Prefacio: El costo de la ausencia.
Vivimos en una época de presencias digitales y ausencias
físicas. Nunca antes los hijos habían estado tan "conectados" al
mundo y, sin embargo, tan desconectados de sus propios padres. Este relato nace
de una observación dolorosa: la facilidad con la que, en medio de la ambición y
la frivolidad, se delega el cuidado de lo más sagrado a manos de desconocidos.
Hoy en día, muchos padres parecen haber olvidado que la
crianza no es un accesorio de su estilo de vida, sino su centro. Se pierden en
"arrumacos subidos de tono", en viajes de negocios que pudieron ser
llamadas o en la persecución incansable de un estatus que no podrá comprar el
tiempo perdido. Es la tragedia de la nueva generación: padres que son expertos
en "ser vistos" por el mundo, pero totalmente ciegos ante el llanto
que ocurre en su propia casa.
Tracio no nació de mi imaginación como un villano, sino como una advertencia. Él es la personificación de esa antigua regla de la naturaleza que dicta que los espacios vacíos siempre terminan por llenarse. Si un padre decide que su libertad y sus placeres son más urgentes que el corazón de su hijo, el mundo enviará algo para llenar ese hueco
"Lo que el amor abandona" es una invitación a
reflexionar sobre la mirada que les negamos a los niños. A veces, el monstruo
no es el que tiene escamas y dientes afilados; a veces, el verdadero horror es
el brillo de una risa indiferente y frívola mientras un hijo desaparece frente
a nuestros propios ojos, buscando en un extraño lo que en casa nunca encontró.
LO QUE EL AMOR ABANDONA
(Critica Social)
Cada vez que Tracio se cruzaba con los humanos, escuchaba el
mismo susurro hiriente: «¡Qué horrible!... ¡asqueroso!». Y es que él, en
efecto, era una afrenta a la simetría. Su piel no era de un verde sólido, sino
un patrón de manchas musgo y amarillentas, siempre envueltas en una mucosidad
fina que lo hacía brillar bajo el sol como una joya enferma. Sus ojos eran
globos de un dorado vítreo con pupilas horizontales que nunca parpadeaban, y su
boca, una línea ancha que cortaba su rostro de oreja a oreja, ocultaba hileras
de dientes afilados como agujas.
Pero su rasgo más extraño era la joroba. Se veía pesada,
tensa, como si algo bajo su piel pujara por nacer. Esa carga lo obligaba a
caminar con un balanceo errático, usando sus largos brazos para no besar el
suelo. Sin embargo, por dentro, Tracio no era diferente a nadie; excepto por un
detalle: a él sí le dolía el sufrimiento de los niños.
Su cuidador —que más bien parecía su dueño— solía escupirle
una verdad amarga: que los humanos eran malvados y que, por dinero o vanidad,
abandonaban a sus hijos en manos de cualquier extraño. Tracio lo comprobó al
conocer a Carlitos. El pequeño, hijo de padres millonarios, era una víctima más
de los negocios y la frivolidad. Si Carlitos tenía suerte, veía a sus
progenitores un par de veces por semana, solo por unos instantes empañados por
los "arrumacos subidos de tono" de la pareja, quienes parecían no
percatarse de que el niño de apenas seis años estaba allí, mendigando una
mirada.
—¡Tú eres mi único amigo! —le repetía Carlitos—. Eres el
único que me comprende. Sé que no hablas, pero sé que entiendes todo lo que te
digo.
Tracio lo observaba en silencio. Al ver el desprecio que
sufría el niño, comprendió que no era el único rechazado en este mundo. Se
sintió, por primera vez, útil.
El día de la séptima órbita de Carlitos al sol, el olvido
fue total. Sus padres estaban en Atenas y ni una llamada llegó para el
cumpleañero. Roto por dentro, el niño miró a la criatura y sentenció:
—¡Quiero irme de casa!
Tracio no lo dudó. Con su diestra de tres dedos, tomó la
mano izquierda del pequeño y lo guio hacia la montaña de donde él mismo había
emergido. Tracio no era un ser común; era una entidad convocada por el dolor.
Se decía que nació del "Eco de la Montaña", allí donde el agua golpea
las piedras con una frecuencia que resuena con los lamentos infantiles de
siglos. Era tristeza acumulada que aprendió a caminar, un experimento del
destino donde el moho se hizo carne y las lágrimas de la piedra se hicieron
sangre verde.
Se internaron en el bosque hasta llegar a una cueva oculta
tras una cortina de agua. Al cruzarla, el ruido del mundo exterior desapareció,
reemplazado por un goteo rítmico que sonaba como el latido de un corazón de
piedra. La cueva no estaba oscura; las paredes estaban recubiertas por un
liquen fosforescente que emitía una luz azulina y trémula. En lo profundo,
donde goteaban las «lágrimas de la montaña», el instinto de Tracio despertó.
Como en una cámara rápida, se colgó de una saliente rocosa y comenzó a segregar
una saliva espesa que lo envolvió en un capullo. Carlitos, fiel, se quedó a su
lado, alimentándose de frutos y raíces, esperando el renacer de su único amigo.
Dos semanas después, los padres regresaron de su viaje.
Justo esa mañana, Tracio emergió de su metamorfosis. Había crecido y su boca
era ahora una sima insondable.
Al día siguiente, Eugenio y Gabriela salieron a montar a
caballo, quejándose vagamente de la ausencia del niño. De pronto, de entre la
bruma de la montaña, apareció Tracio. Su piel ya no estaba húmeda, sino tensa y
estirada sobre un bulto que conservaba, cruelmente, la forma de un abrazo. La
luz del sol golpeó sus ojos de sapo, que ahora brillaban con la inteligencia de
quien sabe que el amor a veces se consume. Su vientre estaba deformado: se
podía ver claramente la figura de un niño con los brazos extendidos, como
pidiendo un auxilio que nunca llegó.
Tracio se detuvo frente a ellos. Tras un eructo profundo que
vibró en el aire, habló con una voz grave que parecía salir de la tierra misma:
—¡Qué rico estaba Carlitos!
Gabriela, en un despliegue de su infinita frivolidad, soltó
una carcajada cristalina.
—¡Eso mismo te iba a decir! —exclamó señalando el vientre del
monstruo—. ¡Esa figura me lo recordaba tanto!
—¡Ja, ja, ja! —rio Eugenio, espoleando su caballo—. ¡A mí
también me lo pareció! ¡Qué ocurrencia!
La pareja se abrazó y se besaron largamente sobre sus
monturas, celebrando su libertad recuperada, y continuaron su paseo seguidos
por Tracio. La criatura caminaba tras ellos con una nueva paciencia; se sentía
satisfecho por haber liberado a su amigo, pero también hambriento de nuevo. Sin
saberlo, Eugenio y Gabriela cabalgaban hacia el mismo destino que su hijo. En
la montaña, el eco del olvido siempre termina por reclamar lo que le pertenece.
Moraleja:
Cuidado con el vacío que dejas en el corazón de un hijo; si
tú no lo llenas con presencia, el mundo enviará a sus monstruos para llenarlo
con su sombra. Porque al final, nada permanece huérfano por mucho tiempo: lo
que el amor abandona, el olvido lo reclama.
Autora : Ma. Gloria Carreón Zapata.
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