30 De abril Día Del Niño.
Un día, Leonardo decidió que el
campo era demasiado pequeño para su gran vocabulario. Se paró frente a las
niñas, infló el pecho y soltó una ráfaga de rebuznos que sonaban casi como
rimas, aunque la "r" se le escapaba por los costados de los dientes
como si fuera un silbato.
—¡Mira, Mira! —parecía decir con
sus orejas tiesas—, yo ya sé decir "alfalfa" y "atardecer",
mientras ustedes solo señalan las flores con el dedo.
Danita y Emilia se miraron.
Dana, con la calma de sus cinco años, simplemente se sentó en la hierba.
Emilia, la pequeña de tres, se llevó un dedo a los labios pidiendo silencio.
Leonardo, confundido, dejó de rebuznar y bajó la cabeza para ver qué hacían.
Fue entonces cuando sucedió algo
que el arsenal de letras de Leonardo no podía explicar. Las niñas no
necesitaban palabras para entenderse. Con un simple gesto, Dana levantó una
piedra redonda y Emilia, de inmediato, trajo un puñado de musgo para hacerle
una "cama" a la piedra. Sin decir una sola sílaba, habían decidido
que esa roca era un huevo de dragón que necesitaba cuidados.
Leonardo intentó intervenir:
—¡Re-bu-zno! ¡Es una
pi-pi-piedra! —balbuceó, tropezando con la doble pe.
Pero al verlas tan concentradas,
el burrito comprendió que el lenguaje no solo vive en el diccionario o en la punta
de la lengua. A veces, las palabras más bonitas son las que se quedan guardadas
para cuando el momento es perfecto.
Desde entonces, Leonardo sigue
practicando sus letras, pero ya no se ríe. Ahora, cuando se le traba la lengua,
simplemente se acerca a las niñas y espera en silencio, aprendiendo que la
amistad tiene su propio idioma, uno que no necesita que la lengua no se trabe
para ser compartido y vivido.
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Imagen de Google
Dedicado a dos de mis
mayores tesoros Dana y Emilia Mayorga.

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