Tiene razón, Isabella, quédate
a acompañarla —intervino Tania, sintiendo una urgencia irracional por irse—.
Discúlpenme, pero no me pasa nada grave, saben que no estoy acostumbrada a
salir de casa y será por eso que me siento así —añadió, excusándose de nuevo.
Tania se puso de pie, seguida
por Isabella, y se dirigieron hacia la salida, no sin antes despedirse de los
invitados. Al pasar de nuevo por el sillón de la antesala, Tania guio a
Isabella hasta allí para mostrarle lo que había llamado su atención.
Diana observó, sintiendo que una
revelación terrible estaba por ocurrir. El rostro de Isabella se endureció con
una sonrisa sarcástica y endemoniada.
—¿Sabes lo qué es esto, amiga?
—preguntó Isabella, con la mirada clavada en Tania.
Tania solo atinó a negar con la
cabeza.
—Bien, te lo diré. Llevamos años
haciendo este ritual —su voz se redujo a un escalofriante murmullo—. Es una
maceta. El cráneo humano que ves es regado con sangre. Es para la protección de
mi familia. Pertenecemos a una secta. Nuestro dios es Belcebú, y a él está
dedicado este ritual.
Por un instante, Isabella la
miró fijamente a los ojos, sin dejar de sonreír, como poseída por algo
maléfico. Tania sintió una ráfaga de frío que invadió su cuerpo por completo.
La mordaz mirada de su amiga era una amenaza. Ahora lo comprendía todo: el
rechazo, el pánico, la hostilidad que emanaba de Isabella y de esa casa
maléfica.
La Huida y la Marca.
Isabella dio un paso hacia ella.
La sonrisa se había transformado en una mueca de triunfo sádico.
—Diana se queda. Una de ustedes
debe acompañarme, tarde o temprano.
Tania sintió que el mareo
regresaba, pero esta vez no era por cansancio; era el instinto de supervivencia
que gritaba. Su mente se enfocó en una única orden: Huir.
Sin pensar, se dio la vuelta y
echó a correr hacia la puerta principal. Escuchó la voz gélida de Isabella a
sus espaldas, que ahora sonaba como un rugido contenido:
—¡No te atrevas a irte, Tania!
¡Aún no hemos terminado!
Tania no se detuvo a mirar
atrás. Corrió por el largo corredor verde pino, sintiendo el aire espeso y frío
pegarse a su piel. Al pasar por el salón, vio a Diana. Estaba de pie junto a un
candelabro, inmóvil, mirando fijamente a un punto indefinido. Su rostro,
generalmente vivaz, estaba pálido y sin expresión, como si una parte de ella ya
se hubiera rendido a la oscuridad de la casa.
—¡Diana, vámonos! —gritó Tania
con la voz rasgada por el miedo.
Diana no reaccionó. Isabella
apareció en la entrada del salón, bloqueando el camino hacia su amiga.
Tania se lanzó contra la puerta
principal. La abrió de un golpe, escuchando el crujido de la madera antigua.
Salió corriendo hacia la calle, sin buscar su coche, sin preocuparse por el
terciopelo de su vestido. Solo corría, sintiendo la mirada de Isabella
quemándole la espalda como una maldición.
Cuando llegó a la esquina, se
atrevió a mirar hacia atrás. La casa de Isabella se erguía oscura y señorial,
sus ventanas vacías como ojos muertos. El miedo se asentó en su estómago con
una certeza gélida: Diana no saldría esta noche.
Tania se desplomó contra un
muro, jadeando. Había escapado de la casa, pero no de la secta. Mientras
recuperaba el aliento, sintió un picor agudo en su mano derecha, la misma que
Isabella había sujetado al inicio. Al bajar la mirada, notó que no era una
simple marca de presión.
En la piel de su muñeca, una
pequeña y fina línea de sangre había dibujado la silueta de un pentagrama
invertido. La había marcado, discretamente, durante el falso abrazo de
bienvenida.
Tania se levantó, temblando.
Sabía que la casa de Isabella no era el final. Era solo el principio de una
pesadilla que la seguiría hasta que cumpliera el ritual. Su huida había
terminado; la cacería de Belcebú acababa de comenzar.
Ma. Gloria Carreón Zapata.
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17 Marzo 2024.