JAVIERA
Hastiada del bullicio y el
asfalto ardiente, Javiera sentía que el estrés de la ciudad la asfixiaba. En
sus momentos de soledad, intentaba desesperadamente retroceder el tiempo para
refugiarse en su infancia; añoraba las callecillas de tierra y aquel perfume a
barro mojado que subía del suelo cuando la lluvia caía torrencial sobre su
amado pueblo.
Esa tarde, se recogió la
abundante melena y caminó hacia el ventanal. Su bata de seda blanca, ligera y
traslúcida, no solo revelaba su delgada silueta, sino que parecía transparentar
también sus penas. Se miró las manos preguntándose en qué recoveco del camino
se habían quedado sus años mozos. Eran preguntas que el viento evaporaba sin
respuesta. En ese silencio, le hacían falta los consejos sabios de su padre y,
sobre todo, el refugio de su cariño.
—Hola, mamá... ¿Quieres venir a
mi recámara unos minutos?
La voz de Fátima, su hija de
doce años, interrumpió el vacío. La niña era un reflejo de gracia: pecosa, de
ojos negros y profundos, y una cabellera rizada que parecía tener vida propia.
Fátima no se separaba de ella más que para ir a la escuela; compartían el amor
por la lectura y el calor del hogar. A su corta edad, la pequeña ya había
devorado a Cervantes, Unamuno y Rulfo. Esa madurez literaria le había otorgado
una agudeza dolorosa: Fátima veía perfectamente la realidad de su hogar,
marcada por un padre machista y una madre sumisa.
Javiera la siguió. Dentro de la
habitación, la niña señaló la pantalla de la computadora.
—Mamá, ¿quieres contestar el
chat?
Javiera retrocedió,
desconcertada. La tecnología era para ella un territorio ajeno y temible. Pero
Fátima la tomó de la mano y la guio frente al monitor.
—Te he conseguido un amigo,
mamá. No me gusta verte como un fantasma por la casa. Sé que mi papá no te ama
y te he visto llorar en cada rincón. No quiero que estés sola.
El corazón de Javiera dio un
vuelco. El pánico y la vergüenza se mezclaron en su pecho.
—No comprendo, hija... ¿Qué has
hecho?
—Te quiero feliz, mamá —musitó
Fátima con una determinación que no correspondía a su edad—. Es un amigo por
internet.
Javiera intentó protestar,
alegando que ella era su única prioridad, pero sus ojos se desviaron
inevitablemente hacia las líneas que parpadeaban en la pantalla:
“Hola, Javiera. Aquí estoy,
revisando unos exámenes mientras hablo contigo. ¿Qué tal tu día?”
Sintió pavor. Quiso huir. El
internet le parecía un arma de doble filo y temió por la seguridad de su hija.
Sin embargo, algo en la redacción de aquel hombre —Ignacio— traslucía educación
y calma. Decidió, más por curiosidad que por convicción, seguir el juego.
—Hola, buenas tardes, señor
Ignacio —escribió con dedos temblorosos.
—Hola, Javiera. ¿Cómo fue tu día?
—respondió él casi al instante.
El rostro de Javiera ardía.
¿Ella, conversando con un extraño? Estuvo a punto de arrancar el cable de la
pared, imaginando lo peor: ¿y si era un asesino o un secuestrador? Pero al
girarse, vio a Fátima apoyada en el escritorio, observando la pantalla con una
sonrisa satisfecha.
De pronto, un mensaje nuevo
apareció: Ignacio pedía encender la cámara.
El terror de Javiera fue
distinto esta vez. Su marido le había repetido durante años que era fea, que
nadie podría amarla jamás. La sumisión le había robado el espejo. Aunque sentía
una curiosidad punzante por ver quién estaba del otro lado, el miedo ganó la
partida.
—Será en otra ocasión, señor.
Por ahora me despido, agradeciendo su amistad.
Tras apagar el ordenador,
Javiera confrontó a su hija. Le habló de los peligros, de los lobos disfrazados
de ovejas, y le hizo jurar que no volvería a contactarlo. Pero Fátima, con la
calma de quien ha leído demasiadas tragedias clásicas para ser engañada,
respondió:
—Mamá, supe elegir. Lo
investigué. Vive solo, dedicado a su trabajo, y nunca se casó. Es el hombre
ideal para ti.
