miércoles, 7 de enero de 2026

EL CRISTAL REHECHO.

 


 

 

​Ahora entiendo tu amor como una lección,

no como una pérdida. Te advertí que mi piel era de tierra

 y de tiempo, que no era un ideal, sino una mujer de carne,

alguien que siente el peso de las injusticias

y guarda una lealtad sagrada ante el afecto.

 

Te confié mi alma, ese cristal traslúcido, y sin piedad,

 elegiste volverla añicos. ​Juraste un amor sin orillas,

prometiendo el sol y un palacio de vidrio.

 

¡Judas!

 

Mientras tus labios sellaban el pacto,

 tu mano ya afilaba el acero

para hundir el puñal en el descuido.

​Traicionaste nuestro fuego por ceniza material,

 vendiéndote al mejor postor del ego.

 

 Usaste al Ser Divino como un escudo falso,

 jurando una fidelidad que ya estaba rota.

​Pero hoy, que tu deslealtad es mi mapa de salida,

no guardo rencor, solo distancia.

 

He recogido cada fragmento de mi centro,

soldando las grietas con hilos de dignidad.

No vuelvas; no reconocerías el terreno.

 Aquí habita una mujer que ha dicho basta

 y ha decidido, por fin, ser su propia oportunidad.

 

 

Autora : Ma. Gloria Carreón Zapata.

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Imagen de Google.

LA ARQUITECTURA DEL VUELO.

 





​Dicen que el amor es el motor del mundo, pero a veces olvidamos que su mayor milagro no es el movimiento, sino la quietud que nos regala. Es esa fuerza invisible que no necesita gritar para ser escuchada, ni golpear para vencer. Es, en esencia, la arquitectura que sostiene el techo de nuestra propia cabaña interior cuando afuera el tiempo insiste en su erosión.

​A diferencia del fuego que todo lo consume, este sentimiento es como el sol de invierno: calienta sin quemar, iluminando los rincones donde antes guardábamos el metal oxidado de viejos rencores. Los poetas de antaño no mentían al llamarlo oro, pues tiene la extraña virtud de convertir el plomo de los días difíciles en una moneda que sí tiene valor, una que no es falsa porque se acuña con la verdad del perdón y el descanso.

​Amar es, al final, el acto de valentía más silencioso que existe. Es decidir que el camino hacia adelante es más ancho que la huella del pasado, y que el corazón, lejos de ser un campo de batalla, es el jardín donde finalmente hemos decidido sentarnos a contemplar cómo gira la vida, impulsada por ese motor dulce que todo lo mueve, y que todo lo cura.

 

 

 

 

Autora: Ma. Gloria Carreón Zapata.

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Fotografo Nathan Klok.

Minnesota.

DESIDERATA

 




 

​Inquieta penumbra que arrulla el silencio,

bajo el manto de un cielo estrellado, sonríes,

 y el amor en su delirio, anhela un beso

 tras el frío del cristal.

 

​¡Oh, quién fuera destello para alcanzarte!

o galerna que te empuje hasta mi puerto,

 beber en cada intento tu cálido aliento...

pues ni el vendaval podrá marchitar este afecto.

 

​Noche, luna y calma: ¡latido puro!

Hoy en la umbría de la ribera brotan nardos,

 y en mi pecho, la gracia de este bienaventurado amor,

mientras el ocaso trina a dúo con el gorrión.

 

​Se vuelve líquida la noche al ver que la luna

 duerme y se mece, plácida, en su cuna de nubes,

queda en mi boca un resabio amargo:

¡la envidia de aquel que tus labios toque!

 

 

Autora : Ma. Gloria Carreón Zapata.

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Imagen de Google.

EL ORO DEL TIEMPO.




La luz del crepúsculo se filtraba por los tablones de la cabaña, creando un juego de sombras largas sobre el suelo. Alfonso estaba apoyado contra el marco de la puerta, observando el horizonte. Su figura, delgada y alta, parecía ser el pilar que sostenía toda la calma de aquel lugar.

​Ella lo miraba en silencio, recorriendo con la vista la línea de sus hombros hasta llegar a su rostro. En ese instante, él se giró. Le dedicó esa sonrisa única, esa que ella guardaba en su memoria como el tesoro más valioso, y sus ojos —esos luceros cautivadores— se encontraron con los de ella.

