viernes, 22 de diciembre de 2017

A PABLO NERUDA




Vate que tocó en silencio la cúspide del firmamento,
lanzando versos al viento transcribiste el sentimiento,
Isla Negra fue la cuna quien orgullosa te meció en su ola,
después ocultó tu vena dentro de una sabia caracola.

Ma. Gloria Carreón Zapata.

TIEMPO SE RENACER.









Manejando al volante de mi deportivo rojo de dos plazas me percaté de que la tarde se tornaba plomiza, así que levanté el capó del auto pero, tanto disfrutaba de la Madre Naturaleza, que me gustaba internarme en ella y más en éstas fechas navideñas cuando la nostalgia me invadía evocando a mi padre, quien al llegar las celebraciones navideñas hacía ya algunos ayeres, se había adelantado en el inexorable camino que a todos nos espera; por lo cual disminuí la velocidad y aparqué mi automóvil.
Todo lo que veía, sentía, escuchaba y olía en ese ambiente, me hacía recordar al padre que tanto amé en vida; caminar por la hojarasca y escucharla crujir bajo  mis pies colmaban mis añoranzas; ese trinar de las aves anunciando el fin del estío mientras no dejaban de cantar, haciendo piruetas entre las ramas secas que guindaban de los majestuosos árboles, motivaban los recuerdos de una muy feliz infancia.
Luego de vagar un rato que no supe cuánto fue, me vi avanzar por una angosta vereda abstraída en mis pensamientos en medio de aquel bosque donde sentía una gran paz recordando a mi progenitor; inesperadamente, el viento comenzó a soplar y a dejar oír su temible silbido trayendo junto con él una onda gélida que me hizo pensar en la muerte.
Tiritando de frío, me dirigí hacia una vieja cabaña que divisé a lo lejos y, al estar frente a la puerta, me atreví tocar preguntando con cierto temor:
--¿Hay alguien ahí?...--.
Al no recibir respuesta, di  vuelta a la cabaña para asomarme por entre la rendija que formaban las cortinas de una ventana trasera pero, lo que vi, parecía una choza lúgubre y abandonada, así que regresé por el frente de la misma y, me dispuse a tocar de nuevo, cuando de pronto escuché la voz cavernosa  de una anciana invitándome a entrar:
--¡Adelante… puede pasar… la puerta está abierta!…--, dijo alto para que yo la pudiera escuchar; su voz de tono profundo, me hizo recordar los cuentos de brujas y gnomos que leía de pequeña,
¿Qué tal si ésta mujer fuera una hechicera?, mi mente inquieta y fantasiosa se cuestionó, y también me sugirió:
“Tal vez la cabaña esté embrujada y ésta señora me convierta en sapo… o quizá en alguna extraña alimaña… o en alguna de las aves del bosque”.
Me detuve un momento arrepentida de mi osadía por haber llamado a la puerta, pero:
“¡Bueno ya estoy aquí… así que me armaré de valor y entraré!”, pensé.
Al hacer mi mano contacto con la pesada hoja de madera en su intención de abrir, ésta no necesitó ningún esfuerzo que yo recuerde para abatirse, haciendo con ello un rechinido largo y espeluznante que me puso los pelos de punta.  Mientras se movía y sé oía el chirrido de las bisagras, sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo desde la nuca y bajar por la espina dorsal hasta llegar a la punta de los pies.
--¡Adelante mujer… no temas… entra!…--, ahora murmuró la anciana, quien oculta de mi vista detrás de la puerta, se había acercado a recibirme.
No pude evitar pegar tremendo brinco del susto al escuchar su voz ahora tan cerca de mí; como si se hubiera desplazado flotando por el aire en unos segundos sin hacer ruido alguno, lo cual me hizo retroceder espantada.