Javiera se quedó muda. ¿En qué
momento los niños habían empezado a pensar como adultos? Esa noche, el sueño le
fue esquivo. El "arma de doble filo" del internet empezó a mostrar su
lado luminoso. A sus cuarenta y dos años, el anhelo de sentirse valorada y de
escapar del infierno verbal y físico de su matrimonio empezó a ganarle al
remordimiento.
Al día siguiente, antes de que
Fátima se fuera a la escuela, Javiera le pidió —casi en un susurro— que le
dejara encendido el ordenador. Tras unas breves instrucciones de la niña,
Javiera quedó sola frente a la pantalla.
Ya no quería huir. Con el
corazón latiendo con una fuerza que creía perdida, buscó la página de poesías.
Estaba ilusionada. Se preguntó si Ignacio sería como lo imaginaba, un
caballero, el príncipe azul capaz de rescatarla de su propia sumisión. Por
primera vez en mucho tiempo, Javiera no quería retroceder al pasado; quería que
el reloj corriera rápido hacia el futuro.
Cap. 2
EL REFLEJO EN EL
CRISTAL
El silencio de la casa,
usualmente pesado y asfixiante, esa mañana se sentía distinto. Tras cerrar la
puerta después de que Fátima se marchara a la escuela, Javiera se quedó de pie
frente al ordenador. El zumbido del ventilador de la máquina le recordaba que
una ventana al mundo estaba abierta.
Con manos torpes, siguió las
instrucciones que su hija le había anotado en un papel: “Haz clic aquí, escribe
tu clave, busca el nombre de Ignacio”. Cuando la sesión se inició, el corazón
le golpeó las costillas. Ahí estaba él, conectado.
Ignacio: "Buenos días, Javiera.
No esperaba encontrarte tan temprano. Es una grata sorpresa."
Javiera sonrió frente a la
pantalla, una expresión que se sentía extraña en sus músculos faciales, casi
olvidada.
Javiera: "Buenos días. Mi
hija me ayudó... quería agradecerle sus palabras de ayer."
La conversación fluyó con una
naturalidad que la asustó. Ignacio no era el depredador que ella temía, sino un
hombre que hablaba de libros, de la soledad de sus tardes calificando exámenes
y de su amor por la poesía de Bécquer. Por primera vez en décadas, Javiera no
era "la esposa de" o "la madre de"; era simplemente
Javiera, una mujer con opiniones y sueños.
Sin embargo, el hechizo se
rompió cuando un ruido en la entrada la hizo saltar de la silla. Era su marido,
que regresaba por unos documentos olvidados. Javiera cerró la tapa de la
computadora de golpe, sintiendo que el rostro se le desencajaba.
—¿Qué haces en el cuarto de la
niña? —preguntó él con esa voz ronca que siempre precedía a un reproche.
—Limpiando... solo sacudía el
polvo —mintió ella, bajando la mirada.
Él la recorrió con una mirada
cargada de desprecio.
—Mírate, siempre con esa cara de
mártir. Nadie más que yo te aguantaría, Javiera. Da gracias que tienes este
techo.
Cuando él se marchó, el silencio
regresó, pero esta vez venía acompañado de un sabor amargo. Javiera regresó al
ordenador. Ignacio seguía ahí, preguntando si todo estaba bien. En un arrebato
de rebeldía, de ese fuego interno que Fátima intentaba avivar, Javiera tomó una
decisión.
—¿Sigue ahí, Ignacio? —escribió.
—Aquí estoy.
—¿Todavía quiere que encienda la
cámara?
Hizo clic en el pequeño icono de
video. La pantalla se dividió en dos. De un lado, apareció un hombre de unos
cincuenta años, de mirada serena y anteojos de marco fino, con una biblioteca
de fondo que parecía abrazarlo. Del otro lado, se vio a sí misma.
Javiera contuvo el aliento.
Hacía años que no se miraba de verdad. Vio su piel pálida, sus ojos tristes
pero profundos, y la elegancia natural de su cuello. Ignacio se quedó en
silencio un momento, y ella estuvo a punto de desconectar, segura de que él
confirmaría las crueldades de su marido.
—Javiera... —dijo Ignacio con
una voz pausada que atravesó los altavoces—. Tienes una luz en los ojos que no
logran ocultar tus silencios. Eres una mujer hermosa, aunque pareces no
saberlo.
Por primera vez en su vida
adulta, Javiera no bajó la mirada. El monitor se convirtió en su espejo de
verdad, y del otro lado, por fin, alguien la veía.
Cap. 3
MÁS ALLÁ DE LOS
PIXELES.
