viernes, 23 de mayo de 2014

LA CARRETA.



Anécdota.

A pesar de estar muy pequeña cuando sucedió la anécdota que he de narrar, la tengo fresca en mi memoria como su hubiese pasado el día de ayer; esto en gran medida, es gracias a las charlas posteriores que se han venido dando en torno a tan memorable situación, en más de cuatro décadas entre tantas otras remembranzas familiares pero, sobre todo, por cuánto la gocé desde su planeación aún con el fuerte castigo que le sobrevino; todo comenzó con una pregunta en apariencia inocente de mi parte la noche anterior, cuando cuestioné a mi madre mientras ella, embarazada, batía la masa para hacernos unas tortillas de harina para merendar los tres que Eramos de familia y, además, para mis primos y tíos que como todos los domingos llegarían temprano al día siguiente, preguntándole sin dejar de mirarla:
-Oye mami… ¿para qué me das agua… si eso no es comida?…-.
Mi madre me respondió sin dejar de amasar:
-Ah… para que tu cuerpo se limpie cuando vayas a hacer pipí…-.
Desde luego, vino la siguiente pregunta de mi parte:
-¿Y qué pasa si tomo muuuuucha agua?…-.
Ella, interrumpiendo su labor, me miró y me contestó de manera juguetona:
-¡Pues haces muuuuuucha pipí!…-.
Y seguí interrogando:
-¿Y qué pasa si hacemos muuuuucha pipí?…-.
Luego de verme un segundo más, siguió amasando y diciendo en un tono serio:
-¡Pues que si no aprendes a avisar… mojarás muuuuuucho el colchón!… ¡pero ya… deja de estar de preguntona… y mejor ve y avísale a tu papá que no tarda en estar lista la merienda!…-.
Ella, recuerda aún que extrañamente en esa ocasión le hice caso a la primera; que me bajé con cuidado de la silla y corrí hacia el patio trasero, en donde se encontraba mi adorado padre.

Según referencias, estaba yo por cumplir apenas los cuatro años en unas pocas semanas y ya era muy parlanchina pero, aparte siendo hija única en ese entonces aunque faltando poco para el alumbramiento del hermano quien me sigue, estaba muy mimada por mi padre y también por mi abuelo; en consecuencia además, era una niña muy caprichosa e igual de berrinchuda; estaba acostumbrada a salirme siempre con la mía a como diera lugar y, de esa forma, mis primos y primas mayores a mí por dos o tres años y quienes me tenían igual de consentida, me cuidaban y hacían todo lo que yo les indicaba desde cuando empecé a decir mis primeras palabras y comenzaron todos a entender lo que yo trataba de decir.

Así que, a la mañana siguiente y desde muy temprano me desperté con un plan trazado para recibir a mis cinco primos quienes pronto llegarían, ya que nos visitaban cada fin de semana; venían de un rancho cercano en una carreta jalada por caballos, lo cual era el medio de locomoción que prevalecía en ese tiempo y lugar; ese domingo, me levanté bien temprano ansiosa de que llegaran para poder jugar con ellos, ya que sólo lo podía hacer con mis perros llamados “Timbar” y “Sacarrajas”; dos canes de raza grande pero igual de bobos, pues con ellos me desquitaba cuando especialmente mi madre, no cumplía alguno de mis caprichos; iba y les mordía las orejas del enojo a los pobres perros que solamente aullaban del dolor; según yo ese domingo, recuerda mi madre desde entonces, amanecí con mucha sed.

Y así, con mi biberón con apenas los últimos restos ya del delicioso té de manzanilla endulzado con miel de abeja que sigue siendo mi bebida favorita, me senté en las escaleras de madera las cuales llevaban hasta un largo porche, y de esa manera esperar impaciente su llegada cuando, luego de unos minutos que se me hicieron como largos meses, a lo lejos, apareció un pequeño punto en el horizonte seguido por una nube de polvo; alegremente pude darme cuenta de la carreta que venía, me metí un paquete entero de chicles a la boca, y corrí a avisarle a mis padres que mis primos estaban por llegar; no cabía de la euforia, cuenta mi madre, y que corría de aquí para allá sobándome las manitas, que reía y bailaba de lo contenta cuanto me sentía, gritando como podía por tantos chicles en mi boca:
-¡Llegaron mis primitos queridos… ya llegaron!...-.