…--¡Espera!... ¡no te vayas… entra!…--, exhortó, ahora con voz  en tono suave, e insistió:
--¡Déjame conocerte!...--, mostrándose hasta ese momento ante mis ojos.
Era una mujer de esbelta y de diminuta figura, sus ojos claros se asemejaban al azul del cielo; el brillo que emanaba de su mirada y su sonrisa armoniosa la hacían ver especial; su larga y lacia cabellera blanca le llegaba hasta la cintura; en cada surco de su angelical rostro llevaba marcado el sufrimiento, aunque al mismo tiempo, una nobleza que me inspiró confianza, por lo que la saludé cálidamente aunque un poco asustada todavía: 
--Hola dulce anciana…  pasaba por aquí, vi la cabaña, y quise saber quién vivía en ella… solía merodear por éstos lugares a menudo, y nunca había visto su cabañuela… ¡es bella y muy pintoresca!…--.
--¡Pero pasa muchacha… no te quedes ahí!… ¡y cambia esa cara que parece como si hubieras visto un fantasma!…--, dijo la noble mujer de avanzada edad; apenada le extendí la mano en forma de saludo, y ella respondió de la misma manera.
--Me llamo Helena…--, le dije  dirigiéndome a ella y sin dejar de ver al mismo tiempo a mi alrededor con cierto temor pero mayor curiosidad. La anciana de blanca y larga cabellera, me guío hasta un roído sillón que se encontraba frente a la gran chimenea.
--Siéntate niña… que vienes entumida de frío…--, manifestó con voz agradable, como si fuéramos viejas amigas, para luego a paso lento, dirigirse a lo que sería su cocina.
Pronto regresó con dos tazas de té las cuales terminamos en medio de una larga charla.
--Mi nombre es Isadora…--, se presentó, y siguió:
--Significa regalo de la Luna…  tengo muchos años viviendo alejada de la gran ciudad…--, comentó en tono melancólico, y siguió asimismo con su narrativa:
--Hace al menos cinco décadas, me enamoré de un marinero y… cuando estábamos a punto de casarnos…--.
Sin poder continuar su historia, sus ojos a través de los lacrimales comenzaron a mostrar su dolor por aquellos lejanos recuerdos.
Entre gimoteos pudo platicarme que, el barco de su amado naufragó, y jamás lo volvió a ver.
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Pude darme cuenta de lo mucho que le afligía recordar a su tan lejano amor; me acerqué a ella y, tomándola de la mano, la invité a desahogarse.
Después de escuchar completa su romántica historia de amor muy parecida a la mía, no pude evitar que unas  lágrimas rodaran por mis mejillas.
Fue tan interesante conocer a Isadora, que terminamos siendo amigas.
La tarde, caminó escondiendo en el velo luminoso de la fracción lunar que comenzaba a brillar intensamente, el verdor de los árboles quienes, cercanos, atisbaban por las pequeñas ventanas de la bien distribuida cabaña.
Las estrellas titilaban con más esplendor de lo usual y, yo, olvidando la pena que me había llevado a ese lugar, me sumergí en la magia de tan amena plática, de la vieja cabaña y del bosque al parecer también encantado, adonde conocí a mi querida Isadora.
Desde ese momento la sentí tan cercana, tan familiar.
¿Sería porque ambas teníamos algo muy importante en común?
¡Supimos amar con gran intensidad, a un amor nunca consumado!
Me quise despedir de ella, quién no permitió me marchara por temor a que fuera atacada por algún animal del bosque o:
