domingo, 25 de mayo de 2014

EXPERIENCIA TENEBROSA










Estando aquella tarde como practicante de enfermera en el hospital civil, sentí sueño del aburrimiento ya que había pocos pacientes; recuerdo claramente que por esos días, estaba yo llevando el libro llamado “La Tía Tula”, de Miguel de Unamuno, el cual me servía para leer en ratos mientras no hubiese algún paciente quien me necesitara o reclamase mi atención; así que, más o menos a las cinco de esa tarde de Invierno y sin pedir permiso a la jefa de enfermeras, me metí libro en mano a la habitación marcada con el número 4 y que tenía conexión con la 3; esas dos habitaciones habían compartido el mismo baño ahora en desuso; dejé la puerta entreabierta y tomé la silla de visitas para acomodarla de espaldas a la gran ventana que daba hacia la calle, ya que de panorama me tocaría ver la elegante funeraria y una farmacia la cual estaban frente al propio hospital, además que de esa manera, le daría la luz de aquél atardecer a las páginas de mi libro.

Luego de avanzar en mi lectura un buen trecho, me percaté de que aún habría suficiente luz del día colándose a la habitación por el ventanal a mis espaldas para continuar leyendo; de todas formas, miré mi reloj para darme cuenta de que ya había pasado una hora cuando, de pronto, la habitación se inundó con un aroma extraño dadas las circunstancias y el sitio; aunque lo que mi olfato detectó, era ciertamente familiar; sí, el olor a jabón me hizo reaccionar:
-¡Alguien se está bañando!…-, pensé y, en ese justo momento, instintivamente reaccioné al recordar que hacía tiempo esa regadera estaba fuera de servicio, aunque se pudo escuchar en seguida como si alguien le abriera a la llave; al mismo tiempo que pasaba todo eso por mi cabeza y mis sentidos, un fuerte remolino se coló por la ventana arrebatándome la cofia sujetada al pelo con pasadores, la cual rodó por el suelo para quedar al pie de la cama de junto; un estremecimiento invadió mi cuerpo, tuve miedo, nadie podía estarse bañando ya que, además, no había pacientes en esa área del hospital; solamente estaba el “Abuelo”, un viejecito que vivía en la última habitación, a más de veinte metros de donde yo me había sentado a leer; el anciano no tenía familia alguna, así que vivía en el propio nosocomio y era atendido y mimado por todos en general; sin embargo, era imposible que desde allá llegase el aroma de jabón o el ruido de la regadera, y menos que él se estuviera bañando, ya que no podía valerse por sí mismo; nosotros teníamos qué auxiliarlo cargándolo entre varios y así sentarlo en la silla de ruedas, para después bañarlo en la regadera de su habitación.

Caminé hacia el baño cercano recordando nuevamente que hacía tiempo no estaba en servicio y, tensa pero decidida a develar el misterio, poco a poco, fui abriendo la puerta que para colmo, rechinó larga y dolorosamente; por su lado el ruido del agua al caer no dejó de escucharse en ningún momento; pude asimismo oler con mayor claridad el aroma a jabón que penetró aún más en la habitación y, sin poder contener el miedo, crucé el umbral y me fui acercando lentamente para, luego de unos pasos, de un jalón abrir la cortina blanca con motivos florales la cual me separaba de la regadera; fue en ese mismo instante que el ruido del agua cesó de golpe y, sobreponiéndome a la extrañeza y también al susto, observé el piso sin una gota del vital líquido; al voltear hacia donde estaba el jabón, sólo encontré un pedazo delgado y también seco pegado de tiempo atrás en la jabonera; yo misma sabía que hacía meses esas duchas no se ocupaban pero, entonces:
-¿De donde provino ese ruido y el aroma a jabón?...-, me preguntó ansiosa mi propia mente.

Sin previo aviso, de algún lugar surgió una sombra que ninguna luz existente pudo haber creado, y se deslizó primero por el piso una fracción de segundo, luego por los aires y por las paredes del baño para salir velozmente por donde yo había entrado antes de sentarme a leer, jalando la puerta tras de sí; fue una terrorífica sombra negra que semejaba una túnica con capucha y unas mangas muy anchas, las cuales portaban una especie de lanza con una gran hoz en el extremo superior; sentí pavor y corrí hacia la salida del cuarto olvidándome de la cofia y el libro aunque, al intentar mover y jalar de la perilla para abrir la puerta que daba al pasillo, sentí en la mano y se escuchó a la vez el ruido de un clic, como si alguien hubiera puesto llave a la cerradura desde fuera; y entonces por más esfuerzos que hice, me fue imposible abatir la hoja de madera y comencé a gritar golpeando la puerta, pero nadie escuchaba mis gritos; luego caminé ágilmente unos pasos y me acerqué a la ventana pidiendo auxilio, a ver si “Pepe” el farmacéutico o personal de la funeraria me veían y avisaban a las compañeras de turno, para que me sacaran de ese cuarto maldito.

De pronto y como desde detrás de la puerta, se escucharon risas, pasos y las voces de algunas de mis compañeras alejándose por los pasillos, quienes al parecer me habían jugado una broma antes de dirigirse al quirógrafo a esterilizar material, ya que no había ninguna operación programada para ese atardecer; sin dudarlo, corrí y golpeé la puerta y grité a todo lo que daban mis fuerzas, pero fue en vano, por lo que me puse a llorar; el coraje se había apoderado de mí pensando que esas bromas no se le hacían a nadie; de esa manera me acomodé en un rincón tirada en el suelo; mi cabello colgaba en greñas sobre la cara junto a las lágrimas furiosas que no dejaban de brotar, hasta que comencé a quedarme dormida debido a la tensión, a la furia y al cansancio.

