Sucedió en la playa de
Barcelona. Alonso Quijano estaba allí, midiendo la salinidad del agua con un
densímetro, cuando apareció un caballero con una armadura que brillaba como la
plata, portando en su escudo una luna blanca y resplandeciente.
—¡Deténgase, caballero! —, gritó
el de la Blanca Luna, bajando su lanza—. Vengo a sostener que mi dama es, sin
comparación, más bella que vuestra Dulcinea del Toboso. Si me vence, su vida es
suya; si pierde, deberá retirarse a su aldea por un año y dejar las armas.
Quijano ni siquiera se levantó.
Siguió anotando la temperatura de la arena en su libreta.
—Primero —dijo Quijano sin mirar
atrás—, no soy "caballero", soy un ciudadano con título de propiedad.
Segundo, no porto armas, porto instrumentos de medición de precisión. Y
tercero, su premisa es una falacia lógica denominada petitio principii. Usted
intenta comparar dos variables subjetivas ("belleza") sin establecer
primero un patrón métrico universal.
El Caballero de la Blanca Luna
se quedó desconcertado, con la lanza a medio camino.
—¡No me venga con logaritmos!
¡Luche conmigo o admita que mi dama es superior!
Quijano suspiró, cerró su
libreta con un "clac" seco y se puso en pie, ajustándose los lentes.
—Mire, señor
"Satélite". Analicemos su equipo. Esa armadura de plata refleja el
95% de la luz visible, lo cual es una pésima estrategia táctica, ya que delata
su posición a kilómetros de distancia. Además, el peso de ese metal sobre su
caballo está ejerciendo una presión sobre los cascos del animal que roza la
crueldad. Si cargamos el uno contra el otro, la energía cinética resultante,
dividida por la superficie de la punta de su lanza, probablemente causaría una
perforación en mi tórax, pero usted sería arrestado por homicidio negligente y
daños a la propiedad. ¿Es ese su plan de negocio para hoy?
—¡Es una cuestión de honor! —,
rugió el caballero, espoleando a su caballo.
—El "honor" es una
construcción social obsoleta diseñada para justificar la violencia entre las
élites agrarias —, replicó Quijano cruzándose de brazos—. Si quiere que me
retire a mi casa, no necesita una lanza. Solo tiene que presentarme un informe
de impacto económico que demuestre que mi presencia en los caminos es menos
productiva que mi estancia en la aldea gestionando mis tierras.
El Caballero de la Blanca Luna
se detuvo en seco. El caballo relinchó, confundido por la falta de acción.
—¿Me está diciendo... que se
rinde? —preguntó Sansón Carrasco tras la visera, con voz decepcionada.
—No me rindo, porque no estoy
peleando —, respondió Quijano—. Simplemente acepto su sugerencia de volver a
casa como una decisión logística acertada. El precio del forraje para
"Equino A" ha subido un 15% este trimestre y la erosión costera está
dañando mis zapatos de cuero. Volveré a mi aldea, pero no por su dama, sino
porque los datos indican que este viaje es un activo tóxico.
Sancho, que observaba desde
lejos, se tapó la cara con las manos.
—¡Ay, señor Quijano! ¡Hubiera
sido más digno que le tirara del caballo! ¡Al menos un revolcón por la arena!
—Sancho, el roce con la arena es
un exfoliante agresivo que no he solicitado —, dijo Quijano mientras empezaba a
caminar hacia el oeste—. Caballero de la Luna, limpie su armadura, tiene una
mancha de óxido en la articulación del codo izquierdo. La oxidación es un
proceso irreversible si no se trata con aceite mineral. Que tenga un día
estadísticamente productivo.
Y así, sin que se disparara una
sola flecha ni se rompiera una lanza, el Caballero de la Blanca Luna logró que
Quijano volviera a casa. No por la fuerza de las armas, sino porque el hidalgo
llegó a la conclusión de que la aventura era, simplemente, ineficiente.
Al llegar a su casa, en lugar de
morir de melancolía como en el libro original, nuestro Quijano se dedicó a
inventar el sistema de contabilidad de doble entrada y a redactar el primer
manual de seguridad e higiene en el trabajo de la historia de España.
Murió a los ochenta años,
perfectamente sano, tras haber calculado la trayectoria exacta de su propio
entierro para no estorbar el tráfico local.
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