Desde lo alto de las murallas circulares, el joven
calígrafo Zaid observaba el horizonte. No veía el desierto, sino un bosque de
estandartes de crin de caballo que se cerraba como un puño de hierro. Los
mongoles de Hulagu Khan no eran hombres; eran un estruendo de cascos que hacía
vibrar los tinteros en la Casa de la Sabiduría.
—No quemarán los libros, Zaid —había dicho su maestro
apenas una semana antes—. Ni siquiera los bárbaros desprecian la medicina o las
estrellas.
Pero el maestro se equivocaba. Cuando las catapultas chinas
empezaron a escupir fuego, Zaid no corrió hacia las puertas de la ciudad.
Corrió hacia la Gran Biblioteca. En los pasillos, el pánico tenía un sonido
seco: el de miles de pergaminos siendo removidos de sus estantes en un intento
desesperado por salvarlos.
Zaid tomó un volumen de Aristóteles traducido al árabe y lo
apretó contra su pecho como si fuera un hijo. Al salir, la ciudad ya era un
lamento. El palacio de Al-Musta'sim ardía y el humo negro borraba el sol de la
tarde.
Llegó a la orilla del río justo cuando los jinetes de la
estepa irrumpían en el barrio de los libreros. Lo que vio entonces fue más
doloroso que el acero: los soldados no usaban las páginas para encender
hogueras, sino para construir puentes de papel sobre el Tigris. Arrojaban los
tomos al agua para que sus caballos cruzaran sobre ellos.
Zaid cayó de rodillas. El río, antes azul, comenzó a
transformarse bajo sus ojos. Primero aparecieron hilos de azul cobalto, luego
chorros de negro denso. Era la tinta. Siglos de astronomía, versos de amor y
teoremas matemáticos se disolvían en la corriente, convirtiendo el agua en un
fluido oscuro e ilegible.
Sumergió su mano en el río. Al sacarla, sus dedos estaban
manchados de una mezcla de tinta y sangre de la ciudad. Bagdad, la joya del
mundo, se estaba convirtiendo en un gran libro en blanco.
Zaid miró el volumen que aún sostenía. Lo escondió bajo su
túnica y comenzó a caminar hacia el sur, lejos de las llamas. El Califato había
muerto, la Ciudad de la Paz era ceniza, pero mientras aquel libro estuviera
seco, la historia no habría terminado del todo.
El aire en Bagdad siempre había olido a azafrán, papel
fresco y al agua dulce del Tigris. Pero aquel febrero de 1258, el aire solo
sabía a ceniza.
@copyright
Imagen de Google.

No hay comentarios:
Publicar un comentario