(Literatura infantil - Juvenil)
Había una vez, en el corazón de un bosque muy antiguo, un
roble gigante llamado Robur. Robur era tan viejo que sus ramas llegaban al
cielo y sus raíces abrazaban la tierra profundamente. Sus hojas daban la sombra
más fresca y sus brazos sostenían los nidos de cientos de pájaros.
Cerca de él, crecía un pequeño brote llamado Pipino. Pipino
estaba lleno de energía; quería crecer rápido, saltar y atrapar todo el sol
para él solo. A veces, Pipino se quejaba:
—"¡Abuelo Robur, tus ramas son tan grandes que me tapan
el cielo! Quiero ver el mundo yo solo".
Robur, con una voz que sonaba como el susurro del viento
entre las hojas, solo sonreía.
Un día, sopló un viento muy frío y una tormenta gris cubrió
el bosque. El pequeño Pipino temblaba de miedo porque sus ramitas eran finas y
el viento amenazaba con arrancarlo del suelo. Entonces, sintió algo cálido. El
viejo Robur había inclinado sus pesadas ramas para cubrir a Pipino,
protegiéndolo de la lluvia y del frío como un gran paraguas de madera.
Cuando salió el sol, Pipino se dio cuenta de algo
importante. Miró hacia arriba y vio las cicatrices en la corteza de Robur:
marcas de inviernos pasados, de rayos y de años de cuidar a otros. Entendió
que, si Robur era tan grande y fuerte, era para que los más pequeños pudieran
crecer seguros.
Pipino estiró una de sus hojitas y, con mucha suavidad,
acarició el tronco del viejo árbol.
—"Gracias, Abuelo Robur, por prestarme tu fuerza cuando
yo no tenía la mía" —susurró.
Desde ese día, Pipino no solo buscaba el sol. También buscaba
la forma de que sus flores olieran mejor para alegrar los días del viejo roble,
aprendiendo que ser agradecido es la forma más bonita de decir "te
quiero".
Imagen de Google.

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