--¡Peor aún… podrías perderte en la espesa oscuridad de la montaña!...--, me advirtió a pesar de que aquella media Luna, dejaba pasar en buena medida rayos de luz entre los árboles para iluminar el camino.
Esa noche fui su huésped, su amiga y la única compañía que tuvo  en quién sabe cuántos  años.
Luego de charlar durante horas, ya bien de madrugada, me acondicionó una cama en el sofá de su desvencijada sala, retirándose enseguida a su habitación para a su vez poder descansar tranquila.
Otro día al despertar con los huesos molidos a causa de los resortes saltados del viejo sillón, sentí los primeros rayos del Sol quien se coló por el dintel de la ventana, encandilando mis pupilas.
Luego de estirar mi cuerpo y bostezar, de un salto me levanté del tibio aposento y me acomodé una larga bata afelpada que Isadora me había prestado; después de doblar las cobijas me senté a la mesa a esperarla un momento para despedirme, y también poder agradecerle su hospitalidad.
Los minutos pasaron, hasta que me decidí a llamar a la puerta de su recamara:
--Buen día Isadora…--, saludé, tocando levemente con los nudillos a la puerta que permaneció cerrada.
Al no obtener respuesta, me dirigí a la salida; tal vez había ido por leña para la chimenea; por mi lado tenía que regresar a casa y, luego de deambular un rato llamándola por las cercanías de la cálida y pintoresca cabaña, Isadora no aparecía por ninguna parte; tal parecía que se la había tragado un pantano.
Volví a tocar la puerta de su recámara y a llamarla un poco más fuerte; me senté en el viejo sofá frente a la chimenea; pasó algún tiempo más pero, al ver que no salía ni llegaba, decidí marcharme del lugar.
Al final del día llegaría Nochebuena, y yo no había comprado todavía nada para la cena. Salí del monte con un sentimiento de tristeza por no haber podido despedirme de mi nueva amiga, pero más preocupada aún.
A unos tres kilómetros en el mirador de la carretera, había estacionado mi coche al cual me dirigí desconcertada.
Llegando a casa le marqué a Abigaíl, una de mis mejores amigas y quedamos en que cenaríamos juntas, así que me dirigí al supermercado a comprar lo necesario para la cena.
En ese momento, vino a mi mente una idea:
¡Sí!, le pediré a Abigaíl ir a pasar la Nochebuena con Isadora, así nosotras dos tendremos compañía, y ella no estaría sola.
Después de llamarla y ella aceptar gustosa, me dispuse a preparar la suculenta cena.
--¡Que sorpresa se llevará mi nueva amiga!…--, ufana manifesté susurrando para mí con emoción pensando en la dulce Isadora, al tiempo que caminaba por los pasillos repletos de mercancías empujando el carrito ya casi lleno.
¿Cómo era posible que una persona como ella pudiera vivir tantos años sola y  alejada del mundo?
La ansiedad hacía presa de mí por momentos mientras esperaba en la larga cola para pagar,  hasta que al fin superé el trámite obligatorio; ya al volante, encendí la radio en donde estaban iniciando “Violín Sonata No. 6”, la tan bella melodía de Noccolo Paganini; escucharla en esos momentos cuando me sentía tan desvalida pensando en la vida de Isadora, en su amor perdido y la soledad en la que había vivido gracias a ello, hizo que mis pupilas se nublaran de lágrimas que pugnaban resbalar por mis mejillas, mientras conducía de regreso a casa; entonces, recordé una poesía que había leído por ahí, la cual recité sin lograr comprender la vida.

