No hay victoria en lo que se construye sobre la traición,
porque el cimiento es de arena y el orgullo es un arquitecto ciego. Él creyó
que el amor era un juego de sustituciones, un capricho que podía satisfacer sin
pagar el precio. Pero el destino tiene una memoria implacable.
Al elegir el brillo falso de lo material, no solo me perdió
a mí; se perdió a sí mismo en un laberinto de intereses y frialdad. Esa mujer,
que él imaginó como un refugio, resultó ser el espejo de su propia ambición,
una presencia vacía, interesada, que no sabe de entregas ni de lealtades, sino
de conveniencias.
Hoy, su arrepentimiento es su sombra más fiel. Lo veo darse
cuenta, demasiado tarde, de que traicionó lo sagrado por lo efímero. Intenta
buscar en los ojos de ella el fuego que yo le ofrecía, pero solo encuentra el
frío cálculo de quien no ama, sino que posee. Él sabe ahora que el amor de una
sola mujer era su mayor riqueza, y que su "hombría" no se medía en
conquistas, sino en la capacidad de cuidar lo que era verdadero.
Yo observo desde mi paz. No hay odio, solo la certeza de
que nunca serán felices, porque la felicidad no florece en la tierra árida del
engaño. Él se queda habitando su error, lamiendo la herida de una mala
decisión, mientras yo sigo siendo la dueña de mi propia luz.
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