Bendito sea el oficio que dignifica la mano y levanta el
pan, ese sagrado sustento que nace del esfuerzo genuino. Pero maldita sea la
sombra del patrón que, olvidando la humanidad, convierte el taller en galeras y
al obrero en engranaje. Lo encadena a la angustia de un salario mísero, una
limosna con la que pretende que el pueblo conjure el hambre, mientras el
derecho se vuelve privilegio y el descanso, un sueño prohibido.
En tanto, desde las altas esferas del engaño, los
gobernantes de turno danzan en la opulencia. Con las manos largas y el alma
vacía, hurtan el futuro dándose vuelo con el tesoro ajeno, construyendo su
gloria sobre la espalda encorvada de quienes, con su sudor, sostienen el mundo
que aquellos se dedican a saquear.
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