​—¿En qué piensas? —preguntó él con una voz suave, que encajaba perfectamente con la quietud del bosque.

​Ella tardó un segundo en responder, atrapada en la intensidad de su mirada.

—En que eres real —susurró ella, dando un paso hacia él—. Pensaba en que esta es la felicidad, Alfonso. Durante mucho tiempo, no creí que fuera algo que pudiera alcanzar. Pensé que mi destino era ser como esa moneda falsa que pasa de mano en mano sin valor... pero aquí, contigo, me siento de ley.

​Alfonso acortó la distancia entre ambos. No hubo movimientos bruscos, solo la fluidez de quien se siente en casa. Le puso una mano en la mejilla, un gesto que ella todavía recibía con una mezcla de asombro y alivio.

​—Esa moneda ya no existe —dijo él, y su sonrisa se ensanchó, iluminando los rincones más oscuros de su memoria—. Aquí solo estamos nosotros. Y este cielo que miras todas las tardes es, por fin, solo tuyo.

​Ella cerró los ojos, dejándose envolver por su presencia. Ya no había "apetencia" ni ansias de huida. Alfonso era el punto final de su antigua historia y el título de la nueva.

​La noche se instalaba definitivamente sobre la cabaña, y el único sonido era el crujir rítmico de la leña en el fuego. Alfonso estaba sentado en su sillón favorito, con un libro abierto sobre el regazo y un cuaderno donde anotaba ideas con una caligrafía pausada. La luz de las llamas bailaba en sus rasgos, acentuando su silueta alta y delgada, dándole un aire de serenidad absoluta.

​Ella lo observaba desde la mesa, donde sus propios versos descansaban. Verlo allí, concentrado, era su mayor consuelo.

​—¿Has encontrado las palabras hoy, Alfonso? —preguntó ella suavemente.

​Él levantó la vista y le regaló esa sonrisa única, dejando el cuaderno a un lado. Su mirada cautivadora parecía leer no solo el papel, sino el alma de ella.

​—Las palabras siempre están —respondió él, extendiendo una mano hacia ella—. Pero solo aquí, junto a ti y frente a este fuego, tienen sentido. Antes escribía para escapar; ahora escribo porque he llegado.

​Ella se acercó y se sentó a sus pies, apoyando la cabeza en su rodilla. Sintió la mano del escritor acariciar su larga cabellera con la misma delicadeza con la que se pasa la página de un libro amado.

​—Yo pensaba que el cielo era inalcanzable —confesó ella, mirando las brasas—. Pero mi cielo es este cuarto, el olor a madera y el sonido de tu pluma sobre el papel.

​Alfonso cerró su libro, marcando la página, pero sin quitarle la vista de encima.

—Lo que hemos construido aquí es la historia más hermosa que jamás podré escribir —susurró él—. Una victoria que no necesita ser gritada para ser eterna.

​El frío del bosque golpeaba los cristales, pero dentro de la cabaña el aire olía a resina de pino y a la tinta fresca del cuaderno de Alfonso. El fuego se había reducido a un resplandor ámbar, el momento exacto en que las sombras se vuelven suaves y las verdades, más fáciles de decir.

​Alfonso cerró su cuaderno, su figura alta relajada contra el respaldo del sillón. Miró a ella, que sostenía su propio poema con manos que ya no temblaban.

​—Es tu turno —dijo él, y su mirada cautivadora era una invitación abierta, un espacio seguro donde no existía el juicio.

​Ella respiró hondo y leyó en voz alta los versos de "Apetencia". Al llegar al final, a ese verso que decía: "Muere el sol, y yo habito mi cielo", su voz se quebró apenas un hilo, pero no de tristeza, sino de asombro ante su propia paz.

​Alfonso permaneció en silencio un momento, procesando la belleza del hallazgo de ella. Luego, abrió su cuaderno por la última página escrita.

​—Yo también he encontrado algo hoy —susurró él, y su sonrisa única apareció, breve y cómplice—. Escucha:

​"Hay historias que se escriben con sangre y otras que se escriben con el peso del plomo. Pero la nuestra, la que habitamos en esta cabaña, se escribe con el blanco de los inviernos y el oro de tus ojos. No busco finales épicos ni dramas de otros tiempos; mi pluma solo aspira a ser el testigo de cómo respiras en calma al despertar. Porque la verdadera literatura no es el ruido del mundo, sino el silencio que comparto contigo, la única palabra que ha sido escrita con ley."

