miércoles, 27 de julio de 2022

LA RUEDA DE LA FORTUNA

                                                                                     
 


 


 

“Cuando bebas agua recuerda la fuente”. 

Proverbio chino.

 

Mucho se habla de la gratitud, pero poco se practica. A menudo olvidamos nuestra condición mortal y que en esta vida solo estamos de paso. Al partir, nos llevaremos una maleta repleta de satisfacciones o un vacío absoluto, según hayamos elegido; nada más. Olvidamos con frecuencia la existencia de un Creador, y solemos acudir a Él solo cuando el infortunio nos alcanza, arrepentidos de nuestra indiferencia.

 Como bien señaló el escritor británico G. K. Chesterton:

​“Siendo niños éramos agradecidos con los que nos llenaban los calcetines por Navidad. ¿Por qué no agradecíamos a Dios que llenara nuestros calcetines con nuestros pies?”.

​Esta falta de memoria se refleja dolorosamente en el abandono de tantos padres en asilos, bajo el pretexto de circunstancias adversas. Muchos hijos se convencen de que están mejor allí, ignorando que, en ocasiones, la soledad se suma al maltrato. Tal fue el caso de don Roberto.

​Lo conocí mientras realizaba mis prácticas de enfermería en el Hospital Civil de Piedras Negras, Coahuila. Don Roberto había trabajado durante años al otro lado de la frontera de forma ilegal, viviendo como un héroe anónimo. Siendo bombero, arriesgó su vida por desconocidos a cambio de un salario exiguo. Sin embargo, tras una explosión que le arrebató la vista, fue deportado a México sin remuneración alguna, con los bolsillos vacíos y el peso de la humillación sobre sus hombros.

​Un médico del sanatorio lo acogió en el hospital, que se convirtió en su hogar por varios años. Fue atendido por especialistas gracias a la gestión de la propia institución, pero el diagnóstico fue irreversible: el fuego había dañado sus ojos para siempre.

​Cuando el presupuesto del hospital se redujo y ya no fue posible mantenerlo allí, fue trasladado a un asilo con apenas cincuenta y tantos años de edad. Semanas después, don Roberto escapó y regresó al hospital. Relató, con el corazón roto, que en aquel lugar lo obligaban a trabajar y, al no poder cumplir las tareas por su ceguera, era golpeado y privado de alimento.

​Aquella institución, supuestamente dedicada al cuidado, era en realidad un escenario de abusos. Los directivos no solo maltrataban a los ancianos obligándolos a cultivar hortalizas, sino que se apropiaban de las mejores cosechas y de las donaciones de organizaciones filantrópicas que debían ser para los residentes.

​Sin opciones para retenerlo legalmente en el hospital, don Roberto prefirió la libertad de la mendicidad. Terminó viviendo bajo los puentes, alimentándose de la caridad esporádica de los transeúntes. Aun así, de vez en cuando, regresaba al hospital para agradecer al Dr. Eliseo Hernández, a las enfermeras, al afanador, a la cocinera y a todos los que lo tratamos con humanidad. A pesar de su nobleza, la vida no pareció ser recíproca con él.

​Cuesta comprender cómo, siendo "humanos", podemos llegar a ser tan inhumanos. Resulta difícil asimilar que existan instituciones que pisoteen la dignidad de personas entregadas y valientes, y más aún, que haya quienes olviden que al Creador no le agrada la ingratitud.

​Parece que muchos no perciben que el destino es incierto y que nadie sabe qué encontrará a la vuelta de la esquina. Olvidan lo que la historia nos ha demostrado por milenios: que la vida no es un camino plano, sino una rueda de la fortuna.

 

 

Autora: Ma. Gloria Carreón Zapata.

Imagen tomada de Google.

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