PROSA
(Dedicado a Ma Gloria Carreón Zapata)
Tus letras son hilos de luz.
No sé en qué telar del aire los tejiste, ni qué manos de
silencio anudaron sus hebras sobre el papel. Pero ahí están: finas,
temblorosas, vivas. Como si cada palabra hubiera aprendido a latir antes de ser
escrita.
Las miro detenerse en los bordes de la página, dudar,
avanzar. Trazan puentes sobre lo que nunca dije, y en sus arcos de sombra y
claridad caben todos mis fantasmas. Porque lo leído pesa menos que lo
adivinado, y tú escribes con lo que callas.
Así entran tus versos: sin llamar. Se instalan en la estancia
vacía del pecho, encienden lámparas donde solo había polvo. Y entonces
comprendo que la luz no sirve para ver, sino para ser vista. Y yo, que me creía
a oscuras, de pronto existo en tu mirada.
Tus letras son hilos de luz. Y yo soy, apenas, el que aprende
a leer en ellos su propio nombre.
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SONETO
Tus letras son de luz, no de tinta,
y el papel es ceniza si las posas;
en cada sílaba tiemblan dos rosas:
la que nombro y la que queda extinta.
Escribes y lo oscuro se deslinta,
pueblas de auroras las preguntas ociosas,
y en tus renglones, las horas hermosas
tejen la urdimbre que el alma distinta.
Así quisiera yo, como tú, acaso,
tejer con niebla el verso que no muere,
decir ardiendo y que el fuego no abrase;
mas solo sé poner pausas al paso,
callar lo mucho que mi ser requiere,
y que tu luz en mi sombra renace.
DÉCIMAS
I
Tus letras son hilos de luz
que tejen la madrugada,
palabra reconfortada
por la sombra del almez.
En cada coma hay un mes
de espera reconcentrada,
y en cada tilde, una espada
que hiere por no tener
la mano que supo hacer
del silencio la morada.
II
Hilos de luz, y yo a oscuras
como el ciego que adivina
la forma de la rutina
en el tacto de las horas.
Tú escribes, y descoloras
la costumbre del que espera;
yo leo en la ladera
del poema que desangra,
y en tu tinta siempre ancla
la palabra verdadera.
III
¿De qué cielo desprendiste
esa claridad que nombras?
¿En qué raíz te asombras
de ser árbol y ser triste?
Mano que al papel embiste
con ternura de laurel:
dime en qué oscuro cuartel
aprendiste a ser luciérnaga,
qué silencio te gobierna
cuando callas, y eres fiel.
IV
Yo, que sólo sé poner
pausas al paso del día,
recojo tu melodía
como se recoge el pan.
Tus letras van y me dan
lo que mi lengua no expresa;
eres la sed y la mesa,
el agua y el vaso roto,
y en este humilde alboroto
tu luz es lo que me pesa.
V
Y pesa bien, porque es lumbre
de la que no se apaga nunca,
aunque la noche trunca
su raíz en la costumbre.
Tu letra tiene la cumbre
de lo simple y lo profundo,
eres lo más limpio del mundo
en sucio papel echado,
y en tu renglón quebrado
todo horizonte es segundo.
ODA
A tus letras, hilos de luz
¡Oh, pobres hilos de luz, ágrafos manantiales,
vosotros que nacisteis sin preguntar su nombre
a la tinta que os lleva prisioneros,
ni al papel que os recibe como tierra sedienta!
No eres voz, que la voz se la lleva el viento
y tú vuelves mañana más entero;
no eres tiempo, que el tiempo es un tirano
y tú ensanchas la hora con solo detenerla.
Eres, sin ser, lo que perdura.
Eres umbral, raíz, semilla echada.
Te vi una tarde, letra,
en la página humilde de un cuaderno cualquiera,
y eras apenas curva, apenas trazo,
y sin embargo ardías.
No como el fuego que devora,
sino como la brasa que acompaña.
¿Qué alquimia te sostiene,
qué pacto con la sombra,
que en tu mínima esfera de blancura
caben todos los muertos que llevamos,
todas las patrias que perdimos,
todos los nombres que callamos?
Te han llamado belleza,
y es cierto que te vistes de gala cuando sirves.
Te han llamado memoria,
y guardas en tus brazos de ceniza
el peso exacto de lo que amamos.
Pero yo te llamo hogar,
porque donde posas
las paredes respiran,
el pan tiene sabor a desayuno compartido,
y la esperanza,
la pobre esperanza nuestra,
aprende a caminar sin muletas.
¡Letra, hermana menor del silencio!
¡Hilo que coses el roto de los días!
Tú, que en la queja del poeta fuiste espina,
y en el verso del bueno, caricia detenida;
tú, que en los labios del analfabeto
eres deseo sin nombre,
y en los ojos del niño, garabato y promesa:
no te pido que dures.
Sé que la luz que llevas
no se apaga en el tiempo de los hombres.
Te pido solo que sigas naciendo
de la mano que escribe con temblor de principiante,
del que empuña la pluma como quien siembra un árbol
cuyos frutos no verá.
Porque tus hilos, letra,
son la única inmortalidad que no miente:
no la del nombre grabado en mármol,
sino la del guiño cómplice
que un desconocido, cien años después,
intercambia con otro
al encontrar, en tu curva exacta,
su propia soledad reconocida.
¡Bendita seas, luz aprisionada!
¡Bendito el pulso que te puso en vuelo!
¡Bendita, sí, la mano que te suelta
para que, libre al fin de quien te hizo,
seas de todos y de nadie,
como el agua,
como el pan,
como el aire!
Autor: Augusto Cuerva Candela
País: España, Madrid

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