La traición en la historia no solo se cuenta con hechos,
sino con el peso del silencio y la tierra que reclama lo que es suyo.
En el norte, un hombre de barbas blancas y frío acero,
mojaba su pluma en un tintero de leyes y decretos.
Miraba el mapa con ojos de agrimensor,
buscando un orden que no conocía el sudor del arado.
Para él, la libertad era un párrafo, una firma,
un pergamino que se guarda en la caja fuerte del poder.
Mientras tanto, en el sur, el aire olía a pólvora y maíz.
Un hombre de mirada oscura no leía sellos, sino surcos;
su gramática era el grito de la selva y el llanto del
desposeído.
Él no quería un artículo, quería la vida misma
brotando de las manos que saben de fatigas.
La traición fue un puente de papel sobre un abismo de
sangre.
El hombre del norte extendió su mano de tinta,
prometiendo un abrazo que resultó ser un cerrojo.
En la hacienda de la traición, el sol se vistió de luto
cuando el tintero mandó a callar a la semilla.
Creyó el arquitecto que enterrando al caudillo
borraría la raíz que reclamaba su herencia.
¡Qué ironía del destino y del mármol frío!
Hoy duermen bajo la misma cúpula el verdugo y la víctima,
la pluma que dictó la muerte y el pecho que recibió el
plomo.
Están juntos, pero separados por una eternidad de polvo,
uno es la letra que olvida, el otro es la tierra que
recuerda.
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