En un castillo de sombras habitaba un rey ciego junto a sus
tres hijos. Desesperado, consultó a una vieja hechicera, quien sentenció:
—Majestad, el remedio cruza el mar; es una planta milagrosa llamada “las hojas
de mirar”, pero el camino es un nido de peligros.
El rey envió a su descendencia en busca del milagro. Los
dos mayores, de alma perezosa y corazón turbio, se rezagaron, mientras el menor
cabalgó sin descanso hasta hallar la planta. Al ver su regreso triunfal, la
envidia emponzoñó a los hermanos, quienes decidieron que el precio de la gloria
de su padre era la sangre de su hermano. Con una piedra segaron su vida y
ocultaron el cuerpo bajo la tierra fría.
Al volver al castillo, entregaron las hojas al anciano.
—Vuestro hermano se ha perdido en la bruma —mintieron. Sin embargo, al rozar el
rey el prodigio, las hojas no trajeron luz a sus ojos, sino una melodía
espectral que brotaba de sus nervaduras:
“Mis hermanos me han matado por las hojas de mirar...”
El rey, recuperando la vista solo para presenciar la
traición, lloró lágrimas de hiel y, sin temblar, dictó la sentencia de muerte
para los fratricidas.

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