“Cuando bebas agua recuerda la fuente”.
Proverbio chino.
Mucho se habla de la gratitud, pero poco se practica. A
menudo olvidamos nuestra condición mortal y que en esta vida solo estamos de
paso. Al partir, nos llevaremos una maleta repleta de satisfacciones o un vacío
absoluto, según hayamos elegido; nada más. Olvidamos con frecuencia la
existencia de un Creador, y solemos acudir a Él solo cuando el infortunio nos
alcanza, arrepentidos de nuestra indiferencia.
Como bien señaló el
escritor británico G. K. Chesterton:
“Siendo niños éramos agradecidos con los que nos llenaban
los calcetines por Navidad. ¿Por qué no agradecíamos a Dios que llenara
nuestros calcetines con nuestros pies?”.
Esta falta de memoria se refleja dolorosamente en el
abandono de tantos padres en asilos, bajo el pretexto de circunstancias
adversas. Muchos hijos se convencen de que están mejor allí, ignorando que, en
ocasiones, la soledad se suma al maltrato. Tal fue el caso de don Roberto.
Lo conocí mientras realizaba mis prácticas de enfermería en
el Hospital Civil de Piedras Negras, Coahuila. Don Roberto había trabajado
durante años al otro lado de la frontera de forma ilegal, viviendo como un
héroe anónimo. Siendo bombero, arriesgó su vida por desconocidos a cambio de un
salario exiguo. Sin embargo, tras una explosión que le arrebató la vista, fue
deportado a México sin remuneración alguna, con los bolsillos vacíos y el peso
de la humillación sobre sus hombros.
Un médico del sanatorio lo acogió en el hospital, que se
convirtió en su hogar por varios años. Fue atendido por especialistas gracias a
la gestión de la propia institución, pero el diagnóstico fue irreversible: el
fuego había dañado sus ojos para siempre.
Cuando el presupuesto del hospital se redujo y ya no fue
posible mantenerlo allí, fue trasladado a un asilo con apenas cincuenta y
tantos años de edad. Semanas después, don Roberto escapó y regresó al hospital.
Relató, con el corazón roto, que en aquel lugar lo obligaban a trabajar y, al
no poder cumplir las tareas por su ceguera, era golpeado y privado de alimento.
Aquella institución, supuestamente dedicada al cuidado, era
en realidad un escenario de abusos. Los directivos no solo maltrataban a los
ancianos obligándolos a cultivar hortalizas, sino que se apropiaban de las
mejores cosechas y de las donaciones de organizaciones filantrópicas que debían
ser para los residentes.
Sin opciones para retenerlo legalmente en el hospital, don
Roberto prefirió la libertad de la mendicidad. Terminó viviendo bajo los
puentes, alimentándose de la caridad esporádica de los transeúntes. Aun así, de
vez en cuando, regresaba al hospital para agradecer al Dr. Eliseo Hernández, a
las enfermeras, al afanador, a la cocinera y a todos los que lo tratamos con
humanidad. A pesar de su nobleza, la vida no pareció ser recíproca con él.
Cuesta comprender cómo, siendo "humanos", podemos
llegar a ser tan inhumanos. Resulta difícil asimilar que existan instituciones
que pisoteen la dignidad de personas entregadas y valientes, y más aún, que
haya quienes olviden que al Creador no le agrada la ingratitud.
Parece que muchos no perciben que el destino es incierto y
que nadie sabe qué encontrará a la vuelta de la esquina. Olvidan lo que la
historia nos ha demostrado por milenios: que la vida no es un camino plano,
sino una rueda de la fortuna.
Autora: Ma. Gloria Carreón Zapata.
Imagen tomada de Google.

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