domingo, 5 de julio de 2026

EL ESCUDO DE LA AMISTAD




Querido Sancho:



​Te escribimos hoy no para pedirte un refrán de esos que curan el alma, sino para darte las gracias. Al principio, nos engañaste a todos. Pensamos que eras solo el hombre que miraba al suelo mientras tu amo desafiaba a los vientos; creímos que tu viaje terminaba donde alcanzaba el hambre o el deseo de una ínsula de tierra firme. Qué ciegos fuimos.

​Nadie nos advirtió que la mayor hazaña de esta historia no sería derribar gigantes, sino la forma en que tu corazón se fue vistiendo, puntada a puntada, con la misma tela de los sueños de tu señor. Nos enternece verte cuidar de su locura como quien cuida el fuego más sagrado. Qué hermosa lección nos diste en Barataria, demostrando que para gobernar a los hombres hace falta más bondad que leyes, y más limpieza de alma que títulos doctorales.

​Pero, sobre todo, te agradecemos el llanto del final. Ese ruego tuyo a los pies de la cama, implorando que no se muera, que salgan los dos vestidos de pastores a los prados, es el monumento más grande que se le ha levantado jamás a la amistad. En ese instante, Sancho, te convertiste en el verdadero caballero andante, el que rescata la ilusión cuando el mundo la cree vencida.

​Hoy, al evocar tu nobleza, es inevitable que el corazón viaje desde las llanuras de La Mancha hasta los senderos de la vida real. Tu fidelidad incondicional nos devuelve, como un espejo sagrado, el eco de esas amistades benditas que sostienen nuestra propia existencia. Trae a la memoria la ternura entregada de Olga, esa amiga entrañable que, con el mismo desprendimiento y lealtad con que tú guardaste a tu caballero, supo ser el pilar de los días compartidos.

Almas generosas que, cuando el camino se ponía cuesta arriba, aparecían con el escudo del afecto y el aliento inquebrantable de un "¡Ánimo amiga, seguimos siendo las reinas!".

​Gracias, buen escudero, y gracias a esos seres de luz que, como Olga, nos enseñan que la mayor fortuna de este viaje no son las ínsulas ni las riquezas, sino tener a alguien al lado capaz de caminar con los pies cansados sobre el polvo de la tierra, manteniendo el alma enteramente suspendida de las estrellas.


Imagen de Google

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