No supe si llegué a conciliar el sueño pero, repentinamente, una respiración cerca de mi oído me hizo recobrar la consciencia, sintiendo en ese instante un escalofrío intenso recorrer mi columna vertebral; perdí la noción del tiempo ya que las manecillas de mi reloj se habían detenido desde la última vez que las miré, pero ya estaba oscuro afuera y, sin saber de dónde, un vaso de agua fía cayó sobre mi cabeza, sumado a un viento aún más fío que entró por las ventilas superiores, acompañado de la sombra que volaba por los aires o rampaba las paredes, además de una fuerte carcajada la cual se dejó escuchar por toda la habitación; la sombra maligna y su temible herramienta escaparon por la ventana junto a su risa sardónica, para irse a estrellar en la noche contra la elegante funeraria; me puse de pie y corrí hacia la puerta nuevamente, esta vez tuve suerte, pude abrir, ya que aparte, la chapa estaba descompuesta desde poco después que se inhabilitara la regadera del mismo cuarto.

Una vez me vi libre, corrí hacia urgencias que era en donde se encontraban mis compañeras; tras de mí, pude escuchar cómo algo cerraba de golpe la puerta y luego sentir como si alguien con respiración agitada, flotara persiguiéndome; por supuesto, no quise voltear y lo último que habría hecho, sería desde luego regresarme a recoger mis pertenencias, las cuales habían quedado tiradas en el suelo; al verme, mis compañeras se pusieron a reír de mí por lo despeinada que venía acercándome, al mismo tiempo que ya más cerca se sorprendían y extrañaban porque estaba mojada de la cara y el uniforme blanco, y además, por cómo traía los ojos hinchados de tanto llorar; según pensaron que me había quedado dormida en alguna de las habitaciones, como a veces hacíamos en los turnos de madrugada; me cuestionaron las razones de mi estado pero, del miedo, no pude contarles nada sobre ninguna de las dos experiencias vividas; primero en la regadera fuera de servicio del cuarto cuando pensé que fue una broma, y luego en la propia habitación marcada con el número 4, lo cual me confirmó que de ninguna forma aquellos sucesos fueron un chiste.

En eso estaba, tratando de calmarme para de esa manera poder entonces narrarles lo sucedido y, de pronto, la expresión de divertida curiosidad en los rostros de las cinco compañeras que me interrogaban, se tornó primero en sorpresa y luego en terror cuando miraron hacia mis espaldas; instintivamente giré mi cuerpo y mi cabeza para ver qué era lo que había hecho reaccionar así a mis compañeras de turno, y de esa forma poder ver aterrorizada la diabólica sombra flotante con su guadaña; desde el fondo del pasillo blandiendo con saña su arma infernal, se dirigía velozmente y directo hacia mi persona; no tuve tiempo para nada más, que de cerrar los ojos e intentar subir las manos y así cubrirme el rostro cuando, la dantesca figura proveniente del reino de la oscuridad, descargó un fuerte golpe haciendo uso de su mortífero instrumento; sentí un duro jalón en el cuello, como seguramente lo sintieron las otras cinco pues, un segundo después, nuestras seis cabezas rodaban por el piso brillante y pulcro del hospital, tiñéndolo de rojo instantáneamente.

Fue entonces cuando mi cuerpo pegó un brinco en la cama y se incorporó como por instinto, a la vez que mi garganta gemía tratando de inhalar para así ingresar la mayor cantidad de aire hacia los pulmones; y luego de una serie de jadeos aterrorizados, me fui tranquilizando al darme cuenta que no había sido más que otro de los sueños recurrentes, los cuales desde hacía una semana no me dejaban descansar por las noches; desde cuando sucedió todo lo narrado a excepción de la parte final, que se repetía con todo lo demás, como en una penitencia forzada por el inconsciente en mis horas de sueño más profundo; afortunadamente, esa pesadilla diaria terminó esa tarde, cuando luego de acudir al confesionario, al fin pude contarles a mis compañeras y a mi familia con detalle lo sucedido aquel anochecer en el hospital, con esa terrible experiencia tan dantesca como tenebrosa.
                                                                                                                   
FIN
                                                                                                                                   Autora: Ma. Gloria Carreón Zapata

                                                                                                  Edición Literaria: Miguel Valdés.
                                                                                                     


viernes, 23 de mayo de 2014

LA REALIDAD TRAS LA VENTANA








CUENTO CORTO.
(El Mensaje de Rita)

La noche estaba en sosiego; lejanamente, se escuchaba el gorgoritear de las aves que en sus respectivos nidos no dejaban de emitir ese murmullo, que se oía como si fuesen los conocidos gruñidos de tripas por el hambre pero, provenientes uno por ahí y otro más allá o acullá, de las copas de los árboles.

Después de haber disfrutado al menos una hora de las rimas de Bécquer, el cansancio me venció hasta quedar profundamente dormida; ignoro cuanto tiempo pasó cuando, un fuerte ruido me hizo abandonar la cama pero, quizá fue en mi sueño, me cuestioné entre sueños y me volví a acomodar, cubriéndome con las sábanas hasta la cabeza y hecha un ovillo; prácticamente en posición fetal.

