(Gratitud a Julio Verne)
Hubo un tiempo en que el mundo era un mapa lleno de manchas
blancas y los niños necesitábamos un timonel que no le tuviera miedo a los
abismos. Entonces apareciste tú, con tu levita de visionario y tu pluma
convertida en brújula, para decirnos que el centro de la Tierra no era fuego,
sino una aventura esperando ser contada.
Gracias, Julio, por las veinte mil leguas de asombro bajo
las aguas, donde nos enseñaste que el silencio del océano guarda ciudades
perdidas. Gracias por hacernos creer que un globo de mimbre podía burlar la
gravedad y que ochenta días eran suficientes para abrazar el mundo entero. En
tus páginas, los niños no solo leíamos; nosotros abordábamos el Nautilus,
descendíamos por cráteres helados y apuntábamos cañones de fe hacia la Luna.
Hoy, que las plazas se llenan de risas infantiles, tu
legado sigue vivo en cada pequeño que mira las estrellas y se pregunta qué hay
más allá. Fuiste el abuelo de la ciencia y el cómplice de nuestra rebeldía
frente a lo cotidiano. Por ti, aprendimos que la mayor tecnología del ser
humano no es el vapor ni la electricidad, sino la capacidad de imaginar un
futuro que todavía no existe.
Gracias por hacernos felices, por darnos un refugio de
papel y por recordarnos que, mientras exista un libro tuyo en las manos de un
niño, el viaje jamás habrá terminado.
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