Inspirada en la novela corta del escritor colombiano,
Gabriel García Márquez.
Estimado Maestro de Aracataca,
Le escribo desde el futuro, o
quizás desde uno de esos pliegues del tiempo que usted tan bien sabía coser con
hilos de lluvia. Sé que lo dejamos allí, en ese pueblo de calor asfixiante, con
un gallo de pelea que era más un símbolo de orgullo que una promesa de
alimento, y con esa respuesta final, rotunda y amarga, que selló su destino
frente a la miseria.
Pero hoy quiero contarle una
versión distinta. Una que ocurre en el mismo patio de las begonias, bajo el
mismo sol de justicia.
Imagine usted que el viejo reloj
de la sala da las diez y, por primera vez en sesenta años, el cartero no pasa
de largo. Imagine que la lancha del correo se detiene con un silbato que no
suena a despedida, sino a llegada. El cartero, ese hombre que envejeció viendo
al coronel esperar en el muelle, se baja con un sobre que tiene el sello
oficial, pero también el brillo de lo que ya no se esperaba.
El coronel no tuvo que comerse
las palabras, ni tuvo que alimentar al gallo con el maíz de su propia hambre.
La carta llegó. Era una carta breve, seca, como suelen ser los documentos del
Estado, pero decía lo suficiente: la pensión había sido concedida con carácter
retroactivo.
Lo veo ahora, maestro, sentado
frente a su esposa (que ya no tiene que remendar las sábanas con el hilo de la desesperación).
Ella le pregunta, con esa voz que es un susurro de asma y cansancio: "¿Qué
vamos a comer ahora?".
Y el coronel, en lugar de
aquella palabra escatológica que usted le puso en los labios para defender su
dignidad, sonríe con la parsimonia de quien sabe que el universo ha saldado una
deuda. Saca un billete nuevo del sobre, lo pone sobre la mesa y dice:
—Hoy comeremos lo que nos dé la
gana, mujer. Y el gallo no peleará el domingo; el gallo se queda con nosotros
para recordarnos que la espera no fue en vano.
Me parece, Gabo, que a veces la
literatura necesita estos milagros. No porque la realidad los dé, sino porque
personajes tan íntegros como su coronel se merecen, al menos en una carta
perdida, que el mundo deje de serles hostil.
El coronel ya tiene quien le
escriba. Y nosotros, sus lectores, por fin podemos dormir tranquilos sabiendo
que hoy no habrá que comer mierda.
Con la admiración de siempre.
Una lectora que todavía cree en
la justicia del correo.
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Imagen de Google.

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