Siempre le he temido a la oscuridad, y esta vez no era la excepción; de pronto, sentí la presencia de algo o alguien cerca; sentí como si se hubiese apoyado en mi cama y se inclinara hacia mi; escuché entonces el jadeo de su respiración acelerada en mis oídos, a la vez que un escalofrío recorrió mi cuerpo.

En ese instante, tuve la sensación como si me ataran una cuerda al cuello y la apretaran; di tremendo brinco del miedo sobre el colchón y exclamé desde el fondo de mi alma:
-¡Aléjate de mí!… ¡te lo ordeno en nombre de Dios!…-, a la vez que respirando con mucha dificultad, me levanté y corrí a encender la luz, no sin antes tirar tremendo manotazo al supuesto intruso; golpe que se perdió en el aire.

Apenas podía mantenerme en pié; sentía que las piernas me traicionaban, aunque por un momento quise salir corriendo de la recámara, preferí tomar un spray que conservo cerca con gas pimienta, y arrinconarme detrás de la puerta con mi pequeño bote entre las manos y, luego de unos segundos que parecieron interminables, de sólo pensar que si realmente había un maleante fuera y se decidía a entrar, la risa me ganó; una risa nerviosa y llena de ansiedad al sentirme en peligro, y pensé:
-¿Qué podía hacer yo con un aerosol, si se trataba de un ladrón revólver en mano?...--.
Creo que nada, y si se trataba de un alma en pena mucho menos.

Un segundo después, vi que una sombra se movió rápidamente y corrí a asomarme por el visillo de la ventana, y pude mirar una sombra que salía volando al parecer desde el cuarto de huéspedes; sin poder contenerme, me dirigí velozmente justo hacia la ventana que está en dicha habitación contigua.

Casi al llegar, andando de prisas en medio de la penumbra, me tropecé con una silla y, el fuerte ruido de la misma al caer y golpear contra el suelo, me hizo gritar a todo lo que daba mi garganta; un poco adolorida por el golpe, al asomarme lo único que logré ver, fue un coche de color oscuro que huía de algo o de alguien; luego de ver a la sombra escurrirse por la ventana del baño de la casa de una vecina quien, con demasiada frecuencia, se embriagaba y salía a la calle a gritonear en contra de todas las religiones existentes, contra sus libros sagrados y sus dogmas de fe, así como para despotricar contra la espiritualidad en particular.

Esas fueron las mismas palabras que declaré más tarde ante el señor juez como única testigo, aunque todos los vecinos de la cuadra fuimos citados a declarar, y desde luego tuvimos qué acudir a sabiendas de que podíamos ser arrestados simplemente por el hecho de haber sido un espectador lejano, de los terribles acontecimientos que se dieron esa noche. Nadie más vio algo o simplemente por temor no quiso declarar nada pues, como es lógico, la justificación era que a esa hora de la madrugada, todo el mundo dormía; al parecer, sólo yo estaba despabilada, presa del insomnio y el miedo.

Y así, esa noche, después de escudriñar unos instantes por la ventana del cuarto para huéspedes, la calma invadió por completo el ambiente; bajé entonces las escaleras iluminadas por la luz de la Luna y me dirigí hacia la cocina a prepararme un delicioso café, encendiendo mientras lo bebía un pequeño radio el cual me acompaña en mis momentos de soledad y nostalgia pero, debido a la interferencia que había en ese instante, no logré establecer una buena señal; fue de ese modo que yo misma me puse a tararear una canción romántica para que, si el extraño aún andaba cerca, se diese cuenta de que yo estaba más que despierta, o inclusive hasta bailando, acompañada por el también supuesto hombre de la casa.

Pasados un par de minutos me dirigí a la puerta principal que por lo atolondrada que suelo ser, había olvidado revisar antes de ponerme a leer acostada en la cama, pero nada estaba fuera de lugar; regresé a sentarme a disfrutar de ese delicioso café el cual tanto me gusta, y me hacía parecer de otro planeta frente a algunas personas, ya que no me quitaba el sueño y sabía que también me tranquilizaría, pensé mientras me servía una segunda taza. No supe en que momento me quedé profundamente dormida en la silla del ante comedor a unos pasos de la estufa, cuando un par de sirenas y un gran alboroto me despertaron; casi de un brinco llegué hasta el emplomado en forma de óvalo empotrado en la puerta principal, tratando de ver a través los pequeños pero asimismo gruesos vidrios biselados que lo conforman, lo que afuera sucedía.

Mucha gente aún en pijama, se encontraban a tres casas de la mía; había patrullas por doquier, y gente que corría hacia todos lados; intrigada, me acomodé una bata encima de mi pijama y salí a ver qué estaba sucediendo y, acercándome a una de las vecinas, le pregunté del por qué tanto alboroto y bullicio a esas horas de la madrugada; ella, negando con su cabeza antes de responder, resoplando y con el miedo reflejado en su rostro, me murmuró:
-¡Hubo un crimen!… ¡algo le pasó a la vecina del 471... parece que está muerta!…-.

Fue entonces que reaccioné, y recordé lo vivido esa misma noche poco tiempo antes; sentí una especie de vértigo y me regresé a casa pensando en la posibilidad de que aquella pobre mujer, me había salvado la vida sin darse cuenta; en ese mismo momento me cuestioné de nuevo:
-¿A eso… lo que haya sido ya estaba dentro de la casa… qué lo hizo abstenerse de cometer el crimen conmigo?…-.
Sin duda Dios, es muy grande, pensé apenas al cerrar la puerta detrás mío; me puse de rodillas agradeciendo al Eterno haberme salvado la vida, en el instante en que recordé que tal vez estuvieran transmitiendo alguna noticia al respecto en la televisión y la encendí, pero nada había relacionado en la programación del momento.

