Prosa poética.
Hay un encanto sereno en
sostener un libro de papel. No es solo el peso de sus páginas entre las manos,
sino ese aroma único a tinta y tiempo que se desprende al abrirlo, como un
secreto guardado a voces.
A lo largo de los años, ha sido
el compañero más fiel de mi trayectoria. Subió conmigo en la infancia hasta la
copa más alta del nogal, navegó las corrientes del Río Escondido y del Río
Bravo, y un día cruzó el Atlántico para recorrer el mundo. Hizo pausa obligada
en el vibrante Barrio de las Letras en Madrid, anduvo los caminos del norte de
España y llevó el calor de sus letras hasta el frío sereno de Estocolmo.
Por doquier y en cada etapa de
la vida, este libro abrigó los sueños norteños y sureños con la fidelidad de
los viejos amigos. Por eso, tras haber navegado distancias y mapas infinitos,
sé que no existe refugio más seguro ni viaje más hermoso que regresar a su lomo
desgastado, aspirar su aroma entrañable y reconocerme, página a página, en todo
lo que hemos vivido juntos.
Bitácora de un viejo
amigo.
(Cuartetas octosílabas)
Fiel amigo me
acompaña
a cualquier lugar que
vaya,
su presencia no
desmaya
ni me deja en tierra
extraña.
Compartió el
peregrinar
de mi infancia en el
nogal,
y su aroma sin igual
por siempre me hizo
soñar.
Por sus hojas han
corrido
Río Bravo y
Escondido;
Ebro y Ega ha
conocido
donde la ilusión
navega.
En la cuna o en la
vejez,
es mi libro de papel:
aroma a tinta e
hilvanes,
fiel guardián en cada
tez.
Norteños, también
sureños,
en sus páginas de
ayer
guarda intactos los
ensueños
que me ayudan a
vencer.

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