El día del encuentro, Javiera se
despertó con una sensación eléctrica recorriéndole la piel. Habían pasado
semanas de conversaciones nocturnas, de poemas compartidos y de confesiones
susurradas a la luz del monitor. Ignacio se había convertido en su balsa en medio
del naufragio.
Fátima, cómplice silenciosa, la
ayudó a arreglarse.
—Ponte el vestido azul, mamá. Ese
que resalta el color de tus ojos cuando dejas de estar triste —le dijo la niña
mientras le cepillaba el cabello.
Javiera se miró al espejo y, por
primera vez, no vio al "fantasma" que su marido describía, sino a una
mujer de cuarenta y dos años con una vida entera por reclamar.
Caminó hacia el centro del
pueblo, al pequeño café "El Oro del Tiempo", un lugar que siempre le
pareció sacado de una novela. El corazón le latía con tanta fuerza que temía
que los transeúntes pudieran escucharlo. Al entrar, el aroma a grano recién
tostado y madera vieja la envolvió.
Allí, en una mesa al rincón,
estaba él.
Ignacio se puso en pie en cuanto
la vio. Era exactamente como en la cámara, pero con una presencia que las ondas
de internet no podían transmitir: un aura de paz y respeto.
Llevaba un libro bajo el brazo y una sonrisa
que no pedía nada a cambio.
—Javiera... —dijo él, y su voz,
sin el filtro del ordenador, sonó como una caricia—. Estás aquí.
Se sentaron frente a frente. Al
principio, el silencio fue denso, cargado de la timidez de dos desconocidos que
ya se conocen el alma. Pero cuando sus manos se rozaron accidentalmente sobre
la mesa, Javiera no retiró la suya. Sintió el calor de una piel que no buscaba
someterla, sino acompañarla.
—Tenía miedo —confesó ella en un
susurro, mirando su taza de café—. Miedo de que, al verme en persona, vieras lo
que él ve.
Ignacio tomó su mano con firmeza
y suavidad.
—Él mira con los ojos del que
quiere poseer, Javiera. Yo te miro con los ojos del que ha aprendido a leer
entre líneas. No eres fea, ni eres poca cosa. Eres un poema que alguien no supo
recitar.
Por primera vez en años, Javiera
no sintió ganas de llorar por tristeza, sino por alivio. Hablaron durante
horas. Él le contó de su vida en la universidad, de sus viajes y de cómo la
soledad lo había llevado a buscar refugio en aquel chat. Ella le habló de sus
miedos, de su deseo de libertad y de cómo Fátima había sido el ángel que abrió
la celda.
Sin embargo, el reloj de la
pared marcó las seis. La realidad regresó como un balde de agua fría: debía
volver a casa antes que su marido.
—Tengo que irme —dijo ella, con
una angustia repentina.
—Lo sé —respondió Ignacio, sin
intentar retenerla a la fuerza—. Pero quiero que te lleves esto.
Le entregó el libro que traía:
una antología de poesía. Entre las páginas, Javiera encontró un papelito con un
número de teléfono y una frase escrita a mano: "No permitas, amor, un
verano más sin ti".
Javiera salió del café sintiendo
que el asfalto ya no quemaba tanto. Al llegar a su casa, su marido la esperaba
en la sala, con el ceño fruncido y el reloj en la mano.
—¿Dónde estabas? —preguntó él con
tono inquisidor.
Javiera apretó el libro contra
su pecho, sintiendo el peso de la libertad en sus manos.
—Fui a buscar un poco de aire
—respondió ella, sosteniéndole la mirada por primera vez en veinte años—. Un
aire que tú ya no puedes quitarme.
Cap. 4
LA RUPTURA DEL
SILENCIO
La atmósfera en la casa era
eléctrica, como el aire antes de una tormenta de verano. El marido de Javiera,
Ricardo, no era un hombre tonto; su instinto de dominio detectaba cualquier
grieta en el muro de sumisión que había construido alrededor de su esposa.
Esa noche, el detonante fue el
libro de poesías que Ignacio le había regalado. Javiera lo había dejado sobre
la mesita de noche, un error nacido de la felicidad que aún le nublaba el
juicio. Ricardo lo tomó entre sus manos con desprecio, hojeándolo como quien
busca una prueba de un crimen.
—¿De dónde sacaste esto?
—preguntó, su voz era un trueno contenido—. Tú no compras libros.
Apenas si sabes qué día es hoy.