A la mañana siguiente, encendí nuevamente la televisión mientras no dejaba de cavilar sobre el lamentable incidente; una joven mujer había sido la víctima de algún canalla, ya que no se puede llamar de otro modo a un ser que se ensaña de esa forma con una pobre mujer; de pronto, escuché unos leves golpes en la puerta, dos oficiales me llevaban un citatorio para que pasara a declarar:
-Necesita acudir hoy mismo al Ministerio Público…-, al ver mi reacción, el mismo oficial agregó:
-Pero no se preocupe… es para unas preguntas de rutina solamente… señora…-, culminó antes de entregarme en propia mano el citatorio por escrito, y frente a la mirada de preocupación que seguramente reflejaron mis ojos; y así, cumplido su cometido, se despidieron y se marcharon.

Poco tiempo después, luego de lo declarado y en una distracción de los agentes ministeriales, pude acercarme al expediente para enterarme de primera mano sobre los terribles acontecimientos en las más dantescas fotografías del lugar de los hechos, aparte de poder leer algo de la parte médica en relación a lo ocurrido esa fatídica noche, luego de cuando sentí la presencia de algo o alguien que, en apariencia, gracias a mi desesperada plegaria voló entre sombras hasta la casa de Rita, como se llamaba la finada mujer.

En pocas palabras el reporte decía que, sin haberse visto violada cerradura alguna ni rastros o evidencias de presencia extraña, la hoy occisa fue encontrada desnuda e inmersa en una mezcla de sangre y agua aún caliente dentro de la bañera, con múltiples y profundas cortadas como hechas por el más filoso bisturí, así como por un verdadero experto en la fisonomía humana; las partes principalmente afectadas por el filoso instrumento, fueron las dos muñecas algo por debajo de las palmas, las arterias femorales además de la yugular y los llamados talones de Aquiles, entre otras partes; lo que definitivamente, anulaba la hipótesis de un suicidio aún a pesar de la falta de evidencia de la presencia de alguien más; pero lo que mayormente me impresionó, fue una fotografía en donde con sangre en presunción de la víctima, estaba escrito en el espejo del baño un mensaje el cual decía de manera textual:
“Estoy maldita… y maldito será todo aquél, que lea mi mensaje o que también ultraje el santuario de Rita”

Al paso de los días fui visitada nuevamente por los mismos oficiales, los cuales me daban la noticia de que al igual cuando la noche del asesinato de la vecina del 471, una llamada anónima, les avisó en ésta ocasión para que acudieran a la casa del Médico Forense quien era el jefe pericial y estuvo asimismo primeramente en contacto con el cuerpo de la difunta; de la vecina terriblemente asesinada del modo más cruel y sanguinario, encontrándolo a éste último, igualmente muerto y en prácticamente idénticas circunstancias a la mujer que en vida se llamaba Rita; pero lo más  de todo este asunto, al menos para mí, fue lo que en seguida me confesó uno de ellos, quien también estuvo en ambos lugares, diciéndome casi sin rodeos:
-¡Por desgracia… además del cuerpo de nuestro compañero desaparecido… que en su momento fue jefe del departamento forense… encontramos una lista de nombres en la que a la cabeza… aparte del de su vecina y del de él mismo… estaba un poco más abajo el mío!…-.
Consternada por su persona, le expresé un sentimiento sincero y solidario diciéndole:
-Créame que lo siento por usted… oficial…-.
De la misma manera él, siguió con su confesión:
-¡Pues yo también por usted… señora!…-.
Y ante mi mirada inquisitiva y de extrañeza por su comentario, terminó diciendo:
-Es que mientras lo leía… de la nada... vi aparecer su nombre al final de la lista…-.

Por supuesto, tal anuncio le hizo dar vueltas a mi cabeza por un instante y, desde entonces, vivo en la zozobra esperando el fatídico momento que, sin duda, a través de la oración y la entrega absoluta de mi corazón al Hijo único, a mi Señor Jesucristo, seguro que podré salvar, eludiendo a tan infernal destino.

Idea Original: Ma. Gloria Carreón Zapata

Edición Literaria y Adaptación: Miguel Valdés.



LA CARRETA.



Anécdota.

A pesar de estar muy pequeña cuando sucedió la anécdota que he de narrar, la tengo fresca en mi memoria como su hubiese pasado el día de ayer; esto en gran medida, es gracias a las charlas posteriores que se han venido dando en torno a tan memorable situación, en más de cuatro décadas entre tantas otras remembranzas familiares pero, sobre todo, por cuánto la gocé desde su planeación aún con el fuerte castigo que le sobrevino; todo comenzó con una pregunta en apariencia inocente de mi parte la noche anterior, cuando cuestioné a mi madre mientras ella, embarazada, batía la masa para hacernos unas tortillas de harina para merendar los tres que Eramos de familia y, además, para mis primos y tíos que como todos los domingos llegarían temprano al día siguiente, preguntándole sin dejar de mirarla:
-Oye mami… ¿para qué me das agua… si eso no es comida?…-.
Mi madre me respondió sin dejar de amasar:
-Ah… para que tu cuerpo se limpie cuando vayas a hacer pipí…-.
Desde luego, vino la siguiente pregunta de mi parte:
-¿Y qué pasa si tomo muuuuucha agua?…-.
Ella, interrumpiendo su labor, me miró y me contestó de manera juguetona:
-¡Pues haces muuuuuucha pipí!…-.
Y seguí interrogando:
-¿Y qué pasa si hacemos muuuuucha pipí?…-.
Luego de verme un segundo más, siguió amasando y diciendo en un tono serio:
-¡Pues que si no aprendes a avisar… mojarás muuuuuucho el colchón!… ¡pero ya… deja de estar de preguntona… y mejor ve y avísale a tu papá que no tarda en estar lista la merienda!…-.
Ella, recuerda aún que extrañamente en esa ocasión le hice caso a la primera; que me bajé con cuidado de la silla y corrí hacia el patio trasero, en donde se encontraba mi adorado padre.

