Un murmullo sutil emergió de entre las hojas colosales. Al
inclinarse, Filomela vio con asombro cómo una legión de criaturas minúsculas,
de rostros ajados y ancestrales, huía despavorida ante su presencia. Inmóvil,
conteniendo el aliento, esperó a que aquellos seres regresaran del follaje,
pero fue una voz ruda la que, a sus espaldas, quebró el silencio:
—¡Bienvenida, Filomela! Te estaba esperando.
Ella giró el rostro con lentitud, buscando el origen de
aquel llamado. Sobre la fronda de un helecho gigante, una figura casi
microscópica se agitaba. Un escalofrío recorrió su columna; no sabía si huir o
ceder a la urgencia de investigar a ese ser carente de gracia.
La curiosidad terminó por vencer al miedo. Aquel
"hado", no mayor que un pulgar, poseía una voz capaz de bramar con la
fuerza de un mar embravecido. Filomela quiso gritar, pero de su garganta solo
escapó un sonido gutural. Intrigada, se inclinó para observar al hombrecillo
que la conocía por su nombre.
—¿Me llamas a mí… buen hombre? —preguntó con un hilo de
voz, frente a aquel ser que parecía extraído del mismísimo averno.
Sin embargo, al fijar la vista, su impresión cambió. El
extraño la observaba con una ternura infinita, una mirada que irradiaba una paz
inesperada. Instintivamente, Filomela sonrió, pero cuando el ser intentó
devolverle el gesto, reveló unos dientes afilados como dagas amarillentas. La
repulsión volvió a sacudirla.
Ignorando el horror estético en favor del misterio, aceptó
la invitación del ser y lo siguió hacia las profundidades del bosque tenebroso.
Tras una caminata entre verdes paraísos, donde solo reinaba el gorjeo de las
aves y el crujir de la hojarasca, llegaron ante una imponente fortaleza
natural.
El hado, apoyado en un báculo de madera nudosa, la condujo
hasta la orilla de un arroyo estruendoso. Allí, se detuvo y sentenció:
—Mi nombre es Fatum, y te he traído para entregarte mi
tesoro.
Filomela lo escuchaba con sospecha mientras él continuaba,
clavándole una mirada inquisitoria:
—Te daré mi tesoro… a cambio de tu amor.
—Nosotros, los humanos, no compramos ni vendemos el amor
—respondió ella de inmediato, tajante—. El amor es un don divino, el tesoro más
grande que poseemos. Me niego a tu petición, noble Fatum.
Por un segundo, Filomela se pellizcó el brazo, convencida
de que aquello era una alucinación febril, pero el dolor le confirmó que la
pesadilla era real.
El rostro de Fatum se transformó. Un brillo de satisfacción,
casi cruel, iluminó sus ojos.
—Eres necia, como todos los tuyos —vociferó, para luego
bajar el tono a un susurro—. Pero hay algo que te hace distinta, bella
Filomela: tu corazón rebosa de espíritu divino. Tu sencillez y el amor que profesas
a cada criatura marcan la diferencia. Por eso estás aquí. No permitiré que el
mundo exterior corrompa tu pureza. He puesto a prueba tu honestidad de mil
formas… y has vencido.
De repente, con la velocidad del rayo, Fatum alzó su
báculo. Un destello mágico envolvió a la joven y, en un abrir y cerrar de ojos,
la transformó en un hermoso ruiseñor.
El bosque se sumergió en un silencio sepulcral, como si la
naturaleza misma contuviera el aliento. Fatum se acercó a la pequeña ave de
plumaje pardo en la que se había convertido la joven y, con un susurro que ya
no era rudo, sino melancólico, sentenció:
—Ustedes, los humanos, son expertos en filosofar, pero
cobardes al actuar. Hablan de amor mientras se destruyen; su ambición los tiene
acorralados y venderían el alma por una migaja de poder. No hablo de ti,
Filomela, sino de tus hermanos, que han olvidado cómo escuchar el latido de la
tierra.
El ruiseñor batió las alas, sintiendo una extraña energía
recorrer su pequeño pecho. Fatum continuó, señalando hacia el horizonte donde
el sol comenzaba a filtrarse entre las copas de los árboles:
—No te he convertido para ocultarte, sino para que seas su
recordatorio. Tu canto será el eco de la pureza que ellos han perdido. Volarás
sobre sus ciudades y cantarás en sus ventanas durante las noches más oscuras.
Una luz dorada iluminó los ojos del hado, reflejando por
primera vez una fe genuina.
—Cuando uno solo de los tuyos, conmovido por tu melodía,
comprenda lo que es el amor de verdad —aquel que no busca poseer ni destruir,
sino proteger la vida—, entonces ocurrirá el milagro. Ese día, el velo de la
ambición caerá de sus ojos y podrán decir: «Aún es tiempo de salvar nuestro
hogar». En ese instante de redención humana, Filomela, recuperarás tu forma y
volverás a caminar entre ellos como su guía.
Con un último gesto del báculo, Fatum la impulsó hacia el
cielo. Filomela, convertida en canto y esperanza, emprendió el vuelo hacia el
mundo de los hombres, llevando en su garganta la promesa de un nuevo amanecer.

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