Aunque en realidad, así gritaba de contento cada vez que nos visitaban pero, en Ésta ocasión, platica mi madre aún en la actualidad, que ese domingo por la mañana lucía especialmente contenta e impaciente y, luego de un rato de correr alegre y repetir llena de felicidad que ya habían llegado mis queridos y adorados primos, finalmente, la carreta cruzó la entrada de lo que era propiamente la casa del rancho y su gran patio delantero; aunque mis primos eran mayores que yo al menos por dos y tres años, me dejaban a mí elegir a qué jugar con ellos, y luego me daban el trato como si yo fuese de su edad; los caballos al fin se detuvieron, atendiendo a las riendas que mi tío hábilmente manipulaba, y a su grito:
-¡Oooooo!…-.
Al ver las ruedas detenerse apenas y antes de que se levantaran todavía de sus asientos para entonces poder bajarse de la carreta, cuando la nube de polvo que los seguía detuvo su viaje un poco más adelante esa mañana sin ápice de viento, corrí a su encuentro acercándome primeramente a la mayor de mis primas, quien para cuando yo llegué, ayudaba ya a sus demás hermanos a bajar, al mismo tiempo que mi tío ayudaba a mi tía por el otro lado de la carreta; en seguida Éste último, le pidió al caballerango del rancho quien ya se había acercado también:
-Por favor… guárdala en el granero … y en seguida desengancha a los animales para que reposen a la sombra y tomen agua… vienen muy asoleados…-.

Al escuchar eso, grité tan fuerte que asusté al caballerango, a los caballos, a mis padres, a mis tíos y desde luego también a mis primos; rápidamente mi tío, cuñado de mi padre, se acercó a tomarme entre sus brazos y cariñosamente preguntar:
-¿Por quÈ lloras?… ¿te han hecho algo tus primos?...-.
Negué con mi cabeza y le contesté:
-¡No… no quiero que se lleven a guardar la carreta!… ¡quiero jugar arriba de ella con mis primitos queridos!...-.
Mi tío soltó la carcajada y le ordenó al peón que la dejara en ese lugar, que sólo se llevara los animales a la caballeriza par que comieran, bebieran y descansaran del viaje, lo cual me causó una gran alegría; luego del susto, mis padres por su lado se ocuparon en recibirlos muy contentos de que estuvieran ahí, para luego invitarlos a pasar al interior de la vieja casona; yo, abrazaba a cada uno de mis primos de las piernas, para después cada uno por su lado tomarme entre sus brazos.

Cuando el peón se llevaba ya a los caballos, les pregunté si también querían jugar en la carreta y, desde luego mis primas y su hermano menor, Él casi a punto de cumplir siente años, aceptaron con gusto riendo por la forma en que les hablaba con tanto chicle en la boca; se les hacía muy gracioso sin saber lo que rondaba por mi pequeña pero maléfica mente; ellos, jamás imaginaron lo que ese pedazo de fenómeno, o sea yo aún de tres, les tenía preparado; mi primo como cada ocasión, gritaba de contento:
-¡Me gusta venir a Cerros Blancos!...-.
Repetía una y otra vez pero ahora corriendo alrededor de la carreta, en lo que yo tomaba de la mano a mis primas y las invitaba a acostarse debajo de la carreta; cuando le llamé a mi primo para que dejara de correr y se acostara también así lo hizo y, una vez los cinco mirando al cielo y sin moverse, le empecé a pegar el chicle que masticaba desde hacía rato en los ojos a cada uno de ellos, quienes sólo reían divertidos; nunca se defendieron, yo podría hacer con ellos lo que quería, al fin era la prima bebé.

Después de que terminé de pegarle las pestañas entre sí a la última de mis primas, me subí como pude a la carreta y, desde arriba, los oriné. Fue entonces que reaccionaron y corrieron a ciegas hacia donde sus padres y los míos, quienes muy sorprendidos luego de saber la historia, les preguntaban ayudándolos a quitarse el chicle de las pestañas:
-¿Cómo es posible que esta bebé les haya hecho esto… si ya son unos grandulónes?…, ¡pero vemos que aparte de grandes… son tontos!…-.
Terminó diciendo mi tío; mi madre por su lado, toda apenada, no encontraba dónde meterse de la vergüenza por lo que yo había hecho con mis pobres primos; aunque claro que después de cuando las visitas se fueron, mi madre quien estaba en contra de los mimos de mi padre y mi abuelo, me dio mi merecido.

Lo más importante de esta anécdota, es que mis primos mayores que yo, todos, jamás me guardaron rencor, siguieron sobreprotegiéndome siempre, aunque a mí, al paso de los años, me da pena verles.

Esta es una historia real conocida y comentada por toda mi familia desde entonces, en donde yo, fui una pequeña pero tremenda villana, aunque luego de eso el cariño y la estimación que me guardan mis primas y el primo hasta la fecha, es y ha sido una gran lección para mí.

Autora: Ma. Gloria Carreón Zapata.
Edición Literaria Miguel Valdés.



Imagen tomada de Google.


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