Según referencias, estaba yo por cumplir apenas los cuatro años en unas pocas semanas y ya era muy parlanchina pero, aparte siendo hija única en ese entonces aunque faltando poco para el alumbramiento del hermano quien me sigue, estaba muy mimada por mi padre y también por mi abuelo; en consecuencia además, era una niña muy caprichosa e igual de berrinchuda; estaba acostumbrada a salirme siempre con la mía a como diera lugar y, de esa forma, mis primos y primas mayores a mí por dos o tres años y quienes me tenían igual de consentida, me cuidaban y hacían todo lo que yo les indicaba desde cuando empecé a decir mis primeras palabras y comenzaron todos a entender lo que yo trataba de decir.

Así que, a la mañana siguiente y desde muy temprano me desperté con un plan trazado para recibir a mis cinco primos quienes pronto llegarían, ya que nos visitaban cada fin de semana; venían de un rancho cercano en una carreta jalada por caballos, lo cual era el medio de locomoción que prevalecía en ese tiempo y lugar; ese domingo, me levanté bien temprano ansiosa de que llegaran para poder jugar con ellos, ya que sólo lo podía hacer con mis perros llamados “Timbar” y “Sacarrajas”; dos canes de raza grande pero igual de bobos, pues con ellos me desquitaba cuando especialmente mi madre, no cumplía alguno de mis caprichos; iba y les mordía las orejas del enojo a los pobres perros que solamente aullaban del dolor; según yo ese domingo, recuerda mi madre desde entonces, amanecí con mucha sed.

Y así, con mi biberón con apenas los últimos restos ya del delicioso té de manzanilla endulzado con miel de abeja que sigue siendo mi bebida favorita, me senté en las escaleras de madera las cuales llevaban hasta un largo porche, y de esa manera esperar impaciente su llegada cuando, luego de unos minutos que se me hicieron como largos meses, a lo lejos, apareció un pequeño punto en el horizonte seguido por una nube de polvo; alegremente pude darme cuenta de la carreta que venía, me metí un paquete entero de chicles a la boca, y corrí a avisarle a mis padres que mis primos estaban por llegar; no cabía de la euforia, cuenta mi madre, y que corría de aquí para allá sobándome las manitas, que reía y bailaba de lo contenta cuanto me sentía, gritando como podía por tantos chicles en mi boca:
-¡Llegaron mis primitos queridos… ya llegaron!...-.

Aunque en realidad, así gritaba de contento cada vez que nos visitaban pero, en Ésta ocasión, platica mi madre aún en la actualidad, que ese domingo por la mañana lucía especialmente contenta e impaciente y, luego de un rato de correr alegre y repetir llena de felicidad que ya habían llegado mis queridos y adorados primos, finalmente, la carreta cruzó la entrada de lo que era propiamente la casa del rancho y su gran patio delantero; aunque mis primos eran mayores que yo al menos por dos y tres años, me dejaban a mí elegir a qué jugar con ellos, y luego me daban el trato como si yo fuese de su edad; los caballos al fin se detuvieron, atendiendo a las riendas que mi tío hábilmente manipulaba, y a su grito:
-¡Oooooo!…-.
Al ver las ruedas detenerse apenas y antes de que se levantaran todavía de sus asientos para entonces poder bajarse de la carreta, cuando la nube de polvo que los seguía detuvo su viaje un poco más adelante esa mañana sin ápice de viento, corrí a su encuentro acercándome primeramente a la mayor de mis primas, quien para cuando yo llegué, ayudaba ya a sus demás hermanos a bajar, al mismo tiempo que mi tío ayudaba a mi tía por el otro lado de la carreta; en seguida Éste último, le pidió al caballerango del rancho quien ya se había acercado también:
-Por favor… guárdala en el granero … y en seguida desengancha a los animales para que reposen a la sombra y tomen agua… vienen muy asoleados…-.

Al escuchar eso, grité tan fuerte que asusté al caballerango, a los caballos, a mis padres, a mis tíos y desde luego también a mis primos; rápidamente mi tío, cuñado de mi padre, se acercó a tomarme entre sus brazos y cariñosamente preguntar:
-¿Por quÈ lloras?… ¿te han hecho algo tus primos?...-.
Negué con mi cabeza y le contesté:
-¡No… no quiero que se lleven a guardar la carreta!… ¡quiero jugar arriba de ella con mis primitos queridos!...-.
Mi tío soltó la carcajada y le ordenó al peón que la dejara en ese lugar, que sólo se llevara los animales a la caballeriza par que comieran, bebieran y descansaran del viaje, lo cual me causó una gran alegría; luego del susto, mis padres por su lado se ocuparon en recibirlos muy contentos de que estuvieran ahí, para luego invitarlos a pasar al interior de la vieja casona; yo, abrazaba a cada uno de mis primos de las piernas, para después cada uno por su lado tomarme entre sus brazos.