“¿Para qué amar tanto si de pronto un día,
termina todo como termina la alborada?
¡Plantar resquicios solamente de caricias,
y seguir viviendo por siempre de remembranzas!”.

--¡Pobre Isadora… pobre de mí!...-, musité con los ojos bañados en llanto.

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Regresé de la tienda con lo necesario para la cena; apenas si me quedaba tiempo para arreglarme un poco; tendría que ganarle tiempo al tiempo.
Luego de preparar lo que me correspondía y arreglarme de manera sencilla para la ocasión especial, dieron las cinco de la tarde.
Escuché unos leves toquidos en la puerta que había dejado emparejada esperando a Abigaíl, y alcé un poco la voz:
--¡Adelante amiga… la puerta está abierta!…--.
Ésta última, entró elegantemente ataviada; era Nochebuena y había vestido sus mejores galas, que la hacían ver radiante y muy elegante y, a pesar de sus treinta y cinco años, lucía como una quinceañera.
--¿Sabes?..--, le dije, y seguí:
--Adonde vamos, no es necesario vestir con elegancia… pero no te preocupes… con unos zapatos de piso y tu abrigo te verás bien…--, preguntándole en seguida:
--¿Puedes subir las cosas al coche en tanto yo cierro el gas…cojo mis llaves… enciendo el árbol y algunas luces de la casa?...--.
Después de hacer lo propio cada una, nos dirigimos a la cabaña de Isadora.
Entre risas y bromas llegamos a las afueras de la ciudad, donde a unos cuántos kilómetros se encontraba mi adorada nueva amiga; sentía como si la hubiera conocido de toda la vida.
Al llegar al mirador me estacioné donde comúnmente lo hacía recordando a mi padre, y comenzamos a bajar las cosas; había que trasladarlas a casi tres kilómetros, y a mitad del camino teníamos que ascender por la vereda de la montaña.
Pronto la blanca nevisca revestiría el lugar, pensé en tanto el gélido viento golpeaba nuestros rostros; sentía que no podía mover ni los dedos, más sin embargo, me ilusionaba tanto pasar la Nochebuena con la dulce Isadora que no me importó.
Inesperadamente, del otro lado de la carretera cruzó un hombre quien a pesar  de aparentar casi los ochenta años, moviéndose con agilidad nos alcanzó diciéndonos como todo un caballero:
--Buenas tardes, queridas damas… perdonen la molestia… pero ando buscando a alguien que no veo desde hace muchos años…--.
Por su buena pinta, sus finos modales y su evidente buena educación, le respondí sin temor:
--¿Y cómo podemos ayudarle, buen hombre?...--.
A lo que él respondió:
-- Déjenme decirles que con trabajo recuerdo las cosas… y creo por éste rumbo vivía la persona a quien necesito encontrar… es que ha cambiado mucho el lugar…--, trató de justificarse, y terminó:
--Espero que esté viva todavía…--.
Mientras ponía los recipientes sobre el cofre del vehículo aún caliente, mi amiga le pidió:
--Denos algún dato… a ver si conocemos a la persona que busca…--.
Un poco apenado, el anciano elegantemente vestido nos dijo:
-- Es que… es una historia larga…--.
Al oír aquello, instintivamente, también puse el recipiente que llevaba entre mis manos sobre la parte delantera del vehículo para escucharle decir:
-- Mi nombre es Cornelius Meyer… fui capitán de un barco que naufragó hace cincuenta años…--.
Al oír aquello, sentí erizase los vellos de mis antebrazos y seguí escuchando con interés:
-- Venía del viejo continente hacía acá con la ilusión de casarme pero… ocurrió un huracán muy intenso y mi barco naufragó…--.
Mis ojos se asombraban más con cada palabra que decía éste hombre, quien continuó con su historia:
--Estuve en coma muchos años…--, dijo ante la mirada atónita de ambas, y prosiguió:
--Recuperé el sentido pero no así la memoria… sólo hasta hace poco fue cuando empecé a recordar lo que era mi vida a mis tan lejanos veinticinco años…--.
En ese momento, totalmente incrédula le pregunté:
--¿Recuerda usted el nombre de la mujer con quién se iba a casar?...--, a lo que el hombre respondió:
