Querido Sancho:
Te escribimos hoy no para pedirte un refrán de esos que
curan el alma, sino para darte las gracias. Al principio, nos engañaste a
todos. Pensamos que eras solo el hombre que miraba al suelo mientras tu amo
desafiaba a los vientos; creímos que tu viaje terminaba donde alcanzaba el
hambre o el deseo de una ínsula de tierra firme. Qué ciegos fuimos.
Nadie nos advirtió que la mayor hazaña de esta historia no
sería derribar gigantes, sino la forma en que tu corazón se fue vistiendo,
puntada a puntada, con la misma tela de los sueños de tu señor. Nos enternece
verte cuidar de su locura como quien cuida el fuego más sagrado. Qué hermosa
lección nos diste en Barataria, demostrando que para gobernar a los hombres
hace falta más bondad que leyes, y más limpieza de alma que títulos doctorales.
Pero, sobre todo, te agradecemos el llanto del final. Ese
ruego tuyo a los pies de la cama, implorando que no se muera, que salgan los
dos vestidos de pastores a los prados, es el monumento más grande que se le ha
levantado jamás a la amistad. En ese instante, Sancho, te convertiste en el
verdadero caballero andante, el que rescata la ilusión cuando el mundo la cree
vencida.
Hoy, al evocar tu nobleza, es inevitable que el corazón
viaje desde las llanuras de La Mancha hasta los senderos de la vida real. Tu
fidelidad incondicional nos devuelve, como un espejo sagrado, el eco de esas
amistades benditas que sostienen nuestra propia existencia. Trae a la memoria
la ternura entregada de Olga, esa amiga entrañable que, con el mismo desprendimiento
y lealtad con que tú guardaste a tu caballero, supo ser el pilar de los días
compartidos.
Almas generosas que, cuando el camino se ponía cuesta
arriba, aparecían con el escudo del afecto y el aliento inquebrantable de un
"¡Ánimo amiga, seguimos siendo las reinas!".
Gracias, buen escudero, y gracias a esos seres de luz que,
como Olga, nos enseñan que la mayor fortuna de este viaje no son las ínsulas ni
las riquezas, sino tener a alguien al lado capaz de caminar con los pies
cansados sobre el polvo de la tierra, manteniendo el alma enteramente
suspendida de las estrellas.
Imagen de Google

No hay comentarios:
Publicar un comentario