sábado, 18 de abril de 2026

EL CORONEL YA TIENE QUIEN LE ESCRIBA.

 




Inspirada en la novela corta del escritor colombiano, Gabriel García Márquez.


 

 

​Estimado Maestro de Aracataca,

​Le escribo desde el futuro, o quizás desde uno de esos pliegues del tiempo que usted tan bien sabía coser con hilos de lluvia. Sé que lo dejamos allí, en ese pueblo de calor asfixiante, con un gallo de pelea que era más un símbolo de orgullo que una promesa de alimento, y con esa respuesta final, rotunda y amarga, que selló su destino frente a la miseria.

​Pero hoy quiero contarle una versión distinta. Una que ocurre en el mismo patio de las begonias, bajo el mismo sol de justicia.

​Imagine usted que el viejo reloj de la sala da las diez y, por primera vez en sesenta años, el cartero no pasa de largo. Imagine que la lancha del correo se detiene con un silbato que no suena a despedida, sino a llegada. El cartero, ese hombre que envejeció viendo al coronel esperar en el muelle, se baja con un sobre que tiene el sello oficial, pero también el brillo de lo que ya no se esperaba.

​El coronel no tuvo que comerse las palabras, ni tuvo que alimentar al gallo con el maíz de su propia hambre. La carta llegó. Era una carta breve, seca, como suelen ser los documentos del Estado, pero decía lo suficiente: la pensión había sido concedida con carácter retroactivo.

​Lo veo ahora, maestro, sentado frente a su esposa (que ya no tiene que remendar las sábanas con el hilo de la desesperación). Ella le pregunta, con esa voz que es un susurro de asma y cansancio: "¿Qué vamos a comer ahora?".

​Y el coronel, en lugar de aquella palabra escatológica que usted le puso en los labios para defender su dignidad, sonríe con la parsimonia de quien sabe que el universo ha saldado una deuda. Saca un billete nuevo del sobre, lo pone sobre la mesa y dice:

​—Hoy comeremos lo que nos dé la gana, mujer. Y el gallo no peleará el domingo; el gallo se queda con nosotros para recordarnos que la espera no fue en vano.

​Me parece, Gabo, que a veces la literatura necesita estos milagros. No porque la realidad los dé, sino porque personajes tan íntegros como su coronel se merecen, al menos en una carta perdida, que el mundo deje de serles hostil.

​El coronel ya tiene quien le escriba. Y nosotros, sus lectores, por fin podemos dormir tranquilos sabiendo que hoy no habrá que comer mierda.




​Con la admiración de siempre.

​Una lectora que todavía cree en la justicia del correo.



 

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