Javiera, que estaba doblando la
ropa, sintió que el frío le recorría la espalda. Pero al tocar la tela de su
bata blanca —la misma que usaba el día que habló con Ignacio—, recordó el calor
de la mano del profesor en el café.
—Me lo regalaron, Ricardo. Es
solo poesía —respondió ella, intentando mantener la voz firme.
—¿Regalado? ¿Quién te va a regalar
algo a ti? —Él soltó una carcajada seca, cargada de veneno—. Mírate. Das
lástima. Estás vieja, acabada. Si alguien te dio esto, fue por caridad. O peor
aún...
Él se acercó, invadiendo su
espacio personal, ese círculo invisible que ella siempre le había cedido. Pero
esta vez, Javiera no retrocedió.
—¿O qué, Ricardo? —lo retó ella,
alzando la barbilla—. ¿O es que te aterra pensar que alguien pueda verme de una
forma en la que tú nunca fuiste capaz?
El rostro de Ricardo se
transformó. La sorpresa de ser cuestionado se convirtió rápidamente en una
furia roja. Estrelló el libro contra el suelo y la tomó del brazo con fuerza.
—¡Tú me perteneces! ¡Eres mi
mujer y harás lo que yo diga hasta el día que te mueras! —gritó, su aliento
oliendo a rancio y a dominio.
En ese momento, la puerta de la
habitación se abrió. Fátima estaba allí, con los ojos muy abiertos, pero sin
una gota de miedo. En sus manos sostenía su tableta, grabando la escena.
—Suéltala, papá —dijo la niña
con una frialdad que congeló el aire—. Ya no estamos solas. Si le pones una
mano encima, todo el mundo va a ver quién eres realmente. El "gran
señor" que humilla a una mujer en la oscuridad de su casa.
Ricardo soltó el brazo de
Javiera, desconcertado por la rebelión doble. Miró a su hija como si fuera una
extraña.
—Tú no te metas, malagradecida
—balbuceó él, intentando recuperar el control.
Javiera se colocó frente a su
hija, protegiéndola con su cuerpo, pero también con su nueva dignidad. Se dio
cuenta de que el "príncipe azul" no era solo Ignacio; era también la
fuerza que Fátima le entregaba y el valor que ella misma había recuperado.
—Se acabó, Ricardo —dijo
Javiera, y su voz ya no temblaba—. No soy tu propiedad. Soy una mujer que ha
vuelto a leer, que ha vuelto a sentir y que, sobre todo, ha dejado de tenerte
miedo. Puedes quedarte con esta casa, con el asfalto caliente y con tu odio.
Fátima y yo nos vamos.
—¿A dónde vas a ir? —se burló
él, aunque su voz sonaba desesperada—. ¡No tienes nada!
Javiera recogió el libro del
suelo, alisando con cuidado la portada maltratada.
—Tengo algo que tú nunca
entenderás —respondió ella mientras se encaminaba a la puerta con su hija de la
mano—. Tengo un futuro que no te incluye.
Cap. 5
LA COSECHA DE LA
LIBERTAD
Seis meses después, el aire que
respiraba Javiera ya no olía a encierro ni a reproches. Se había instalado en
una pequeña ciudad cercana a la de Ignacio, en un modesto departamento que,
aunque pequeño, estaba inundado de luz y libros.
Javiera no solo había huido; se
había reconstruido. Gracias al apoyo de Ignacio, quien la guio en los aspectos
legales y administrativos, y a su propia determinación inquebrantable, Javiera
consiguió un empleo como asistente en la biblioteca municipal y, por las
tardes, colaboraba en una editorial independiente. Aquel "fantasma"
que recorría la casa de Ricardo ahora era una mujer eficiente, que manejaba
archivos, organizaba eventos literarios y, sobre todo, ganaba su propio
sustento.
Una tarde, mientras organizaba
una sección de autores contemporáneos, recibió un mensaje de su abogado. El
divorcio se había concretado. Ricardo había intentado sabotearla, asegurando
que ella "no duraría ni una semana sin su dinero", pero los estados
de cuenta y las calificaciones escolares de Fátima decían lo contrario.
Fátima estaba radiante. A sus
trece años, no solo era la mejor de su clase, sino que ayudaba a su madre a
digitalizar los poemas que Javiera escribía en sus ratos libres.
—Mira, mamá —dijo Fátima una
noche, señalando la pantalla—. Ya tenemos listo el compendio. "El Oro del
Tiempo", "Desvarío", "La Moneda Falsa"... todos tus
textos están aquí. Eres una escritora de verdad.