--¡Desde luego!... ¡su nombre es Isadora!...--.
Casi me caigo de la sorpresa y, reponiéndome, con gran entusiasmo le dije:
--¡Venga con nosotras!... ¡creo conocer a quien busca!...--.
Feliz, el hombre se aprestó apuradamente a ayudarnos para acompañarnos.
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Extenuados, al fin después de casi una hora de caminar en medio del boscaje que gracias al viento se mecía en sus cúpulas por encima de nuestras cabezas, pudimos divisar a lo lejos la bocanada de humo que emanaba de la vieja chimenea de la casa de Isadora.
-- Al fin llegamos…--, exclamé  emocionada.
A unos cuantos pasos de la cabaña, le pedí a Cornelius que esperara en tanto yo preparaba a Isadora para darle la buena noticia.
El hombre sé quedó oculto detrás de un ocote, mientras nosotras cargábamos los recipientes que él traía, mismos que sin su ayuda, no habríamos podido llevar solamente nosotras dos.
Al llegar a la puerta no pude impedir gritar de júbilo.
--¡Isadoraaa!!... ¡¡Isadoraaa!!!…--.
Mi querida amiga se asomó por la ventana, para luego apresurarse a abrirnos.
--¡Pasen!… ¡pasen por favor!…--, repitió contenta y sorprendida al vernos.
Después de depositar sobre la mesa de la amplia cocina las vasijas y las bolsas que llevábamos, le presenté a Aby como le decíamos sus amigas, a la cual Isadora abrazó cariñosamente. Luego de la presentación, tomé a Isadora de la mano y, ahora fui yo, quien la invitó a sentarse.
Pude darme cuenta que se había puesto un elegante vestido de color celeste, mismo que hacía juego con sus pendientes y con sus bellos ojos.
--Isadora…--, le dije; en ése momento, sentí que los nervios me traicionaban de tanta emoción cuando le anuncié:
--¡Abigaíl y yo hemos decidido pasar la Nochebuena contigo… pero también traemos a un invitado especial… es un muy inesperado regalo de la Luna para ti, querida amiga!…--.
Isadora, extrañada sé quedó pensativa, hacía tanto que no tenía invitados en su cabaña, y de repente le llegaron tres;  luego de esbozar una leve sonrisa, respondió
--Hoy es Nochebuena… mañana Navidad… y las puertas de mi humilde casa están abiertas para quien quiera compartir…--.
De inmediato, impaciente me dirigí hacia la puerta haciéndole señas a Cornelius para que se acercara.
Él se apresuró hasta donde estábamos las tres, pensando:
“¿Sería posible que se tratara de la misma persona?... ¿de mi Isadora?”
El hombre no cabía de tanta emoción cuando, al llegar a la puerta le dije:
--¡Prepárese para la más hermosa sorpresa que imagine!…--.
 Ansiosa, lo tomé de la mano para luego guiarlo hasta donde se encontraba Isadora, quien al verlo entrar, se puso de pie y, ambos, se quedaron viendo fijamente como queriendo retroceder el tiempo.
--¿Isadora?...--, preguntó el hombre emocionado.
--¡Cornelius!...--, exclamó ella sorprendida.
Un gran sosiego sé dejó escuchar; tal parecía que las aves y todo el Universo se habían colapsado ante éste extraordinario milagro.
Instantáneas lágrimas de felicidad inundaron los ojos de los dos enamorados al momento que comenzaron a acercarse para acelerar el paso y fundirse al fin en un largo abrazo. No hubo necesidad de palabras. Así estuvieron largo rato intercambiando mimos, tratando de recuperar el tiempo perdido, hasta que Abigaíl  los interrumpió preguntando:
-- ¿Cenamos?...--.
La alegría invadió el lugar; los cuatro nos sentamos a disfrutar de la exquisita cena y un delicioso vino, no sin antes dar gracias al Creador por este milagro de amor.
Así, transcurrió la noche entre charlas y risas; Cornelius e Isadora no sé cansaban de dar gracias al Supremo Hacedor, de la misma forma que a sus nuevas y bellas amigas, quienes desde ahora formarían parte de su familia, se decían enamorados entre sí; seríamos las hijas que nunca habían tenido.
Y así, desde esa milagrosa Nochebuena y lo que fue una realmente feliz Navidad, jamás volveríamos a separarnos.