Cuando el peón se llevaba ya a los caballos, les pregunté si también querían jugar en la carreta y, desde luego mis primas y su hermano menor, Él casi a punto de cumplir siente años, aceptaron con gusto riendo por la forma en que les hablaba con tanto chicle en la boca; se les hacía muy gracioso sin saber lo que rondaba por mi pequeña pero maléfica mente; ellos, jamás imaginaron lo que ese pedazo de fenómeno, o sea yo aún de tres, les tenía preparado; mi primo como cada ocasión, gritaba de contento:
-¡Me gusta venir a Cerros Blancos!...-.
Repetía una y otra vez pero ahora corriendo alrededor de la carreta, en lo que yo tomaba de la mano a mis primas y las invitaba a acostarse debajo de la carreta; cuando le llamé a mi primo para que dejara de correr y se acostara también así lo hizo y, una vez los cinco mirando al cielo y sin moverse, le empecé a pegar el chicle que masticaba desde hacía rato en los ojos a cada uno de ellos, quienes sólo reían divertidos; nunca se defendieron, yo podría hacer con ellos lo que quería, al fin era la prima bebé.

Después de que terminé de pegarle las pestañas entre sí a la última de mis primas, me subí como pude a la carreta y, desde arriba, los oriné. Fue entonces que reaccionaron y corrieron a ciegas hacia donde sus padres y los míos, quienes muy sorprendidos luego de saber la historia, les preguntaban ayudándolos a quitarse el chicle de las pestañas:
-¿Cómo es posible que esta bebé les haya hecho esto… si ya son unos grandulónes?…, ¡pero vemos que aparte de grandes… son tontos!…-.
Terminó diciendo mi tío; mi madre por su lado, toda apenada, no encontraba dónde meterse de la vergüenza por lo que yo había hecho con mis pobres primos; aunque claro que después de cuando las visitas se fueron, mi madre quien estaba en contra de los mimos de mi padre y mi abuelo, me dio mi merecido.

Lo más importante de esta anécdota, es que mis primos mayores que yo, todos, jamás me guardaron rencor, siguieron sobreprotegiéndome siempre, aunque a mí, al paso de los años, me da pena verles.

Esta es una historia real conocida y comentada por toda mi familia desde entonces, en donde yo, fui una pequeña pero tremenda villana, aunque luego de eso el cariño y la estimación que me guardan mis primas y el primo hasta la fecha, es y ha sido una gran lección para mí.

Autora: Ma. Gloria Carreón Zapata.
Edición Literaria Miguel Valdés.



Imagen tomada de Google.


MI INFANCIA, GÉNERO NARRATIVA Tema 5




Mi infancia transcurrió a lado de un ejercito de primos, entre juegos y risas, en un lugar mágico llamado Villa de Fuente Coahuila. Está rodeado por el Río Escondido, un afluente poderoso que en algunos tramos arrastraba todo a su paso, en donde siguiendo su vereda predominaban los árboles de nogal, mismos que en algunas épocas del año se tupían de deliciosas nueces que devorábamos con gusto y beneplácito  toda la primada. ¿Sería por eso que eramos unos niños mucho muy sanos? ha sido una de las etapas más hermosas de mi vida.



Eran otros tiempos donde los niños eramos libres, vivíamos la vida sin temor a secuestros, no se escuchaba de violencia alguna, ni mucho menos de muertes , nuestros juegos eran al aire libre, trepaba a los arboles y correteábamos de aquí para allá, disfrutando de la vegetación y hasta en la calle jugábamos pelota algunas veces, no había el peligro que ahora en estos tiempos acecha a los pequeños.



Nada me hacia más feliz que la visita de mi querido abuelo Severo Carreón Luna, era un hombre muy sabio, de carácter fuerte pero muy amoroso conmigo y con mis primos, a él le debo el gusto por la lectura. Fue de ese modo que recorrí el mundo mágico de mi infancia entre libros y cuadernos; recuerdo que mi abuelo nos visitaba seguido; él, venía de otro estado de la Republica Mexicana y para mí, su llegada era vacacionar, como viajar, pues me gustaba mucho que me contara cuentos ya sea inventados por él mismo, o repetía los que había escuchado por ahí; y yo, emocionada, le pedía que no parara, que siguiera contándome y, él, me decía:
--¡Cierra tus ojos que viajaremos a nuevos mundos… a nuevas aventuras!...--, así que aprendí a viajar en mi imaginación, era maravilloso para mí a tan tierna edad poder visitar el cañón del colorado en Arizona, las montañas, las playas, el bosque, jugar con los leones, panteras, tigres y toda especie de animales; hasta con víboras porque inclusive el desierto con sus maravillas visité claro.


Para mí, es muy importante iniciar a los pequeños a muy temprana edad con la lectura, fomentarles el gusto por ella, para que así aprendan a viajar por nuevos continentes, al mundo mágico del siempre jamás. 

Autora: Ma. Gloria Carreón Zapata.
Imagenes tomadas de Google.


