domingo, 31 de julio de 2022

A Olga en su Cumpleaños.

 



¡Felicitarte es genial!

Dios, te cumpla lo que pides

espero que nunca olvides

esta fecha tan especial

 

Admirable querida amiga

de noble y gran corazón

a Dios, ruego con ilusión

que por siempre te bendiga.

 

Que este maravilloso día

de jolgorio y satisfacción

sea de mucha diversión,

motivo de inmensa alegría.

 

Que la luna te ilumine

con radiante luminiscencia

bajo el cielo de Valencia,

 y siempre a tu lado camine.

 

¡Feliz Cumpleaños!

Autora: Ma. Gloria Carreón Zapata.


 

Para nuestra querida amiga Olga González Ferreiro.

De sus amigos Ma. Gloria y Juan Vicente.

1/08/2022.

sábado, 30 de julio de 2022

AMOR, VALIOSO TESORO

 





Amor, ¡qué valioso tesoro!, es vital

más que el oro apreciado, codiciado

no todo mortal se siente afortunado

sin él es nada, simple desecado vegetal.

 

Sin apego, la paz del mundo no sería

ni las flores sus brotes nos darían

ni colores hermosos lucirían,

sin afecto, la esperanza expiraría.

 

Sin ternura, el cielo vacuo fuera

la greda no brindara su tesoro

ni el ave su dulce canto canoro

ni el mortal de ilusión se nutriera.

 

Sin afecto, vivir no vale la pena

para qué, fiera invisible eterna

deambula sin que nada le concierna

soslayando vive del mundo la escena.

 

Eso fuera el humano, eso fuera

Para él no hubiera dicha plena.

 

Autora: Ma. Gloria Carreón Zapata.

Imagen de web.

 

LAS FIESTAS DE SAN ADRIÁN NAVARRA.

 


 

Al cierre de la gran celebración

entre aplausos y ovaciones

pega tremendos saltones

un bravo novillo cimarrón.

 

El majestuoso vacuno

triunfante transita las calles

honor rinde a los pasacalles

hercúleo, como el no hay ninguno.

 

Exaltando al gran torillo

todo San Adrián Navarra

al son de la española guitarra

degusta del buen vinillo.

 

Son las fiestas de Navarra

de poética y colosal riqueza

fuente de gran sutileza

donde la tinta el poeta desgarra.



Autora: Ma. Gloria Carreón Zapata.

1/08/ 2022.

Fotografía: San Adrián Navarra, España.


miércoles, 27 de julio de 2022

LA CUEVA MISTERIOSA

 






En un lugar muy apartado de la civilización llamado Cerros Blancos, al Sur del Estado De Nuevo León, donde los habitantes hablan aún de gnomos, fantasmas, la llorona, aquelarres, chaneques, brujas y duendes, espíritus errantes y demás, legado de viejas civilizaciones, se cuenta una leyenda muy popular entre sus habitantes.

Se habla de una cueva que contiene grandes tesoros en joyas y miles de riquezas, acuñadas en cofres atiborrados de doblones españoles de oro y grandes lingotes macizos también de ese precioso metal tan codiciado, así como hermosas alhajas incrustadas con las más exquisitas piedras preciosas de todas clases, como diamantes, rubíes, zafiros, esmeraldas, y toda la demás pedrería imaginable.

Un día un lugareño escuchó sobre esa leyenda y, sin importarle el peligro que conllevaba la empresa, cegado por la ambición, se adentró a lo profundo de la sierra sin hacer el mínimo caso de advertencia de su gran y único amigo de nombre Eduardo; de esa forma, al llegar a su destino por fin, después de haber andado perdido varias jornadas al no haber dibujado bien el croquis, boquiabierto, pudo finalmente darse cuenta de la verdad sobre lo que se murmuraba en el pueblo pues, de pronto, se vio envuelto en una espesa neblina.