​Al terminar, Alfonso dejó el cuaderno sobre la mesa y buscó la mano de ella.

​—Tú escribes sobre alcanzar el cielo —dijo él mirándola fijamente—, y yo escribo sobre cómo ese cielo decidió bajar a la tierra y sentarse conmigo frente al fuego. No somos una moneda falsa, somos el oro que queda después de que el fuego se lleva todo lo que no servía.

​Ella apretó su mano, sintiendo la piel de Alfonso, la realidad de su cuerpo delgado y fuerte a la vez. En esa habitación, rodeados de libros y leños, la felicidad no era un sueño literario. Era el presente.

​La noche del aniversario no necesitaba grandes banquetes ni ruidos externos. El festejo estaba en los detalles: una cena sencilla puesta sobre la mesa de madera, el vino brillando en las copas como rubíes derretidos y, sobre todo, la consciencia compartida de que habían pasado trescientos sesenta y cinco días sin miedo.

​Alfonso se levantó, su figura alta proyectando una sombra protectora sobre la pared de troncos. Se acercó a ella y, con esa sonrisa única que parecía renovarse con cada estación, le tendió una pequeña caja de madera que él mismo había tallado.

​—Para tu pluma —dijo él, su mirada cautivadora más profunda que nunca—. Para que sigas escribiendo nuestra victoria.

​Ella abrió el regalo, pero sus ojos se desviaron hacia el cuaderno de Alfonso, donde las palabras que habían compartido antes seguían frescas. Se puso en pie y lo abrazó, hundiendo el rostro en su pecho, escuchando el latido rítmico de un corazón que solo sabía de paz.

​—Feliz aniversario, Alfonso —susurró ella—. Gracias por enseñarme que la felicidad no era un espejismo.

​Él la apartó apenas unos centímetros para mirarla, rodeando su cintura con sus manos largas de escritor.

—Gracias a ti por elegir este cielo —respondió él—. La moneda falsa se perdió en el camino, y lo que quedó es este oro puro que somos ahora.

​Afuera, la nieve comenzó a caer con una suavidad absoluta, cubriendo la cabaña y el pasado con un manto blanco y limpio. Dentro, el fuego chisporroteó por última vez antes de convertirse en brasas eternas. Ella apoyó la cabeza en el hombro de Alfonso, cerró los ojos y, por primera vez en su vida, no deseó estar en ningún otro lugar del mundo.

​El capítulo se cerró así: con el silencio de los que ya no tienen nada que demostrar, y el sonido de dos respiraciones que, por fin, rumbaban al unísono en la seguridad de su propio reino.



Continuación del Oro del Tiempo.

 

​El Eco de las Reinas.

 

​Sentada frente al ventanal de la cabaña, el mundo parecía haberse detenido. El bosque, con su quietud imperturbable, le ofrecía el espacio que Julián siempre le había negado: el espacio para simplemente ser. Pero en esa soledad no estaba vacía. Las paredes de madera parecían devolverle, como un eco suave, las voces de quienes la sostuvieron cuando ella misma no podía mantenerse en pie.

​Cerró los ojos y la voz de Olga apareció con una nitidez asombrosa. "Ánimo amiga, seguimos siendo las reinas". En su momento, esa frase había sido un salvavidas lanzado en medio de la tormenta; ahora, en la calma de su retiro, se transformaba en una verdad fundamental.

​Se dio cuenta de que su victoria no era solo suya. Cada vez que una de sus amigas le contaba una pena, cada vez que escuchaba la lucha de otra mujer por su dignidad, ella iba guardando esas vivencias como tesoros en un cofre invisible. La libertad que sentía en ese momento era el resultado de una fuerza colectiva. Entendió que el poeta no miente cuando dice que somos parte de todos los que hemos amado; ella era la suma de esos ánimos, de esas risas compartidas en las que, por un instante, el dolor de Julián dejaba de existir.

​Abrió los ojos y miró sus manos. Ya no temblaban. La "moneda falsa" de las promesas incumplidas se había quedado atrás, en el camino de tierra que conducía a la cabaña. Aquí, en este refugio, ella empezaba a traducir las almas de sus amigas en su propia fortaleza. Se sintió, por primera vez, no como una sobreviviente, sino como la arquitecta de su propia paz.