Autora: Ma. Gloria Carreón Zapata.
Edición Literaria: Jorge Miguel Valdés Ortiz.

Mexicanos.

SPICA Y SPOCUS (Cuento Infantil)












La gárrula de las aves se confundía con el ruido de las hojas secas en su andar buscando su alimento; las ramas, crujían estremeciendo al mismo bosque que dormitaba en el silencio; segundos después, hicieron arribo unas ninfas juguetonas tomadas de la mano; por su lado, en el hueco de un gigantesco árbol, un duende malvado planeaba hacerles travesuras; él, peleaba el territorio en que ellas acampaban, más las lúdicas hadas, trataban de ignorarlo cada vez.


No muy lejos del bosque, una terrible bruja y hechicera preparaba su brebaje; envidiaba la bondad y hermosura de las ninfas, y muy en especial de la más pequeña; ellas por su parte, ni siquiera imaginaban el mal que les acechaba; una tarde, ayudada por la espesura de las copas de los árboles, la maléfica bruja se disfrazó de estrella y, volando por encima del bosque encantado, se dispuso a ir al encuentro de las inofensivas hadas. 


El hechizo se trataba de lo siguiente; la que fuese detrás de la luminosa estrella por su encanto, quedaría atrapada hasta que fuese rescatada de lo que la malvada bruja les tenía preparado; las candorosas ninfas en su alma bondadosa, ignoraban de forma inocente la trampa que la hechicera les preparó para esa misma noche.


Las hadas jugueteaban como era su costumbre cuando, de pronto, vieron a aquella luminosa estrella volar por encima de ellas; era tan hermoso su destello, que una de las bellas ninfas no pudo evitar seguirla. Spica, que así se llamaba la más pequeña y más hermosa de las hadas, voló tras el destello a pesar de que sus compañeras le aconsejaron que no lo hiciera:


-¡No Spica… no lo hagas!... ¡regresa por favor!...-, gritaban unas y otras temerosas encimándose inclusive en sus advertencias; pero era tan luminosa y atrayente aquella estrella, que fue imposible detenerla. Las hadas del bosque, volaron tras su compañera tratando de salvarla de lo que intuían como un peligro pero, en un instante, por arte de la oscura magia de la hechicera, Spica desapareció junto a la reluciente estrella.

Al día siguiente el travieso duende melodioso cantaba; era uno de esos días en que le gustaba espiar a las hadas bañarse en el gran lago encantado, aparte de que nunca faltaba hacerles alguna de sus travesuras; de pronto, el rostro del pícaro elfo cambió, no veía por ningún lado al hada quien le deslumbraba por su belleza, y comenzó a musitar:


-Spica… no la veo por ninguna parte …-, se repetía tristemente; luego, desesperado, fue de un lado a otro buscándola; no era usual que ella se separara de las demás hadas; corrió hasta cerca del hueco en la montaña adonde vivían todas ellas sin poder encontrarla; entonces, se le ocurrió regresar y acercarse más al grupo para ver qué escuchaba sobre la bella Spica; nada pudo oír al respecto, sólo vio los rostros llenos de congoja de las demás hadas.


Desde esa tarde comenzó a espiarlas muy de cerca todo el tiempo, para ver si podía enterarse del destino de la bella Spica; hasta que un afortunado atardecer, escuchó que las angelicales hadas comentaban algo en torno al asunto, y decidió unirse a ellas en la búsqueda de la más pequeña de las hadas, diciendo una y otra vez mortificado:


-¡Tengo que encontrarla!... esto debe ser culpa de la malvada bruja del bosque… pero me las pagará la muy malvadaaaaaaaaa!...-, y gritando como en delirio, corrió por todo el bosque llamando a la tierna ninfa por su nombre:


-¡Spicaaaaa… Spicaaaa!...-.


Mas sus gritos, sólo hacían eco a lo lejos y, su amada, no aparecía por ningún lado; era como si la tierra se la hubiera tragado; en ese momento, solamente el eco de su voz se escuchaba por todo el bosque, porque ni aún las aves ni las ramas de los árboles se movían; entre una densa bruma, todo parecía estar paralizado envuelto en un sepulcral silencio; era tanto así, que hasta el mismo misterio sollozaba; el gran bosque, estaba de luto por lo sucedido con Spica.


Desde aquél día, Spocus, que así se llamaba el travieso duende, no descansó; buscó por cielo, mar y tierra sin obtener fortuna; mas una noche cuando se disponía a meterse al hueco del árbol en donde él mismo vivía, observó a lo lejos una majestuosa luz viajando hacia el Este que por un instante lo encandiló; de inmediato se escondió detrás de una gigantesca hoja, y pudo darse cuenta que ese brillo no era más, que la malvada bruja Constela; a través de la luz que se filtraba por ese verdor mayúsculo, fue como pudo ver a la arpía hechicera volando en su gran escoba; venía en busca de quienes había comenzado a tomar gran aprecio, las hadas.