Javiera se acercó y abrazó a su
hija. Había logrado lo que Ricardo juró que era imposible: ser madre,
proveedora y mujer, todo al mismo tiempo.
Esa misma noche, Ignacio pasó a
recogerlas. No llegó como un rescatista, sino como un compañero. Ya no hablaban
a través de una cámara con miedo; ahora compartían cenas reales, paseos por
parques y sueños tangibles.
—Me han pedido que presente mi
libro en el centro cultural el próximo mes —le contó Javiera mientras caminaban
bajo los árboles—. Es una recopilación de mis vivencias y mis poemas.
Ignacio la miró con orgullo.
—Siempre supe que tenías esa voz,
Javiera. Solo necesitabas el silencio adecuado para escucharla.
A lo lejos, el recuerdo de
Ricardo se sentía como una pesadilla borrosa. Él seguía atrapado en su amargura
y su soledad, incapaz de entender que el control no es amor. Javiera, en
cambio, había aprendido que la libertad sabía a café por la mañana, a la risa
de su hija y al peso de un libro con su nombre en la portada.
Había demostrado que la
"moneda falsa" no era ella, sino la vida de mentiras que él le había
obligado a vivir. Ahora, Javiera caminaba con paso firme, sabiendo que su valor
no se medía por quién la acompañaba, sino por la fuerza con la que se había
puesto en pie.
EPILOGO.
LA ÚLTIMA PÁGINA.
Un año después de aquella huida
nocturna, el auditorio de la biblioteca municipal estaba lleno. En el centro de
la mesa, bajo una luz cálida, descansaba el primer ejemplar impreso de la obra
de Javiera. El título, grabado en letras doradas, resumía su viaje: "El
Oro del Tiempo y otros Desvaríos".
Ignacio estaba en la primera
fila, con esa mirada serena que siempre le devolvía la paz. A su lado, Fátima,
ya con el porte de una joven mujer, sostenía la cámara, pero esta vez no para
grabar una agresión, sino para inmortalizar el triunfo de su madre.
Tras la lectura de los últimos
versos de "No permitas, amor, un verano más sin ti", el público rompió
en un aplauso cerrado. Javiera se sintió plena, habitando por fin su propio
cuerpo y su propio nombre.
Al terminar el evento, mientras
firmaba ejemplares, una figura familiar apareció al final de la fila. Era
Ricardo. Lucía descuidado, con el peso de la amargura marcado en las ojeras y
el orgullo herido en la comisura de los labios. Al llegar frente a ella, no
pidió perdón; no sabía cómo. En lugar de eso, soltó un último dardo envenenado,
intentando minimizar su éxito.
—Veo que ahora te crees una gran
señora —dijo él con un tono que buscaba ser burlón—. Publicando tus penas para
que desconocidos te lean. Siempre fuiste arrogante, Javiera, creyendo que tus
letras importaban.
Javiera dejó la pluma sobre la
mesa con una calma glacial. Ya no sentía el hervor en el rostro ni el deseo de
arrancar los cables para huir. Miró a Ricardo directamente a los ojos, y con la
voz de quien ha conquistado su propia libertad, pronunció su cierre definitivo:
—No es arrogancia pedir que los
grupos de poesía dejen de ser fosas comunes. Arrogancia es creer que tus versos
—o tus palabras— merecen ser escuchados por personas a las que tú decides
ignorar.
Ricardo intentó interrumpirla,
pero ella continuó, firme:
—El que se siente atacado por un
llamado a leer al prójimo, acaba de confesar que solo sabe leerse a sí mismo.
No tengo más que decir.
Él se quedó mudo, desarmado por
una elocuencia que nunca pudo apagar. Sin una palabra más, se dio media vuelta
y se perdió entre la multitud, convirtiéndose finalmente en lo que siempre
debió ser: un extraño en la vida de una mujer extraordinaria.
Javiera volvió a su libro. Tomó
la pluma y escribió una dedicatoria para el siguiente lector. Al levantar la
vista, vio a Olga a lo lejos, quien le guiñó un ojo y levantó su copa de vino
en un brindis silencioso. Javiera sonrió. Olga tenía razón: seguían siendo las
reinas.
La historia de la mujer de la
bata de seda blanca había terminado. Ahora comenzaba la historia de la
escritora que, con el barro mojado de su infancia y el oro del presente, había
construido su propia eternidad.
FIN.

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