​Con el eco de las palabras de Olga aun vibrando en su pecho, se levantó y buscó aquel cuaderno de tapas gastadas que había viajado con ella, oculto, durante tanto tiempo. Lo puso sobre la mesa de madera rústica, justo donde la luz de la tarde caía de forma oblicua, iluminando las motas de polvo que bailaban en el aire como pequeñas chispas de oro.

​Sostuvo la pluma con una firmeza que la sorprendió. Ya no era la mano que buscaba excusas o que escribía mensajes de disculpa. Era la mano de una recolectora de verdades.

​Se quedó mirando la página en blanco, ese espacio de libertad creativa que tanto habíamos buscado. Recordó que no tenía que ser fiel a los hechos que la hirieron, sino a la fuerza que la salvó. Suspiró profundamente, dejando que el aire puro de la montaña llenara sus pulmones, y escribió la primera línea:

​"Había una vez una reina que aprendió a distinguir el oro del tiempo entre un puñado de monedas falsas..."

​Al ver las palabras plasmadas, sintió un clic interno. La historia de Julián ya no era su presente; ahora era simplemente material literario, una vivencia que su alma inquieta estaba transformando en algo hermoso. Escribió sobre la cabaña, pero también sobre todas las mujeres que, como ella, habían tenido que inventarse un refugio para volver a escucharse. El cuaderno dejó de ser un objeto para convertirse en un espejo de su nueva identidad.

 

​Del Cuaderno de la Cabaña

 

​"Escribo esto porque el silencio ya no me asusta; ahora me pertenece. Durante mucho tiempo, mi historia fue escrita por manos ajenas, por voces que me decían qué valía y qué no. Me entregaron una moneda falsa y me hicieron creer que era mi único tesoro, pero el tiempo —ese alquimista paciente— me ha enseñado a mirar mejor.

​Hoy entiendo que el Oro del Tiempo no es lo que acumulamos, sino lo que logramos salvar del incendio. He salvado mi nombre, mi paz y esta cabaña que ahora es mi castillo. Julián no es más que un nombre que se desvanece en el papel, una sombra que ya no proyecta frío sobre mis días. Mi verdadera historia no es la de una herida, sino la de una reconstrucción.

​Recojo en estas páginas no solo mi voz, sino los ecos de mis amigas. Escribo por la que aún no se atreve a salir, por la que cree que su corona se ha roto para siempre. Les digo desde aquí, desde este rincón de madera y luz: 'Ánimo, seguimos siendo las reinas'. No porque el mundo nos lo conceda, sino porque nosotras hemos decidido que nuestra dignidad no está en venta.

​Este refugio no es solo de madera; está hecho de palabras, de libertad creativa y de la certeza de que, aunque el poeta a veces invente mundos, el sentimiento de ser libre es la única verdad que importa."

 

El Encuentro en el Umbral.

 

​Ella soltó la pluma, dejando que la última gota de tinta se secara sobre el papel. Al levantar la vista del cuaderno, algo se movió en el sendero que serpenteaba entre los árboles. El sol de la tarde, ya más bajo y dorado, bañaba el camino, y fue entonces cuando lo vio.

​Alfonso se dirigía hacia la cabaña. No venía con prisa, ni con la sombra de una exigencia. Caminaba con esa parsimonia tranquila que siempre lo había distinguido, como quien sabe que el tiempo es un aliado y no un enemigo. Al divisarla a través del ventanal, su rostro se iluminó con una sonrisa genuina, una de esas sonrisas que no piden nada a cambio, sino que simplemente celebran la existencia del otro.

​Ella no sintió el sobresalto de la ansiedad que solía acompañar sus encuentros del pasado. Al contrario, sintió una calidez serena. Ver a Alfonso sonreír mientras se acercaba era la confirmación de que la libertad creativa de su vida estaba dando frutos: había dejado de escribir una tragedia para empezar a vivir un poema.

​Se puso en pie y caminó hacia la puerta. Ya no era la mujer que se escondía, sino la reina que salía a recibir a quien sabía valorar su reino. Alfonso se detuvo a pocos metros, respetando el espacio de la cabaña, y su mirada le dijo todo lo que las palabras aún no alcanzaban a expresar. La realidad, por fin, era tan hermosa como lo que ella acababa de escribir.