El astuto duende, corrió sin descanso en busca de una lámpara mágica muy antigua, la cual se la habían heredado sus antepasados; al tenerla entre sus manos, regresó corriendo e iluminó a la supuesta estrella; quien al verse encandilada por aquella potente luz, se sintió mareada y cayó con todo y escoba dándose tremendo golpetazo, que hasta se lastimó una pierna; como pudo, se enderezó queriendo trepar nuevamente en su artefacto malévolo para escapar de la furia del duende; las hadas que habían visto cómo el hombrecillo barbón la enfrentaba con valentía, en seguida se prepararon para auxiliarlo; así que entre prácticamente todas, levantaron a Constela dándole volteretas por los aires; las demás hadas que no eran ya muchas pero tampoco fueron necesarias, se colgaron de su larga cabellera dándole de jalones hasta dejarla inconsciente.


Para que no se pudiese levantar, el duende se sentó sobre ella quien permanecía boca abajo; fue entonces que el hombrecillo barbado que había sido un malvado con las diminutas hadas, comprendió su terrible error; él, siempre buscó dañarlas con sus diabluras, y ellas, no hacían más, que cuidar del bosque como también lo hacía él mismo; además ahora, había descubierto que un gran sentimiento había nacido por todas ellas, sus compañeras mágicas, aunque especialmente por Spica; el amor que sentía por ella, lo había transformado poco a poco en un buen gnomo, y estaba decidido a practicar los buenos sentimientos; nunca más, volvería a hacer travesuras.


Entonces, fue y les pidió perdón; rogándoles que le aceptaran como un verdadero amigo incondicional; ellas encantadas y de mil amores le aceptaron; de pronto, una gran luz que en un segundo bajó desde el cielo les iluminó, al momento que también les dijo:


-Soy Spica…y con éste hechizo de la maléfica Constela… tengo qué esperar a que un leñador quien tenga un ojo azul y uno verde… voltee a contemplarme e implore por mí…sólo entonces… será que desaparezca su maleficio…-,Spocus la miraba embelesado, a la vez que la seguía escuchando de la misma manera:


-Mientras tanto… me encuentro junto a todas las estrellas del manto celeste… esperando el ansiado momento de regresar junto con ustedes…-, luego de lo cual, se alejó vertiginosamente a ocupar su lugar en el firmamento.


El duende furioso, intentó desquitar su cólera contra la malvada bruja pero, al darse la vuelta para atacarla, la infame hechicera, con un hábil movimiento, se pudo escapar montada en su escoba; Spocus, no paraba de llorar lleno de rabia por su amada, acongojado además, y muy arrepentido por haberles hecho tantas travesuras a sus ahora compañeras de dolor; aparte de haber intentado echarlas del bosque; aunque por el momento lo importante, primero, era recuperar a Spica; luego entre todos, cuidarán mejor del gran y maravilloso bosque encantado.


Así, pasó mucho tiempo y ya nada era lo mismo; ahora el duende cuando se internaba en el gran bosque ya no cantaba, y tampoco tenía a quién hacerle travesuras; de tal suerte que para distraerse y no estar sufriendo por lo sucedido a Spica, se entretenía cortando leña; aparte, le servía para cocinar y como ejercicio, pues se estaba poniendo algo obeso; de esa forma, acompañado de su gran hacha conoció a un nuevo amigo, de nombre Nuro, quien era nada más ni nada menos que un pájaro carpintero, y era por supuesto quien le daba instrucciones de cómo se cortaba la leña.


Una tarde de pronto, a Spocus lo invadió en tal grado la melancolía por Spica, quién tiró la leña que llevaba al hombro y, dejándose caer con el rostro viendo hacia el cielo, buscó el brillo de la más hermosa estrella, para luego gritar con todas sus fuerzas:


-¡Spicaaaa… Spicaaaaa… mi amada Spicaaaaa!...-.


De pronto, escuchó una dulce voz cerca de su oído que le contestaba:



-¿Me llamas duende malvado?...¿a poco crees que ya se me olvidaron todas las travesuras que nos has venido haciendo?...-.


