(Inspirado en la fotografía)
Frente al Atlántico inmenso,
donde rompe el fuerte oleaje,
La Coruña se engalana
con su gala de paisajes.
Se ven las rocas de piedra,
testigos de cien edades,
como la foto nos muestra
que guarda eternos cantares.
El agua baña los riscos
con espumas de cristales,
y en pequeñas pozas claras
se reflejan los afanes.
Es un romance de viento,
de salitre y libertades,
donde la costa gallega
le rinde culto a los mares.
Ahí se siente la brisa
acariciando el alma,
mientras el mar de Galicia
nos susurra con calma.
Se quedan atrás las penas,
se curan todas las llagas,
viendo perderse los barcos
en las eternas distancias.
Y yo sigo aleluyada
contemplando el horizonte,
donde se une el azul cielo
con sus aguas milagrosas.
Se detiene el firmamento,
callan la noche y los montes,
mientras la brisa gallega
trae su canto protector.
Bajo este manto divino,
el corazón halla calma,
dejando que el viejo océano
cure el dolor más profundo.
Ya no importan los caminos
por los que el tiempo ha corrido,
pues la paz de este paisaje
da sentido a lo vivido.

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