 

Capítulo: El Invitado del Reino.

 

​Alfonso no era un extraño en el sentido estricto, aunque era la primera vez que habitaba el silencio de su cabaña. Mientras él terminaba de subir la cuesta, ella recordó lo que Olga le había contado: cómo Alfonso se había quedado prendado de aquella fotografía en Valencia. En la imagen, ellas dos caminaban por las calles bañadas por el sol mediterráneo, riendo, sin saber que alguien, al otro lado de una pantalla o un papel, estaba viendo en ellas la definición misma de la vida.

 

​La Luz de Valencia en la Montaña.

 

​El fuego chisporroteaba en la chimenea, creando sombras cálidas que bailaban sobre las paredes de madera. Alfonso se sentó frente a ella, sosteniendo una taza caliente entre las manos, pero su mirada no estaba en el fuego, sino en el rostro de la mujer que tenía delante.

​—Sabes —dijo él con voz suave, rompiendo el silencio de forma natural—, a veces cierro los ojos y vuelvo a ver esa fotografía que me enseñó Olga.

​Ella sonrió de lado, un poco tímida pero curiosa.

—¿La de Valencia? Éramos solo dos amigas paseando, intentando olvidar el mundo por un rato.

​—Para ti era eso —replicó Alfonso, dejando la taza sobre la mesa, cerca del cuaderno de ella—. Para mí, fue un descubrimiento. En esa foto, caminando por el Carmen, no vi a alguien que huía de nada. Vi a una mujer que llevaba su propio sol por dentro. Olga me dijo: "Mira, ella es una reina", y no se refería a un título, sino a esa forma tuya de pisar la tierra, como si cada paso fuera una declaración de libertad.

​Ella bajó la mirada hacia su cuaderno y luego volvió a Alfonso. Entendió en ese momento que él no estaba allí por casualidad, ni por rescatarla de Julián. Alfonso estaba allí porque se había enamorado de su capacidad de ser feliz, de la versión de ella que Olga siempre había defendido.

​—Ese día en Valencia —confesó ella—, sentí por primera vez en años que podía respirar sin permiso. Me alegra que fuera esa versión de mí la que te trajera hasta aquí.

​Alfonso estiró la mano y, con un respeto casi sagrado, rozó apenas la punta de sus dedos.

—No vengo a interrumpir esa libertad. Solo vengo a ver si hay sitio en este reino para alguien que sepa apreciar el oro de tu tiempo.

​La Imagen Guardada.

​Alfonso dejó su taza y buscó en el bolsillo interior de su chaqueta. Con un cuidado infinito, extrajo un sobre pequeño de papel kraft. De su interior sacó una copia física de la fotografía, un poco desgastada en las esquinas por haber sido consultada muchas veces.

​—La he llevado conmigo desde que Olga me la dio —dijo él, extendiéndola sobre la mesa de madera.

​Ella se inclinó para mirarla. Ahí estaban: Valencia al fondo, la luz dorada del Mediterráneo bañando las fachadas antiguas y, en el centro, ella misma. Se vio caminando junto a Olga, riendo de algo que ya no recordaba, con el cabello alborotado por la brisa marina. Lo que más le impactó no fue su belleza, sino la expresión de sus ojos: eran los ojos de alguien que, aunque fuera por una tarde, se sentía dueña del mundo.

​—Ese día —susurró ella, acariciando la imagen con la yema del dedo—, Olga no dejaba de decirme: "Ánimo amiga, seguimos siendo las reinas". Yo pensaba que lo decía para consolarme, para ayudarme a olvidar la sombra de Julián que me esperaba al volver a casa.

​Alfonso negó con la cabeza suavemente.

—Olga no lo decía para consolarte. Lo decía porque era la verdad. Lo que yo vi en esta foto no fue a una mujer herida, sino a la mujer que escribió ese cuaderno que tienes ahí. Vi la fuerza que necesitabas para construir esta cabaña mucho antes de que pusieras la primera piedra.

​Ella levantó la vista de la foto y lo miró a él. En ese momento, la cabaña en la montaña y las calles de Valencia se unieron. Alfonso no era un extraño que llegaba a su vida; era alguien que había estado esperando a que ella terminara de reclamar su propio reino para poder caminar a su lado.

