Me aproximé a sus labios y bebí
de su aliento; en ese vaho sutil, se me escapó el alma por completo. Tiritando
de ansiedad, me aferré a su cuerpo y, en un suspiro, nos fusionamos en el más
sublime y dulce de los besos.
Yo le entregué mi vida y mi
pensamiento; le confié el corazón y las primicias de mi piel. Él, a cambio, me
brindó su alma envuelta en un juramento: amarnos con una fuerza que trascienda
el firmamento.
Aquella tarde, bajo la mirada
del cielo despejado, perdimos el rastro de la razón. Desde entonces, mi
espíritu es una trova constante que le canta al amor y a la vida de forma
perpetua.
El sol acarició mi frente
bendiciendo nuestro encuentro. A esta historia le dedico mi canto, una melodía
que los enamorados harán suya y que sobrevivirá, victoriosa, por toda la
eternidad.
Imagen Pinterest
@copyrigth

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