Cuando ajusto mi corona frente
al espejo de la vida, no lo hago solo por mí. Lo hago porque sé que hay unos
ojos pequeños y brillantes que me observan, aprendiendo a leer el mundo a
través de mis gestos.
Al verme recuperar la sonrisa y
la compostura, mis nietos entienden que ellos también poseen una corona
invisible que deben proteger. Les enseño que su valor no depende de los
obstáculos que encuentren, sino de la dignidad con la que decidan enfrentarlos.
Mi mayor legado no es evitarles las tormentas, sino mostrarles que dentro de
cada uno de ellos vive un rey o una reina que siempre, sin importar qué pase
fuera, tiene el poder de volver a ocupar su lugar con la frente en alto.
Imagen de la red

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