Ya no queda espacio para la
esperanza; la ambición ha reclamado cada rincón de la tierra. El mundo no se
rompe por descuido, sino por diseño. Aquellos que persiguen el poder y el
dinero como un veneno mortal han tomado las tijeras de la indiferencia para cortar,
uno a uno, los hilos rojos que nos unían.
El poeta llora a mares no solo
por la sangre vertida, sino por la frialdad de quienes ven en la mortandad un
simple número. En su carpeta, los versos se sienten pesados, como lápidas de
una fraternidad que ha sido asesinada. El hilo rojo, que antes era una promesa
de refugio y empatía, yace ahora deshilachado en el suelo, pisoteado por el
triunfo de una avaricia que prefiere reinar sobre las cenizas que compartir la
luz.
Al cortar el último vínculo, el
mortal se rodea de sus trofeos y se siente invencible. Se cree inmortal porque
ya no hay nadie cerca que le recuerde su propia fragilidad, Pero es una trampa:
el poder sin humanidad es un trono en el vacío.
Al final, cuando el estruendo de la metralla
calla y la soledad es absoluta, el ambicioso despierta en un mundo de hilos
rotos, descubriendo demasiado tarde que no se puede remendar con oro lo que se
destruyó con orgullo. El mortal vuelve a serlo, pero ahora está solo ante la
eternidad de su propio error.
Imagen de Google.

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