Cuando una mujer con valores y madurez ama de verdad, no
ama a medias ni a tientas. Su entrega es profunda, honesta y plena; no nace de
la necesidad, sino de la abundancia de su propio espíritu.
Cuando esa entrega
encuentra a un hombre a la altura, un hombre que no teme a la vulnerabilidad,
que cuida el detalle y sabe responder con la misma firmeza, el vínculo se
convierte en un refugio inquebrantable. Aceptarlo y valorarlo no debilita;
fortalece.
Sin embargo, existe el reverso triste de esta historia, el
hombre que confunde la nobleza con debilidad y la paciencia con permanencia
eterna. Acostumbrado a jugar con las emociones, a medir el afecto en términos
de juego o poder, olvida que la devoción de una mujer no es una concesión
infinita.
El error de quienes juegan con el afecto ajeno es creer que
las oportunidades buenas son infinitas. No entienden que cuando una mujer de
principios decide marcharse, no lo hace con estruendo ni con sed de venganza;
se retira en silencio, con la dignidad intacta y la certeza de haber dado lo
mejor de sí.
La verdadera lección llega mucho después, cuando el
silencio reemplaza el bullicio y la vanidad del juego pierde su brillo. Es ahí
donde aparece la reflexión tardía; al darse cuenta de que el mundo está lleno
de presencias fugaces, pero muy escaso de almas dispuestas a amar de verdad.
Para cuando comprenden el valor de lo que tuvieron entre las manos, el camino
ya no tiene vuelta atrás; a una mujer que aprendió a valorarse a sí misma no se
le vuelve a encontrar en el mismo lugar.
El amor genuino no es un juego de azar ni un pasatiempo; es
una arquitectura que solo sostiene a quienes están dispuestos a construir sobre
la verdad.
@copyrigth

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