Un gran escalofrió lo invadió haciéndolo caer sobre la yerba perdiendo el sentido sin siquiera haberse podido percatar del asunto y, con ello, a la vez, también perdió la noción del tiempo por unos cuantos minutos; de esa forma, al volver en sí y recuperarse de su asombro, se dio cuenta de que estaba ya dentro de la cueva; de pronto, escuchó un estruendoso ruido que le heló la sangre.

En ese momento, arrepentido, pensó dentro de sí:

--¿Por qué no le hice caso a mi amigo Lalo?...--, como le decía desde niño a su gran amigo Eduardo, pero ya era demasiado tarde, su ambición tuvo más éxito que el consejo de su camarada de juegos infantiles, y que la prudencia.

Ya muy tarde pudo darse cuenta pues, en ese instante, una gran serpiente se abalanzó hacia él, sin darle tiempo a reaccionar y, así, el gran susto que llevó lo dejó inmóvil por una fracción pero, además, luego al pretender reaccionar, trastabilló cayendo a lo profundo de un barranco dentro de la gran cueva y con esto a lo profundo también de un sueño inconsciente.

No supo cuánto tiempo después, tirado sobre el piso de tierra, lo despertaron unos pequeños movimientos que trepaban a su gran cuerpo mientras terminaba de recobrar el sentido; fue en esos instantes que finalmente pudo abrir bien los ojos para también escuchar unos murmullos preguntándole todos a la vez en diminutas vocecillas:

--¿Ya despertaste al fin?...--.

--¿Quién eres?..--.

--¿Cuándo llegaste?...--.

--¿A qué viniste?...--.

--¿Por qué estabas durmiendo sobre la tierra?...--.

--¿Traes dulces?...--.

--¿Desde dónde vienes?...--.

--¿Cómo te llamas?...--.

--¿Vienes solo?...--.

--¿Qué haces en este lugar tan lúgubre?...--.

--¿No sabes que esta cueva está maldita?...--.

Él, no daba crédito aún a lo que veía trepando sobre su cuerpo, eran cientos de pequeños duendecillos quienes habitaban el lugar, advirtiéndole en seguida que debería de salir huyendo del sitio; ellos, le guiarían para que pudiese escapar de la gran serpiente que custodiaba la cueva maldita, celosa siempre de que cualquiera se llevara su gran tesoro pero, para nuestro ambicioso personaje fue más fuerte su ambición por segunda ocasión, que el deseo de salvar su propia existencia, diciéndoles a todas las buenas advertencias y buenos juicios:

--¡Yo vine por el tesoro… y el mismo que me llevaré!...--.

En eso, se escuchó un estruendo muy fuerte, era como si se estuviese derrumbando la gran cueva pues rugían las piedras desde sus propios cimientos y, asustado, salió corriendo acompañado de sus amables anfitriones hacia un encaramado risco casi coronando el acantilado que por debajo de la misma cueva casi se perdía de vista; de esa forma y a salvo por el momento, ahí esperó en compañía de los duendes hasta que pasara el peligro cuando, de pronto, escuchó una vocecita que salió volando de debajo del suelo del risco diciendo:

--¿Necesitas ayuda?..., ¡yo te guío…, conozco estos barrancos y desfiladeros perfectamente!...--.

El hombre aún sin comprender que estaba frente al hada de los sueños, negó moviendo la cabeza; el, había ido detrás de un tesoro y sólo preguntó en voz alta:

--¿Cómo he de regresar a casa con las manos vacías?...--, agregando en seguida tercamente:

--¡No…, no puedo hacer eso!...--.

Y así, despreciando la tercera oportunidad de salvar su vida, salió corriendo de regreso otra vez hacia la entrada de la cueva en donde estaba aguardándolo la inmensa fortuna resguardada a su vez por la serpiente maldita, ingresando con su linterna hasta encontrar el tan anhelado tesoro escondido y, de esa manera, cuando por fin estuvo en el recinto formado por la naturaleza, mientras acariciaba ambiciosamente los diamantes y las doradas monedas brillantes, los lingotes de oro y las alhajas y demás joyas resplandecientes a la luz de su lámpara, a la vez que prendía fuego a un gran cofre de monedas antiguas conformadas básicamente en viejos doblones españoles para quemar el gas venenoso acumulado por tantos siglos, no se dio cuenta cuando, el enorme monstruo, la inmensa víbora que custodiaba la gran cueva, apareció frente a él.

