El verdadero amor no es un incendio que consume todo a su
paso con estrépito, sino una llama constante que sabe arder en la quietud. Amar
en silencio es la forma más elevada de respeto; es entender que el vínculo no
depende de la urgencia, sino de la certeza.
Quien ama y espera callado, no lo hace por debilidad, sino
porque posee la fortaleza de la fe. Sabe que el tiempo no es un enemigo, sino
un maestro, y que los hilos que realmente nos unen a otra persona son
invisibles, invencibles y no necesitan de explicaciones para seguir existiendo.
Al final, el amor más profundo es aquel que, sin decir nada, lo dice todo.
El tiempo se detiene
en su cordura,
no hay prisa en el
latido que te nombra,
ni miedo que marchite
la ternura.
Aguarda el alma en
paz, bajo la sombra,
pues sabe que el amor
no es un ruido,
es luz que entre el
silencio se te alfombra.
No busca el eco de
lo ya perdido,
ni el grito que
reclama su derecho;
se queda en el rincón
del pecho unido.
Es calma que se
anida en el acecho,
un lazo que el
destino ha mantenido,
y duerme, con el
alma, en su lecho...
esperando el final
que sea ido.
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