Si descuidas a la persona amada, no te quejes del vacío que
te inunda, de la distancia que crece ni del silencio que te ahoga.
No te quejes de las flores marchitas si olvidaste regarlas,
ni de la llama apagada si no alimentaste el fuego. El amor no es una planta
silvestre que crece por sí sola; requiere cuidado, atención y dedicación. Es
una danza de dos, donde la armonía se construye con pequeños gestos: una
palabra cariñosa, un acto de servicio, tiempo compartido, una escucha atenta y
un abrazo sincero.
Si lo dejas al abandono, no te sorprendas si se seca. Si lo
ignoras, no te extrañes si se aleja. Si lo tratas con indiferencia, no te
quejes si se desvanece.
La responsabilidad del amor es compartida; el esfuerzo debe
ser recíproco. No existe afecto que se mantenga vivo sin el cultivo constante
de quienes lo habitan.
Así que, antes de lamentar la pérdida, reflexiona sobre tu
parte en la historia: sobre lo que entregaste y lo que dejaste de dar. El amor
exige compromiso, requiere entrega y demanda constancia. No es una obligación,
sino una elección que se renueva cada día para que la llama no se vuelva
ceniza.
Imagen de Google

No hay comentarios:
Publicar un comentario