En ese momento hubiese querido que la tierra se lo tragara, mil veces lo hubiese preferido al aterrador espectáculo de esa terrorífica serpiente con fuego en los ojos, sangre en la boca y su lengua viperina y espantosa que se movió frenética, cuando su dueña dijo en un siseo de voz espeluznante:

--¡Por mi parte… te daré una única y última oportunidad de salvar tu vida!...--, le advirtió la gran serpiente con una voz pasmosa como infernal, riendo diabólica y escandalosamente después:

--¡Jajajajajaja!...--, y siguió de la misma forma alzando el timbre cuanto podía:

--¡O todo o nada!...-- le grito con esa voz salida de los mismísimos infiernos.

Él, que había ido preparado, de su morral sacó unos costales que llevaba bien doblados, y empezó a guardar todo lo que podía en ellos; luego de llenarlos con todo lo que les cupo, comenzó a meter lo que podía dentro de sus propios bolsillos, llenó el morral de donde sacara los costales, se quitó la camisa para poder cargar más monedas y diamantes en ella pero, ni aún así, consiguió cargar con todo pues, era demasiado y la serpiente quien en realidad era el demonio, le había advertido que se llevaría, o todo, o nada.

De esa forma el pobre hombre ambicioso arrastrando sus dos costales, su morral y su camisa, además de solo un gran cofre y sus bolsillos llenos a más no poder, intentó salir de la cueva cuando, de pronto, volvió a tronar la macabra voz:

--¡Dije todo o nada!...--, el espeluznante tono infernal lo detuvo para hacerlo voltear, y así ver cómo la gran serpiente se le abalanzaba con las enormes fauces abiertas para engullirlo de un bocado; se sintió morir en el instante que también sintió en sus espaldas las garras de un águila que lo levantaba en vilo sobre el aire.

El hada de los sueños, había enviado a esa ave gigantesca para salvar la vida del ambicioso hombre quien, en ese momento, reaccionó dándose cuenta que estuvo a punto de perder la vida y no volver a ver jamás a su familia, a sus hijos ni a sus padres solamente por ambición. Entonces, comprendió que el mayor tesoro que tenía era su vida y la compañía de los suyos; que el ser rico era muy complicado, y nunca más volvería a intentar regresar de nuevo por ese tesoro maldito.

Y así, guardaría en lo profundo de su alma su inviolable secreto, su inolvidable visita a la gran cueva diabólica.



Autoría : Ma Gloria Carreón Zapata

Imagen tomada de Google.

AHORA ME DOY CUENTA QUE NADA SÉ





En la penumbra del aula de Literatura Universal, el profesor lanzó una pregunta que parecía sencilla: ¿Qué obras literarias han marcado sus vidas?. Como suele ocurrir, el silencio no duró mucho; fue interrumpido por la urgencia de quien confunde la soberbia con el saber.

​Una joven se puso en pie con un movimiento ensayado. Se ajustó la falda y, antes de hablar, recorrió la fila de sus compañeros con una mirada despectiva, como si observara insectos bajo un microscopio. Con el mentón en alto, sentenció:

—Yo las he leído casi todas, profesor.

​—Excelente —respondió él, curioso—. Por favor, mencione algunas.

​—Pues... Memín Pinguín, La Familia Burrón, Aniceto...

​Una carcajada colectiva estalló en el salón. El profesor, recuperando la compostura, intervino con voz enérgica:

—Señorita, no me refiero a historietas de entretenimiento, sino a los clásicos de la literatura.

