En la penumbra del aula de Literatura Universal, el profesor
lanzó una pregunta que parecía sencilla: ¿Qué obras literarias han marcado sus
vidas?. Como suele ocurrir, el silencio no duró mucho; fue interrumpido por la
urgencia de quien confunde la soberbia con el saber.
Una joven se puso en pie con un movimiento ensayado. Se
ajustó la falda y, antes de hablar, recorrió la fila de sus compañeros con una
mirada despectiva, como si observara insectos bajo un microscopio. Con el
mentón en alto, sentenció:
—Yo las he leído casi todas, profesor.
—Excelente —respondió él, curioso—. Por favor, mencione
algunas.
—Pues... Memín Pinguín, La Familia Burrón, Aniceto...
Una carcajada colectiva estalló en el salón. El profesor,
recuperando la compostura, intervino con voz enérgica:
—Señorita, no me refiero a historietas de entretenimiento,
sino a los clásicos de la literatura.
La alumna, lejos de amilanarse, frunció el ceño y desafió
al maestro con una lógica torcida:
—¡Ah! Haberlo dicho antes, profe. Esa señora falleció hace
mucho; yo ni siquiera la conocí.
El profesor, entre la resignación y el asombro, le indicó
que volviera a su sitio. Su mirada recorrió entonces el resto del aula buscando
una "víctima"distinta, hasta que se detuvo en el rincón más alejado.
Allí, casi fundida con el pupitre, estaba una joven que siempre intentaba pasar
desapercibida.
—Y usted —preguntó el maestro—, ¿para qué estudia?
La chica tragó saliva. El titubeo inicial se transformó
pronto en una voz serena pero firme:
—Estudio para ser un poco menos ignorante, profesor. Porque
en la vida nunca se deja de aprender. Puedo saber de leyes, pero ignorar la
mecánica; conocer la medicina, pero ser analfabeta en filosofía. En realidad,
todos somos ignorantes en algo.
El profesor la miró con genuino interés. Ella continuó:
—¿Sabe por qué digo que somos ignorantes? Porque si no
podemos solucionar las crisis de un planeta que agoniza, ni somos capaces de
vivir en paz con nuestros hermanos, ¿con qué derecho nos llamamos sabios?
El silencio esta vez fue absoluto. El maestro,
reflexionando sobre sus propias lecciones, asintió levemente.
—Señorita, hoy la clase era sobre identificar géneros
literarios... pero usted nos ha dado una lección de vida.
Ella bajó la mirada con humildad y, casi en un susurro,
invocó al viejo sabio de Atenas:
—Solo sé que no sé nada.
El día que creas saberlo todo, habrás cometido tu mayor
error: habrás dejado de crecer.
Imagen tomada de Google.

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