A menudo nos perdemos en el jardín del mundo, buscando
colores brillantes que deleiten la mirada. Sin embargo, hay un momento en que
los ojos se vuelven innecesarios. Es esa sensación extraña, un pulso silencioso
que nos detiene frente a alguien, no por lo que muestra, sino por lo que emana.
Se dice que el corazón no tiene ojos, y es verdad: el corazón es ciego porque
no necesita la luz exterior para reconocer el calor.
Es el alma quien elige. Ella no se distrae con la
apariencia de los pétalos; busca la luz interior, esa llama suave que invita a
quedarse. Al acercarnos a quien sabe abrazarnos el alma, el tiempo se dobla,
sentimos una calma profunda, como si de otras vidas ya nos hubiéramos amado. En
ese refugio, se pierde todo temor.
Esa seguridad nos da el permiso definitivo para despojarnos
de las máscaras y mostrar nuestra verdadera esencia. Entendemos entonces que
cuidar a una flor no es solo darle agua, sino proporcionarle el sol donde su
propia naturaleza se sienta libre de expandirse. Al final, el alma no elige a
quien la deslumbra, sino a quien le devuelve la libertad de ser, simplemente,
ella misma.
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