Soledad, vieja amiga, compañera
silenciosa de incontables horas, a veces te abrazo con gratitud; otras, te
rechazo con amargura. Tu presencia, tantas veces invisible, se manifiesta en la
quietud de una estancia vacía, en el susurro sutil del viento entre las hojas y
en la sobrecogedora inmensidad del cielo nocturno. No eres un simple vacío,
sino un espacio sagrado que se colma con la introspección, la mirada interna y
el milagro de la creación.
En tus dominios encuentro la
fuerza para confrontar mis miedos, mis dudas y mis propias limitaciones. Es
bajo el amparo de tu abrazo donde logro ordenar el caos de los pensamientos,
ahí donde puedo escuchar mi propia voz sin la interferencia del ruido del
mundo. En tu sobria compañía descubro la profundidad de mi ser y el misterio
que me habita.
No obstante, bien sé que también
puedes transmutarte en prisión, en un páramo de aislamiento y desespero. En
esos instantes oscuros, tu abrazo se vuelve denso, sofocante. La quietud deja
de ser paz y se convierte en el eco de una antigua tristeza; la introspección
se torna en una espiral punzante de autocrítica. El vacío se vuelve entonces
abrumador, un abismo que ya no exige reflexión, sino el bálsamo de la presencia
y el calor del contacto humano.
La sabiduría, entonces, reside
en el equilibrio. En el arte de habitarte cuando nos fortaleces y en la
valentía de buscar la luz compartida cuando nos debilitas. Soledad, vieja
amiga, eres el espejo que refleja tanto la belleza como la fragilidad de la
existencia. Aprendo a convivir contigo, a valorarte y a respetarte, sabiendo
que eres parte indivisible de mi propia alma; una compañera a la que, a veces,
necesito tanto como al regocijo de la compañía humana.
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