En seguida, ante el rostro de incredulidad de Spocus que tenía los ojos abiertos como platos, Spica siguió:


-Sin embargo… te agradezco que me hayas desencantado… porque… gracias a ti… me he liberado del terrible hechizo de que fui víctima…simplemente por egoísmo y envidia de la malvada bruja Constela…-.


Spocus corrió dando traspiés para darles la noticia a las demás ninfas, quienes sorprendidas y agradecidas al enterarse de lo sucedido con todo detalle, se le treparon a las barbas buscando ver sus ojos; dándose cuenta de esa manera que, efectivamente, el duende tenía un ojo azul y el otro verde; desde ese momento con el azul cuidaría de lejos el mar, y con el verde custodiaría al gran y verdinegro bosque encantado.



Autora: Ma Gloria Carreón Zapata
Obra Literaria registrada.
Diseñada por el conocido ilustrador Oscar Rodriguez Ochoa
Mexicanos.

SENTENCIA DE AMOR



Veloz como el viento tu recuerdo
 astilla eres clavada aquí en el alma,
las estrellas me miran ya con calma
discurriendo en el ayer me pierdo.

Sentenciada estoy  ya a no olvidarte
sol que iluminas mi triste existencia
 la savia va impregnada de tu esencia.
¿ Podrían mis labios dejar de nombrarte?

La noche se hace eterna al recordarte
mis ojos taciturnos manantiales.
¿Podría acaso yo dejar de amarte?

¿Fue hechizo o tus finos modales?
esos tus labios fueron los culpables
exquisitos, leales, e insaciables.

Autora: Ma. Gloria Carreón Zapata
Pintura: Richard S. Johnson 25 de febrero de 1953 (edad 64), Chicago). Impresionista Contemporaneo

SÉ SABIO






Te afanas persiguiendo lo tangible
a la soberbia ello nos transporta
disfruta de la vida que es tan corta
persigue lo que en realidad importa.

Disfruta de la risa del infante
del trino de las aves cuando cantan
de las rosas cuando en estío se plantan
de la candidez de un sol brillante.

Escucha el ruido de las aguas pasar
siente manar la paz en el ocaso
tesoros que nunca podremos comprar.

Huye del derroche y los placeres
en el mundo  sólo vamos de paso
sé sabio tu existencia no laceres.


Autora: Ma. Gloria Carreón Zapata.
Fotografía de Ma. Gloria Carreón Zapata.

MIS DESEOS DE NAVIDAD (Liras)












Una blanca navidad
deseo para toda la humanidad
que renazca la bondad
roguemos por la equidad
hagamos voto por la felicidad.

En ésta nochebuena
el Altísimo bendiga nuestro hogar
bajo la luna llena
todos por paz aclamar
por el futuro de los niños luchar.

Porque las guerras cesen
no más muertes, ni llanto de inocentes
hambrunas no hubiesen
ni palabras hirientes
sólo amor en corazones silentes.

Dicha, salud y fortuna
deseo de navidad para los niños
Dios, y la media luna
los cubran de cariños
por siempre nos den sonrisas y guiños.

Autora: Ma. Gloria Carreón Zapata
Imagen tomada de Google.
Fotografía de mi propiedad.
(Mis nietos)

LOA A NUESTRO SALVADOR






Hoy deseo honrarte con un soneto
venerado consejero de la paz
de cambiar nuestro mundo fuiste capaz
a tu palabra fiel yo me someto.

Tú que has creado los cielos y la Tierra
como  ser humano habitaste en ella
en nuestro mundo dejaste Tú huella
a la maldad declaraste la guerra.

Tu sacrificio de amor nos liberó
brindando la esperanza de otra vida
sin sufrimiento, nueva, renacida.

La humanidad vuestra promesa calzó
diste tu vida como muestra de amor

con cada herida nos llenas de fervor

Autora: Ma. Gloria Carreón Zapata
Imagen tomada de Google.

INÚTIL ESPERA.

Hoy me invade aquel recuerdo  de luna y cielo estrellado  veo el cerúleo despejado  de tus ojos más me acue...