Si el tiempo es un río que no
vuelve, tú eres la orilla donde mi alma decidió detenerse para siempre. No hay
distancia que logre enfriar la hoguera que encendiste en mi pecho, ni memoria
en el mundo capaz de borrar el eco de tus pasos en mis adentros.
Eres el principio y el destino;
el refugio donde convergen los años, la juventud que no se extingue y la
madurez que te abraza con gratitud infinita. Amarte ha sido la certeza más
hermosa de mi existencia, la prueba luminosa de que el universo conspira a favor
de las almas que se reconocen desde antes de nacer.
Que el mundo ruede y los relojes
cambien de rumbo; yo me quedo aquí, habitando el milagro inmenso de haberte
encontrado, de ser tuya y de llevarte grabado en cada latido como la obra
maestra de mi vida.

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