¿CÓMO ME HICE ESCRITOR Y POETA? Narrativa Tema # 1




Desde pequeña fui muy inquieta y preguntona, nunca fui de las niñas que me llamara la atención la televisión pues, siempre, me ha parecido una pérdida de tiempo existiendo los libros; sobre todo, los de Julio Verne, quien fue mi máximo autor a muy temprana edad, ya que, no sé si porque mi madre se las veía duras conmigo precisamente por inquieta o por qué motivos, pero se las arregló para enseñarme a leer y a escribir lo más pronto posible y, de esa manera habiendo aprendido ya, me inscribió en la primaria a los cinco años apenas cumplidos.

Pero así como era de preguntona y latosa, asimismo era detallista con mis más cercanas amigas y también algunos amigos quienes, sin ver mi sana intención por decirles “Te quiero”, “Buen día”, “Pienso en ti”, ”No me olvides” y demás cosas bonitas, a veces me jalaban las trenzas que mi madre me hacía las cuales yo odiaba, porque eran blanco fácil de cualquier agresión, como sucedía cuando les regresaba sus libros con esas bellas y sentidas frases escritas en sus páginas, de mi propio puño y letra.

Y, en ese mismo sentido, aunque siempre he querido y respetado a mi madre incluso como ahora cada vez más, al parecer, igual siempre he deseado llevarle la contraria desde mis primeros años de escuela con esta cuestión, cuando me decía:
-¡Eso que haces es una muy mala costumbre!… ¡los libros no se rayan!…-, pues aún en la actualidad, lo sigo haciendo de manera a veces compulsiva; de hecho en la secundaria ya nadie me prestaba sus libros pues, al convertirme en esa época de manera natural en una jovencita romántica y soñadora, ya no eran breves frases lo que escribía en las páginas de sus libros, sino los primeros versos e inspirados poemas.

Ya en la universidad, mis Tratados de Derecho Romano más que libros de leyes, llegaban a parecer más bien poemarios, de los cuales posiblemente, exista todavía por ahí rodando algún ejemplar fácilmente reconocible si no en Reynosa, sí por alguna ciudad fronteriza al menos pues, además, fue cuando conocí a hombres de la talla de Julio Cortázar, Miguel Hernández y Gustavo Adolfo Bécquer, tres enormes escritores y poetas que me hicieron reaccionar ya que, aunque me gustaba la carrera y llevaba excelentes promedios, abandoné la facultad y con ello los planes para ejercer la abogacía pensando en dedicarme de lleno a las letras, y a la poesía en particular; cosa que me hace sentirme la mujer más feliz del planeta pues, además, mis más sentidos poemas románticos y de amor, los escribo siempre pensando en el hombre que amo profunda y totalmente.

Finalmente y como todos sabemos, trátese de lo que se trate, nunca dejamos de aprender y, luego de mil páginas de ensayo y error, ahora he podido desarrollar casi de todo tipo de escritura, como son algunos cuentos infantiles, relatos de terror o ciencia ficción, así como diversas narrativas en prosa.

Ma. Gloria Carreón Zapata.
Imagen Ma. Gloria Carreón Zapata.



DESPOTISMO



"Difícil es decir cuánto concilia los ánimos humanos la cortesía y la afabilidad al hablar".
Cicerón.


Eran aproximadamente las once de la mañana; me dirigí a la clínica de pemex por medicamento, ya que al haber sido intervenida de hipertiroidismo hacía aproximadamente dos años atrás, aun seguía con prescripción médica. Al llegar a previsión social a recoger mi credencial para mostrar a la recepcionista de medicina preventiva, había unas cuantas personas haciendo fila, así que me formé en espera de mi turno. Me atendió una mujer que por su rostro parecía traer puesta una mascara de amargura y con la misma se dirigió a mi con despotismo. Era evidente que no tenía nada de educación.

...-- ¡Rápido que no tengo su tiempo!...--, se dirigió a mi, bociferando,
 guardé silencio por unos minutos y sin dejar de mirarle le contesté.
...—Creo que para todos el tiempo es valioso Señorita.
Eso de señorita fue por cortesía porque la mujer ya pasaba de los cincuenta años y por su carácter parecía de mucha más edad.

Bien, le contesté, le molesto porque hace dos años me tomé la fotografía para mi nueva credencial, y aunque he estado dando vueltas me responden cada vez lo mismo, que no tienen material para las credenciales.
...—¿Usted cree que a mi me gusta perder mi tiempo y sobretodo gasolina? Le hice la pregunta sin dejar de mirarle fijamente.

La mujer inclinó la cabeza buscando una nueva excusa.
...--¿Cuál es su nombre?
 Me preguntó, más bien ordenó.

Clavó su mirada en el teclado del ordenador, para luego, sin levantar la cabeza y mirando sobre los anteojos que le llegaban a media nariz, volvió a decirme de forma sarcástica.
...--- Lo siento, tiene que traer su acta de nacimiento nuevamente y posiblemente tomarse de nuevo la fotografía. Que incongruencia pensé,  esta mujer exige respeto por su tiempo, y desconoce la definición de la palabra,  sin respetar el tiempo del derechohabiente,  no cabe duda que abusa del poder que le confiere estar detrás de la ventanilla.

...---¿Que pensará esta mujer?...--.
...---¿Que mi tiempo vale menos que el de ella?...--.
Ya molesta por su actitud, le dije con la misma.

...—Mire señora, su obligación es atender al derechohabiente para eso se le paga, y si no se siente capaz de ocupar este puesto retírese y de la oportunidad a otra persona con necesidad de trabajar y sobretodo con educación. Y sin decir más me dirigí a medicina preventiva para sacar la cita con el internista, donde la señorita recepcionista, de inmediato pasó la orden al mismo y regresó con la receta en su mano.
Agradeciéndole la atención me dirigí a farmacia, sin dejar de pensar.