​—Gracias por guardarla —dijo ella, sintiendo que un nudo antiguo se deshacía definitivamente en su garganta—. Y gracias por ver a la reina antes de que yo misma pudiera encontrar mi corona.

 

El Silencio Compartido.

 

​El fuego en la chimenea comenzó a ceder, dejando paso a un resplandor rojizo que envolvía la estancia en una penumbra acogedora. Sobre la mesa quedaron la fotografía de Valencia y el cuaderno abierto, dos versiones de la misma mujer unidas por el tiempo.

​Ella tomó la mano de Alfonso, sintiendo la calidez de su piel y la seguridad de su presencia. No necesitaban más palabras; el peso de la fotografía y la profundidad de lo escrito en el cuaderno ya lo habían dicho todo. Alfonso no intentó romper el momento con promesas vacías; simplemente apretó su mano con suavidad, confirmando que su Mundo de Paz ahora tenía un guardián más.

​—Es hora de descansar —susurró ella, sintiendo una ligereza que no conocía.

​Se levantaron juntos, dejando atrás las sombras de lo que fue. Mientras la noche de la montaña envolvía la cabaña con su manto de estrellas, ella supo que, al cerrar los ojos, no despertaría en una pesadilla del pasado, sino en la realidad que ella misma había elegido. En el umbral del sueño, la frase de Olga volvió una vez más, pero esta vez con un matiz nuevo. Ya no era un grito de resistencia, sino un hecho absoluto: la reina finalmente estaba en su trono, y la paz era su corona más brillante.

 

 

 

Autora : Ma. Gloria Carreón Zapata.

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Continuará...





domingo, 4 de enero de 2026

EL TRONO VACIO.

 




 

​Te sentaste en el trono de tu propia arrogancia,

mirando desde arriba a quien todo te dio;

confundiste su entrega con insignificancia,

y en tu afán de grandeza, tu luz se apagó.

 

​Creíste que el mundo te debía los besos,

que el amor era un siervo que debía esperar;

despreciaste el diamante por buscar otros huesos,

y hoy no tienes arena, ni tierra, ni mar.

 

​Es el pago del necio que desprecia lo puro:

quedarse con restos por no saber recibir.

Ahora el frío es tu amante, el silencio tu muro,

y aquel amor que ignoraste... no volverá a venir.

 

 

Autora : Ma. Gloria Carreón Zapata.

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CRÓNICA DE UN CREADOR HERIDO.

 


 



​¡Basta de guerras! Unámonos, hermanos, por un mundo donde la paz sea el único reino.

​Desde lo alto, el Eterno contempló la tierra devastada. Vio el rastro amargo de la sangre, la sombra de la muerte y el odio desbordado sobre los campos.

​¿En qué he fallado?, se preguntó en un susurro. Si todo lo creé en armonía. Cubrí el suelo con pasto para sanar sus pasos y les advertí que no consumieran sangre, pues conocía el veneno de la enfermedad. Les entregué frutos puros, pero prefirieron el despojo; ahora, en su ceguera, caminan hacia su propio exterminio.

​¿Qué ocurre en la tierra?, continuó, Se han perdido a sí mismos, olvidando que su paso por la vida es apenas un suspiro. Acumulan tesoros materiales mientras ignoran el hambre del hermano. Avanzan destruyendo lo que encuentran y me pregunto: ¿fue en vano que les puse corazón?

​Observó con tristeza la soberbia humana:

No aprendieron del simio, que entrega la vida por su cría. Ellos, en cambio, asesinan por alimentar un ego malsano que los devora. No ven que este sistema de cosas tiene sus días contados. Nada de lo que ambicionan cruzarán al otro lado; así como llegaron, partirán. Solo el peso de la tierra sobre el féretro será su última carga, mientras el cuerpo vuelve al polvo.

​¿Por qué, entonces, se afanan en la maldad? ¿Por qué no luchan por rescatar el alma, ahora que aún es tiempo de corregir el rumbo hacia la promesa de lo eterno?

​Miro hacia arriba: las aves cruzan el firmamento trinando alabanzas; los campos reverdecen dando gloria y las flores, vestidas de colores vivos, gritan ¡Aleluya! al Señor.