​La alumna, lejos de amilanarse, frunció el ceño y desafió al maestro con una lógica torcida:

—¡Ah! Haberlo dicho antes, profe. Esa señora falleció hace mucho; yo ni siquiera la conocí.

​El profesor, entre la resignación y el asombro, le indicó que volviera a su sitio. Su mirada recorrió entonces el resto del aula buscando una "víctima"distinta, hasta que se detuvo en el rincón más alejado. Allí, casi fundida con el pupitre, estaba una joven que siempre intentaba pasar desapercibida.

​—Y usted —preguntó el maestro—, ¿para qué estudia?

​La chica tragó saliva. El titubeo inicial se transformó pronto en una voz serena pero firme:

—Estudio para ser un poco menos ignorante, profesor. Porque en la vida nunca se deja de aprender. Puedo saber de leyes, pero ignorar la mecánica; conocer la medicina, pero ser analfabeta en filosofía. En realidad, todos somos ignorantes en algo.

​El profesor la miró con genuino interés. Ella continuó:

—¿Sabe por qué digo que somos ignorantes? Porque si no podemos solucionar las crisis de un planeta que agoniza, ni somos capaces de vivir en paz con nuestros hermanos, ¿con qué derecho nos llamamos sabios?

​El silencio esta vez fue absoluto. El maestro, reflexionando sobre sus propias lecciones, asintió levemente.

—Señorita, hoy la clase era sobre identificar géneros literarios... pero usted nos ha dado una lección de vida.

​Ella bajó la mirada con humildad y, casi en un susurro, invocó al viejo sabio de Atenas:

—Solo sé que no sé nada.

​ El día que creas saberlo todo, habrás cometido tu mayor error: habrás dejado de crecer.

 


 



Imagen tomada de Google.

CONFUSIÓN FATÁL.

 


 

Era uno de esos días en que todos los seres humanos festejamos el día de pascua.

Esa mañana me encontraba en mi pequeño patio regando las pocas plantas que conservaba después de que el último frente frío había acabado con casi todas.

En eso escuché una suave voz que me llamaba por mi nombre.

Era Ana una de mis vecinas, se asomaba por encima de la barda trepada sobre una escalera como era su costumbre, en lugar de hacerme una llamada o rodear la cuadra.

--Hola Sonia--, salgamos a tomar un café.

Hacía unos minutos me había levantado, últimamente me daba por acostarme tarde.

Casi bostezando le contesté el saludo y acepté salir a tomar el delicioso café.

--¿Dame tiempo de ducharme quieres? ---.

Ella asintió con la cabeza y yo me dirigí de inmediato a la ducha, no sin antes dejarle la puerta principal sin llave.

 

No pasaron ni quince minutos cuando escuché unos fuertes toquidos en la puerta seguidos de un estruendoso ruido que me hizo estremecer,

--vaya esta chica trae prisa por charlar--,

murmuré para sí y me apuré a enjuagarme el cabello.

Casi terminaba de bañarme, le grité desde el cuarto de baño que pasara, ya me faltaba poco para salir.

Salí envuelta en la bata y al asomarme a la pequeña salita, cual sería mi sorpresa, no se trataba de mi vecina.

Eran unos hombres uniformados desordenando toda la casa. No me hice esperar y les grité que se detuvieran al ver como destrozaban todo lo que encontraban a su paso.

 

--¡Fuera de mi casa!---, les grité repetidas veces, ellos haciendo caso omiso seguían desordenándolo todo.

--¿Traen alguna orden de cateo?---, pregunté dirigiéndome al que suponía era el comandante.

De pronto sentí que alguien me estiraba del cabello, en lo que yo manoteaba tratando de zafarme.

--¡Mira perra, a mi comandante no le hables así!--, y de una bofetada me tiró al suelo, no sin antes arrancarme la bata de un jirón.

Quedando como Dios me trajo al mundo y a disposición de aquellos malhechores,

quienes no dejaban de mirarme como bestias hambrientas.

