El sol caía a plomo sobre el
polvoriento camino que serpenteaba entre los nopales. Santana, con sus sesenta
años a cuestas, marcados en su rostro curtido por el sol y el viento, se
apoyaba en su bastón de madera de mezquite, observando el horizonte. Su mirada, profunda y llena de historias,
parecía abarcar décadas de vida en el árido paisaje tamaulipeco.
Santana había nacido en una
pequeña ranchería cerca de Reynosa. Sus
recuerdos de infancia eran escasos, borrados por el implacable paso del tiempo,
pero recordaba la tierra seca bajo sus pies descalzos, el olor a leña quemada
en la cocina de adobe y el canto de los grillos al caer la noche. Su padre, un hombre taciturno y trabajador,
le había enseñado el valor del esfuerzo y la importancia de la tierra. La vida en el campo era dura, pero Santana
aprendió a sobrevivir, a extraer el sustento de la tierra árida.
Aprendió a domar caballos
indómitos, a sembrar bajo el sol implacable y a cosechar con las manos
callosas. Conoció el amor en la mirada
de Emilia, una mujer de ojos oscuros y sonrisa cálida, con quien compartió la
vida y la crianza de sus tres hijos.
Emilia, su compañera inseparable, había partido hacía diez años, dejando
un vacío inmenso en su corazón. Su
recuerdo, sin embargo, era un faro que lo guiaba en la oscuridad.
Los años habían pasado dejando su
huella en Santana. Había visto crecer a
sus hijos, partir a la ciudad en busca de mejores oportunidades, dejando atrás
la tierra que les había dado la vida.
Ahora, solo le quedaba el silencio de la ranchería, el canto de los
pájaros y los recuerdos. Pero Santana no
se sentía solo. La tierra, sus amigos de
toda la vida, los árboles centenarios que habían sido testigos mudos de su
existencia, lo acompañaban en su soledad.
Cada amanecer, Santana salía a
caminar por el mismo camino polvoriento, observando el lento despertar del
desierto. En cada amanecer, encontraba
una nueva razón para seguir adelante, una nueva oportunidad para recordar, para
reflexionar y para agradecer por la vida que había vivido. Su vida, una historia tejida con hilos de
trabajo duro, amor, pérdida y resiliencia, era un testimonio de la fuerza del
espíritu humano frente a la adversidad.
Y aunque el sol se ponía cada día, en el corazón de Santana, la llama de
la vida seguía ardiendo con la misma intensidad que el sol del desierto.
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