En el telar de los días,
con hilos de sol y olvido,
vas tejiendo los senderos
por dónde camina el hijo.
Tu voz es un agua clara
que calma el rigor del estío,
y es tu mano la firmeza
cuando el paso es indeciso.
No hay distancia que te aleje,
ni tiempo que sea olvido,
porque en la sangre se guarda
el eco de tu latido.
Fuiste raíz en la sombra,
después tallo florecido,
y hoy eres la paz serena
donde descansa el espíritu.
Bendita la luz que entregas
sin pedir nada a cambio,
el pan que partes con gracia,
el beso que es un auxilio.
Que la vida te devuelva
en un abrazo infinito,
todo el amor que sembraste
en el huerto del destino.
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