Hay una ingratitud silenciosa
que duele más que cualquier palabra, la de los hijos que, al ver marchitarse el
roble que les dio sombra, deciden alejarse de su tronco cansado. Es una ironía
amarga de la condición humana que las mismas manos que nos enseñaron a caminar,
que nos sostuvieron en la caída y que se agotaron labrando nuestro futuro,
queden hoy extendidas al vacío, esperando un calor que no llega.
Cuando una madre ya no puede ser
el pilar que sostiene la carga ajena, cuando sus ojos se nublan y su paso se
vuelve lento, no deja de ser madre; simplemente se convierte en un niño que
busca el regreso del amor que ella misma sembró. Abandonarla en el invierno de
su vida, cuando el cuerpo ya no le permite ser el motor de la casa, no es solo
un descuido, es una traición al primer pacto de la existencia.
El olvido es la moneda falsa con
la que algunos pagan el tesoro de una vida dedicada. Olvidan que el tiempo es
un juez implacable y que el eco de esa soledad que hoy imponen, mañana podría
ser su propio refugio. Cuidar de quien nos cuidó no es un favor, es un acto de
justicia y la única forma de honrar la sangre que nos corre por las venas.
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