​Mientras tanto, la humanidad se ahoga en lamentos, gimiendo su propia frustración. Da gracias al Eterno por el soplo de vida. Ponlo a prueba y verás que su gloria es infinita. A su lado el dolor se disipa, dejando lugar al gozo y a la esperanza de la resurrección, aguardando Su venida para ser bañados en amor.

​Soberano Rey de Reyes, grande es mi Creador. Bendice, Dios mío, a este mundo que busca caminos y aún no logra encontrarlos.

 





 

Autora : Ma. Gloria Carreón Zapata.

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02 /01 /2025.

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RENACER.

 


Prosa Poética

 

​Cada amanecer es una dádiva del Creador, una página en blanco y un nuevo reto para alcanzar nuestra mejor versión. En el afán de dejar huella, esculpimos nuestra existencia con esfuerzo, pero a menudo nos limitamos a sobrevivir.

Hemos olvidado caminar bajo sus divinos mandamientos y, en cambio, tropezamos de fracaso en fracaso persiguiendo fuera lo que ya portamos dentro. Buscamos una paz que solo hallaremos al despojarnos del egoísmo y de esa vana manía de poseer lo que, en esencia, solo a Él le pertenece.

​Perseguimos el amor sin descanso, olvidando que somos fruto del Amor mismo. Somos esencia divina; bastaría con mirarnos honestamente para comprender que el secreto de la paz reside en entregarnos, en ser y dejar ser, compartiendo la luz que somos con los demás.

​Ya lo sentenció el Gran Maestro: “Amaos los unos a los otros”.

​¿Hasta cuándo cerraremos los oídos mientras nos exterminamos como hermanos? Nos consume la ambición por lo efímero, por aquello que el tiempo y la polilla corrompen. Somos vulnerables ante sombras que, por siglos, han lucrado con la sangre, la guerra y el dolor ajeno.

​¿Qué puede esperar nuestro Creador de nosotros si hemos desterrado de la educación, incluso de aquella que se mama en el hogar, el respeto y el temor reverencial al Todopoderoso? Esa es la única base sólida para heredar un mundo mejor a las generaciones venideras.

​En medio de esta inopia espiritual, ¿cómo pretendemos respetarnos a nosotros mismos? ¿Cómo ansiamos recuperar valores si hemos echado por la borda Sus mandamientos y pisoteado el sacrificio que nos fue heredado por pasión?

​Es hora de liberarnos de la maldad para alcanzar aquello que nuestros ancestros ya anhelaban. Urge rescatar nuestra dignidad, comenzando por el amor propio y el respeto mutuo. Solo así seremos capaces de ofrecer una luz que renazca entre las tinieblas.

​Seamos cada uno la luz del mundo, para iluminar, por fin, a toda la humanidad.




 

RENACER.

(Romance)

 

 

​Cada vez que nace el día

es un reto del Creador,

para tallar con esfuerzo

una huella de valor.

Pero el hombre se ha olvidado

de vivir bajo su honor,

persiguiendo lo que es vano,

lo que causa más dolor.

¿Hasta cuándo los oídos

cerraremos a Su voz?

Si por amor fuimos hechos,

somos hijos del Señor.

No busquéis en la rapiña

ni en la guerra ni el rencor,

que la paz es darse al otro

en un abrazo de unión.

Que renazca entre las sombras

una luz con gran fulgor,

y que el mundo sea testigo

de este nuevo despertar.

 

 




Autora : Ma. Gloria Carreón Zapata.

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02 /01/2025.

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ERES MI EXISTIR.

 



 

​En este día de nuestro aniversario,

detengo el tiempo para decirte una vez más

que eres la razón de mi abecedario

y el puerto seguro donde encuentro paz.

 

​Eres como el aire puro que respiro,

fresco y vital en cada despertar,

la fuerza suave que en cada suspiro

me devuelve las ganas de volver a empezar.

 

​Como el canto de las aves alborotadas,

que al escucharlas motivan mi andar,

así es tu voz en las horas cansadas,

la melodía perfecta que me enseña a amar.

 

​Gracias te doy por estar, por existir,

por ser el regalo que el cielo me dio,

y sobre todo por hacerme la vida...

más bella, más dulce, más llena de Dios.

 

 

​¡Feliz Aniversario!

Autora : Ma. Gloria Carreón Zapata.

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@Alf.

EL OFICIO DE TRADUCIR EL ALMA.