 

--Sin parar de gritar y en mi mente rogando a Dios que me protegiera de aquellos patanes, me apoyé de un pequeño mueble intentando ponerme de pie

Uno de los sujetos se abalanzó sobre mí al momento, que como pude traté de incorporarme, sentí su repulsivo aliento cerca de mi rostro, y sus asquerosas manos sobre mi cuerpo. En eso se escuchó un fuerte grito del supuesto comandante.

--¡Deja en paz a esa puta!--, no me arriesgaré a que el jefe nos castigue por culpa de esta perra maldita,

 

--¡amárrala y súbela a la camioneta!--, casi babeando y sin dejar de mirarme con los ojos enrojecidos, el sujeto seguía destrozando lo poco que había en el departamento. Sospeché que por no encontrar lo que buscaban. En lo que los otros cinco se cargaban lo poco de valor que iban encontrando a su paso, luego sentí un duro golpe en la cabeza que me dejó inconsciente.

Unas fuertes risotadas me hicieron sobresaltarme. Creí que se trataba de una mala pesadilla pero no, todo lo que estaba viviendo era tan real como el mismo aire que respiraba.

 

Fingiendo que estaba aún inconsciente alcancé a escuchar como el supuesto comandante daba la orden de que me dieran el tiro de gracia.

Atemorizada grité rogando que no lo hicieran en ese mismo instante se escuchó la risotada en conjunto de los criminales, en lo que uno de ellos me tomaba nuevamente de los cabellos sin dejar de manosearme, haciéndome hacia él ya que me llevaban en medio de ellos me era imposible huir. Subí los pies y comencé a patearles y sin dejar de moverme y manotear intentando liberarme, comencé a darles de arañazos, en eso se escuchó el ruido del enfrenón a la vez que una fuerte voz dio la orden de que me tiraran.

--¡Avienten a esa maldita que ya me tiene hasta la madre, nos vemos en el infierno Ana Patterson!--.

El ulular de las sirenas se confundía con los gritos de las enfermeras, en tanto yo me hundía en un profundo sueño.



Imagen tomada de Google.


QUILATEMOS LO QUE TENEMOS.

 




Todo marchaba viento en popa, Adelfa y Ernesto se amaban tanto que comparaban su amor con el de Romeo y Julieta, no se detuvieron a pensar en los obstáculos del camino.

Él sintiéndose amado inflado de ego por el amor que Adelfa le profesaba comenzó a ignorarla, seguro de su amor decidió probar nuevas experiencias dándole la espalda a quien tanto lo amaba.

Y como no se puede tapar el sol con un dedo, ella al descubrir su deslealtad sintió caer a un profundo abismo y en contra de su voluntad   se ató la dignidad al cuello y dijo adiós decepcionada.  Lo amaba tanto que solo anhelaba su felicidad.

Ernesto confundido después de vivir otras experiencias reflexionó, tarde se dio cuenta que había perdido al amor de su vida por perseguir un espejismo.  

Como nada es para siempre en esta vida, al pasar el tiempo arrepentido, después de tanto buscarla la encontró felizmente casada.

Más el perdón no le bastó para recuperarla, ella en su nobleza lo eximió de culpas entregándole el ramillete del olvido.

Cabizbajo y taciturno deshojando la tristeza siguió su camino vagando por la senda del extravío.

Con las manos vacías y el corazón hecho trizas al fin había comprendido su gran error.


 

Autora: Ma. Gloria Carreón Zapata.

Imagen tomada de Google.


¿A DÓNDE TE HAS METIDO?

 




Te busco sin lograr encontrarte. He manoteado debajo del tiempo persiguiendo cada hoja desecada que se desliza sin rumbo fijo. En cada noche de estrellas interrogo a cada una de ellas, si han visto por ahí tus huellas.  

¡Como duele amarte y no encontrarte!

En cada mañana al despertar pienso en ti y medito, si sólo fue quimera nuestro amor, y al caer la tarde, el alma de dolor arde y nuevamente vuelvo a evocarte.  Allá lejos han quedado los recuerdos, te llevo en el alma grabado por siempre y aunque el corazón siga sangrando te seguiré esperando, con un verso en la mano, en los labios, en los labios un dulce beso triturado.

