sábado, 4 de julio de 2026

EL ABANDONO DE LAS MANOS QUE NOS DIERON VIDA

 



​Hay una ingratitud silenciosa que duele más que cualquier palabra, la de los hijos que, al ver marchitarse el roble que les dio sombra, deciden alejarse de su tronco cansado. Es una ironía amarga de la condición humana que las mismas manos que nos enseñaron a caminar, que nos sostuvieron en la caída y que se agotaron labrando nuestro futuro, queden hoy extendidas al vacío, esperando un calor que no llega.

​Cuando una madre ya no puede ser el pilar que sostiene la carga ajena, cuando sus ojos se nublan y su paso se vuelve lento, no deja de ser madre; simplemente se convierte en un niño que busca el regreso del amor que ella misma sembró. Abandonarla en el invierno de su vida, cuando el cuerpo ya no le permite ser el motor de la casa, no es solo un descuido, es una traición al primer pacto de la existencia.

​El olvido es la moneda falsa con la que algunos pagan el tesoro de una vida dedicada. Olvidan que el tiempo es un juez implacable y que el eco de esa soledad que hoy imponen, mañana podría ser su propio refugio. Cuidar de quien nos cuidó no es un favor, es un acto de justicia y la única forma de honrar la sangre que nos corre por las venas.

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