LA CAMISA AZUL
(En homenaje a Edgar
Allan Poe)
Este relato, que camina por las sombras del horror
psicológico y la tragedia humana, nació como un tributo a la atmósfera opresiva
de Edgar Allan Poe. A través de la lente de lo macabro, busqué retratar la
fragilidad de la esperanza frente a la brutalidad de la locura. Me es grato
compartir que esta narrativa fue distinguida con una Mención Honorífica, un
reconocimiento que atesoro y que hoy forma parte esencial de este compendio.
Aurelia, nacida en la humildad y atada por el destino,
cumplía seis años de una condena llamada matrimonio. Jeicob, ciudadano del
norte, era su carcelero; un hombre cuya pereza solo era superada por su
despotismo. Mientras ella soñaba con el horizonte de Texas, él prefería el
estancamiento de la desidia, empeñando los escasos restos de su patrimonio para
alimentar su ocio.
Aquella tarde, el aire pesaba. Aurelia mecía a su pequeña
María en el columpio que pendía de un árbol milenario y nudoso, un testigo mudo
en el patio. El vientre de Aurelia, cargado de vida, era un refugio de
esperanza: la cigüeña prometía un nuevo compañero de juegos para María. Pero la
paz en el universo de Poe es siempre el preludio del trueno.
—¡Deja de holgazanear! ¿Dónde está mi camisa azul?—
El grito de Jeicob rasgó el silencio como un vidrio roto.
Era un hombre desaforado, poseído por una urgencia violenta. Aurelia, con el
corazón galopando contra sus costillas, bajó a la niña del columpio y respondió
con un hilo de voz:
—Tienes otras camisas listas, Jeicob—
No hubo más palabras. Como una bestia hambrienta, él se
abalanzó. El impacto de la bofetada no solo hirió su rostro, sino el alma de la
casa.
—¡Obedece!—, rugió
él, antes de desaparecer tras un portazo que retumbó en los cimientos.
Bajo el pánico que nublaba su vista, Aurelia buscó el
jabón. Necesitaba limpiar esa prenda, símbolo de la obsesión de su marido. Pero
el destino es irónico: el cuenco estaba vacío. No había jabón. No había salida.
El estrépito de los pasos anunció el regreso del
energúmeno. Sus ojos, antes humanos, eran ahora dos pozos inyectados en sangre,
destilando una locura líquida.
—¡Inútil! ¡Basura! ¡Ahora sabrás de lo que soy capaz!—
Aurelia vio la sombra de Jeicob recortarse contra el cuarto
de herramientas. El instinto, ese viejo aliado de los desesperados, la obligó a
correr. Tomó a María y se ocultó tras el grueso tronco del árbol, cuya corteza
parecía estremecerse.
—¡Corre, hija! ¡No te sueltes!—,
sollozaba, mientras
veía a Jeicob emerger no con una camisa, sino con un machete cuyo acero
reflejaba la luz moribunda del sol.
—¡Detente! ¡Ten piedad de la inocencia!— suplicó ella,
cubriendo los ojos de la niña para evitarle la visión del abismo.
Pero el demonio ya había reclamado el cuerpo de Jeicob. De
un tirón brutal, separó a la madre de la hija. El acero descendió, implacable,
segando la vida de Aurelia en un instante de horror absoluto. Lo que siguió fue
una sinfonía de locura: las carcajadas del demente se mezclaban con el eco de
la carnicería. En su delirio oscuro, al descubrir que el vientre albergaba no
una, sino dos vidas latentes, la bestia sucumbió al canibalismo más atroz,
devorando sus propias promesas de futuro en un banquete de vísceras y sombras.
Cuando el silencio regresó al patio, el monstruo huyó.
Las autoridades, alertadas por un testigo errante, hallaron
una escena que habría hecho palidecer al mismo Muerte. Entre los restos de lo
que fue un hogar, encontraron a la pequeña María, oculta en una caja, con los
ojos fijos en la nada, guardando el secreto del salvajismo que sus pupilas
nunca olvidarían.
De Jeicob, la bestia, no quedó rastro. Se dice que el
norte, con sus leyes y fronteras, le brindó el anonimato, dejando que el crimen
quedara impune bajo el peso de una camisa azul que nunca fue lavada.
Autora : Ma. Gloria Carreón Zapata.
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01/02/2025

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