Te busco cada alborada con la certeza de nunca encontrarte.

 

Autora: Ma. Gloria Carreón Zapata.

Imagen tomada de Google

LA RUEDA DE LA FORTUNA

                                                                                     
 


 


 

“Cuando bebas agua recuerda la fuente”. 

Proverbio chino.

 

Mucho se habla de la gratitud, pero poco se practica. A menudo olvidamos nuestra condición mortal y que en esta vida solo estamos de paso. Al partir, nos llevaremos una maleta repleta de satisfacciones o un vacío absoluto, según hayamos elegido; nada más. Olvidamos con frecuencia la existencia de un Creador, y solemos acudir a Él solo cuando el infortunio nos alcanza, arrepentidos de nuestra indiferencia.

 Como bien señaló el escritor británico G. K. Chesterton:

​“Siendo niños éramos agradecidos con los que nos llenaban los calcetines por Navidad. ¿Por qué no agradecíamos a Dios que llenara nuestros calcetines con nuestros pies?”.

​Esta falta de memoria se refleja dolorosamente en el abandono de tantos padres en asilos, bajo el pretexto de circunstancias adversas. Muchos hijos se convencen de que están mejor allí, ignorando que, en ocasiones, la soledad se suma al maltrato. Tal fue el caso de don Roberto.

​Lo conocí mientras realizaba mis prácticas de enfermería en el Hospital Civil de Piedras Negras, Coahuila. Don Roberto había trabajado durante años al otro lado de la frontera de forma ilegal, viviendo como un héroe anónimo. Siendo bombero, arriesgó su vida por desconocidos a cambio de un salario exiguo. Sin embargo, tras una explosión que le arrebató la vista, fue deportado a México sin remuneración alguna, con los bolsillos vacíos y el peso de la humillación sobre sus hombros.

​Un médico del sanatorio lo acogió en el hospital, que se convirtió en su hogar por varios años. Fue atendido por especialistas gracias a la gestión de la propia institución, pero el diagnóstico fue irreversible: el fuego había dañado sus ojos para siempre.

​Cuando el presupuesto del hospital se redujo y ya no fue posible mantenerlo allí, fue trasladado a un asilo con apenas cincuenta y tantos años de edad. Semanas después, don Roberto escapó y regresó al hospital. Relató, con el corazón roto, que en aquel lugar lo obligaban a trabajar y, al no poder cumplir las tareas por su ceguera, era golpeado y privado de alimento.

​Aquella institución, supuestamente dedicada al cuidado, era en realidad un escenario de abusos. Los directivos no solo maltrataban a los ancianos obligándolos a cultivar hortalizas, sino que se apropiaban de las mejores cosechas y de las donaciones de organizaciones filantrópicas que debían ser para los residentes.

​Sin opciones para retenerlo legalmente en el hospital, don Roberto prefirió la libertad de la mendicidad. Terminó viviendo bajo los puentes, alimentándose de la caridad esporádica de los transeúntes. Aun así, de vez en cuando, regresaba al hospital para agradecer al Dr. Eliseo Hernández, a las enfermeras, al afanador, a la cocinera y a todos los que lo tratamos con humanidad. A pesar de su nobleza, la vida no pareció ser recíproca con él.

​Cuesta comprender cómo, siendo "humanos", podemos llegar a ser tan inhumanos. Resulta difícil asimilar que existan instituciones que pisoteen la dignidad de personas entregadas y valientes, y más aún, que haya quienes olviden que al Creador no le agrada la ingratitud.

​Parece que muchos no perciben que el destino es incierto y que nadie sabe qué encontrará a la vuelta de la esquina. Olvidan lo que la historia nos ha demostrado por milenios: que la vida no es un camino plano, sino una rueda de la fortuna.

