Bajo el cielo de un Madrid que se engalana,
camina el porte de un hidalgo eterno,
que despierta el fulgor de la mañana
con el gesto sereno y el gobierno.
En su mirada limpia y castellana
se detiene el rigor del duro invierno,
pues guarda en su sonrisa la hidalguía
que viste a la ciudad de cortesía.
Es su paso el compás de la Gran Vía,
madurez que en el alma se ha esculpido,
un galán que entre letras y poesía
mantiene el corazón comprometido.
No existe en la memoria lejanía
que borre lo que el tiempo ha florecido,
pues tiene la elegancia y el sentido
de quien ama y se sabe bien querido.

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