...--¿Que nos pasa a los seres humanos, dónde quedó la cordialidad, dónde los buenos modales que nos caracterizan como seres humanos?


 Autora: Ma. Gloria Carreón Zapata.
Imagen tomada de google.

NOCHE DE SOLEDAD Y HASTÍO




Esta noche de soledad y hastío, en que te confesé mi pena. Sentí tu alma compungida que se solidarizó con la mía, y casi, creí ver tu mano temblorosa  que intentó garabatear no se que cosa, quise decirte la verdad que me atosiga, confesarte que el tiempo se me hace eterno sin tu presencia, pero no, preferí callar y conté las estrellas que cubrían poco a poco el firmamento.

Me imaginé en tus brazos alma mía, tú me cubrías con tus besos, y en cada uno de ellos hablabas de aquel proyecto detenido, me hablabas de tu amor, de tu risa fingida cuando no estaba yo presente, de la soledad que al igual que a mi me persigue cada noche de luna.

Y en una burbuja los dos nos quisimos, cuando tú me confesabas que el sentirte solo te derrumba, me vi en tu mirada y era la mía, me asomé a tu alma y descubrí que nuestra soledad era la misma.
Te besé, y en tus ojos creí ver, una chispa de luz encendida, la vida unía esas dos almas que en tardes de hastío se fundían en una sola. Cobijé tus sueños y te amé vida mía, aunque tú jamás sepas que por mi vida desfilan noches de soledad y hastío.

Ma. Gloria Carreón Zapata.
Imagen tomada de Google.

POR LA PAZ MUNDIAL




Hoy alzan su bandera los poetas del mundo,
elevando su plegaria al cielo
claman por la paz mundial,
!ya no más guerras ni 
enfrentamientos irrazonables!

Ya no queremos ver 
a niños inocentes cayendo en los combates;
ya no más muerte, ya no más hambre,
tomados de las manos todos construyamos
una cultura de paz.

Dejémonos de salvajismos y barbaries,
dialoguemos, exaltemos el amor
no retrocedamos, sigamos adelante
imploremos al gran Príncipe de Paz.

No hay poder en el mundo que pueda 
desencadenar la paz mundial,
busquemos a Dios y Él, nos liberará de tanta maldad.
!Y entonces la Paz Mundial llegará!
lejos de Dios, solo miseria, muerte 
guerras y destrucción encontraremos.

¿Quién si no Él, que venció a la muerte?
¡Jesucristo vive y viene pronto!

Autora: Ma Gloria Carreón Zapata.
Derecho de autor 1204100589178
Imagen tomada de Google.

A OCTAVIO PAZ


Obra poética Inspirada en las propias obras de Octavio Paz.





Ayer murió de un rayo la tristeza,
un tranvía que se fue con su agonía
y apenas quedó tiempo de alzar la cara al cielo
interrogando su partida.

Se marchó con el relámpago y la lágrima
en el momento en que  el agua abrió los parpados
sobre la piedra y la flor y escuchó gemir al viento
ahora golpean tus fantasmas mi delicado pecho.

Y ardió el sol dentro del día
cuando entre los follajes, el sol se hizo tiempo
y sentí la pausa del dolor punzar mis entrañas
se intrincó mi boca y ardiente balbuceo
¡La Poesía!

Y fluyó la estación inmortal en su latido
islas del cielo sopló en un soplo suspendido,
cuando la luz se vació y devastó las alturas
sobre las aguas trémulas pintaste la sombra de la noche
y dibujaste estas letras...

“Una espiga es todo trigo”

Ma. Gloria Carreón Zapata.
Derecho de autor 1204100589178

AGRADECIMIENTO





Escondo mi cansado rostro, cuando te veo crucificado, 
avergonzada del pecado, mi Señor, mi Dios
aunque se de antemano, que tú me has perdonado.
Tú, has enjugado mis lágrimas y ahora camino de tu mano.

Hoy he dejado atrás el pecado y en busca voy de la paz,
esa paz que me guiará a la ansiada libertad,
rastreo en la vida la vereda que me lleve a la luz,
la claridad de la oración que me guía directo a tu infinito amor.

Tu cariño es verdadero, es vida, alimento, mi amigo fiel,
la carga siento menos pesada desde que voy de tu mano
quien sacia su vida en tu palabra nunca más padecerá de dolor,
eres fuente inagotable de sabiduría y amor.


Y aunque el diablo busque mi vida jamás la encontrará
Tú, la has escondido bajo tus heridas.
Eres el Creador de los cielos y la tierra.
Quien vino y ha de venir de nuevo,
con el trono triunfador en tu mano vencerás al mal.

Volverás, estoy segura que volverás,
y entonces redimirás nuestros pecados
y nunca más se escucharan lamentos sobre la tierra
solo el canto de paz y libertad y en los rostros de los niños,
se reflejará por siempre la felicidad.


Eternamente te alabamos, mi Dios, mi Creador, mi Padre Eterno,
Proveedor de Paz  y Libertad.

Autora: Ma Gloria Carreón Zapata.
Derecho de autor 1204100589178
Imagen tomada de Google.

ENTRE NUBES BLANCAS.

Navego atónita entre nubes blancas cubierta de ósculos dulces ternezas su boca recita palabras francas amo sus insuperables...