 






 


​Dicen que escribir es un camino solitario, pero quien escribe con el corazón jamás está solo; habita en cada persona que se reconoce en sus versos. No se escribe por la vana espera de una recompensa, sino por la urgencia de no dejar que el sentimiento se desvanezca en el silencio.

​Transcribir lo que sentimos es darle forma al aire, es convertir el dolor en bálsamo y la soledad en un punto de encuentro. Mientras el mundo corre tras lo tangible, el escritor se detiene a rescatar lo invisible: la nostalgia de un Año Nuevo en silencio, la fe de un amor que se encuentra o el alivio de una palabra que llega a tiempo.

​No es solo "amor al arte". Es amor a la vida. Porque vivir sin expresar lo que somos es como tener un tesoro bajo llave en un barco que se hunde. Al escribir, abrimos el cofre y lo compartimos, sabiendo que una frase nuestra puede ser el refugio de alguien a quien nunca conoceremos, pero con quien ya estamos unidos para siempre.

​El papel no solo recibe tinta; recibe esperanza. Y esa, sin duda, es la mayor fortuna que un ser humano puede acumular.

 

Autora : Ma. Gloria Carreón Zapata.

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PARA QUIENES RECIBIERON EL AÑO NUEVO EN SILENCIO Y SOLEDAD.

 



 

​Entiendo el peso de un brindis no compartido, el eco de los deseos lanzados al aire sin una voz que responda. Sé que las luces de artificio pueden parecer más frías, y el bullicio ajeno, una melodía distante que acentúa el propio silencio.

​Si este Año Nuevo te encontró solo o sola, quiero que sepas que tu experiencia es válida y tu sentir, comprendido. La soledad no es un fracaso, a veces es una circunstancia, un respiro necesario o un espacio que, aunque duela, nos permite reconectar con nosotros mismos.

​Pero que la ausencia de compañía no opaque la esperanza que un nuevo ciclo trae consigo. Este nuevo año es una página en blanco, una oportunidad para sembrar nuevas semillas, construir puentes, encontrar nuevas pasiones y, quizás, descubrir que la conexión humana está más cerca de lo que imaginas.

​Recuerda que la fortaleza se encuentra en los momentos vulnerables, y que incluso en la quietud, hay una energía de renovación esperando ser despertada. Tómate tu tiempo, sé amable contigo, y confía en que el camino se despliega con promesas aún por cumplir.

​No estás solo en ese sentimiento. Que este año te traiga la compañía que anhelas, la paz que mereces y la alegría genuina que florece desde el interior. Que la luz llegue a cada rincón de tu corazón.

​Con un abrazo cálido y mucha esperanza.

​A veces, el mayor acto de amor propio es aprender a ser nuestra propia buena compañía cuando otros nos fallan. El abandono duele, pero también deja el espacio libre para que lleguen personas nuevas que sí sepan cuidar ese "invaluable tesoro" que menciono en el  poema... Almas Gemelas.



 

 

Autora : Ma. Gloria Carreón Zapata.

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ALMAS GEMELAS.








​Hábito y reconozco tu dulce sentir,

ese amor inmenso, tantas veces soñado; 

al fin mi existencia logra recibir

 aquello que el tiempo me había negado.


​Te siento en mi pecho vibrar y latir,

fundido en mi alma, borrando el pasado; 

trajiste a mi vida la calma y la dicha,

 ¡gracias, amor, por haberte entregado!


​Bendito el instante en que viniste a mí, 

sueño cumplido que al fin he alcanzado.

¡Qué plenitud la de estar a tu lado

desde aquel día en que te conocí!


​Dos voluntades que se han enlazado,

corazón, alma y pensamiento;

este amor puro, que va en incremento, 

es nuestro tesoro más noble y sagrado.


​Dueño de mi alma, señor admirable,

luz de mis días y mi compañía,

tu esencia es dulce, tu paz inigualable,

 tú eres la causa de mi alegría.


​Nuestro destino de dicha está bordado, 

teniendo tu afecto, nada nos falta; 

tú y yo al amor nos debemos, 

almas gemelas que el cielo ha encontrado.



Autora : Ma. Gloria Carreón Zapata.

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EL DIÁLOGO CON LA NOCHE Y EL SILENCIO.

  Lacera el alma tu ausencia bendita y quema el pecho la luz de tu fuego es un altar donde sufro y me entrego a la memoria que sua...