sábado, 4 de julio de 2026

DON QUIJOTE DE LA LÓGICA






​Sucedió en la playa de Barcelona. Alonso Quijano estaba allí, midiendo la salinidad del agua con un densímetro, cuando apareció un caballero con una armadura que brillaba como la plata, portando en su escudo una luna blanca y resplandeciente.

​—¡Deténgase, caballero! —, gritó el de la Blanca Luna, bajando su lanza—. Vengo a sostener que mi dama es, sin comparación, más bella que vuestra Dulcinea del Toboso. Si me vence, su vida es suya; si pierde, deberá retirarse a su aldea por un año y dejar las armas.

​Quijano ni siquiera se levantó. Siguió anotando la temperatura de la arena en su libreta.

​—Primero —dijo Quijano sin mirar atrás—, no soy "caballero", soy un ciudadano con título de propiedad. Segundo, no porto armas, porto instrumentos de medición de precisión. Y tercero, su premisa es una falacia lógica denominada petitio principii. Usted intenta comparar dos variables subjetivas ("belleza") sin establecer primero un patrón métrico universal.

​El Caballero de la Blanca Luna se quedó desconcertado, con la lanza a medio camino.

​—¡No me venga con logaritmos! ¡Luche conmigo o admita que mi dama es superior!

​Quijano suspiró, cerró su libreta con un "clac" seco y se puso en pie, ajustándose los lentes.

​—Mire, señor "Satélite". Analicemos su equipo. Esa armadura de plata refleja el 95% de la luz visible, lo cual es una pésima estrategia táctica, ya que delata su posición a kilómetros de distancia. Además, el peso de ese metal sobre su caballo está ejerciendo una presión sobre los cascos del animal que roza la crueldad. Si cargamos el uno contra el otro, la energía cinética resultante, dividida por la superficie de la punta de su lanza, probablemente causaría una perforación en mi tórax, pero usted sería arrestado por homicidio negligente y daños a la propiedad. ¿Es ese su plan de negocio para hoy?

​—¡Es una cuestión de honor! —, rugió el caballero, espoleando a su caballo.

​—El "honor" es una construcción social obsoleta diseñada para justificar la violencia entre las élites agrarias —, replicó Quijano cruzándose de brazos—. Si quiere que me retire a mi casa, no necesita una lanza. Solo tiene que presentarme un informe de impacto económico que demuestre que mi presencia en los caminos es menos productiva que mi estancia en la aldea gestionando mis tierras.

​El Caballero de la Blanca Luna se detuvo en seco. El caballo relinchó, confundido por la falta de acción.

​—¿Me está diciendo... que se rinde? —preguntó Sansón Carrasco tras la visera, con voz decepcionada.

​—No me rindo, porque no estoy peleando —, respondió Quijano—. Simplemente acepto su sugerencia de volver a casa como una decisión logística acertada. El precio del forraje para "Equino A" ha subido un 15% este trimestre y la erosión costera está dañando mis zapatos de cuero. Volveré a mi aldea, pero no por su dama, sino porque los datos indican que este viaje es un activo tóxico.

​Sancho, que observaba desde lejos, se tapó la cara con las manos.

—¡Ay, señor Quijano! ¡Hubiera sido más digno que le tirara del caballo! ¡Al menos un revolcón por la arena!

​—Sancho, el roce con la arena es un exfoliante agresivo que no he solicitado —, dijo Quijano mientras empezaba a caminar hacia el oeste—. Caballero de la Luna, limpie su armadura, tiene una mancha de óxido en la articulación del codo izquierdo. La oxidación es un proceso irreversible si no se trata con aceite mineral. Que tenga un día estadísticamente productivo.

​Y así, sin que se disparara una sola flecha ni se rompiera una lanza, el Caballero de la Blanca Luna logró que Quijano volviera a casa. No por la fuerza de las armas, sino porque el hidalgo llegó a la conclusión de que la aventura era, simplemente, ineficiente.

Al llegar a su casa, en lugar de morir de melancolía como en el libro original, nuestro Quijano se dedicó a inventar el sistema de contabilidad de doble entrada y a redactar el primer manual de seguridad e higiene en el trabajo de la historia de España.

​Murió a los ochenta años, perfectamente sano, tras haber calculado la trayectoria exacta de su propio entierro para no estorbar el tráfico local.

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