 

 

Autora: Ma. Gloria Carreón Zapata.

Imagen tomada de Google.

MI SOLEDA Y YO





 

​Jorge recibió una llamada inesperada esa mañana nublada y casi primaveral. Al colgar, cruzó apresurado hacia la recámara y volvió a la cocina, donde yo preparaba el desayuno. Bebió apenas unos tragos del humeante café colombiano que nos enviaba un amigo y, mientras se ajustaba el saco, me notificó que debía salir de inmediato.

​Me quedé pasmada. Ni siquiera tuvo tiempo de explicarme a dónde se dirigía. Tal vez un llamado urgente, me dije para tranquilizarme al notar su inquietud.

​—Si no regreso a tiempo, comes sola, bebecita —, susurró. Me plantó un beso rápido, un leve roce en los labios, cuando yo lo que deseaba era beberme su alma y quedarme prendida de él para siempre.

​Tomó el portafolios y se dirigió a la salida de nuestro nidito de amor. Lo acompañé hasta la puerta para acomodarle el cuello de la camisa verde jade que resaltaba sus ojos aceitunados; parecía el protagonista de una de sus telenovelas. Le ajusté la corbata, torcida por las prisas, mientras deseaba fusionarme a su cuerpo. Lo miré desde el umbral hasta que su coche se perdió en el denso tráfico de la ciudad.

​Una hora después llamó: tenía grabación fuera de la ciudad y estaban retrasados. Debía prepararle la maleta; el chofer pasaría al día siguiente por ella y por mí para reunirnos allá. La alegría me desbordó. Pensar en Villas del Carbón era imaginar el paraíso: la montaña verde, el trino de las aves y ese murmullo del silencio que te da la bienvenida. Sobre todo, anhelaba probar de nuevo la miel de maguey, ese sabor que conservaba en el paladar desde mi infancia en Cerros Blancos, el rancho donde nací.

​Sin perder un minuto, preparé nuestras maletas. De pronto, sentí a Jarig, nuestra cachorra, retozando contra mi pantorrilla. Fue entonces cuando caí en la cuenta: no la había llevado al peluquero ni la había bañado. Me desplomé en el sofá, desconsolada. No podía llevarla así, menos viajando con otros compañeros del elenco en el mismo auto.

​Esa noche no pude dormir. Estaba tan acostumbrada a descansar mi barbilla sobre la de Jorge y dormir plácidamente en sus brazos que la cama se sentía inmensa. Al amanecer, unos toques en la puerta interrumpieron mi duermevela. Era el chofer.

​—Buen día, señora. ¿Es la casa del director? Él me envía por usted.

​Asentí, pero con el corazón encogido por mi descuido, tuve que mentir:

—Dígale al señor que me siento indispuesta y me es imposible viajar. Pero aquí tiene su maleta, entréguesela, por favor.

​Vi al hombre marcharse y miré a Jarig con un reproche que pronto se volvió culpa. Ella no entendía nada; la única responsable por dejarlo todo para después era yo. La abracé pidiéndole perdón mientras ella me miraba con esos ojillos que parecían dos platos escondidos entre el pelaje.

​Pasaron los días en una espera agónica. La casa se sentía gélida. Cuando el teléfono sonó, la voz de Jorge llegó cargada de melancolía:

—¿Por qué no viniste, bebecita? Te esperaba ansioso; interrumpí el trabajo al ver llegar el coche y corrí a tu encuentro, pero al ver que no bajabas, me invadió la tristeza.

​Éramos dos almas gemelas que no sabían vivir separadas. No tuve el valor de confesarle que no había bañado a la perra por distraerme todo el día en Facebook. Esos días, ni siquiera leía; me quedaba ausente, contando los segundos, preguntándome si él me extrañaba con la misma intensidad o si la distancia le ayudaba a olvidarme. Para mitigar el calvario, caminaba con Jarig por los lugares que solíamos recorrer juntos, imaginando que él iba a mi lado murmurándome palabras románticas.

