Dicen que el amor es el motor del mundo, pero a veces
olvidamos que su mayor milagro no es el movimiento, sino la quietud que nos
regala. Es esa fuerza invisible que no necesita gritar para ser escuchada, ni
golpear para vencer. Es, en esencia, la arquitectura que sostiene el techo de
nuestra propia cabaña interior cuando afuera el tiempo insiste en su erosión.
A diferencia del fuego que todo lo consume, este
sentimiento es como el sol de invierno: calienta sin quemar, iluminando los
rincones donde antes guardábamos el metal oxidado de viejos rencores. Los
poetas de antaño no mentían al llamarlo oro, pues tiene la extraña virtud de
convertir el plomo de los días difíciles en una moneda que sí tiene valor, una
que no es falsa porque se acuña con la verdad del perdón y el descanso.
Amar es, al final, el acto de valentía más silencioso que
existe. Es decidir que el camino hacia adelante es más ancho que la huella del
pasado, y que el corazón, lejos de ser un campo de batalla, es el jardín donde
finalmente hemos decidido sentarnos a contemplar cómo gira la vida, impulsada
por ese motor dulce que todo lo mueve, y que todo lo cura.
Autora: Ma. Gloria
Carreón Zapata.
@copyright.
Fotografo Nathan
Klok.
Minnesota.

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