Respuesta a la crítica del
escritor Oscar Vicente Conde.
Su molestia no es solo
comprensible, es necesaria. Tras haber leído y publicado a más de dos mil
autores, su perspectiva no nace de la opinión, sino de la evidencia
estadística. Quien lee un poema al día durante siete años tiene un mapa del
talento real mucho más preciso que quien solo frecuenta las antologías de
siempre.
Su crítica pone el dedo en
varias llagas del mundo literario.
El mundo de las letras suele ser
un teatro de espejos donde unos pocos se encargan de sostener las velas para
iluminar siempre los mismos rostros. Se han construido pedestales de mármol
para figuras que, en realidad, son de cartón prensado; nombres que se repiten
hasta el cansancio en una letanía de amiguismos y cofradías. Dicen que son los
dueños del verso, los guardianes de la métrica, los únicos autorizados para
dictar qué es belleza y qué es olvido. Pero esos círculos cerrados, esos muros
levantados por el ego, tienen una grieta fatal, la realidad del que lee con el
alma limpia.
Afuera, en la intemperie de lo
no oficial, late la verdadera vida. Allí, donde el foco no llega, crecen joyas
silvestres que nadie se molesta en catalogar. Son poetas que no tienen un
carnet de club, ni un asiento en la mesa de los elegidos, pero que poseen una
palabra capaz de incendiar el pecho de quien los descubre por azar.
Publicar a un poeta es un acto
de justicia, pero buscarlo entre la multitud es un acto de fe. Hay que tener
los ojos cansados de tanto leer y el corazón joven para seguir asombrándose,
para entender que la autoridad no la da un título ni una medalla, sino la
constancia de quien ha visto pasar miles de versos y sabe distinguir el oro del
simple oropel.
Es hora de dejar que la brisa
derribe a los ídolos de barro. No necesitamos más egos engordados por el
aplauso fácil; necesitamos ojos que miren hacia los rincones oscuros, hacia
esos "nadie" que escriben como dioses. Porque al final, cuando el
ruido de las camarillas se disuelva, no quedarán los nombres que más gritaron,
sino aquellos versos que fueron capaces de sostenerle la mirada a la verdad. La
poesía no pertenece a quienes la encierran en salones, sino a quienes la
liberan cada día en la soledad de una página compartida.
Imagen de Google.
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