​Finalmente, llegó el día del regreso.

—¡Anastasia, mi amor! Estaremos allá a las tres de la madrugada —, anunció emocionado por teléfono.

—¡Al fin dormiré en tus brazos! —, respondí con la dicha de una adolescente—. Te amo, y te juro que para la próxima bañaré a Ja...

​Callé de golpe, pero ya me había delatado. Jorge soltó una carcajada:

—¡Lo sabía! Por andar socializando en las redes olvidaste la estética de Jarig.

​A esas alturas, ya no importaba. Me arreglé, me puse el negligé índigo que tanto le gustaba y esperé. Cerca de las cinco de la mañana, el sonido de la puerta me puso en alerta. Jorge ya estaba ahí, contemplándome con una sonrisa. Me arrojé a sus brazos, feliz de ser, según yo, la mujer más afortunada del universo. Disfrutamos de una segunda luna de miel al calor de la lamparilla mientras el alba comenzaba a puntear.

​Poco después, mientras desayunábamos entre caricias, sonó su celular. Él dudó, pero le hice una señal para que contestara.

—De acuerdo, voy para allá —, dijo secamente. Se levantó apresurado y salió sin terminar el café—. Amor, tengo que salir.

​Me quedé sentada, agradeciendo a Dios que tuviera trabajo. Decidida a no dejarme sorprender de nuevo, tomé a Jarig y la llevé al veterinario para que la pusieran hermosa. Mientras estaba allí, Jorge llamó para decir que no llegaría a comer.

​Pero esta vez, al terminar la frase, olvidó colgar.

​El celular seguía conectado y, de pronto, escuché una voz femenina que conocía demasiado bien. Era Stella, mi mejor amiga.

—No estoy de acuerdo en seguir compartiéndote con Anastasia —, decía ella, alterada—. O le pides el divorcio o terminamos aquí.

—Te he dicho que es distraída —, respondió Jorge con una frialdad que me heló la sangre—. Vive en su mundo mágico; nunca se dará cuenta de lo nuestro.

​Sentí que el suelo desaparecía. Mi castillo de cristal se pulverizó en un segundo. No supe cómo llegué a la cabaña. Guardé mis sueños rotos en una maleta y le escribí un mensaje final, recordándole —, con una ironía que me quemaba—, que recogiera a Jarig a las seis en el veterinario.

​Marché de mi "maravilloso mundo" para siempre, con el alma pisoteada. Fui cobarde, quizá, porque no quise escuchar la confesión de sus labios. Por dignidad, decidí hacerme a un lado. Con el rostro inundado en lágrimas, pero la frente en alto por haber entregado lo mejor de mí, deambulé por la urbe hasta que decidí refugiarme en la montaña.

​Hoy vivo ausente del mundo, acompañada únicamente por mi fiel y antigua compañera: mi soledad. En mi vieja maleta, solo cargo un montón de ilusiones hechas trizas.

 y cruel.

 

 

 

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04/04/2024

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ERES TÚ

 



(Octava Real)

 

Mi amado enamorado mi eterno compañero

el brillo ígneo de mis venturosos días

quien guía cada día mi oscuro sendero

seré para ti dicha eterna en quien confías

placer por el cual cada día vivo muero,

quién diría qué el dueño de este amor serías,

soy cuando el sueño en tu recio torso dormita

muero añorante de ti y la ausencia grita.

 

Esencia suave de una dulce melodía

declamada pone al corazón en acción

y alegra mis serenas noches de vigía,

eres de mi humano intelecto dilección

causante de esta mi poética manía,

desmesurada solemne mi bendición

dicha exquisita que brinda placer y calma

y habita eternamente en mi aleluya da alma.

 

Autora: Ma. Gloria Carreón Zapata.

 

EL DIÁLOGO CON LA NOCHE Y EL SILENCIO.

  Lacera el alma tu ausencia bendita y quema el pecho la luz de tu fuego es un altar donde sufro y me entrego a la memoria que sua...