La resurrección de Jesucristo no
se presenta solo como un evento histórico o un dogma teológico, sino como la
apertura de un camino. Para el creyente, el hecho de que ÉL, fuera el
"primogénito de entre los muertos" transforma el concepto del tiempo
y del sufrimiento ya no se vive hacia un abismo, sino hacia una promesa de
restauración.
A menudo, el ser humano teme a
lo desconocido, y no hay nada más desconocido que el silencio tras el último
aliento. Al resucitar, Jesús actúa como el guía que cruza primero la frontera
más temida, regresando para decir que el amor es, en última instancia, más
fuerte que la muerte. Esta "primicia" establece un precedente, si la
cabeza ha resucitado, el resto del cuerpo (la humanidad) mantiene la
certidumbre de que seguirá el mismo destino.
La esperanza en la resurrección
no es solo una espera pasiva por el futuro. Es una fuerza que debe actuar hoy.
Creer en la vida después de la muerte invita a dar valor a la vida.
ROMANCE DE LA LUZ
PROMETIDA
Caminante en la
penumbra,
que vas buscando el
sentido,
no temas a la
distancia
ni al silencio del
camino.
Que hay una luz que
no muere,
un sol que nunca se
ha ido,
pues quien venció a
la derrota
dejó el rastro del
destino.
La muerte ya no es
el puerto
donde encalla el
navío,
sino el puente de
cristales
hacia el abrazo
infinito.
Él puso el primer
peldaño,
fue el primero, fue
el auxilio,
sembrando en la
tierra seca
manantiales de agua y
trigo.
Levanta, pues, la
mirada,
sacude el polvo y el
frío,
que la esperanza es
un ancla
en medio del mar
bravío.
No somos sombras que
pasan,
ni somos breve
suspiro;
somos la vida que
brota
del sepulcro ya
vacío.
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